Blogia

blancaluz

Atlantis

Atlantis
Mientras tanto seguía pensando en el tiempo perdido en pensar en el tiempo que pierdo. Que frase
más absurda. Perder el tiempo. Dónde lo habré perdido, estará en los bolsillos del pantalón. Que
absurdo. El tiempo no se pierde.
La mente de Joan divagaba mientras terminaba de almorzar en la terraza. Las arcadas de la terraza
blanca se recortaban contra un azul intenso. Las buganvillas, se mecían atadas junto a las arcadas,
movidas por el viento. Por el suelo correteaban juntos gatos y perros persiguiendo a las sargantanas.
Las lanchas y los yates que iban y venían incesantemente a Formentera. El sol estaba en todo lo alto
y una ligera brisa marina se colaba por entre su camisa blanca de lino y su pecho. La música llegaba
desde el interior de la casa. Mientras tanto seguía pensando en el tiempo perdido en pensar en el
tiempo que pierdo.
Mar, su mujer, estaba, como de costumbre, pintando un paisaje con el mar como fondo, para matar
el tiempo y para olvidar que todo aquel idílico mundo desaparecería apenas unas horas más tarde
cuando todo acabase. El Verano, las vacaciones, los amigos, las charlas, las noches de Dalt Vila. El
azul llenaba todo el cuadro, ese azul añil, ese azul melancolía, azul recuerdo, azul memoria, azul
tiempo, azul viento.
De repente se vio sorprendida por la presencia de un hombre que tomaba el sol desnudo sobre las
rocas. Desde donde ella estaba él no podía divisarla, porque estaba tumbado junto a la cerca de la
finca en que ellos pasaban el verano. Abandonó inmediatamente el cuadro, comentó a su marido
que iba a dar un paseo y se adentró por algunos senderos que bajaban hacia las cuevas colgadas en
los acantilados. Cuando estuvo cerca de aquel hermoso cuerpo desnudo se ocultó detrás de una
sabina y se dispuso a contemplar.
Acostado en una roca plana y levemente inclinada sobre el mar estaba tumbado un joven de apenas
treinta años con cuerpo de atleta, cabellos morenos ensortijados. La luz del sol estaba en todo lo alto
y definía aquel cuerpo como si fuese una parte con forma especialmente caprichosa de aquellas
rocas. Se entretuvo mirando el vaivén de su pecho y su estómago, mecido por el aire que entraba
rítmicamente en sus pulmones.
De repente el joven se sintió observado y se irguió levemente. Ella se avergonzó y se escondió aún
más. El joven se levantó y se dirigió. Mar se quedó inmóvil y salió corriendo, presa del miedo y la
vergüenza, confundida, se perdió por un dédalo de sabinas, árboles y pequeños senderos hasta que
llegó a divisar una montaña sobre el mar, igual que un trigrama del I Ching.
Resbaló sobre unas piedras que se habían desprendido bajo sus pies del estrecho sendero colgado
sobre el precipicio y a punto estuvo de caerse al mar, de no ser porque acertó a llegar a sus manos la
rama de un árbol. Vacío, luz y silencio.
Sacó fuerzas no supo bien de dónde, trepó por la rama hasta alcanzar el tronco y de ahí saltó de
nuevo al camino dejando resbalar algunas piedras que minutos más tarde fueron a ser
tragadas por el océano. Mar respiró alividada hasta que comprobó que aquel hombre, seguía
persiguiéndola.
Echó de nuevo a correr sin reconocer ya los senderos por los que pasaba. Pasó junto a unas ruinas
antiguas y de repente descubrió la embocadura de una cueva. En una piedra descubrió un texto en
inglés "welcome to Atlantis". Cerca había una imagen de Buda sonriente dibujado en la pared. Se
sorprendió de no haber conocido antes ese paraje de increíble belleza a pesar de estar cercano a su
casa. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad de la cueva descubrió maravillada, que todo
parecía preparado para la llegada de un próximo visitante. Había un lecho de paja, varias mantas
dobladas, latas de conservas, varias telas como decoración, velas, dibujos, estampas orientales. Olía
a comida rancia y a humedad. Recorrió con mirada sorprendida cada rincón de aquella cueva, que se
perdía en la oscuridad, pero casi entró en estado de shock, cuando se dio la vuelta para comprobar
una abertura en la roca por donde el abismo descendía a un centenar de metros hasta el mar, cerca
del lugar por donde ella había entrado en la cueva.
Se sentó sobre las mantas y trató de calmarse. Se quedó un rato mirando a los dibujos en las
paredes. En el interior de la cueva había otra figura de Buda, con los ojos rasgados, los lóbulos de
las orejas agujereados y dos caras, una sonriente, la otra triste. Bajo esta figura había ofrendas.
Comida, bebida, restos de tabaco y de papel, y hasta latas de refrescos. Mientras exploraba
despreocupada la pared de la cueva, no se percataba que alguien a sus espaldas estaba entrando. Se
volvióde repente y gritó. Los bañistas de las playas cercanas y los navegantes que estaban cerca
pudieron oir un lejano y estridente grito, ahogado entre el bramar de las olas, que rompían contra las
rocas. Maurice, su marido, había acabado de almorzar y fregado los platos.
Se cruzó con el cuadro de Marie y estuvo un rato observándolo. Había decidido bajar a buscarla
para hacer el amor, como cada día a aquella hora, a una pequeña cala que había bajo el acantilado,
rodeada de rocas y de cuevas por las que se colaban las olas haciendo un ruido ensordecedor. La
espuma saltaba por los aires cada vez que las olas chocaban contra la rocas violentamente. Su deseo
comenzó a apagarse cuando llegó a la playa y descubrio que no estaba ella.
Comenzó a preocuparse por su mujer cuando de repente escuchó un grito ahogado por el bramar de
las olas que azotaba un creciente levante. Aguzó el oído y comenzó a seguir la pista del
grito.
Durante un momento no oyó nada más que el ruido ensordecedor del mar. Estaba metido en una
cueva en la que aún entraba el mar, de una especie de bóveda hendida por un agujero entraba la luz
del sol. Su corazón comenzaba a latir con fuerza, sus músculos se comenzaron a tensar. Se quedó en
silencio un minuto atendiendo a su oído. Sólo oyó los latidos de su corazón. Y una voz ahogada.
Esta vez estaba seguro de que era la voz de Mar.
De repente vió un signo budista dibujado en las paredes de la cueva, frente a sus ojos se abrió una
cavidad ascendente sin luz. Con toda la fuerza del amor y del deseo, empujado por el miedo y sus
músculos, su cuerpo se convirtió en una máquina que sólo deseaba encontrar a su ser amado.
Cuando llegó a la siguiente zona iluminada había ascendido unos 100 metros por una pendiente
ascendente. La cavida era redonda y de ella salían otros tres pasadizos, en esta ocasión parecían
hechos por la mano del hombre. Al final de uno de ellos creyó ver un trozo de madero blanco, en
medio de una total oscuridad. Salio corriendo hacia esa señal, pero tropezó y cayó bocaabajo
arañándose en una pierna con unas piedras salientes. Se sintió afortunado de no haberse hecho daño
y de repente sintió un aire frío por toda su espalda y por sus glúteos, empapados ya en sudor.
Llegó hasta el trozo de madera blanco, en el que alguien había escrito con carbón, Atlantis.
-Atlantis, que diablos querrá decir esto?. De repente oyó un nuevo gemido
de mujer y volvióa la realidad de su sentimiento de culpa por no atender suficientemente a Mar.
Ahora oía un leve rumor que no sabía si procedía del mar ya lejano o de su mujer, era como un
lamento triste, como un leve jadeo, como un canto de sirena o quizá como el rumor del viento por
entre las rocas. llevaba unos eternos minutos ascendiendo por
entre las cuevas y hacía tiempo que ya no oía nada. De repente oyó claramente un gemido de mujer
y se sintió confundido. Al principio era un eco lejano y poco a poco se fué haciendo más nídtido, él
estaba sentado en el suelo de una cavidad sin apenas luz, asustado y buscando alguna pista para
entender qué estaba pasando. De nuevo, una familiar queja tasrpasó sus sienes y se repitió varias
veces gracias al eco por las cavidades, pasadizos y cuevas. Otro gemido, esta vez muy placentero,
hizo vibrar su tímpano contagiándose de una ola de tierno erotismo. Su sexo pareció retomar el
vigor perdido a causa del miedo y se tonificó alegre y visiblemente. Otro quejido mezcla de placer y
de dolor venída a sustituir al anterior, mezclándose por las paredes de las cavidades, y así uno y otro
y otro al que se unía de vez en cuando un lamento más pronunciado y seguro, que parecía proceder
de la garganta de un hombre. Su preocupación aumentó y tambien su miedo. Los gemidos se hacían
cada vez más presentes y corpóreos, mientras que sus duda no hacían más que multiplicarse al igual
que el eco de las cavidades hacía multiplicarse los gemidos. De repente y tras dejar atrás un angosto
corredor desembocó en una cueva grande en la que entraba abundante luz. Sólo quería ver para
creer. Se acercó y vió tras la piedra a Marie y a un desconocido. Ella parecia
experimentar un gran placer, tenía los ojos cerrados, mientras el bocabajo la besaba. De
repente ella abrio los ojos y en ellos se dibujo el terror cuando vio a su marido.

Relatos de verano: MAGA

Maga
Es en medio de esta avenida de una gran ciudad, gris y aburrida donde estoy contemplando por última vez a Raúl: nuestro querido, entrañable anciano indigente de extraños ropajes gastados que duerme sobre cartones en el portal de un abandonado cine, de nombre tan deslumbrante en el pasado, como ridículo e insignificante hoy. El cine está condenado a muerte: su solar ha sido comprado por una inmobiliaria, y cuando lo derriben, sé con toda seguridad que ninguna pareja de enamorados cuya historia de amor estuvo asociada a la intimidad de aquellas paredes, derramará un solo lamento. Lo sé.
Tras intentar inútilmente por enésima vez con los bolsillos vacíos, que la secretaria de redacción del periódico me pague los artículos de este mes y del pasado, intento no acalorarme demasiado y me muestro comprensivo con la compañera, que apenas ha llegado hoy de sus vacaciones de julio en alguna isla mediterránea e intenta aterrizas en medio de un caos de papeles. Voy a la máquina del agua, saco una botella y la bebo, mientras una compañera me comenta la última estéril, absurda y estúpida batalla política, en la que la oposición culpa al gobierno de un incendio. Mañana quizá le culpe de que un rayo ha desmochado alguna torre.
Aparto los visillos de la ventana de mi oficina y mientras escucho a mi colega contarme sus insignificantes problemas, como si fueran los más importantes del mundo, contemplo como Raúl intenta cruzar la calle sorteando con una seguridad temeraria los vehículos que circulan por aquella arteria, guiado por Maga, un labrador blanco con una mirada tan tierna como la de su dueño. Tan tierna que ninguno de los pocos que cada día le llevamos comida podemos dejar de sentirnos seducidos por la belleza del animal, que en el fondo, hizo las veces de anzuelo para descubrirnos la vida de su dueño, a nosotros, que cada día escudriñamos a miles de personas intentando, sin consegurilo, que nos cuenten algo que sea verdad. Los que queremos a aquel animal y a su dueño intuimos que el pobre perro se ha asustado en medio de un caos de ruedas y humo insalubre, por eso ha mordido a un motorista que le propina una patada, provocando un accidente de tráfico.
Mi compañera de trabajo, llama a la policía, después de que ambos comprobamos preocupados, que en medio de una avenida yacen sin sentido, un viejo indigente, un motorista y un perro blanco de tierna mirada, en medio de un caos de vehículos en el asfalto casi derretido de agosto.
Media hora después, la ambulancia se lleva al indigente, al motorista y al perro, mientras la policía restablece el tráfico. Nunca más volvimos a verle.
-Creo que alguien debería contar la historia de ese hombre. Estas son las historias que merecen la pena. Dije a mi compañera, emocionado.
-La vida de ese pobre viejo y su perro no le interesa a nadie. -Me respondió-. Por un momento dudé.
-Voy a intentar publicarla, hablaré con el director. Mi compañera sonrió irónicamente.
-Las guerras pasadas ya no interesan a nadie. Interesa la guerra de hoy. Métetelo en la cabeza. Dijo tirando sobre la mesa la portada del periódico del día que hablaba de la última polémica entre los dos partidos mayoritarios, mientras se daba la vuelta y avanzada por el pasillo central de la redacción, contoneando su respingón culo embutido en una falda de cuero negro, atrayendo las miradas de todo el mundo.
Durante el resto el día, caminé triste por la redacción, transcribí algunas notas de prensa, y terminé mi página de rigor, hasta que por fin, el jefe de mi sección me dió la tarde libre: -Es agosto, no hay noticias que contar, no tenemos ninguna historia interesante- argumentó.
-Yo tengo una historia interesante que contar. Le dije.
-¿Que quieres decir?. Mi jefe me observaba con cara de curiosidad,
-Quiero decir que es absurdo que no contemos lo que tenemos delante de nuestras narices, sobre las personas que tenemos al lado, mientras nos volcamos con el famosillo de turno o la ultima locura de EEUU, que no le interesa a nadie. O repitamos los mismos teletipos y ruedas de prensa que los demás diarios. Mis compañeros me observaban como si dijeran, “te estas jugando el cuello, chaval”.
El director del periódico miró al suelo sin decir nada, se encaminó hacia su despacho apenas sin hacer ruido sobre la moqueta y entró haciéndome el gesto de que le siguiera. Cuando entré cerró la puerta a mi espalda.
-No me gusta que discutan la línea editorial del periódico en público, delante de los compañeros. Otra cosa es en privado. A ver, cuéntame la historia que crees que debemos contar.
-Bien pero es una historia larga. Repuse yo. No es una historia estrictamente periodística, pero te aseguro que es muy real y sobre todo reciente. Entonces resolví contársela de forma que pudiese vivirla, gracias a mi generosa imaginación, esa sería la única forma de convencerlo.
-Comienza. Te doy una hora. Si la historia es buena, la someteremos al comité de redacción.
Entonces empecé a contarla como si fuera una película.
La caravana se movía como un animal moribundo o enloquecido mientras se ponía el sol tras las montañas. El joven Raúl ya sabía que tendría que hacerse a sí mismo, ávido de aprender sin nadie que le enseñase, lleno de preguntas sin que nadie le ofreciese respuestas. El odio fratricida se masticaba en su familia, en su casa, en su país. No podía soportar aquel aire asfixiante, aquel agua estancada y maloliente así que decidió irse.
-Me gusta, pero resume, no tengo todo el tiempo del mundo, ahorra detalles y adornos poéticos.
-Pero los detalles son importantes. Repuse. La poesía es importante. La poesía llega al alma. La prosa solo al intelecto.
-Bueno, bueno, no te enrolles y sigue.
En la caravana había toda clase de vehículos casi empotrados unos con otros, formando un tapón que impedía todo avance. Las gentes se lanzaban entonces fuera de los coches y los camiones empujados por el ansia de alcanzar cuanto antes el límite fronterizo. La mayoría eran trabajadores del campo y albañiles de sencillas alpargatas, de tez morena y manos cuarteadas por el trabajo. Entre los hombres de la caravana pesaba como una losa, un triste aire de desesperanza, como si ya no hubiese más batallas por luchar. Muchos de aquellos hombres miraban tristemente sus manos.
El director del periódico desplazó su mirada hacia sus manos, quietas, sobre la mesa de su despacho, martilleando el cuero de la cubierta de la mesa con el dedo índice, mientras las mías volaban por el aire, explicándose y captando su atención.
De repente sonó el teléfono en el despacho y el director descolgó el auricular, le dijo a su secretaria que no le pasase más llamadas a no ser que fuese algo realmente urgente, volvió a colgar el teléfono, se aflojó la corbata, se soltó el botón del cuello de la camisa y me miró a los ojos.
-Sigue. Dijo con voz fría.
La confusión invadía las calles, la aviación enemiga sobrevolaba los tejados. Sobre las escaleras de las catedrales, dormían niños y mujeres. Soldados aturdidos buscaban un jefe, mientras la muerte de los poetas pasaba desapercibida. Retumbaba el monte, el mar humeaba, y el lúgubre alarido de la sirena, llenaba de frios metálicos las almas, cuando los aviones plateados surcaban el horizonte. Atrás quedaban los días azules y el sol de la infancia.
Cerca de los Pirineos comenzó a nevar sin tregua y muchos caminos y pasos fronterizos quedaron cerrados. Se hizo necesario entonces cruzar a pié con la nieve hasta las rodillas.
Raul y su hermano se quedaron rezagados por culpa del cansancio, a la cola de la caravana, mientras los caminos ascendían por las pendientes cada ves más escarpadas y llenas de nieve. Los hombres más fuertes tenían que relevarse a la cabeza para quitar la nueve a paladas, que permitiesen que los demás pudiesen seguir avanzando. Era una tarea titánica. Dedicieron pasar la noche en una cueva natural que encontraron cerca del camino principal, aunque la mayoría no pudo pegar ojo por culpa del frío a pesar de la candela que encendieron. Raúl tuvo que levantarse varias veces a calentarse los pies, pues los sentía tan fríos que temía se les fuesen a congelar.

Amanecía cuando Raul despertó. No quiso perderse el espectáculo y se asomó a la boca de la cueva para adivinar cómo en medio de la inmensidad blanca de bruma, nieve y niebla, emergían poco a poco los pálidos dedos rosados del alba, o las tímidas arboledas pardas. Finalmente el día se presentó como un regalo que no se podía desaprovechar, pues el viento retiró las nubes y les trajo un día espléndido. Los rayos de sol rebotaban contra la nieve como en un espejo.
De vez en cuando las nubes necesitan del contacto humano y descendían acuosas para rozar algún

castillo que reinaba sobre una cima rodeado de un lechoso barrio de aspecto moruno, entre

torrenteras que bajaban entonando el canto de la vida. Vertiginosos desniveles rodean el camino,

desafíando a la gravedad, entre el reino de lo horizontal y el reino de lo vertical, entre el reino del

hombre y el reino de la naturaleza, abrochando, dando sentido.

Vivir en una peña más destinada a halcones es un desafío al vértigo, para el que no está habituado.

-Sé de lo que me hablas. Mi familia es oriunda de las montañas. Cuando yo iba de visita de nió

siempre sentía ese vértigo al verlas.
-Claro. El hombre, siempre en lucha con la naturaleza, ha visto las fuerzas de la tierra desatadas, convirtiendo en escombros lugares como éste, tras alguna tempestad desatada. Los hombres de la montaña han visto al agua, aliada de las rocas, que locas bramaban por las laderas de la peña de los halcones acabando con casi todas las casas del pueblo y dejando muchos muertos. La iglesia edificada en un alarde de osadía humana, sobre una boveda en el cauce el río, se convirtió entonces en una romántica ruina. Un crucifijo del templo fue hallado a una legua de distancia, ya sobre las lomas. Aviso de que la madre tierra, siempre acaba por reclamar lo que es suyo.
Raul, se sentía optimista y salió a dar un pequeño paseo para contemplar el paisaje. Su hermano desayunaba un poco de leche e intentaba calentarse mientras oyeron una vibración, primero imperceptible, y luego en aumento hasta convertirse en un estruendo ensordecedor, casi como un terremoto.
-Un alud. ¿Hay alguien fuera?. Gritó un hombre en el interior de la cueva.
-Sí, el muchacho moreno que viaja con su hermano salió a dar un paseo.
-Mi hermano, gritó Toni, hay que hacer algo por ayudarle.
Todos salireon afuera para contemplar que el alud había cubierto una gran área bajo la que probablemente se encontrase Raúl. Así que no había tiempo que perder, inmediatamente se organizaron grupos con palas para buscarlo antes de que se congelase bajo la nieve.
Fue en medio de la desesperación cuando Toni encontró como salido de la nada a Joan, el mejor amigo de su padre, que había viajado desde que salieron de Solsona con ellos sin haberse encontrado. Toni solo supo decirle entre lágrimas:
-Ayúdame por favor, mi hermano.
-¿Raúl está bajo la nieve?.
-Creo que sí, una mujer lo vió salir de la cueva justo antes de la avalancha.
Inmediatamente Joan organizó junto a varios conocidos su propio grupo para buscar a Raúl. Entre ellos había expertos rastreadores conocedores de la montaña, que viajaban con sus perros. Los canes no tardaron en encontrar algunas pisadas humanas, que pronto se perdían bajo la nieve. Los dos perros rastrearon cerca de una hectárea en una media hora y de pronto encontraron una mano en medio de la nieve. Siguieron cavando y encontraron a Raúl que estaba semi inconsciente. Pronto lo llevaron al interior de la cueva, lo taparon con mantas y le practicaron la respiración boca a boca. Lograron reanimarlo a los pocos minutos. Cuando Raúl abrió los ojos por fin, vio a su hermano con lágrimas en los ojos, a un grupo de hombres a su alrededor y un perro labrador de color blanco empezó a lamerle en la mejilla, como diciéndole bienvenido a la vida.
Toni se abrazó a su hermano y cuando logró dejar de sollozar le dijo a su hermano.
-Gracias a él, estás con vida. Dijo señalando al perro.
El director no hizo ningún comentario, descolgó el auricular y le dijo a su secretaria:
Convoque inmediatamente al comité editorial, antes de las dos. Me dió la mano con un sonrisa que yo intuí como de enhorabuena y me hizo salir del despacho. Una hora después, el comité editorial había decidido que la historia de Raúl se publicaría, sería un reportaje en la sección de sociedad, donde no había nada más interesante que contar. Inmediatamente, me puse a trabajar emocionado. A las tres de la tarde hice una pequeña pausa para comer un bocadillo de calamares con mayonesa que previamente había pedido a la cafetería de abajo. A las seis de la tarde el reportaje estaba concluído, había logrado encontrar algunas fotos de Raul y su perra, Maga, durmiendo en el portal abandonado del cine, que un día hizo un fotógrafo del periódico, cuando pasamos por delante a darle algo de comida y otra de Raul, como miliciano en la Guerra Civil. El reportaje de dos págians había quedado genial, estaba satiesfecho de mí mismo, cuando me llamó el director para decirme que un transbordador americano había estallado matando a sus siete ocupantes, al intentar entrar en la atmósfera y que necesitaba las dos páginas de la sección de sociedad. La historia de Raul nunca llegó a ver la luz en el periódico.
Pero yo saqué con la impresora el reportaje, lo doblé, lo metí en un sobre y lo llevé a la tumba de Raul y Maga.

RELATOS DE VERANO: MANERAS DE ABRAZAR EL MUNDO: RELATO 1: LUZ

Luz
Luz tenía tan solo veinte años y aguardaba temblorosa al pie de la cama, en la noche de bodas
llevando un casto camisón blanco de gruesa tela, que no dejaba entrever nada. Su cabello moreno
caía en una larga melena sobre su trémula espalda blanca.
Durante la fiesta había bailado con todo el mundo, como si siempre hubiese estado
casada. El músico la observaba preguntándose de dónde salía tanta energía y sintiendo
la certeza de que la noche sería suya. Se desnudó con tanto mimo como se había vestido
con las primeras luces del alba, colocando las prendas con cuidado como si no
fuesen suyas.
Se estremeció con el roce de la seda de la camisa sobre el tambor de su pecho y cuidadosamente quitó los gemelos de los puños, desprendió la orquídea del ojal y se la entregó a Luz, que le sonrió con sus leves comisuras.
Ella miró su cuerpo desnudo de joven ansioso y viajero sin apasionamiento, diseccionándolo con la mirada, hasta que estalló en una sonrisa nerviosa y dijo:
-Así que esto era todo.
El lo negó y se dispuso a interpretar su obra maestra sobre las cuerdas recién tensadas, sobre su nueva vida que sonaría como un arpa acariciada por el viento con manos sabias de pajarero y besos de arroyo sobre la piedra.
Los susurros se arremolinaron sobre las sábanas de organdí, como un lamento de flauta, acompañada de frases de algún varonil piano que murmurase pequeñas órdenes, y fuese seguida por un violín que se estremecía bajo la yema de cada dedo. Certeros zumbidos de contrabajo en la voz del músico marcaron el tempo, rítmicamente, logrando que la flauta inicial creciese hasta convertirse en una risueña trompeta, derramándose hacia tonos de sensual saxofón que se apoderaron por completo de la pequeña habitación de hotel –cuando Luz se abandonó sin miedo a nada ni a nadie-, y rebosaron por la ventana hacia la calle, cuando les sorprendió los primeros rayos de sol. Conforme iba avanzándoles el sol sobre su horizonte, amplios conductos, iban conduciendo los exuberantes sonidos, que se derramaban hacia la más amplia variedad de registros y tonalidades, como agua estancada que largo tiempo ha querido desbordarse y encuentra por fin su cauce primigenio, sin orden ni concierto hasta llegar a hacerse oceánicas. Así ambos se forjaron de nuevo, con la materia primitiva y salvaje de que está hecha la vida.

El milagro de Carmona

Carmona es un milagro tan antiguo que la historia tiene con ella una deuda milenaria. Tanta belleza junta, tan buen gusto, tanto pasado arrebatado al tiempo por amor. Mayor milagro, si cabe, comparado con tanto pueblo que se suicidó de olvido o inconsciencia, se traicionaron a sí mismos y ya no son lo que eran.
Carmona sí es lo que era, después de cinco mil años, y además es más cosas. Un remanso del tiempo al abrigo de tanta invasión de supuesta modernidad. Hay pueblos que sobrevivieron a los vikingos, a los árabes, a los romanos, a los fenicios, pero que no han sobrevidido al ansia del dinero fácil. Pero Carmona, -diosa del tiempo, un cielo de eternas vidrieras según Juan María Jaén- afortunadamente aún está a salvo de esas casas sin alma, de esa perversidad ajena a arcos y patios. De aparadores vacíos, pulcras como escaparates sin vida, sin espacio ni tiempo para vivirlas ni lugar para que jueguen los niños. Donde no hay albahaca ni canela en rama, ni meses de abril.

Para vivir, lo que se dice vivir en el pleno sentido de la expresión, una casa con patio en Carmona donde el sol inunde las arcadas mudéjares y el agua del pozo los tiestos de las macetas, marcando los pasos de las horas entre restos de piedras desgastadas por la vida. Donde es posible aún perder el tiempo entre señoriales bancos de azulejos y una fuente en forma de estrella, mientras se oye el rumor de las olas de trigo de la campiña, de la vega. Donde un ángel ilumine las sombras de los pórticos, donde las torres coronen nuevamente los días, lás súplicas y las lágrimas tal y como narró Juan María Jaén. Donde las almenas y las murallas -en el ultimo equilibrio de la historia- nos defienden de los chillidos estridentes del futuro y se puede oler ese imperceptible y profundo aroma de los siglos. Bajo un cielo de verdes copas de olivares, entrelazadas como bóvedas góticas.

Memoria olfativa rescatada por Rafael Montesinos. “Huelen en esta ventana / aquellos claveles que hubo un día/ pero el tiempo no vuelve/ volvemos nosotros, más cansados”. Carmona es una elegante dama de la vida y la muerte, remando hacia la paz, cuyo ombligo en forma de plaza redonda es la cuadratura del círculo, el centro de su universo, un reloj que no marca horas, marca primaveras, milenios. Eso sí, “ombligos repletos de paz y barrios muertos de sueños" según Francisco Ruiz de la Cuesta, quien nos advertía claramente. "Antes que tuya, fue mía esa estrella". Plaza arriba, reino de taifa, cal y tejas, pisadas tenues, aromas de jazmín, hierbaluisa y sabor dulce de hinojo. Y la luz..., una luz que corta atardeceres rompiendo aristas de siglos, creyendo que no hiere.
Carmona, estrella que se sabe protagonista de las cámaras de los turistas que a cientos de miles vienen de los más remotos rincones del mundo a adorar su belleza serena, pero honda, profunda y auténtica como a una diosa llamada Carmo. Una belleza natural, sin maquillaje ni artificios, de cara lavada con agua mañanera de pozo. Y vienen a contemplar el espectáculo inédito del tiempo pasando reverencialmente, -sin atropellarlo, a su ritmo-, como un río de vida llamado quizá Corbones. “Corbones y Guadaíra/ y una gran franaja de alcor/ con cuatro pueblos encima”, así lo vió el agricultor poeta José Belloso.
Y vienen buscando el secreto ungüento de torres, arcos piedras, -secreta arquitectura que nos reconstruye por dentro- que nos resucita y nos redime, nos reconcilia con el mundo y nos hace hombre, persona, mundo. La plaza de abastos de Carmona -de ecos conventuales y subsuelo totémico y milenario- no es que te reconcilie con la vida -sobre todo después de haber comido y bebido a placer-, es que es la vida misma, un espectáculo que pasa frente a nuestros ojos de testigos excepcionales.
Corazón de la vieja Carmona que se te va colando por las retinas y por la boca como un aceite que todo lo suavida y lo armoniza, que unge, sacraliza y al tiempo desmitifica. Carmona, ungüento aún no descubierto. Bella engendrando hijos de la belleza, rica engendrando riqueza. Serena llenándolo todo con su serenidad. Inundando lo más profundo con la tranquilidad de ver cómo hay lugares en donde aún se saben apreciar las cosas buenas de la vida, que por mucho que pase el tiempo, siempre serán las mismas.
Carmo es una bella que espera a los adoradores de los pueblos, que como dijo Jose María Requena son las prologaciones del hombre “es su mano y su voz que se prolongan en vega de sudados sueños y palabras que dan trigo”. Y no me refiero a una belleza de crepúsculos bonitos y amaneceres bobos, sino a la que se le canta con voz “quemada y escocida, en la garganta del amor, por la savia feroz de las raices”. A la tierra de uno, la de la entraña, donde uno nace o donde a uno le gustaría haber nacido. La que se pisa, la que se canta “a lo duro, a picotazo limpio, a besos de morder”. Aquella que se “emborracha de luz con tal frecuencia que habitan con quejumbre la alegría y cuidan como a penas los tiestos de sus flores”.
La campana suena, Carmona te llama para seguir siendo tu maestra en el arte de vivir dignamente. No para contemplar, sino para impregnarnos de emoción y simpatía, para poseer como a amantes los milagros observados. Para hacerla nuestra por el corazón y la inteligencia a la vez, para mirar el sol de frente, estudiar el crecimiento de las flores y la construcción de murallas almohadilladas. Para entregarnos al recuerdo de más de tres mil años de soledad. Carmona es un milagro que merece ser elevado al altar del arte, del tiempo y la historia de la humanidad. En nombre del padre, del hijo y del arte.

Puerta del tiempo

Puerta del tiempo

-Libro de los suspiros.
-Geografía del alma.
-El cerro de los fenicios.
-El sillón de terciopelo.
-La sonrisa de la Diosa.
-Solos ante campos dormidos.
-Piedra para la eternidad.
-La iglesia de los tres enigmas.
-El secreto como arma.
-La primera crónica.
-El ultimo bosque de ribera.
-Joyas entre olivares.
-Tras los simbolos del poder.
-Renacer del agua.
-El alma de las casas.
-Huyendo del mundanal ruido.
-Paraísos cercanos.
-La furia del tiempo.
-Estrellas en pleno día.
-Trío de ases.
-Fandangos en Pakistán.
-Memorias de pasión.
-Ritual de hermandad.
-El abrazo andalusí.

Libro de los suspiros

Cuando se agotan los datos objetivos, comienza la subjetividad literaria. Cuando se acaban las certezas hay que dejar espacio a la poesía de las preguntas. Bien podría ser ésto una especie de libro de los suspiros por el tiempo perdido. Por el tiempo que dejamos huir sin detener el olvido. Por tantas cosas que quedaron esparcidas en el camino. Lamentos por los edificios -de piedra, carne o palabra- que dejamos perder sin pena ni gloria. Por los trozos de nuestra alma que cambiaron para adaptarse a la modernidad, a veces mal entendida. Pero también por el gozo de ir reconstruyendo poco a poco nuestra olvidada casa común de vecinos anónimos o gloriosos, grandes o pequeños, pobres o ricos.

En la batalla contra la furia del tiempo, la prosa de lo que triunfa y flota en la superficie ha ido quitando espacio a la poesía de lo vencido, que subyace en el fondo. Solo hay que removerlo todo para que se funda y se acerque hasta nuestros sentidos cargado de un nuevo, sugerente, fresco, abierto y atractivo sabor dispuesto a ser degustado con un renovado placer.

Esto no es una simple enumeración de datos fríos, una enciclopedia, un listado. Esto es una nueva mirada subjetiva sobre nuestras cosas de siempre. Una perspectiva aérea, ancha, abierta y profunda que resume y evoca. Una autorretrato plural desde lo vivido y lo sentido. Una guía para visitantes y una reconstrucción para residentes. Un antídoto contra el olvido. Un pregón a las cosas de esta tierra que más me llamaron la atención. Un ensayo entre la razón y la emoción. Nuestros poetas e investigadores científicos nos dieron respuesta a las mismas preguntas, cada uno con sus armas, recursos y argumentos. Ambos conincidieron en ocasiones. Ambos son caminos para una misma meta. Hacia lo universal, por lo local.

En los últimos años se han ido disipando dudas de lo que fue, a pasos gigantes. Gracias a las personas que invirtieron mucho tiempo en investigar y a los que no dudaron en ponerles soporte y altavoz. Subido a hombros de gigante, nostros podemos ahora, echar un vistazo completo al paisaje. Solo hay que engarzar pacientemente las cuentas con un poco de amor y curiosidad, para lograr el collar de la belleza.

Solo sé que no se nada, de las cosas que hoy más me gustaría saber de nuestra tierra. Esas son las que yo aquí denomino misterios. No tengo todas las respuestas pero estoy convencido de que juntos, encontraremos el camino de nuevas e interesantes preguntas.

Geografía del alma

El viajero sabrá que ha llegado a Marchena cuando entre los llanos infinitos, o por las tímidas laderas de olivares, vea la daga de sol de la torre de Santa María. No puede separarse el paisaje de murallas, leyendas o riquezas, dudas o certezas, de la tierra, que es el origen de todo. Ibn arabí, que aprendió a la sombra de las murallas de Marchena de los olivos, escribió “Deteneos conmigo un momento junto a esas ruinas y lloremos juntos. Yo lloraré por lo pasado. Esta pasión me ha herido sin saetas. Esta pasión me mata sin espada”.

Todo lo que buscaron los hombres antiguos, que cruzaron el océano en busca del destello de la plata, o quienes llegaron del sur huyendo del desierto, o desde el norte en busca de un paraíso, tenía que ver simple y llanamente con un trozo de tierra donde vivir en paz. "Historia, quietud, piedras venerables, tradición y metafísica". Eterna, honda, sabia e intemporal. Tu sed y mi sed. Todo esto han dicho los poetas sobre esta tierra cuyo nombre borraron los siglos. Pasado, presente y futuro.

“En el verde olivar de la colina/ hay una torre mora,/ del color de tu carne campesina/ que sabe a miel y aurora”. Lorca parece decirnos en estos versos que nuestras torres y murallas son más bellas vistas en la lejanía desde caminos y laderas cercanas, cuando toda la magia se concentra y se nos aparece un pueblo salido de una leyenda oriental. "De la ciudad moruna, tras las murallas viejas, yo contemplo la tarde silenciosa, a solas con mi sombra y con mi pena”, a decir de Machado. Y ahora en el comienzo del segundo milenio, vuelve el hombre de nuevo su mirada a la tierra, que siempre ha estado ahí, mientras todo cambiaba. Algunos creen que es éste un paisaje monótono, y que no puede competir con las espectaculares sierras. Pero mientras en la montaña nos subyuga la presencia casi sagrada de los picos, el llano nos evoca la libertad, quizá por eso son pacíficos sus habitantes.

No se puede decir que estos caminos de Marchena no se han de andar, pues como dijo Machado, el poeta del paisaje "¿Para que llamar caminos a los surcos del azar?”. Es necesario descubrir estos caminos y paisajes, -a pie, en caballo, en bicicleta, o vehículo de motor- , no sólo para hallar sus secretos milenarios, sino para que este nuevo horizonte, tras la oportuna meditación, nos haga descubrir el paisaje de nuestra alma.

Muchos puntos verdes rompen la parda monotonía a lo largo de todo un paisaje salpicado con más de 200 antiguos asentamientos humanos, abundantes cursos de agua, restos de antiguos bosques habitados por una completa fauna, nobiliarias cortijadas y modernos centros de recreo. Lugares de un innegable interés paisajístico, natural y de ocio. Todo aderezado por la sorpresa de la liebre o el mochuelo, el pato o la perdiz.
Y sobre todo, el paisaje, como escenario de la vida cotidiana que nos dejó viejas costumbres aún vivas, una gastronomía rica en sabores e influencias, fiestas y celebraciones inalterables y sobre todo un sentido de la vida que se basa en dejar vivir al vecino y disfrutar con placidez de lo que la naturaleza nos ofrece. Una tradición que atrae no solo a vecinos de Marchena sino a personas de paises lejanos que ya se están instalando en estas tierras.
Cada vez es mayor la tentación del que vive aquí de claudicar y marcharse subido al tren de la prisa, que no de la modernidad. Pero no conviene confundir el estrés con la vida. "Oir el piar de los gorriones en los aleros- casi a la mano- de los tejados de oro, será una fabulosa riqueza de paz humana e ilimitada. (...) Pasear todas las tardes, por la ancha calle solitaria, siempre será un triunfo", profetizó Luis Camacho. "Vosotros tenéis la prisa".(...)"Nosotros tenemos la libertad maravillosa de nuestro íntimo ser, nuestro dambular parsimonioso, por dentro y por fuera, porque sabemos que en la vida verdadera, que es la de la naturaleza, la de los campos, la de los cielos, la de las inapetencias resignadas y sabias, no existe el tiempo, ni la prisa, ni la angustia dolorosa del pequeño fracaso cotidiano".
Muchas de las descripciones del alma del hombre nacido al calor de esta tierra, son universales y se resumen en los siguientes versos de Machado: "gentes que danzan o juegan / cuando pueden, y laboran / sus cuatro palmos de tierra./ Nunca, si llegan a un sitio, / preguntan a dónde llegan. / Cuando caminan, cabalgan a lomos de mula vieja, / y no conocen la prisa / ni aun en los días de fiesta./ Donde hay vino, beben vino; donde no hay vino, agua fresca. Son buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan, y en un día como tantos, descansan bajo la tierra”.Según Antonio Salvago “hombres inmutables, sin gritar a la historia”.

El cerro de los fenicios

"Llegan los fenicios y descargan su mercancía: la extienden sobre la arena, encienden fuego y regresan a sus navíos. Cuando los nativos ven el humo acuden a la orilla del mar tomando lo que quieren, y dejando oro a cambio.(...). Si los fenicios están de acuerdo recogen y se van.(...) Todo hecho con la mayor honradez". Cuenta Herodoto. No es dificil imaginar esta escena en las riberas del lago Ligustino, cuando la costa estaba muy cerca del fértil cerro de Montemolín, parte de una Tartesos rica en oro y plata.

Desde este cerro, se observan inmensas extensiones de girasol, olivo y trigo, regada por la serpeante culebra del Corbones y coronadas por un cielo de plata. Montemolín es una metáfora de Marchena. Aparentemente se trata de una pequeña elevación en medio de un llano sin principio ni fin, como cualquiera otra, sin más ni menos. Vico y Montemolín, son apenas dos leves senos de la madre tierra fecunda, acariciados por el río Corbones, y origen de todo cuanto surgió en estas latitudes, diosa madre, trasunto de todas las divinidades femeninas.

Sin embargo, y como ocurre muy frecuentemente con las cosas de esta tierra, cuando se acerca uno al origen de la cuestión, acaba descubriendo una riqueza de matices y de verdades ocultas que acaban transformando la visión que se tenía previamente. De esta forma, nuestra vieja tierra siempre acaba por espolearnos la curiosidad por saber.

Con un golpe de azadón se produjo el reencuentro entre el hombre moderno y los dioses antiguos. Aquel anónimo cerro de trigo, pasó a ser el cerro de los fenicios y cartagineses. Uno de los 209 enclaves arqueológicos del municipio, que siguen siendo destruidos lenta pero inexorablemente.

Montemolín y Vico son cualquier cosa menos pequeñas elevaciones insignificantes,
Son dos lugares clave para la historia y el mito, con hallazgos novedosos que confirmaron las influencias culturales entre fenicios y tartesios. Todo ello a pesar de las trabas encontradas por el equipo científico de la Universidad de Sevilla, que continúa publicando y difundiendo los resultados en congresos y revistas especializadas. Este desconocido yacimiento contiene un complejo militar y funerario fenicio-cartaginés, estructuras hidráulicas, y urbanas, una zona sagrada, joyas de oro y plata, aras y sobre todo centenares de monedas. Además, amuletos, anillos, broches de cinturón, arracadas o grandes pendientes femeninos.

Los restos hallados -"una mínima parte de lo que hay" según María Luisa de la Bandera coordinadora del grupo científico- nos hablan de un gran complejo sacrificial y de abastecimiento de carne (se han encontrado 60 kilos de huesos) . Los animales eran criados en libertad y cada invierno, toros, cerdos, cabras y ovejas se sometían a la matanza ritual en uno de los edificios encontrados, con zonas delimitadas para preparar las ofrendas, altar -piedra sagrada o betilo- para sacrificar las víctimas y lugares para preparar la carne.

La carne sacrificada era guardada en salazón -también era muy importante la industria de la sal, aun hoy se hayan areas de agua muy salada en la zona- en recipientes cerámicos, algunos, como los "pithoi", usados en las grandes ceremonias de sacrificio, decorados con esfinges, grifos, toros y leones. Su decoración sigue tendencias de talleres de Chipre, que transmitieron el repertorio decorativo cerámico cananeo y fenicio a los centros coloniales de Occidente a partir del siglo VIII a.c.

"Mlk" era el término fenicio y hebro para el sacrificio, pero también para designar a la persona que los llevaba a cabo, un personaje poderoso, una autoridad civil con poderes sacerdotales. Los animales sacrificados, vinieron a sustituir los sacrificos humanos. Los expertos dicen que los hubo, aunque no fueran muy habituales. Las estelas púnicas con palmeras y caballos aquí hallados- aluden al Tofet, lugar sagrado para el sacrificio humano.

No ha sido hallada aquí ninguna necrópolis ni resto de enterramiento, aunque sí en otros lugares del municipio, como la tumba-hipogeo con pozo y posterior túnel, hallada por Coullaut Valera. Para hallarla habría que continuar excavando. Los "refaim" o difuntos púnicos eran llamados a su última morada por Mot, señor de las sombras. Sus ojos y uñas, cubiretos con finas hojas de oro o plata, y a veces, su rostro era pintado de rojo. Se le rodeaba de sus amuletos y objetos cotidianos, además de huevos de avestruz finamente decorados, como simbolo de resurrección. Tras el banquete funerario se rompían los platos sobre la tumba y finalmente se cerraba la losa o piedra del hipogeo. Así han sido hallados en la mayor necrópolis fenicia hallada, Puig des Molins, (Ibiza), donde arraigó especialmente el culto a la diosa Tanit.

A Montemolín, llegarían los hijos de Tanit, gracias a su proteción, en torno al siglo VII a.c., prodecentes de Siria, Chipre o Fenicia, pues el origen era muy variado. A los fenicios nos debemos el torno alferero, el asno, el podenco, el alfabeto, y por supuesto, sus dioses.

Tanit-Astarté, diosa madre de la fertilidad. “producto de una comunidad sedentaria y matrilineal” (1).Tnt, en los alfabetos semíticios, avocales. “Tnt p,n B,l” “Tanit pene baal”, o “la que llora en el rostro de Baal”. Su signo protector, hayado en piedras talladas de distintos enclaves es un triángulo como base, en medio una barra horizontal cuyas extremidades se elevan perpendicularmente, rematado con un circulo, un esquema primitivo de dama oferente, que básicamente se corresponde con todas las representaciones de diosas actuales y antiguas. “María, Reina de los Mártires, se convirtió en la única heredera de todos los nombres y formas” de las antiguas diosas.(2).

“Los fenicios gustaban de consagrar islas y promontorios a sus divinidades”.(3). Rios, arroyos y manantiales estuvieron siempre asociados a sus santuarios. Tanit era diosa del rocío, la lluvia y el agua. Sus templos se espacieron por toda la ruta comercial fenicia desde Tiro a Gadir en cabos, penínsulas, islas o lagos, para que la señora de las aguas protegiese a sus navíos.

En el siglo VI se despuebla el cerro de Montemolín, donde queda la acrópolis o zona simbólica, como vestigio de origen y pasado, mientras surge una nueva ciudad cartaginesa a sus pies, en el cerro de Vico, un punto y seguido en la historia púnica.

El momento crucial en la historia de Vico-Montemolín habría de llegar en el siglo III a.c. Convirtiéndose en escenario de la segunda guerra púnica, cuando se erigió un campamento cartaginés, como en otros enclaves estratégicos. Los cartagineses pronto se hicieron con el control de las antiguas minas y posteriormente fundaron Cartago-Nova, poniendo en marcha la maquinaria económico-bélica. Reclutaron hombres y comenzaron a emitir moneda para preprar su guerra contra Roma.

Montemolín es uno de los puntos más antiguos en emitir moneda. “Este yacimiento es quiza el que concentra mayor número de piezas circulantes durante la estancia de los Barca en Iberia”, opina la investigadora María Luisa de la Bandera, (4) que considera “muy probable” que el yacimiento tuviese su propia ceca. Grandes cantidades de shekels prodecentes de Cartago, Cádiz, Roma o Ibiza han sido halladas en el yacimiento marchenero, lo que explica el papel decisivo que tuvo en el desarrollo de la guerra. “Incluso se ha llegado a proponer Montemolín como el centro de operaciones de las tropas cartaginesas más importante de andalucía occidental”, dice De la Bandera. Shekels con representaciones de Melkart y Tanit, elefantes, caballos y palmeras inundan hoy museos y colecciones privadas de toda Europa, procedentes de Montemolín.

Sin duda alguna, desde el cerro de Montemolín, se puede uno asomar a nuestros mitos, dioses y costumbres más antiguos, pues allí están hundidas las raíces de este valle.

1.-Marija Gimbutas: “Diosas y dioses de la vieja Europa”.2.- Joseph Campbell. 3.-Tucídides.4.-"Montemolín: Una página de la historia de Marchena".




El sillón de terciopelo


En las naves el ala superior del templo de Santa Isabel aún puede verse un mullido y antiguo sillón que es todo un símbolo. Vamos a averiguar porqué.

El día de la Encarnación de 1763 el Duque de Arcos llegó a la iglesia de Santa Isabel -o de la Compañía de Jesús- en carroza de caballos vestido de gala y acompañado de sus dos criados mayores. El rector de los jesuitas le espera en la puerta de la calle Compañía, le recibe con grandes reverencias y le lleva hasta la capilla mayor donde se ha dispuesto silla de terciopelo, alfombra y almohada. Una vez termianda la función, el rector le ofrece al Duque que vaya a refrescarse al patio y allí permanecen disertando "en conversación tan familiar con todos los padres que parecía que se había criado con todos". En el transcurso de esa conversación, D. Francisco anuncia que el Rey lo reclamaba en Madrid. Esa sería la última vez que pisaba Marchena.

Con esta escena terminaron varios siglos de intensa relación entre Marchena y su Duque, cuando el pueblo se convirtió en una pequeña corte de una destacada casa nobiliaria. Para los Jesuitas, fue un auténtico cataclismo, pues desde siempre habían sido los más favorecidos.

San Ignacio de Loyola, pedía a sus seguidores “que se esuche a los menos importantes, pero que les hablen poco y los despidan pronto, mientras que a los grandes se les investigue su carácter para aparecer ante ellos simulando ser afines a su forma de ser”. En Marchena los jesuitas regentan más importante centro de educación del Estado de Arcos, que comprendía varias provincias andaluzas. El Duque no daba un paso sin la opinión de los miembros de la Compañía.
La amistad de conveniencia entre éstos frailes y los poderosos fue muy sonada. En 1610 con motivo de la beatificación del fundador jesuita San Ignacio de Loyola destacó el impresionante despliegue de arquitectura efímera. Sobre la fachada de la iglesia se sobrepone una portada falsa con columnas, pirámides, esferas. El interior se cuelga enteramente de tercielos, brocados, sedas. La imagen de San Ignacio es cubierta de joyas.

Pero esto no es nada comparado con el gran despligue de 1622 cuando se Canoniza a San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola. En esa ocasión el Palacio ducal entero es cubierto de arquitecturas fingidas con estatuas, arcos, columnas, fuentes y todo tipo de adornos con motivos de los nuevos santos. Igual pasa con la iglesia que por dentro es cubierta entera de pinturas y telas y fuegos artificiales sobre la iglesia de Santa Isabel. Por las calles, desfiles y mascaradas, representando al Quijote y todos sus personajes. Fueron las mayores fiestas que Marchena recuerda.

Con la marcha de los duques, llegó la época de las sombras para la otrora poderosa Compañía. El Ayuntamiento se enfrenta con los frailes, sus pleitos y conflictos son solucionados siempre a favor de los frailes por orden directa del Duque. Los jesuitas entienden que deberán mejorar sus relaciones con los notables del Ayuntamiento. Sin embargo tendría que ocurrir un hecho muy grave para que todos vieran ésta necesidad.

Los Jesuitas ejrecían la función de asitencia a los presos y en algunos casos, la liberación de los mismos, que con la nueva situación, en ausencia de los Duques, se disputaban todas las órdenes religiosas.

Las órdenes instrumentalizaron a las hermandades de penitencia. La Vera Cruz fue creada por los franciscanos y el Cristo de San Pedro por los dominicos. El Dulce Nombre llevaba el escudo jesuita y en 1721 sacaron a su imagen en rogativas por sequía.

La tensión se palpaba entre unas órdenes y otras. En esta situación surgieron los disturbios del Jueves Santo de 1756, cuando pasaba por delante de la cárcel la hermandad del Dulce Nombre. El Asistente del Ayuntamiento dió orden a los soldados de la cárcel de que disparasen si algún penitente del Dulce Nombre, en su regreso de la estación de penitencia a San Juan y al pasar por la puerta de la cárcel intentaba liberar algún preso.

Los soldados, de quienes los jesuitas dicen que estaban bebidos dispararon contra la multitud, despejan la calle a cuchilladas y hubo muchos muertos y heridos. La estatuta del “Niño Jesús” dice el relato, que va en la procesión recibió varios balazos y al final rodó por los suelos. Hubo toque de alarma y los soldados se encerraron en la fortaleza del castillo de la Mota. Los miembros del Ayuntamiento se refugiaron en iglesias y conventos temiendo la ira popular. El Colegio Jesuíta cerró sus puertas y solo dejó entrar
a uno de los alcaldes, que aconsejado por el rector, solucionó todo de forma que a la caída de la noche se había hecho la paz.

Se abrió un juicio en que el Rey, mal informado, acusa al pueblo de los sucesos. Los Jesuitas, exculpan al pueblo y a las autoridades municipales e inculpan a las tropas del Duque, hasta hace muy poco, su adorado patrón y benefactor. Los jesuitas apoyaron al Ayuntamiento para ganarse su amistad. Los jesuitas fueron expulsados de Marchena el 19 de abril de 1767 para nunca volver.

Estos hechos seaparecieron relatados en un pergamino pegado en el interior de una imagen dentro de la iglesia de Santa Isabel y analizados por el historiador Julián Jose Lozano. En la tribuna, justo frente al altar lateral aún permanece el mullido sillón encarnado donde se sentaba el duque, como mudo testigo de los pasados tiempos de esplendor.

La sonrisa de la Diosa

De toda quella grandeza pasada de Santa Isabel, aun quedan cosas. Queda el patio y la iglesia. Soleado patio lleno de macetas, como un recipiente de la luz solar. Romano y árabe como el azahar, alegre y lleno de jolgorio y ruido, como el sol de un domingo a mediodía.
Un patio que abre los impulsos del corazón. Agora, foro íntimo. Ecos de lejanas conversaciones bajo las estrellas del verano. La luz besa los intercolumnios y dibuja con timidez los gastados ladrillos. Ordenado, pero estallando en oleadas de aroma y color.
Por entre las ramas de los naranjos se deslizan las telas de araña materialización de la detención del tiempo. Cuando entramos, tenemos la certeza de que no hay tiempo en aquel patio. No pasa. Los relojes, se paran. Los movimientos se ralentizan, los ruidos de la calle llegan como un lejano susurro. El reloj de sol se muestra inabarcable y certero en su medida del giro terráqueo.

Inalterable, el patio te habla en su propio lenguaje, si se está dispuesto a escuchar. A escuchar, la verdad. Pero el hombre siempre siente miedo al silencio, por si un día descubre que su cuerpo no emite ningún ruido, ni sus huesos crujen. Es por eso que el hombre no se suele parar en patios como éste a oir el paso del tiempo por entre las macetas. Si el hombre escuchar se daría cuenta que el patio ha metido dentro de tí, que ya tu también eres tiempo que no pasa, y sol que acaricia con labios de amante adolescente las piedras y agua que murmura historias del pasado. Porque ya todo eso está ahí, dentro de ti. Para siempre.

El peso de la historia descansa sobre los arcos pétreos de la iglesia, concluída en 1588 ideada por Martín de Gianza, maestro mayor de obras de la Catedral de Sevilla. La Inmaculada del altar mayor, que fue traída en procesión desde el Palacio, donada por la Duquesas Maria de Toledo, parece que nos sonríe enigmática quizá ocultando algún secreto del tiempo. Como por ejemplo su relación con el signo de Tanit, la diosa del cerro de los fenicios.
El altar mayor es pura armonía entre pintura y talla, entre tiempo y espacio, entre pasado y futuro. Relacionado con el de la catedral cordobesa- y diseñado por el jesuita Alonso Matías, es un prodigio de equilibrio que muestra los símbolos de la orden (IHS) en el lienzo central, de Roelas, que con la expulsión fueron borrados y tras ser restaurados vuelven a lucir. En el cuerpo inferior aparecen cuadros de Alonso Vazquez. Bajo el altar está enterrada la fundadora Doña María de Toledo, Duquesa de Feria. Sorprende la serenidad de la pintura del Ecce Homo de Juan de Juanes (1550) o la maravilla de la Inmaculada de Alonso Cano (1660).

Solos ante campos dormidos

La vida del municipio se vió sorprendida por la visita del rey Felipe V en 1730 que vino a cazar a la dehesa de Montepalacio. Seguía una tradición mantenida durante siglos por los Duques, que tenían a este palacete en medio de bosques de pinos y encinas como su pabellón de caza. Se trata de la finca y dehesa de Montepalacio y su vecina Montechacón, vestigio de los antiguos bosques. Está junto a Las Arenas, donde muchos se refugiaron en las épocas de carestía, como la posguerra, gracias a su fertilidad, mientras en el pueblo pasaban hambre. "Ese milagro de arena que brota en frutos y flores" según Antonio Salvago.
De no ser por los conservacionistas del Taller Verde, no tendría la “Cañada Real de Morón” árboles que nos dieran sombra. Caminos y cañadas son vías pecuarias, antiguos caminos ganaderos en desuso hoy ocupados en parte por la agricultura. Hoy su conexión con riberas, arroyos y otros elementos naturales son muy útiles para el refugio y alimento de especies importantes. Deslindar es recuperar y hacer valer su dominio público a través de planos antiguos, fotografías aéreas y técnicas GPS.
"El pino es el mar y el cielo y la montaña: el planeta”, machadiano saludo a los restos de antiguos bosques de pinares que se ven en la zona con la sierra de Grazalema al fondo. Más cerca, a la izquierda se observa el cerro del orégano, con su reconocible torre de telecomunicaciones, junto a la cual se ubica la zona del antiguo eremitorio de Santolalla y abundan pequeños bosques.
Desafiando al tiempo, el cortijo de Vistalegre, -que parece hecho para el turismo rural- trae su viejo rumor de molienda y voz de aceite solo interrumpida por los bandoleros. "Pernales" (Francisco Ríos, Estepa 1880-1907) dejó su marca de leyenda bandolera en forma de disparo en la anitgua veleta del cortijo. Los bandoleros estepeños encontraron facilidad en actuar entre estos llanos.
No es difícil desde aquí observar, si es la fecha apropiada, el vuelo del cernícalo, pequeño halcón asociado desde el tiempo de los árabes con la cetrería. También puede verse la abubilla, con su llamativa cresta rosada, que se levanta o baja cuando está alerta. Tampoco pasa desapercibido el brillante colorido del abejaruco, el más llamativo de todos, de pico largo y delgado, y alas parecidas a las de las golondrinas.
Giramos a la derecha y a 300 metros nos encontramos el descansadero de Los Pozuelos, una antigua zona de parada del ganado transhumante que conserva mucha vegetación gracias a las replantaciones. Pequeño bosque de olmos, y álamos blancos cuyas hojas tiemblan por el viento. "Entre los álamos de oro/ lejos, la sombra del amor te aguarda”.
Retomamos la Cañada Real de Morón entre chumberas. Terminadas estas, debemos tomar a la derecha, abandonando el camino principal, para seguir paralelo al vallado de la finca Montechacón. Poco después, la senda alcanza una de las zonas más bellas formando una galería boscosa: el "Pasillo Verde", formado por vegetación autóctona de bosque mediterráneo: alcornoques, encinas, lentiscos, mirtos, coscojas. El Mirto o Arrayán nos regala su aceite aceite aromático, mientras que el espino majuelo, tiene propiedades relajantes. El lentisco es una especie protegida.
De repente, una gran franja gris cruza las campiñas arenosas verdes y rubias. La A-92 divide en dos la antigua dehesa. La cruzaremos por un túnel y ya entramos de lleno en el bosque, territorio sagrado según antiguas creencias que adoraban a la naturaleza. La dehesa, reino de la encina . "Siempre firme, siempre igual / impasible, casta y buena, ¡oh tú, robusta y serena / eterna encina rural”. (...) “El campo mismo se hizo/ árbol en ti, parda encina./ Ya bajo el sol que calcina,/ ya contra el hielo invernizo”.
Campos como éste cubrían no hace mucho grandes extensiones, cuando la agricultura no era aún opuesta a la tierra. Este equilibrio intenta de nuevo ser recuperado por la agricultura ecológica, intentando ser menos agresiva con la tierra y con el hombre. En Montepalacio tenemos ante nosotros el pulmón verde del llano cerealista.
Hay que rodear el alcornocal de Montechacón, que se sitúa siempre a la derecha de nuestra marcha, hasta llegar a la carretera Marchena-Morón, cruzarla de frente para entrar en la finca La Mocheta, por un camino público. En adelante se extienden casi tres kilómetros de uno de los últimos bosques naturales existente en la campiña andaluza. Estamos ya en el corazón de Montepalacio. En el corazón del bosque, donde según las antiguas creencias habitaban los dioses de la tierra y los animales abundan, alegres y tranquilos. Entre la fronda de la vegetación asoma la torre del antiguo palacete de Montemolín.
El astuto y rápido zorro pasa como una sombra en busca de ratones, topillos y conejos. Bajo las encinas, los tejones con su pelaje de rallas negras y blancas, excavan sus galerías nocturnas buscando el calor de la tierra. La belleza felina parda y moteada de la gineta se deja ver bajo la luz de la luna, tras sus presas.
Es un camino duro, por la arena. Buen momento para ir a pie y atisbar el cielo en búsqueda del ratonero o pajarillos como el papamoscas, el carbonero o la curruca, entre otros. Tras un kilómetro iniciamos un descenso para cruzar el arroyo del Gavilán, casi siempre sin agua y ascendemos para nuevamente penetrar en el bosque de alcornoques: Liebres, perdices y conejos huyen a nuestro paso. “Entre los tamarices de al-Naqá hay una nidada de perdices, la belleza ha tendido su tienda sobre ellas”.(Ibn Arabí).
Salimos de la dehesa y cruzamos de nuevo la autovía por otro túnel, iniciando el camino de vuelta, tomando el camino de servicio hacia la derecha y buscando el camino de Carpia. Al principio atravesamos pequeñas alamedas de olmos y, tras dejar los últimos olivares entramos en un terreno muy abierto: es la vega de Carpía. Marchena se va divisando en el horizonte.
El atardecer tiñe de rojo las tierras. Y frente a la maldición de la machadiana tierra de alvargonzález, en donde “La codicia de los campos ve tras la muerte la herencia”, se antepone aquí la placidez del cantautor Manolo García: “El olvido sesteando a la brisa de un pino. Suave, suave desciende la colina. Solos, ante campos dormidos. Suavemente la tarde se adormece”. La sencilla belleza de los campos se hace eterna junto a las murallas.

La primera crónica

Las crónicas de la antigua prensa, no se olvidaron de relatar los pormenores de la vida cotidiana en Marchena. Nunca faltaron personas que sintiesen la pasión de ser testigos privilegiados de su tiempo, ni gentes dispuestas a entorpecer este trabajo, que va camino
de cumplir 140 años en el municipio (La Aurora de Marchena 1867, primera publicación).

Las primeras crónicas nos hablaban de los soldados que volvían de la guerra de Cuba en 1898, pero también de nuestra feria, (fundada en 1800). Cronistas que contaban el traqueteo del tren bajo el asfixiante calor septembrino. No pasaron por alto la animación de la feriascon 4500 cabezas de ganado que se vendían en el "cerro parrita", -o del berral- aprovechando el agua del "baño de los caballos" por donde brotaban las aguas subterráneas. Muchos tratantes de ganado eran gitanos y las ventas se sellaban con un apretón de manos y un chato de aguardiente.

Junto al taller de carros y por toda la ladera que bajaba de las murallas se vendía ganado. Podía comprarse una vaca ppor 1200 y los cerdos a 66 reales la arroba. Coches de caballos y mujeres luciendo mantillas de madroños, casinos, cafés y teatros también llenos. En los barracones y tenderetes se vendían juguetes, dulces y figuras de cera. Los casinos liberal y conservador servían bebidas y comida.

Frente a la fonda del Nene, donde se hospedan los toreros, hay gente que los espera para verlos salir. Nada menos que una corrida de Miura para los matadores Bombita y Parrado. Los toros, salieron bravos como se esperaban y mataron a cinco caballos, en la antigua plaza de la explanada de Santa María.

Pero la prensa no sólo daba noticias festivas, sino que también de hizo eco de novedades mucho más inquietantes, -que las hubo-. En la madrugada del 10 de agosto de 1933, los pocos automóviles que había se reúnen presurosamente en los llanos el Galapagar, junto a la estación de Renfe. Todo forman dos líneas paralelas, dejando en el centro un espacio bastante amplio, iluminado por los faros. Allí aterrizó un aeroplano del que descendió el diputado marchenero Mariano Moreno Mateo, para analizar la delicada situación social en el municipio tras el golpe de estado del general Sanjurjo contra la república, que tuvo su nucleo más activo en la ciudad de Sevilla.

En medio del silencio de la noche sonaron las campanas de San Juan que advertían de un conato de fuego en las puertas del templo que afortunadamente pudo ser extinguido a tiempo. No tuvo la misma suerte la capilla de los Desamparados que ardió en 1932, mientras centenares de personas intentaba sofocar el fuego con subos de agua.

Los ánimos estaban soliviantos. Estaban cortadas las comunicaciones telefónicas y ferroviarias y los bares y lugares de reunión habían sido cerrados. Al día siguiente hubo manifestaciones antigolpistas por las calles, una de ellas entró cantando la internacional e interrumpiendo una misa en San Sebastián. Pocos días después, una vez fracasado el golpe se detuvo a la cúpula de un partido acusado de simpatizar con la intentona gopista.

Eran los años del surrealista impuesto que se estableció por hacer sonar las campanas porque los repiques "interrumpen y dificultan los trabajos de inteligencia en oficinas y escuelas, perjudicando a los enfermos" decía la autoridad. Un vecino opinaba en la prensa local que era cruel que deba estar recordándose a los humanos constantemente su hora final. "A fé mía que cuando doblan sentimos a nuestro alrededor el frío de la huesa y eso no está bien".

Opiniones para todos los gustos había en los periódicos locales. "Con oficios de varón como trajinar en elecciones se endurece mucho el perfil moral de la mujer" opinaba otro ciuadadano que apostillaba en 1933 "acaso no haya nada mas femenino que el feminismo" o "la función primordial de la mujer no está en la calle, es opinión antiquísima".

No solo bromas y buenas intenciones escondían las palabras. Un escalofrío nos recorre el cuerpo cuando leemos que el reportero se dirigía a un concejal determinado diciendo simbólicamente, "lo ha matado su propia minoría", o "están fracasados, son política y administrativamente cadáveres". La muerte del citado concejal, tres años después no tenía nada de simbólica.

Mucho mas reveladores y mágicos son los pequeños hechos cotidianos que nos dejó la prensa antigua. Por ejemplo, la sorpresa mayúscula de los familiares y amigos de un difunto que al llegar al cementerio vieron cómo los sepultureros estaban borrachos, viéndose obligados a dar ellos mismos sepultura a su familiar. O el espectáculo de ver a "dos guardias municipales completamente embriagados acompañados de chicas de vida alegre en auto de alquiler".

¿Tendrían estas escenas algo que ver con el carnaval?. Antonio Rueda recuerda con alegría aquel Carnaval de hace un siglo, en el que la murga de las "viejas ricas" dieron que hablar. "Componen el repertorio, de estos coros populares, sucesos hechos cantares, bien tristes o irrisorios. Todo lo que fue notorio, en sus canciones critican, así por ello se explica, sea un freno en el vivir, pues nadie quiere salir, en coplas de viejas ricas". "Hemos presenciado por las calles con hondo dolor a innumerables mamarrachos que lucían con asquerosa ostentación, la borrachera, excusa para proferir aullidos opuestos a la educación y buenas costumbres". No es de extrañar que desde que el editor de El Eco publicase ésto, el carnaval en nuestro pueblo no levantase cabeza.

Teatros y cines siempre hubo, llamándose Campoamor, a principios de siglo o Planelles hasta hace muy poco. En ellos ya se hablaba de la posible llegada de turistas. "Mi visita a Marchena es para ver cuadros de surbarán, murallas romanas y comer tortas de manteca" decía en 1956 -dos años después de la última nevada- el protagonista de "Un americano en Marchena", obra de teatro de Andrés Rueda.

Tampoco faltaban las coplas dedicadas a los bares. "El mostrador de Cañete a cualquiera compromete. Señor buen vaso de vino tomé, en casas de Cañete. Ahora que si no me enpino, creo que no le doy el sorvete. Yo creo que el armazón, obra ha sido de Narbona, el cual tenía loa gran mona, el día que lo acabó".

No menos interesante parece el relato de la llegada a un bar del primer gramófono. La novedad iba de boca en boca por el pueblo. "Más de cien personas escuchaban en apretado círculo". Cuenta el reportero que un vecino conocido por su afición al vino y en estado de embriaguez dijo a un amigo: "Ten cuidado, no hables que este bicho te coje la voz y sirves tú de guaseo por todas partes". Otro que presumía de cantaor flamenco, y después de oir varias malagueñas en el aparato, lo examinó, dió dos o tres vueltas alrededor, comprobó que no tenía contacto con nadie y requerido a que diese su opinión dijo: "Propuesto por el hombre, pero mágico". Poco después llegaría la radio a sustituir a los que por la calle lo pregonaban todo.
-¡¡¡Cal de Morón!!!.Por la cual celebra este pueblo cada primavera su "fiesta de la cal santificadora y exculpante", según Luis Camacho.
-¡¡¡Jardre!!!. Hojaldre de Marchena, tesoro mantecoso y laminado.
-¡¡¡Molletéeee!!!. Otras de las grandes aportaciones marcheneras a la gastronomía universal.
-Jigooooooooooo. Dos jigos, una gorda doooooo. Deliciosos higos chumbos.
El de los quesos, el latero, el botijero, el paraguero, el trapero, el de la miel, el heladero, el sillero, el afilador, el de las piñas. Todo se pregonaba, incluída la programación de ese día en el cine, a golpe de trompetilla. Incluso había quien pregonaba su poesía, vendiendo jazmines.

El último bosque de ribera
El río es una corriente de tolerancia y belleza, un misterio, una metáfora, un organismo vivo que se perfecciona con el tiempo, crea paisajes como obras de arte. Alimento y espiritual, vamos al rio para aprender sobre nosotros mismos. El río lleva vida a todas las cosas vivas. Y nosotros... ¿qué hacemos con él?. Tirar basura.
“El río va corriendo/ entre sombrías huertas/ y grises olivares”. El Corbones es nuestro mayor monumento natural, corredor para la fauna, colchón que amortigua procesos erosivos y contaminantes. Es posible conocer su historia e importancia ecológica visitando la Casa del Río, en la calle Carreras.
El río fue motor económico, movía siete molinos harineros; y su industria relacionada: la del transporte y la del cambio como el llamado “Mesón del peso de la harina”, situado en la actual calle Harinas. La pesca del río posibilitó la apertura de al menos trece pescaderías, en las que se vendía pescado de río, cuando era mucho más rentable que traerlo de la costa.
Nuestro río, como la mayoría de los ríos de nuestro entorno sufren contaminación. Sin embargo aún estan desempeñando un importante papel. No se puede decir lo mismo de las lagunas. Las campiñas sevillanas hasta hgace unas décadas fueron una de las mayores concentraciones de lagunas españolas que fueron desecadas para uso agrícola. En nuestro suelo, una de las mayores era la laguna de Sevilla. Formaban conjuntamente con el río, un conjunto de humedales, muy propicio para la vida de las aves.

Ahora un proyecto financiado por la Union Europea pretende evitar el deterioro del último bosque de galería. Contempla algunas medidas como la reforestación y creación de zonas de ocio en la intersección de las carreteras Marchena-Lantejuela y Marchena-Fuentes. La zona de La Zarzuela es una de las mejor conservadas en suelo marchenero y en La Puebla de Cazalla, es la "junta de los ríos". Allí ha sorprendido a los científicos la presencia de restos de la nutria, un animal muy sensible a la contaminación, auténtico indicador biológico sobre el estado de consrevación de la naturaleza. Junto a la nutria también se estudia con interés el pez calandino, una especie propia de nuestros ríos, que está muy amenazada. En el rancho Metro, se conserva un antiguo molino del río, un puente romano y un antiguo deósito de agua, también romano.

El bosques de ribera cumple su función biológica al eliminar los nitratos disueltos en las escorrentías subterráneas. Además posibilita el movimiento de las especies y la conexión entre diferentes hábitats. En la cadena trófica de un río tiene especial importancia la materia vegetal sintetizada en las riberas y llanuras de inundación.

Dentro del agua, existe vegetación sumergida, cerca de la orilla pero con parte de su estructura aérea fuera del agua: son los helofitos: carrizo, espadañas, cañas, etc. A consecuencia de la salinidad de las aguas, aparecen los tarajes, que toleran periodos de sequía o falta de humedad. También aparecen bosques de sauces por la flexibilidad de sus tallos para resistir el empuje de la corriente. Ya en tierra firme se desarrollan bosques de olmos y fresnos.

El rosal silvestre, o escaramujo es una de las plantas más bellas de la ribera del Corbones, son arbustos trepadores que pueden alcanzar hasta cuatro metros. La flor tiene pétalos blancos o rosados, y su fruto es rojo y carnoso. Florece de mayo a julio y los frutos maduran al final del verano o a principio de otoño. El principal aprovechamiento es el fruto, especialmente por su riqueza en vitaminas: caroteno, y sobre todo C.
El taraje es un arbusto de entre dos y diez metros, de parda corteza agrieteada, cuya madera es apreciada para leña. Pueden fijar dunas o sujetar márgenes de ríos, o aterrazamientos de torrentes. Resiste bien la sal, por lo que es especialmente indicado para marismas y saladares.
Del álamo blanco decía Machado "los chopos son la ribera, liras de la primavera, cerca del agua que fluye, pasa y huye, viva o lenta”. llega a tener hasta 30 metros de alto, copa gris blanca y hojas con el envés blanco puro que luego se tornan verde por el haz. Resiste bien la sequía siempre que el subsuelo esté húmedo., es decir que necesiten tener agua cerca. Agua como un espejo. "¡Chopo viejo!. Has caído en el espejo del remanso dormido”. Oración de Lorca y agua.
La hiedra forma grandes alfombras sobre el suelo y trepa sobre otro árboles, con ojas perennes. Florece entre septiembre y noviembre, con pequeñas flores verdes, busca la humedad y tener cerca árboles o rocas para trepar. Tiene hojas y frutos irritantes. La zarzaparrilla, tambien trepadora e irritante.

También está presente el perioflio, con sus grandes hojas verdes en forma cónica y sus rojas semillas mortales para el ser humano. O la vinca, una planta trepadora, que se enreda en los troncos de los tarajes. También pueden verse setas y champiñones que crecen junto a troncos de árboles en descomposición o en zonas muy húmedas.

La flora y la fauna asociada al río, continúa hoy por hoy, sin estar exenta de los peligros de la contaminación y la falta de conciención. Lejos de estar garantizada la estabilidad de su ecosistema, diarimente se dirime en sus riberas la dura pugna sobre el futuro. El eterno antagonismo entre los partidarios de la conservación de nuestros recursos, y quienes, desconociendo las graves consecuencias de sus acciones para las generaciones venideras, o conociéndolas provocan daños a nuestro patrimonio común.




Piedra para la eternidad

Si hay un edificio que llame poderosamente la atención llegando a Marchena es San Agustín. Todo en este edificio hace que nos preguntemos, qué hace ahí, quién lo levantó. Después de cuatro siglos sigue cumpliendo su función. Piedra al servicio del poder y la gloria eterna, con vocación de pirámide egipcia. Eso es San Agustín. Incluso en nuestro siglo, los poderes dominantes lo usaron para colocar en su cima, nuevos elementos simbólicos del poder. “Cristal, horizonte, Dios, entre tus torres gemelas”, anunció Salvago.

Su interior sorprende casi tanto como su tamaño. Cuando los ojos se acaban de acostumbrar a las sombras descubrimos el monumento funerario de Manuel Ponce de Leon, que responde a todas nuestras incógnitas.

Don Manuel era apenas un niño cuando la ciudad de Nápoles se levantó contra su padre Don Rodrigo (Virrey desde 1646 a 1648). Don Juan José de Austria, hijo de Felipe IV. destituyó al Duque de arcos y nombró nuevo virrey al conde de Oñate. Así acabó la aventura europea de los Ponce de León.

De vuelta a su tierra natal le esperaba una formación austera como canónigo de la catedral de Sevilla. Sin embargo su destino fue finalmente heredar el Ducado, tras la muerte del hermano mayor. No estaba preparado para ello, pero ya habían planeado para él una boda de altura. Se casó en 1666 con la portuguesa Guadalupe de Láncaster Duquesa lusa de Aveiro (Azeitao, 1630 + 1715), escritora, pintora, mecenas de artistas y cientificos.

Pero Manuel había sido educado para ser un clérigo y el matrimonio fracasó. Aun así tuvieron un hijo, que no logró detener el enfrentamiento de sus padres. Manuel se reafirmó levantando una iglesia que resumiese la grandeza de su familia y linaje. Destinó fondos de otras importantes empresas al nuevo templo que tardó tres siglos en construirse.

Primero se erigió el claustro, uno de los más hermosos de la campiña, siendo esta zona la más antigua. Aunque si hablamos de antiguedad hay que citar la bella escultura de Virgen con Niño de Roque Balduque, la talla más antigua.

Se contrató a los más destacados artistas castellanos, tendiendo en mente un proyecto similar al de El Escorial. El cantero Bartolomé Zúmbigo maestro mayor de obras de la Catedral de Toledo, - también trabajó en El Escorial visitó las obras en 1680 y dibujó las trazas de la iglesia. Decidió combinar materiales como el ladrillo, típico de la tradición local, con la cantería de las sierras de Estepa y Morón en los motivos ornamentales. Toda la fachada está impregnada de un elegante barroco austero y de exquisito gusto.

Su alumno Alonso Moreno (Parroquia del Sagrario de Sevilla, fachada del Palacio Arzobispal) se encargó del proyecto a partir de 1682. Cuatro años después la fachada se había levantado en gran parte.

En 1692 llegó de Madrid plomo y una serie de complementos metálicos, 740 arrobas de peso. Los fundieron maestros de Marchena, Sevilla y Triana y se destinó a las techumbres, que seguirían el estilo de la corte madrileña cubiertas con pizarra y plomo, planes que finalmente fueron cambiados.

Ese mismo año pide al arquitecto que tome medidas del hueco del altar mayor para encargar al napolitano Luca Giordano un lienzo de gran tamaño para el altar.

Sin embargo, Don Manuel no viviría para ver concluída su obra, pues murió al año siguiente a falta de rematar el cuerpo de campanas, esculturas en las hornacinas de la fachada y los remates de las torres y gran parte del interior. Su viuda, Guadalupe desvió los fondos para la construcción de San Agustín a otros proyectos, incumpliendo el testamento de su marido. Encargó al arquitecto Alonso Moreno que trabajo en la reforma de las casas consistoriales y la Plaza Arriba.

La iglesia sería finalmente bendecida a mediados del siglo XVIII. Guadalupe, sin también había previsto su lugar de enterramiento y eligió un lugar muy destacado de su familia, el monasterio extremeño de Guadalupe. Pero entre tanta obra de arte llama podersomante la atención un gran lienzo de Luca Giordano. Detrás del ábside del convento de Guadalupe está la capilla llamada de los Siete Altares, frente a su entrada se encuentra el sarcófago de doña María Guadalupe Lancaster.

Los tres enigmas

El enigma de Ribera

En la zona del coro de San Agustín se conservan cuadros donados por los duques. Llama la atención poderosamente un cuadro que representa a San Agustín que hasta ahora había venido clasificándose como una buena copia de Ribera, pero que podría tratarse de mucho más que eso. Una limpieza en profundidad de la tela y una investigación sobre la misma podría revelarnos más datos sobre el mismo, aunque Juan Luis Ravé ya trabaja con la hipótesis de que se trate de un auténtico Ribera.

Los paralelismos con Osuna son numerosos. El pintor gozó de la protección de los virreyes, que le fueron adoptando como pintor de cámara. En 1616 Ribera se traslada a Nápoles entrando en el taller del caravaggista Gian Bernardo Azzolino, con cuya hija se casó poco después y creó su propio taller. Ese mismo año Pedro Girón es nombrado Virrey de Nápoles hasta 1620. Le hace su primer encargo importante, El Calvario de la Colegiata de Osuna. El éxito es tal que la nogbleza española le hace numerosos encargos. Tras la muerte del Duque de Osuna, el de Alcalá le sustituye como virrey y nombra a Ribera Pintor de Corte y luego el Duque de Arcos. Su taller se ha convertido en el más prestigioso de los napolitanos y en él trabajarán un buen número de ayudantes, entre ellos Luca Giordano autor de unos 5.000 cuadros era el pintor de moda en la corte, y autor de varias obras en El Escorial.

El Duque de arcos estuvo dos años en la ciudad, en los cuales entraría en contacto con la corte ducal, de la que Ribera era su pintor “oficial”. La biografía del pintor indica la relación pictórica con todos los virreyes, pero nada dice respecto al Duque de Arcos. El cuadro de San Agustín, una vez restaurado y convenientemente estudiado, podría ser la respesta a dicho enigma.


El enigma del estilo indígena

Mucho se ha hablado sobre las yeserías, y hay quien ha creído ver una influencia indígena americana en su decoración. Fueron concluidas en 1649 bajo un estilo muy distinto al previsto, bajo el encargo de Guadalupe de Láncaster, quien mantuvo una fuerte amistad y correpondencia con el explorador de la peninsula de California y cosmógrafo jesuíta Francisco Kino. Kino logró interesar a doña Guadalupe Láncaster, en la empresa de las misiones de California, de tal manera que ella aportó considerables fondos económicos para ese fin según Herbert Eugene Bolton. Kino entró en contacto con ella durante su estancia en España en 1680.

Lo cierto es que las yeserías no se ajustan al estilo del resto del edificio. Ravé opina que
probablemente no sea más que una interpertación popular de los alarifes locales sin ninguna influencia iberoamericana. Las guiás turísticas oficiales, comprobaremos que hablan de flores del trópico, pumas, serpientes, monos y elementos mágicos. Los tópicos se imponen a la realidad.

El enigma de los luteranos

No hace muchos años, en la preparación de una exposición artística se encontró con gran sorpresa un libro de himnos luterano hecho en 1872, decorado a mano, con el escudo de la primera República Española. El libro entró por derecho propio en el selecto club de las rarezas y su precio, en caso de venta, podría haber sido bastante elevado.

Ravé destacó el interés de este libro -único en España, por su rareza y valor sentimental para la comunidad de la iglesia evangélica española. Leer, escribir o tener este libro, podría acarrear graves consecuencias.

Sin embargo, el libro estaba, como uno más en las estanterías del convento. Las librerías de los conventos marcheneros serían “fastuosas” opina Ravé, por las numerosas donaciones de los Duques de Arcos, aunque la mayoría de estas publicaciones han desaparecido, otras se conservan aún ignoradas por todo el mundo en las estanterías de algún convento. Y de vez en cuando nos dan sorpresas como ésta.

El secreto como arma

La palabra más prohibida de España, fue masón. Prohibida, perseguida y demonizada. Aún hoy muchos, al oir este vocablo, acudan a su mente las leyendas más oscuras. Tal es el peso de la propaganda.

La idea de un grupo secreto dedicado a la filantropía resulta fascinante. Sin embargo, ¿como llegó algo tan simple como una hermandad de constructores a ser tan perseguido?. Los ideales masónicos de tolerancia religiosa y la igualdad, no siempre han sido ni compartidos ni respetados. Libertad, Igualdad, Fraternidad. Y hoy en día no tienen nada de secretos, pues se organizan charlas, conferencias y reuniones.

El ferrocarril, instrumento de progreso y avance, trajo hasta los municipios de la conservadora campiña sevillana en torno a 1880, los primeros masones. No deja de ser simbólico que con aquella fuente de progreso, y precisamente desde la vecina Francia, llegase Louis Alfred Coullaut Boudeville, ingeniero de ferrocarriles, padre del escultor Lorenzo Coullaut Valera. Fue el quien impulsaría las primeras logias masónicas de Marchena. Además, gran parte del gremio de trabajadores del ferrocarril de Marchena participó también de estas sociedades secretas. Louis Alfred Coullaut sería uno de sus más importantes miembros, bajo el nombre de Thiers, alcanzando el graod noveno de los más de treinta de la organización.

La primera logia “Hijos de la caridad” fue fundada en Marchena en 1885 según los datos del archivo de Salamanca, estudiados por Leandro Alvarez Rey, que fue impulsada por el jefe de estación de ferrocarrilo marchenero, y que no llegó a congregar a más de 15 personas, la mayoría del gremio de ferrocarriles. Unos años más tarde se funda la “Martia” que llegó a congregar a más de cien personas durante más de diez años, siendo una de las más importantes de la provincia y creando otras sociedades similares en pueblos limítrofes. Finalmente se cerró, o abatió las columnas en 1896 tras la marcha de Coullaut.

Su actividad estuvo dirigida a la “activación política y cultural del municipio” pues en su opinión el marchenreo era “ignorante de que tuviese deberes que cumplir y derechos que pedir”. Editaron un semanario para combatir los abusos de los caciques, que naturalmente no duró mucho tiempo, pues la redacción fue asaltada por un grupo de matones, y sus miembros juzgados por delitos de injurias aunque finalmente absuletos. Sin embargo elloss e mostraron felices por “desenmascarar a algunos personajillos que vivían de la estafa administrativa”. También denunciaron juegos ilegales sin ningún resultado, pero también decidieron al socorro de necesitados y abieron una “sociedad de amigos del estudio” germen de la futura escuela laica que se abrió en 1891 con una modesta biblioteca y una escuela de primera y segunda enseñanza, con clases para artesanos. Entre sus miembros había periodistas, militares, sastres, jueces, industriales o politicos, sobre todo republicanos.

Joyas entre olivares
“En él no son precisos/ ni rosas ni claveles / sólo estar, siglo a siglo/ serenamente en pie”. Como dice Gala, los olivos del cerro de la Atalaya parece que lleven toda la eternidad oteando en las llanuras del suroeste, las ducales riberas del Corbones. En esta zona, por diversos factores se implantó masivamente por vez primera el cultivo de olivar en el siglo XIX.

Ni Montemolín ni Vico han dado aún su fruto de ruinas milenarias, ni el tiempo ha podido acabar con las pequeñas perlas verdes de Jarda, conservadas gracias a su dedicación ganadera, ni la sombra del olivo ha dejado de recorrer las campiñas desde que los fenicios lo trajeron quizá de Creta o de Grecia. “Sobre el olivar, se vio la lechuza
volar y volar”.
“¡Árboles! ¿Habéis sido flechas caídas del azul? ¿Qué terribles guerreros os lanzaron?”. Si Lorca habló así a los árboles, Tolkien los hizo hablar, les dotó de voz propia, naturalmente para intervenir en la desigual batalla entre la tierra y el hombre. Los ents, amables y sabios eran pastores del resto de los árboles. Más allá llegan las tribus baká de Africa, pues para ellos los árboles son Eyengui, el mismo Dios.
Por su tamaño, los árboles más grandes del eucaliptar de la Zarzuela, a cinco kilómetros hacia el sur de Marchena, parecen ents. Rodeado de llanuras de trigos y olivos, allí han ido siempre los marcheneros a pasar un día de campo. Desde aquí, la silueta de los monumentos marcheneros, cobra más misterio. Los campos parecen dispuestos "a verdear el aire" según Blas de Otero y el bosque de ribera, rompe la monotonía de tierras pardas.
Ojuelos, Vico, Platosa, Vadoviejo, La Coronela, La Cobatilla, Gamarra, Media Legua, Beteta, el Parque o Armijo... y una lista interminable. Millones y millones de metros cuadrados de esta zona pasaron de las manos ducales a las de burgueses, en justo día de 1882 en que el féretro de un arruinado duque calavera y derrochador dió con sus huesos en la estación de tren de Osuna. Aquí comenzó además la idea de que en Marchena las tierras están más repartidas que en otras zonas.

Entonces llegó a los campos la economía de mercado y además vino la desamortización a dinamizar el mercado agrícola. “Olivar, por cien caminos, tus olivitas irán caminando a cien molinos”. Y entonces llegó el ferrocarril y con él la expansión del cultivo del olivar que era antes, minoritario. Comienzan a construirse las grandes haciendas del olivar que salpican de blanco, las colinas de olivares en esta zona. “¡Olivares y olivares de loma en loma prendidos cual bordados alamares!”.

“Su luz es como una hornacina en la que hay una lámpara. La lámpara está dentro de un cristal. El cristal es como si fuera un astro resplandeciente. Se enciende gracias a un árbol bendito, un olivo que ni es oriental ni occidental, cuyo aceite casi reluce aunque el fuego no lo ha tocado. Luz sobre luz”. (Corán: Aleya de la luz). Las haciendas tradicionales del olivar están formadas por edificios de labor y viviendas que giran en torno a varios patios. Los patios dedicados al trabajo o el de los señores es el escenario en donde se desarrolla la vida. La portada principal se suele abrir hacia los dos patios. La finca suele tener también espacios dedicados al ganado como caballerizas o cuadras y zonas de almacenamiento de los productos agrícolas, como pajares, graneros, secaderos y lugares para guardar las herramientas de trabajo (maquineros, talleres, guadarnés).

La estancia más típica de estas haciendas es la almazara -palabra árabe que significa espacio para exprimir la aceituna-, en donde se disponen los trojes o depósitos de aceitunas, el alfarge con sus rulos para molerlas y la caldera de agua, además de la prensa con una enorme viga contrapesada por una torre maciza y la bomba o pozo donde se separa el aceite del alpechín. Finalmente, las tinajas donde se deposita el aceite. En 1861 había en Marchena 35 molinos aceiteros uno de los mayores en San Agustín que aun conserva su torre.

Todo esta herencia puede verse además de en las propias haciendas olivareras diseminadas por estos campos, en uno de los pocos molinos que se conserva intacto, dentro del pueblo, en la calle Niño Marchena. De entre las antiguas haciendas destaca la de Montemolín, que además de ser herencia de esta época conserva una importantísima y destacable colección arqueológica y artística privada. También son muy antiguas las de Sanabria o La Cobatilla.

Tras cruzar el río Corbones por el paso de la Zarzuela, hacia el sur, encontramos el cerro del Capitán, desde donde se observa una amplia panorámica sobre el curso del Corbones. Más adelante se encuentra el arroyo del Salado, uno de sus afluentes.
En esta antigua dehesa comienza a aparecer la vegetación autóctona, como el lentisco -especie protegida- y el acebuche a unos ocho kilometros de la localidad. El lentisco es usado con fines ornamentales aunque también tiene un uso medicinal y el acebuche tiene gran interés biológico al ser ejemplos olivar silvestre muy antiguo. Liebres y perdices tienen bajo el acebuche su refugio, de donde salen a alimentarse por la mañana y a última hora de la tarde.
“Yo voy soñando/ caminos de la tarde/. ¡Las colinas doradas, /los verdes pinos, /las polvorientas encinas!...” Ya nos encontramos en Jarda, una zona de gran vegetación autóctona, enriquecida en los últimos años por las reforestaciones de los ecologistas del taller verde. Sobresale el majestuoso chaparro o encina con sutronco recubierto de corcho, y su hermano menor el coscojo. Muy cerca de aquí existío hasta los años 70 el último bosque de encinas de nuestra zona, para uso ganadero.
Los jazmines silvestres presentan unas pequeñas flores amarillas. También hay palmitos, romero y otras hierbas aromáticas, como lavanda, espliego, jara y tomillo plantados además de pequeños lirios silvestres.
La lavanda tiene pequeñas flores de color entre lila y púrpura que producen la esencia de lavanda, utilizada en la elaboración de perfumes, agua de colonia y vinagre. Tiene propiedades medicinales, actúa como calmante y tónico nervioso. Con las flores secas se confeccionan bolsas para perfumar la ropa.
El tomillo es usado en la cocina como condimento, y en medicina como antiséptico, tónico, diurético, cicatrizante y vermífugo. El romero es muy cultivada por sus hojas aromáticas, utilizadas como condimento y como fuente de un aceite volátil. El aceite de romero se utiliza en medicina como estimulante, también se usa en perfumería.
Toda esta zona es usada también como lugar de recreo y esparcimiento, y lugar elegido por muchos vecinos de la zona para celebrar fiestas o comidas campestres, lo cual no es incompatible con la protección de la naturaleza siempre que no olvidemos dejar todo en el mismo estado en el que nos lo encontramos, recogiendo todo lo sobrante antes de marcharnos.
Un poco más allá, cruzando la carretera de Lantejuela encontramos la imponente presencia del toro bravo que pasta en las llanuras de Los Ojuelos, estos animales son actualmente lidiados en importantes plazas de toros de nuestro país. Se trata de la ganadereía Pallarés, fundada en 1939.
Mitra -culto indoario- se medía con el toro, sometiendolo al cogerlo por los cuernos y hundiéndole una espada o un cuchillo en el costado. Del cuerpo del toro surgieron el trigo y la vid. De su simiente, todas las especies de animales útiles.

El mito primitivo tiene su eco en el cercano cerro de Montemolín. La imponente figura del toro negro, que aún se pasea entre las encinas cercanas. En Creta florecía la cultura minoica, con su carga de mitos eternos, como el del palacio de Cnosos. Para entonces, ya todo el mundo conocido había oído hablar de los toros de Tartessos. "¡Toros de Atlante fatuos y cerriles!", que menciona el poeta Fernando Villalón, enlazando, con otro de los mitos, el de Atlantis, al que el profesor Schulten dedicó cincuenta años de su vida.

Volveremos hacia Marchena buscando el camino de San Ginés, -que llevaba a Osuna- pasando cerca de los cortijos de Vico y Montemolín, dos importantes enclaves arqueológicos. El cortijo La Atalaya, a 141 metros, nos avisa que estamas acercándonos a San Ginés con su antigua fuente y ermita.
“Sus laderas son suaves como es suave su brisa. Unas nubes traen el rayo y otras más finas el trueno y las gotas resbalan entre las grietas de las nubes, como llanto que un amante derrama por la separación” (Ibn Arabí).

Tras los símbolos del poder

El arte, es el lenguaje del alma. El alma es lo que nos hace humanos. La violencia, la sinrazón es el fracaso del hombre. Así muchas veces el objeto arístico es como una especie de espejo. Saca lo mejor y lo peor del ser humano.

Cuando el arte se asocia al poder, parece que se impregnara de su esencia, obteniendo esa misteriosa atracción. Muchos hombres poderosos se han pasado la vida persiguiendo los símbolos antiguos del poder, como la puerta de entrada al antiguo palacio Ducal de Marchena.

El arte fue el mejor reflejo de la atormentada personalida de uno de los mayores magnates norteamericanos. La megalomanía de William Randolp Hearst, su desmedida afición al coleccionismo, le arrastraron a una febril ambición de adquirir y acumular objetos artísticos de toda índole, más como signo de distinción social que por auténtico disfrute personal de las piezas adquiridas.

"San Simeon era el lugar que Dios hubiera construido si tuviera el dinero", escribió Bernard Shaw. Pero el dinero -motor y unico sentido de su vida- no era lo único que separaba a Hearst de la bondad divina. El escándalo, al amarillismo, la jugada sucia, la lucha sin cuartel y la ausencia de reglas contra sus enemigos, eran las armas de su cadena de prensa y publicidad, consumida ávidamente por millones de lectores norteamericanos.

Titulares falsos como “Españoles violan a mujeres norteamericanas en Cuba” repetidos en sus mas de 25 diarios, prepararon a la oponión pública para que EEUU declarase la guerra a España 1898. Una vez descubierto su poder, intentó sin éxito la carrera política. Goebbels autor de la frase “una mentira que se repite un millón de veces acaba convirtiéndose en una verdad" se entrevistó con Hearst en Berlín. A cambio de dinero comenzó difundir en sus periódicos artículos de Goering. El descrédito y las presiones populares le obligaron rápidamente a suspender su difusión.

Hearst tenía 52 años, estaba casado y su esposa esperaba un hijo cuando conocío a Marion Davies, de 18 años. Para ella movilizó el aparato publicitario, logró hacerla debutar en Hollywood y empezó a construir el palacio de San Simeon.

Hearst, con su típico sentido del humor, lhizo una simple petición, "Señorita Morgan, estamos cansados de acampar al aire libre en el rancho de San Simeon y nos gustaría edificar algo pequeño..." Una finca de 97.000 hectáreas en la costa de California y varios edificios con centenares de habitaciones donde colocar parte de su colección de arte.

Un viejo imperio agonizaba mientras otro nacía. Una España en crisis, se despedía de su viejo sueño sudamericano. Poco después, Hearst rebuscaba las ruinas de los antiguos símbolos del poder del país que consideró su enemigo. Sus agentes comenzaron a buscar antiguedades en España.

Abandonados claustros románicos en lugares perdidos fueron demonstados. Piedra a piedra, las piezas eran numeradas, embaladas y transportadas por carretera o tren con dirección a los puertos donde embarcarían hacia EE.UU en cargueros alemanes. El país estaba más ocupado en la llegada de la República que en el robo de piedras, por venerables que éstas fueran.

El historiador José Miguel Merino que aún trabaja siguiendo la pista del expolio afirma que: “Sólo en Nueva York se contaron 12.000 objetos, entre los que cabe destacar el monasterio de Sacramentia, tres claustros medievales franceses, dos italianos, más de cincuenta artesonados españoles, innumerables portadas, ventanas, rejas, mobiliario. Todo ello fue malvendido y se desperdigó por territorio norteamericano”. Muchas quedaron olvidadas en almacenes.

Uno de los pocos restos que escapó al delirio de Hearst fue la monumental puerta tardogótica del palacio ducal de Marchena, levantada en 1492 como arco del triunfo por Don Rodrigo Ponce de León, considerado por los Reyes Católicos un brillante militar y estratega. Tras participar activamente en la toma de Granada con decisivas victorias, y ser mano derecha de los monarcas, extendió sus dominios poniendo las bases del Estado de Arcos, siendo Marchena su pequeña corte. Además impulsó la construcción de
la iglesia de San Juan.

El lenguaje artístico de la portada contiene elementos simbólicos de grandeza. Labrada posiblemente por el artista toledano Juan Guas, a quien el duque encargó su monumento funerario,está lllena de figuras de poder como el león o el águila.

Según las crónicas oficiales de los duques, un día estando en oración en la iglesia del palacio marchenero se le apareció la virgen y le dijo “habemos rescebido tu oración y por ser fecha tan continua y con tan limpio deseo de corazon te otorgamos que en todas cuantas batallas de moros te fallares, serás vencedor”. Así, no era raro ver las tropas de los marcheneros volviendo victoriosos de las batallas. “E así entró el marqués en la villa de Marchena con mucha honra y ricamente acompañado con muchas trompetas, e atabales, su estandarte tendido delante, e la bandera del rey moro detras de la suya”. Sus tropas tomaron Alhama y Málaga, así como la sierra de Grazalema, que fue repoblada en parte con marcheneros en 1501. Es el origen de la existencia de muchos puntos que en el suroeste español llevan el nombre de Marchena.

En la sierra gaditana, los duques hicieron construir una casa palacio, alrededor de la cual se fueron edificando las viviendas de los criados de la casa ducal. Este pequeño poblado fue denominado Marchenilla, (hoy, El Bosque) en alusión a la ciudad de Marchena. También se relaciona Santa Cruz de Marchena (en la alpujarra de Almería) con las conquistas de D. Rodrigo. Fue un antiguo castillo de la época de los moros, con el nombre de Marshana, y luego propiedad de los Duques. En la Sierra de Segura (Jaen) hay dos pedanías que se llaman Marchena, y también, un arroyo y una loma o montaña que se llama Marchenica. También existe una antigua aldea, hoy convertida en barrio en Dúrcal (Granada), y una pedanía con el mismo nombre en Lorca (Murcia). Los tres primeros casos guardan relación directa con D. Rodrigo. El hecho de que una isla del pacífico se llame Marchena, es algo anecdótico.

Arte al servicio de la eternidad, el poder y la gloria. Quizá fue esa lejana gloria del simbólico año 1492 la que vió en ella Hearst o alguno de sus agentes. Tal vez como símbolo de la victoria de su país contra España, decidió comprar ésta portada y colocarla como entrada principal de San Simeón.

Las ruinas del palacio eran el objetivo perfecto para los agentes de Herast. Sumidas en la ruina y el abandono, antigua propiedad de un duque arruinado por valor de 43 millones, tras la mayor operación bancaria de la historia, y con los periódicos hablando del tema, los agentes del magnate americano Arthur Byrne y Fernando Beloso, no tardaron en fijarse en Marchena. Además la portada monumental de Marchena, entraba dentro de las características de lo que Hearst estaba buscando.

Hearst no pudo culminar sus planes con respecto a la portada del palacio marchenero. Según nos cuenta Juan Luis Ravé, el marqués de la Vega Inclán, -conservador de los Reales Alcázares de Sevilla y responsable de la reforma del barrio de Santa Cruz-, ejerció el derecho de retracto y compró la portada, para simbólicamente entregarla al Rey de España, Alfonso XIII.

El coste del montaje y desmontaje que se hizo en las tres ultimas semanas de julio de 1913 fue de 8.850 pesetas, las piedras fueron trasladadas en tren -en ocho vagones y con un peso de 80.000 kilos- hasta el Alcázar de Sevilla, en cuyos jardines fue instalada en 1914, donde aún hoy puede verse. Posteriormente el Ayuntamiento de Marchena pidió en dos ocasiones la devolución de la puerta, en 1970 y 1999, sin resultado positivo.

Era tanto el interés que Hearst parecía tener por ésta portada, que no quiso variar sus planes iniciales de colocarla en la fachada principal de San Simeón, y finalmente encargó a Julia Morgan una copia exacta, que se colocó definitivamente en la entrada del palacio hoy propiedad del estado de California y que recibe mas un millón de visitas cada año.

Cary Grant comentó que san Simeón era un lugar excelente para pasar la gran depresión económica de 1929. Mientras los americanos hacian cola para recibir pan gratis, Mary Pickford jugaba al tenis con Charles Chaplin y Gary Cooper nadaba en la piscina de mosaicos de oro, en las laderas del Hearst Castle.

Quienes han dado un paseo por el castillo afirman que lo han sido contagiados por una desmedida ansia de poseer y que parece la escenografía de un filme y que parecía contar la vida de un hombre cuyo nombre seguramente iba a ser olvidado pues nada importante aportó a la humanidad. Paradójicamente, la película que intentó destruir mantiene su nombre vivo. Hearst fue Kane. Siempre lo será. " Uno puede aplastar a un hombre con el periodismo, pero no con las películas" comentó en alguna ocasión Hearst.

Lejos estaba de la verdad, tal como lo experimentaría él mismo en mayo de 1941, cuando Orson Welles estrenaba, contra todo pronóstico, Ciudadano Kane. A los 76 años, el intocable Hearst, se enfrentaba por primera vez a alguien digno de su enorme poder. Ninguno de los dos estaba dispuesto a capitular. Cuentan que Hearst ofreció más de un millón de dólares a la RKO por la película para destruirla, sin conseguirlo.


Un periodista busca las claves de esa vida, tratando de desentrañar el significado de Rosebud, la última palabra que Kane pronunció antes de morir, y lo que encuentra es a un hombre duro en apariencia pero de fondo frágil que acumuló en su vida todo lo que quiso, y anheló siempre la inocencia perdida desde la infancia.

Renacer del agua

El ser humano contiene más de un 80% de agua. Somos de agua. Debe ser por eso que la necesitamos. Quién no se ha sentido alguna vez como si renaciera, tras bucear entre transparentes aguas marinas rodeado de pequeños peces y de algas, o después de tomar un relajante baño. Después de esas experiencias uno camina como si no rozásemos apenas el suelo con nuestros pies quizá llevado por algún espíritu misterioso. El contacto con el agua se transforma así en algo metafísico.

Las religiones conservan sus antiguos ritos iniciáticos de purificación con agua. Las abluciones de hindúes y musulmanes, el mikveh judío o el bautismo católico. Aguas sagradas del Jordán, Ganges o Nilo.

Víctima de la prisa, el hombre contemporáneo acude ahora a los viejos remedios del agua caliente o fría, a presión o por inmersión que nos relaja o estimula, alivia el dolor, induce el sueño, acelera el pulso. Baños terapéuticos y rehabilitadores, propiedades curativas y beneficios estéticos.

Kantas Niskas, rogamus et deprecamus vos... (sagradas ninfas, os rogamos y suplicamos...) Así invocaban los antiguos griegos, y aún hoy en algunas regiones a las ninfas de fuentes y manantiales. Los sacerdotes griegos las invocaban precisamente junto a las fuentes, ofreciéndoles sacrificios y plegarias, solicitándoles que hicieran caer la lluvia.

Magia, belleza y refinamiento entre arcos y celosías, adornan el escenario donde el juego de agua y luces en la penumbra, envuelve el misterio del "hammam". Los baños árabes recuperaron la herencia de Grecia y Roma y nos dejaron una de las más apreciadas herencias de Al-Andalus. Sheherazade, la princesa de las Mil y una Noches dijo que una ciudad no estaba completa si no tenía su "hammam". Eran el centro de la vida de las ciudades andalusíes, lugar indicado para relajarse y charlar. Para el mundo islámico el agua es un don divino, pero también significa la sabiduría profunda y la pureza, la bebida por excelencia que apaga la sed del alma.

“La higiene es una manifestación de la fe” escribió Mahoma. Adosados a la mezquita, los baños responden al imperativo de acudir a la misma impolutos y limpios. En su origen revistieron un carácter público y social, abierto. Los hammam incluyeron servicios de gimnasia, masaje, té música e incluso bibliotecas. Cuando el norte cristiano no conocía el concepto de higiene, la Córdoba musulmana contaba con mas de seiscientos baños públicos. Según I.Zamrak, los baños proliferaron en todo el territorio de Al-Andalus, no sólo en los núcleos urbanos, sino también en los rurales -grandes o pequeños-.

El historiador Fernando Alcaide opina que el hammam de marshen'ah o Marchena de los olivos estaría bajo el solar del antiguo convento de Capuchinos, junto a la Plaza Ducal aunque su verdadera ubicación solo se sabría gacias a una excavación arqueológica. Es el mismo caso que la mezquita, o la necrópolis islámica. La certeza del agua árabe la
tenemos en arcados aljibes bajo la iglesia de Santa María o San Juan. También hubo aljibes en la zona del ábside, y del convento de Santa María o en el parque. Así, se relacionaría el agua con la construcción de templos y eficios, como en el mundo antiguo.

Hasta hace un siglo funcionó en Marchena una casa de baños medicinales, ubicada en la plaza de abajo o Plaza de Alvarado, una de las más antiguas e importantes de la provincia sevillana.

En el Diario de Sevilla de 1829 aparece la noticia de la rehabilitación de la antigua casa de baños, -que según esta crónica era conocida desde tiempo de los árabes- coindidiendo con el resurgir del incipiente turismo termal y de balnearios. En la reforma de aquel año se dotó al establecimiento de modernas instalaciones. Incluía, además de la sala para baños, una para hombres y otra para mujeres, una sala de espera. Los baños propiamente dichos consistían en estanques de siete piés de largo por cuatro de ancho y tres de profundidad. Las conducciones de agua corrían a lo largo de la muralla.

Ese año, una comisión médica compuesta por dos químicos y dos farmacéuticos dictaminan que las aguas de los baños de Marchena poseían algunas propiedades especiales que lo hacían único. Por ejemplo aseguraban que las aguas eran buenas para las corrupciones cutáneas provocados por determinados hongos del cereal (el cornezuelo que provocaba un picor llamado fuego de San Agustín). También eran buenas las aguas para afecciones provenientes de debilidad nerviosa, irritabilidad, histerismos, manías, etc.

Los estidos hidrogeológicos nos revelan que Marchena siempre fue abundante en agua
y que ésta podía ser hallada a escasa profundidad, como así lo atestiguaban los numerosos pozos que antaño abastecían a cada casa del pueblo. Según el geógrafo Manuel Ramón Ternero, los sustratos arenosos del sur del término municipal permiten la penetración del agua que queda embalsada en los más profundos sustratos rocosos, formando un venero. Dichos manantiales afloraban en las laderas del cerro más antiguo del municipio y sobre el que se construyó el barrio de San Juan.

La panorámica más bella del barrio antiguo es la que se logra desde la colina sobra la que se asienta el barrio de San Miguel justo enfrente, y desde allí llaman la atención las torres de las iglesias, pero sobre todo, por contraste cromático destaca un punto en donde abunda la vegetación, sobre todo antiguas y altas palmeras, evocando un vergel árabe, junto a otra clase de plantas, signo inequívoco de la abundancia de agua en su subsuelo. Decía Machado “La palmera es el desierto, el sol y la lejanía: la sed; una fuente fría soñada en el campo yerto”.

En ese punto, -donde hoy se levanta un edificio dedicado a la restauración, que ha recogido la tradición de ser parada y fonda del visitante forastero quizá dede los tiempos en que funcionaban los baños- confuyen dos manantiales hoy olvidados, el manantial norte, que viene de la zona de la calle San Francisco y el manantial sur, de la zona de Antonia Díaz y llegan al edificio de los antiguos baños, después de unirse a través de “un extenso acueducto de obra antigua” según el relato del Diario de Sevilla de 1829.

Según la comisión médica, el manantial norte es rico en sales neutras, magnesio y calcio, alúmina, selenita, sílice u óxido de sílice, mientras que el agua del manatial sur contiene ácido carbónico, sulfato de hierro, nitrato de calcio, sílice y sobre todo gran cantidad de sales, disueltas y a baja temperatura. La comisión médica destaba las propiedades de las sales, como secante o antiséptico muy eficaz para las enfermedades cutáneas.
Hoy en día, los manantiales continúan bajo tierra, pero están cegados por falta de uso.

Todas estas características confieren a dicho lugar un interés especial. Tiene baraka, una expresión arabe que significa suerte, bendición. La presencia de la cultura árabe en dicho lugar justo en el centro del municipio, queda atestiguada a través de la muralla almohade. Justo sobre la muralla, las palmeras y un antigo jardín nos indican que el agua nunca dejó de fluir en aquel paraje que tiene un especial regusto andalusí, unido a un torreón y al Arco de la rosa, la principal puerta de la muralla, por un estrecho paso de guardia. Sin embargo no puede ser visitado, pues es privado y las visitas oficiales no lo incluyen en las guías. Tampoco pueden ser disfrutadas sus aguas con poderes curativos, porque los actuales propietarios no disponen de medios para hacer la reforma necesaria.


El alma de las casas

El abuelo llegó un día al campo, desbrozó el terreno y clavó en el suelo una fila de estacas. Luego, fue a cortar más palos para el esqueleto y los puso armando el tejado, apoyándose en la viga maestra o cumbre. Para el cuerpo amarró cañas que sujetarían las varetas y añadió pasto seco cosido a modo de cobertura. Lo embadurnó todo de barro y le puso una camisa de cal. Luego cavó con sus propias manos el pozo, morada del agua, y de allí brotó con generosidad el líquido elemento. El fuego tuvo también su hogar cuando construyó el horno de pan. La cocina se erigió unas decena de metros mas allá, para evitar incendios.

Era la choza de los tiempos antiguos. En el comedor-cocina, todos los miembros de la familia que solian ser muchos se reunian en torno a dos grandes fuentes dispuestas en la mesa. De ellas comían con cucharas de palo. En verano gazpacho y en invierno cocido o sopa de tomate eran los alimentos más consumidos. Los días de fiesta se festejaban con arroz con miel. Sobre una loma, rodeada de pinos, almendros y olivos vivieron felices muchos años.

Esas casas eran el centro de la vida a mediados del siglo XX, donde, como en una metáfora de Marchena reinaban las mayetitas, mujeres rurales, pequeñas propietarias. Quintaesencia de la tierra, Marchena era una mayetita, de mejillas sonrosadas. "Mariposa morena dulce y definitiva, como el trigal y el sol, la amapola y el agua” dicen los versos de Neruda a otras mujeres, tan lejanas, tan cercanas. Según Luis Camacho "Reina destronada de tu palacio construido con salones de mieses, mármoles de crepúsculos y lámparas de lunas" y que, como mi propia madre me contaba se sentía en el pueblo "con la mirada vaga y rara".

Aquel mundo rural estaba cuajado de ritos y ritmos antiguos, sobre un campo abierto e infinito. De bailes populares, como la jeringoza, -o jerigonza- con su vocabulario lleno e dobles sentidos. Bajo una apriencia inocente, este baile era una forma de "cogerle la mano" a la moza que gustaba en una rueda que se hacía al son de ritmos bailables, y aun se conserva en las sierras de provincias limítrofes. “Que busque compaña, que sola parece una caña”. Una de las grandes citas del envierno, musical y gastronómica eran las grandes matanza del cerdo, de donde se sacaba alimento para todo el año y se reunían familia y amigos.

Dos hombres solían atar al cerdo en algun tronco o árbol, para darles un certero tajo en la femoral, mientras las mujeres colocaban grandes lebrillos en el suelo para recoger la sangre y luego la remueven con las manos para que no se cuaje. Luego colocaban los restos del animal sobre meses de madera para destazarlo, y hacer chorizos, o morcillas aderezadas con comino, clavo, canela, pimienta y piñones.

“La mancera de mi arao/ tiene un peazo comío/ de recibí lagrimones/ to el tiempo que te he querio”. Cantes de gañanía o de trilla, formas de dejar en el viento, las penas más profundas, cuando nadie las oía, acompañados solo por el tintineo de las campanillas de las mulas el de los cencerros de los bueyes. También las mujeres cantaban, -con voces de dagas de esmeralda-, mientras trabajaban en las huertas regadas por las risueñas acequias del mediodía.

Las chozas rurales fueron el más primario y antiguo modelo de vivienda que existió en Marchena, y viene a decirnos que hace apenas 50 años aun había viviendas que básicamente seguían los mismos patrones que en el mundo antiguo, el de hace miles de años. Nuevamente una falsa concepción del olvido o del progreso, ha condenado a la desaparición este tipo de viviendas que hoy por hoy ya no existen en Marchena. Para muchos, como Luis Camacho, de alguna forma, Marchena se ha traicionado a sí misma al perder su esencia y su símbolo. "Sus decires cortos, sus silencios largos". Pero para otros aquella fue una época para olvidar porque estuvo marcada por el drama del hambre y la posguerra.
Sin embargo la casa rural es solo uno de los tipos de casas tradicionales. "Y en lo hondo, mi mundo, mi templo diminuto". El poeta Antonio Salvago nos dice así que para conocer el alma de un pueblo es necesario haber visto, primero, el alma de sus casas, ricas y pobres, grandes y pequeñas. La casa como una prolongación de la propia personalidad. Mi casa, "paisaje de cosas animadas, mi paisaje de otoño desolado" según Benedetti. Según este poeta, las viejas casonas están llenas de "pájaros, lluvia, alguna muerte, hojas secas, bocinas y nombres desolados. Por eso es cruel dejarla recién atardecida con tantos balcones como nidos a solas y tantos pasos como nunca esperados".

Si los pueblos tuviesen alma ese sería sin duda el patio. Es núcleo central de herencia arabe y romana. Patios que esconden negros gatos de bellea huraña, esperando las sobras, acechando en las sombras, mientras transmiten la secreta sabiduría de cómo mantener la elegancia aún en las peores circunstancias.
Arcos de patio distribuyendo el espacio y ascendiendo como el aroma hacia las plantas altas. Viejas casonas: "caricia de fondo de arcón adamascado de un verde de terciopelo de siglos", dijo Luis Camacho. En las antiguas casas nobiliarias marcheneras el espacio predominante es la sala del estrado que suele estar decorada con artesonados de tradición mudéjar y dar al balcón de la fachada principal con artísticas rejas. Algunas de estas casas tienen en su interior capillas.
Entre la nobleza de las casas sobresale la del Ave María, que tiene unos 500 años, situada frente a la antigua carcel en la plaza homónima. Albergó el convento de la Concepción, antes que este pasase a su sitio actual. Tiene una leyenda en la puerta “sin pecado concebida”, de su época conventual. En el interior un bello patio con arcos de ladrillo y referencias a muchos nombres ilustres del pasado, como toda casa antigua que se precie.

Al exterior, la plaza de la Cárcel con sus ecos de moleeras, sus historias de Cervantes y sus poemas de Salvago."Blasones de orgullo y nada sobre los hombros de nadie". El príncipe de las letras castellanas escribió "sea tenido por falso desde Sevilla a Marchena...", y esto, señores son palabras mayores en do menor. Es la melodía de Miguel de Cervantes -nombre oficial de la plaza de la Cárcel- mencionando a Marchena en su inmortal Quijote. La comparación entre Sevilla y Marchena es para el investigador Rogelio Reyes una broma o una canción popular recogida por el escritor, que deja en todo momento, palpable su conocimiento de estas campiñas.

Los investigadores se afanan en encontrar documentos sobre el genio y Marchena, sin hallarlos. El cronista oficial José Calderón afirmó que el escritor estuvio en la villa en años posteriores a 1580 para comprar aceite destinado al abastecimiento de la flota de la armada invencible.

La Calle Carreras, -confortable y señorial, tanto que tiene su propio poeta- lugar preeminente por ser salida del Palacio conserva casas de mucho sabor. La casa del escudo y aledaña, que ha sabido conservar todo el sabor popular. Las dos casas conservan patios con arcos y jardines con flores, así como azulejería y solería originales. La "casa del escudo" está muy cerca de la esquina de la calle Animas, la calle que se fue al alba con "una paz de olivares y un remanso de silencios" en cuya esquina los relojes marcan las doce en punto de algún siglo, mientras que andalusíes parras corretean por grandes paredes encaladas, en busca de los campos.

Casas populares y nobiliarias. Curiosamente ambas tienen su origen en el siglo XVIII cuando ocurrió un hecho de los que imprimen carácter. La burguesía vino a ocupar el espacio de los duques cuando éstos marcharon a Madrid. Calles enteras como Santa Clara, San Francisco o San Pedro se van a ver pobladas en esta época, cuando tambien surge el gran cortijo que tiene su precedente más inmediato en las villas romanas.
Hay fachadas nobles de piedra o ladrillo muy hermosas, ambos casos muy usados. De las grandes fachadas de mármol destaca una en calle San Pedro, otra frente a San Juan y otra en calle Mesones, esta última de doble columnata.

La de calle San Pedro tiene dintel con columnas de mármol y adornos geométricos, rejas torneadas con escudos, cornisa en forma de volutas, gárgolas de piedra y enormes ventanales. Muy similar a esta fachada es la situada frente a San Juan, levantada por un presbitero de la parroquia matriz. Aprovecha los espacios de la muralla para ubicar grandes jardines. Los torreones árabes en esta zona, son usados como miradores. La muralla condiciona su trazado y salva el desnivel. En la casa de calle Mesones, con doble columnata en la fachada, destaca el gran patio sustentado en cuatro gruesas columnas y arcos rebajados.

Otra casa en calle San Pedro tiene fachada en ladrillo visto, con balcón presidencial, rematado con el unico ejemplo de mirador y el unico balcón corrido con cierro haciendo esquina de la comarca. En su interior, la única escalera imperial, con dos arranques y gran cúpula.

También destacan fachadas de ladrillo visto en calle Santa Clara, con decoración de soles y lunas en la fachada, conchas en los huecos de las puertas y ventanas y patios con un enorme sabor.

Pero las viviendas antiguas mejor conservadas como conjunto, unidad y autenticidad, es la plaza ducal entera -"gloria de guitarras y bronces que dormitan" dijo Antonio Salvago, reformada por Alonso Moreno en 1713. Con sus balcones corridos y barandas de hierro, arcos de medio punto o rebajados que originalmente pertenecieron a cortesanos de los Duques. Preside el conjunto las casas consistoriales del propio Moreno, quien también trabajó en San Agustín.

Además existe un tipo de casa popular urbana desconocido en otros lugares.
Se trata de las casas de jornaleros y mayetes y se levantan sobre todo en los barrios de San Sebastián y San Miguel. Tiene una o dos plantas y soberao, puertas y accesos adintelados, ventanas escasas y pequeñas, patio, callejuela y corral. -Corral: Trasfondo. "Ese sobrante inútil y precioso", así lo define el diccionario castellano-marchenero escrito por Luis Camacho. Poesía, humildad, humanidad. "El alma pura, limpia y eterna".

Estas viviendas, construidas por sus propietarios usban materiales sencillos, el barro para azulejos y solería , madera y los chinos de río también en el suelo. El zaguán suele tener una linea central de chinos para el paso de las bestias y un caño o desague. Los animales disponían de su sitio en los corrales y debian atravesar toda la casa que estaba preparada para esto. La cal, los patios y las pequeñas ventanas ayudan a preservar el fresco. En las azoteas se secan las blancas sábanas, y en los soberaos se guardan las oscuras cosas inservibles. Un conjunto sencillo, pero sublime, igual que el tomate con sal bajo las misteriosas estrellas del verano.

Hasta hace muy poco tiempo no se ha dado cuenta el marchenero, el verdadero lujo que es vivir en una de estas casas tradicionales, cuando ya casi son especies amenazadas, ante el avance de los bloques de pisos. Un piso son "solo unos cuantos metros donde pisar, lo que necesitamos son unos cuantos kilómetros redondos para flotar, para volar y diluirse". Muchos ven las actuales casas como escaparates, espacios vacíos de utilidad práctica, sin sitio siquiera para que los niños sean niños. Espacios para aparentar, antes que ser, pensados para que las vea el vecino don fulanito. "Una sociedad que vive en escaparates relucientes no puede ir a ninguna parte. Dura y crueal, sin amor, sencillez y sin hondura". Amén, con toda mi alma, Luis Camacho. Los pisos son tan perversos que no tienen lunas de verano, ni meses de abriles, ni albahaca, ni canela en rama, ni patios ni aceitunas prietas, ni gonzalos, ni veletas. Solo tienen tantos por ciento.

-"¿Porque no se compra usted un piso?.
-Y usted, ¿porqué no se compra una nostalgia?".

Templo de agua y fuego

Ningún nombre del santoral cristiano evoca con tanta fuerza nuestra conexión con las antiguas culturas, de ritos milenarios como Juan el Bautisa, quien vino a ocupar, nada más y nada menos que el lugar del sol, el más importante de los cultos precristianos.
Es el príncipe del santoral cristiano: es el único santo del que se celebra el nacimiento y no la muerte, cada 24 de junio Mientras Jesús ocupa el solsticio de invierno, san Juan toma posesión del solsticio de verano porque fue imposible erradicar las ancestrales celebraciones solares.

Así, Juan-Jordán, Juan-río, el sobrino de María y precursor de Cristo (Jo-hanan, "Dios está a mi favor"), perdió la cabeza por culpa de Salomé y a través de un guiño de la historia se convirtió en el dios-sol.

Qué mirás, Copérnico? le preguntó un sacerdote al astrólogo en su celda. Miro el orden, le reponde. Para los antiguos, los fenómenos astronómicos eran la voluntad de los dioses. En el solsticio de verano, -el día más largo, la noche más corta- figurativamente, detiene el astro solar su carrera ascendente. A partir de este momento, dará comienzo un proceso inverso. En esta fecha el eje de la tierra está inclinado 23,5 grados hacia el sol.

Para los griegos los solsticios eran simbólicas "puertas", la "puerta de los hombres", solsticio de verano o fiestas de Apolo (del 21 al 22 de junio) y "la puerta de los dioses" del solsticio de invierno (del 21 al 22 de diciembre).

Los fenomenos del Universo proceden siguiendo leyes inmutables, ritmos constantes que se repiten desde la eternidad. Es el momento justo para pedir por la fecundidad de la tierra y de los mismos hombres; además se debe comenzar a almacenar alimentos para pasar el otoño y el invierno. Para visualizar esos días se construyeron obras o señales, a veces monumentales.

Para los griegos ésta fecha estaba destinada al culto del dios Apolo al que tributaban con procesiones de antorchas pidiéndole que no dejase en tinieblas a su pueblo, creían que la magia del solsticio abría las puertas de lo incognoscible y por un breve lapsus el hombre podría gozar de los privilegios de los dioses. Por todo el mundo, las culturas antgiuas tenían ritos similares. El año 680 el concilio de Constantinopla para intentar erradicar ésta práctica pagana, sin conseguirlo.

San Juan también tiene su propia hierba entre ellas la artemisa (felicidad en griego). La tradición vincula esta fecha con las hierbas con determinadas propiedades. La artemisa es estimulante y se usa en medicina como vermífuga, los romanos la usaban contra el dolor y cansancio. De una variante de esta, el ajenjo o hierba incienso, se elabora la absenta. Las hojas, tomadas en infusión, activan la digestión y regulan la menstruación.

Fogatas y ritos de fuego de toda clase celebran el solsticio aun hoy día en todo el mundo. Se baila y salta alrededor del fuego para purificarse y protegerse de malas influencias, peo también en torno a las fuentes y las aguas, que están esa noche benditas por el bautista. Toda clase de sortilegios se realizan en torno al fuego y al agua. Julio Caro Baroja indica en sus obras que el culto a las aguas tiene en Sant Juan una de sus manifestaciones más brillantes.

San Juan de Baños (Palencia) fue construida por Recesvinto sobre un manantial despues de curarse gracias a una fuente con propiedades benéficas para la salud. En época romana existían en esta localidad unas fuentes o baños consagrados a las ninfas con un altar dedicado a ellas. En ella se celebra un peculiar misa el día de San Juan bajo el rito hispano visigodo-mozárabe.

Pocos municipios tienen su templo mayor dedicado a San Juan, la mayoría de los de nuestro entorno son consagrados a Santa María, pero además muy escasos son los dedicados explícitamente a “la degollación de San Juan Buatista”, como es el caso de Marchena. Santa María de La Mota fue el primer templo del municipio, integrado dentro del complejo palatino.

El conjunto es un recorrido por lo mejor de la tradición artística andaluza. La zonas mas antigua del templo es la de la capilla bautismal, ubicada bajo la torre, de finales del siglo XIII, según Ravé, -con bellos y arcaicos capiteles de decoración vegetal y puntas de diamante- relacionada con la presencia de la orden de los cruzados de San Juan en el municipio a quien el rey entregó la villa para repoblarla. La presencia de alguna fuente o manantial, -igual que en Santa María donde aún se conserva- junto a la tradición familiar de dicho nombre (Juan III Señor de Marchena, ajusticiado igual que el bautista en 1367, por Pedro I El Cruel tras la batalla de Nájera por su apoyo a los Trastámara, Juan II 1448-1471, padre de Don Rodrigo), podrían darnos más pistas sobre el origen de la dedicación del templo.

La impresión general del templo -declarado monumento nacional en los años 60 y que por sí mismo justifica una visita al municipio- es de una majestuosa sencillez mudéjar. Durante el siglo XV se amplió el edificio con las donaciones económicas de Don Rodrigo -destacado militar en la conquista granadina- y se ejecutó el majestuoso altar mayor con grupos escultoricos de Jorge Fernandez Alemán y pinturas de Alejo Fernández, creador de la escuela renacentista sevillana, este último intervino en el altar mayor de la catedral metropolitana. Su interés inicial por crear amplios escenarios pasó a un segundo término para centrarse en la figura humana y en la historia que narraba.

Aunque transformada con habilidad, se advierte cómo Alejo Fernández ha tenido a la vista la conocida estampa de Schongauer, el grabador alemán que tantos admiradores tuvo en la península. De ella procede la distribución general de los personajes, las actitudes de casi todos, la presencia de los montes en segundo plano. Además de su fama como pintor, recibió encargos de retablos tras su éxito en la catedral hispalense que se hizo pocos años antes del altar marchenero encargado en 1521 y culminado en 1533. Veremos que en muchas obras de arte las referencias a la catedral sevilana son constantes, pues los Ponce de León tenían un palacio en la ciudad y no solo estaban al corriente de las ultimas novedades artisticas de la ciudad y eran participes de ella. Por San Juan pasaron los mejores artistas de cada época y de cada disciplina.

Destacan las pinturas alusivas al dios-sol, siempre vinculado al agua, el bautismo -"Yo a la verdad os bautizo con agua para moveros a la penitencia”- o la degollación. Llama la atención una pintura del demonio, representado como una figura masculina y barbada, con el tradicional color rojo del pecado y patas de ave. Otra curiosidad, el altar tiene tallado en la base de sus pilares, la heráldica de los patrones y el libro de los siete sellos. Si hay un número mágico por excelencia ése es el siete. El libro de los siete sellos alude a la apocalíptica visión de San Juan en que vió los hechos del futuro. De nuevo, el secreto como arma. Los siete ojos representan la omnisapiencia. Los siete cuernos el poder que todo lo conquista. El conjunto con las siete iglesias y las siete trompetas, forman el andamiaje principal del la revelación.

Obra maestra resulta la cabeza de San Juan en alabastro, de escuela lombarda del siglo XVI, que estuvo colocada originalmente en la galería principal del palacio ducal entre las mejores obras de arte. En dicha colección había varias esculturas del norte de Italia, según Ravé. Las bolsa con monedas de Judas están en el primer plano del relieve de la santa cena de otro maestro sevillano Roque Balduque del retablo del Sagrario, a la izquierda y muy similar al altar mayor.

El conjunto del edifico se volvió a ampliar en torno a 1550, cronología confirmada por las cerámicas utilizadas para el relleno de las bóvedas de arista. La construcción de las naves laterales unió el espacio de las antiguas capillas funerarias, con arcos apuntados y originales pilares ochavados. La rica armadura de par y nudillo, con decoración de influecia árabe, mocárabes y almizates de elementos blancos y gran cantidad de formas geométricas, que cubre todo el templo, excepto el lugar más sagrado, el presbiterio, sigue la tradición mudéjar, muy tradicional de las iglesias marcheneras.

La torre viene a desmotrarnos como el edificio se fue haciendo poco a poco, aprovechando elementos anteriores. A Hernán Ruiz se atribuye la simplicidad geométrica de su diseño y la combinación de cerámica y labrillo, con elementos muy originales como la cubrición del chapitel con cerámica en forma de escamas o la veleta con el cordero apocalíptico. En la base de la torre se conservan aun vanos tapiados que nos indican cómo debió ser su aspecto primitivo. Las puertas mudejáricas -puerta Norte y puerta del Perdón- nos hablan de la pervivencia de costumbres y artesanos árabes con ladrillo rojo y amarillo.

La actual pila bautismal es del XVI y está justo enfrente de la primitiva capilla, a los pies del templo. Un espacio presidido por un hermoso lienzo procedente del palacio ducal y obra del pintor portugués Vasco Pereira, contemporáneo de Velázquez, por eso sus lienzos estuvieron expuestos junto a los del maestro sevillano en la exposicion conmemorativa del 400 aniversario junto a la cabeza del bautista.

Los trabajos escultóricos para la iglesia muestran el lujo y la importancia del templo a lo largo de la historia con destacables muestras de las escuelas más representativas.
La iglesia conserva una pequeña inmaculada de Alonso Cano, que seria el gran maestro e indiscutible primera personalidad de la escuela granadina del XVII, del que Pedro de Mena seria discipulo y ayudante.
Mena se inspiró para algunas de sus esculturas en tipos creados por Alonso Cano, aunque dandoles unas caracteristicas personales, ropajes con trazados rectos, mientras que Alonso Cano los preferia curvos y matizados: rostros ovalados de ojos rasgados y boca pequeña; machones de cabello lacio, nunca negro, pino castaño o rubio.... A menudo recurrio a procedimientos tecnicos efectivos (lagrimas y ojos de cristal, etc....) para acentuar la expresividad. En otro altar del templo se conserva un busto de Virgen de escuela granadina, que llama la atención por su peculiar llanto de sangre. Esta iglesia conserva la obra póstuma de Mena, una Inmaculada de gran tamaño también procedente del Palacio Ducal. Toda el peso fisico de la escultura se mantiene sobre la simólica luna, simbolo mariano, sobre el que gira a través de un mecanismo. También destaca una gran escultura de San José y el Niño del taller de Roldán, de 1700. También destaca el Cristo de los Peligros, del coautor del altar mayor Jorge Fernandez
El tesoro pictórico que forman los nueve lienzos encargados a Zurbarán en 1635, ha vuelto recientemene a su ubicación original, la sacristía. Destacan las telas de la Virgen y el Cristo aunque por motivos muy diferentes. Los tonos grises y la escasa iluminación del crucificado, del que destacada el leve toque de color de la sangre roja y el blanco del paño de pureza, contrasta con la dorada, serena y alegre luz de la Inmaculada, que parece sonrerir levemente en su belleza serena y enigmática. Santiago muestra la influencia de Rubens, tras la visita del maestro a la corte de Madrid, mientras que San Pedro se relaciona con el homónimo del mismo autor hecho para Lisboa.
El trabajo de Francisco Alfaro en la custodia de 1581 que preside las salas del tesoro, se considera uno de los primeros ejemplos del lenguaje clásico pleno del renacimiento andaluz. Maestro del oro y la plata, pero también del dibujo, el artífice de esta obra maestra cobró 1.793.000 maravedíes por este trabajo. En la custodia late Vasari, Juan de Herrera o Miguel Angel, y es mucho más avanzado que el de Arfe. Esta obra fue la primera de un modelo que luego repitió en Carmona y Ecija. Tiene tres cuerpos donde está reflejado todo el antiguo testamento, y la pasión de Cristo, mientras que en el espacio central se representa la degollación de San Juan.
El resto del tesoro se compone de 87 piezas de oro y plata de los siglos XVI al XIX, muchas donaciones de los duques o pertenecientes al palacio o la la vecina Santa María de donde destaca la cruz de Alfaro (1596, costó medio milón de maravedíes). Las piezas fueron hechos por maestros de Sevilla, Granada, Cordoba o Madrid. Se salvaron de la invasión francesa tras ser escondidas. También hay que destacar el trabajo en bordado.
El esplendor de la corte de los Ponce en el palacio tuvo su reflejo también en San Juan que se hizo notar en todo los campos, pero sobre todo en el musical, como muestra el que dos maestros como Cristóbal de Morales o el marchenero Juan Navarro fuesen maestros de la capilla musical del palacio y la iglesia. También destaca una importante colección de libros de coro, desde el la etapa mudéjar hasta la barroca, de gran tamaño e ilustraciones hechas a mano sobre pergamino por varios maestros entre ellos Francisco Sánchez.

Navarro fue maestro de capilla en Avila, y en Salamanca. Merece ser citado por sus 53 obras conservadas, tales como salmos, himnos, magnificat, antífonas marianas y como maestro de Tomás Luis de Victoria. No compuso misas ni lamentaciones por lo que no se le suele incluir en el grupo de los grandes, pero es un correctísimo polifonista alcanzando un altísimo vuelo expresivo en sus antífonas marianas, Alma Redemptoris y Regina coeli.

"De Morales, Guerrero y de Victoria que parece en su vuelo que aprendieron música en el Cielo", nos decía Bartolomé de Figueroa. Morales (considerado como el mejor polifonista de la escuela andaluza de la primera mitad del siglo XVI), vivió época de grandes innovaciones técnicas en el campo musical. Ingresó en la Capilla Papal de Roma (1535). Compuso una cantata con ocasión del tratado de paz entre Carlos V y Francisco I de Francia. Disfrutó de una gran fama no sólo en vida, sino que después fue parodiado por polifonistas españoles. En 2000 se celebró el quinto centenario de su nacimiento.
La materialización del gran legado musical de San Juan está en sus dos órganos históricos, únicos en su estilo y que junto a otros instrumentos de otras iglesias y parroquias de la comarca son el principal atractico de la academia de órgano que abre sus puertas cada septiembre. Gerhard Grenzing, uno de los mejores organeros del mundo calificó el instrumento construído por 1802 por Francisco Rodriguez para San Juan como “único en el mundo” por que conserva registros, metodos constructivos y materiales que en otros, debido a modas y reformas se han perdido. Además lo citó como referencia para una posible reconstrucción del gran órgano desaparecido de la catedral hispalense. El conjunto, "único dentro del panorama europeo" según Turismo de la Provincia de Sevilla, se completa con el otro instrumento construido por Juan de Echevarría en 1765. Los mejores instrumentistas de organo europeo han pasado por San Juan.
El legado musical se completa con la sillería del coro (1717), -la mayor obra artística del XVIII local- obra de Juan de Valencia y Jerónimo de Balbás célebre por su trabajo en la catedral de ciudad de Méjico, destacando el sillón presidencial policromado y dedicado a la Virgen, el resto de los sitiales está dedicado a un santo al igual que el facistol para sostener grandes libros corales, que está rematado por la figura de San Juan. El coro se cierra con una artística reja de los maestros marcheneros Juan y Cristobal de los Ríos. Las yeserías del trascoro es obra de Alonso Moreno, entre otros maestros, que trabajó en la fachada de San Agustín.

Huyendo del mundanal ruido
“La sombra se ha dormido en la pradera. Los manantiales cantan”. El lorquiano paraje de las tierras situadas alrededor del cerro del orégano es uno de los más bellos de la zona, tanto que parece creado para aquellos primeros frailes eremitas, que se reitraban al campo a meditar, huyendo del mundanal ruído. "Vuestras músicas vienen del alma de los pájaros, de los ojos de Dios”, decía el de Fuentevaqueros a los árboles.
Sobre la ladera del cerro de nombre dedicado a tan agradable hierba aromática, se observan lejanas llanuras, un mar de tierra y olivos, ante el que se imponen antiguas cortijadas del aceite y gran cantidad de pinos, encinas y cipreses, a lo lejos la torre de Santa María se asoma entre los árboles. Los cipreses siempre evocan un sentimiento antiguo y telúrico. Peinando el viento forman una hilera verde lúgubre que a veces grita
cuando el viento los convierte en sobrehumana arpa.

Aristocráticos y estirados elegantes y alineados parecen rendir culto al orden y antiguas creencias, seres del antiguo régimen. Uno se inclina levemente sobre el otro, murmurando algo sobre el canto celeste de los pinos, o sobre la humanidad de los pequeños olivos.Comparados con los sencillos olivos, los cipreses ,encopetados individuos resultan ser decorativos caprichos de la naturaleza, que solo tienen como fin, creer en Dios.

Una línea de tarajes muestra la presencia de un arroyo, los toros de carne pastan por las dehesas, que han permitido la conservación de la vegetación primitiva, mientras que las aves acuden a beber a una fuente. En primavera, la explosión de color hace que se pueda palpar tanta belleza entre las ramas de los floridos almendros, o en las flores que abundan por todos lados, y se note la espiritualidad a través de la naturaleza. "Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra, la cual nos sustenta y gobierna, y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba", dijo San Francisco dando inicio al ecologismo.
“El hombre de estos campos que incendia los pinares, y su despojo aguarda como botín de guerra, antaño hubo raído los negros encinares, talado los robustos robledos de la sierra. Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares; la tempestad llevarse los limos de la tierra”. Parecía responderle Machado.
"Ruinas de Santa Olalla, alzada oración de olvido", dijo Antonio Salvago. Tampoco resulta extraño que un poco más allá se levanten aún las románticas ruinas de una antigua ermita, Santolalla (Santa Eulalia de Mérida virgen y mártir hispanorromana), dejando ver restos de muros y arcos y rodedadas de una curiosa planta de flores moradas. Los monjes franciscanos eligieron en torno a 1400 este lugar para construir el primer convento que se estableció en el municipio. Los frailes buscaron la belleza y fecundidad de dicho paraje, primero alojándose en unas pequeñas celdas y luego construyéndose la iglesia. "Todo camino es costumbre, camino de Santa Olalla, monacal y grave. Tallada a golpes de mansedumbre".
El patrón de los ecologistas tras una etapa de enfermedad, reflexiona y siendo rico, se despoja de lo material, se va al campo a meditar, se dedica a reconstruir iglesias y predica una vuelta al origen. Se enamoró de la naturaleza y que habló con embeleso de la hermana agua, del hermano sol, del hermano lobo, ("Ven aquí, hermano lobo!. Yo te mando, que no hagas daño ni a mí ni a nadie. El terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente), de la hermana alondra y predicó a los pájaros. Fue el antecesor del equilibrio entre el hombre y la naturaleza.
"Él cuida solícito de vuestro sustento, sin que vosotros tengáis que sembrar ni cosechar, y apaga vuestra sed con las límpidas aguas de los arroyuelos del bosque, y puso en vuestras gargantas argentinas voces con que llenáis los aires de dulcísimas armonías".
El convento, se levantaba sobre una suave loma, entorno bucólico y frondoso. Rodeado de pinos, almendros y olivos que cuando llegaba el buen tiempo daban a aquel enclave el aspecto de ser el mismísimo paraíso terrenal. Había cerca también un arroyuelo del que manaba agua fresca para saciar la sed de los quince frailes que cultivaban sus propias tierras sembrando y recogiendo el fruto de los huertos cercanos. Fernando Alcaide nos cuenta que primitivamente, el convento solo disponía del pequeño templo y una torre fortificada con las celdas de los frailes en su interior. Se conserva una ojival puerta de entrada similar a las de la iglesia de San Juan aunque de menor tamaño.

Se sabe que llegó a tener una de las bibliotecas más antiguas e importances de todos los conventos marchen eros, que Ravé describe como "fastuosas" gracias a la donación de 4000 libros por parte de los duques. Fue tan importante que la encuadernación y sus libros llamaron mucho la atención cuando finalmente fueron trasladados al covento dominico.

Los vestigios de Santolalla están repartidos por otros templos del municipio. El camino entre la ermita y el pueblo está rodeado de huertas y campos de labor. Por aquellos caminos sacarían en rogativas al Cristo del Pan, hoy en la capilla de la Vera-Cruz cuando había sequía. En la ante hornacina de Jesus Nazareno se conserva una cruz de madera con esmaltes con la inscripcion Sta. Olalla, aludiendo quizá al origen de la cruz. También la talla del nazareno procede de este convento, según la tradición.

Con este nucleo primitivo de la religión en Marchena se relacionan destacados nombres de hombres de religión como el teólogo cordobés fray Juan de Santa María, que lo fundó y fue primer vicario al que siguió el portugués fray Juan de Tavira, o el padre Santorcaz, uno de los primeros misioneros de Canarias que se alojó durante un tiempo allí. La tradición también relaciona al Fray Antonio de Marchena de la gesta colombina -buen astrólogo y entendido en navegación- con este eremitorio, sin pruebas escritas. Sin embargo sí se sabe que en este convento se formó fray Luis de Bolaños, -sombra y salmo, su mirada- que viajó a América en 1572 para hacerse misionero en Paraguay y primer traductor del catecismo al Guaraní, fundando la ciudad de Caazapá en 1607.

Con el tiempo, los franciscanos fueron adquiriendo prestigio social y pronto se convirtió paradójicamente en una orden nobiliaria -al menos en tierras andaluzas, por la extracción de la mayoría de sus miembros que incluyó también la creación de la tercera orden o franciscanos terciarios, compuesto por laicos que no se sometía al juramento del celibato.

La llegada de los franciscanos al municipio se produjo en 1498 con la fundación de Santa Clara, -entonces a 200 metros de la población- que se circunscribía al recinto amurallado, cuyo refectorio, celdas y claustro primitivo fue destruido en 1975 para levantar casas. La entrada al cenobio de clarisas se hacía a través de una pequeña portada con la inscripción "ego vos semper custodiam", -yo siempre os custodiaré". Se conserva la iglesia con una fachada del maestro alarife Nicolás Carretero (1773) y un magnifico altar del que destaca Santa Clara y San Antonio y las imágenes de la hermandad de la Humildad y la Virgen de los Dolores, (sale el Miércoles Santo) fundada en el convento de la calle San Francisco.

En 1530 se fundó el convento masculino franciscano dentro del municipio en la calle homónima, a iniciativa de los terciarios Diego Nuñez de Prado y su esposa Juana Blazquez, enterrados en la nave de la epístola. Los franciscanos fomentaron en su convento marchenenero la creación de numerosas cofradías penitenciales, entre ellas, la de Animas, Vera-Cruz (1533), la venerable Orden Tercera de Servitas o de la Virgen de los Dolores (1819), además de la del Señor de la Humildad (1820), vinculándose la tradición de la Semana Santa andaluza con ésta orden.

El convento sufrió tantos daños en la ocupación francesa, -fue usado como fábrica de salitre para hacer pólvora- que se desplomó en 1846 y sólo se conserva la capilla de la Vera Cruz con cuadros de Juan Bautista de Amiens y la anexa sala de audiencias de los juzgados con su armadura mudéjar.

El altar mayor de la Vera-Cruz (1729) es uno de los más barrocos de la localidad y alberga al Cristo homónimo, atribuido a Roque Balduque (en torno a 1533), sobre una cruz de plata, con decoración de elementos simbólicos como el sol y la luna. La Virgen de la Esperanza, ha sido la primera canónicamente coronada (2004) bajo su tradicional palio de plata. Los casi 600 años de tradición franciscana, la más antigua de la localidad sale de nuevo a las calles cada año, con la hermandad de la Vera Cruz con sus antiguas insignias y su carcateristica forma de estar.

"¿Adónde te escondiste /Amado, y me dexaste con gemido? /Como el ciervo huyste
aviéndome herido;/ salí tras ti clamando y eras ydo". La conocida riqueza de las bibliotecas de los conventos marcheneros, gracias a los donaciones ducales, vuelve a darnos sorpresas, como el hallazgo en 1993 de un libro manuscrito con versos y comentarios del Cántico Espiritual (1577) de San Juan de la Cruz, en el convento de clarisas de la Concepción creado a instancia de la madre Antigua. Junto al palacio y su capilla palatina de Santa María, se fundó el cuarto convento franciscano, con el nombre de la Concepción (1623) de clarisas franciscanas.

Además de ser el único que mantiene viva la tradición franciscana, es el único convento de clausura de la provincia que tiene una hospedería y el mejor lugar para alojarse en Marchena entre los arcos que soportan la historia, junto a la sencillez y la grandeza del ladrillo y a la sombra de la torre de Santa María, donde la paz se puede tocar.

Los Duques fueron muy aficionados a la obra de San Juan de la Cruz. De hecho en Marchena se han encontrado dos, el de la Concepción y otro en Santa Clara. En 1975 Guillermo García Valdecasas encontró otro códice gemelo tras la clausura de Santa Clara, cuando iba a ser quemado con otros obejetos y libros viejos. Fue rescatado y presentado en 1991 en el conreso internacional de San Juan de la Cruz de Roma.

El códice, realizado en pergamino, de 160x110 milímetros cobra más valor si tenemos en cuenta que el santo solo dicataba sus poemas y en un momento se difundían por copias manuscritas. Posiblemente este libro pertenecería a la Madre Antigua y podría haber estado entre sus enseres personales más queridos.

La relación de ambos manuscritos con Sor María de la Antigua, seguidora del patrón de los poetas españoles, es clara, pues en ellos se inspiraba. Sor Maria de la Antigua pertenece a la gran lista de escritoras religiosas españolas, junto a Santa Teresa de Jesus o Sor María de Agreda según opina José Vilahomat en “Sor María de Jesús Ágreda: La autoridad de la fe”(2004).

El investigador Luis Vazquez cree que hubo relación directa entre el poeta carmelita y la madre Antigua, que ingresó en el convento de Santa Clara y murió en Lora, con fama de santa, de donde fue traída al coro del Convento de la Concepción, donde aún descansa con fama de hacer milagros.

En las paredes de dicho coro y de todo el tomplo descansa el segundo tesoro de este convento, una colección de grabados, muchos italianos, entre los que llama la atención el de Adán y Eva de Durero,(1504) cuya importancia se está investigando actualmente, pero ya se conoce que es uan de las más importantes de Andalucía. Algunos autores consideran que el IV Duque (D. Rodrigo) fundó este convento en acción de gracias por haber escapado con vida de una rebelión popular en Nápoles, donde fue Virrey.

La colección de grabados pertenció a Guadalupe de Láncaster, Duquesa de Aveiro y donada al Convento por su hijo en la primera mitad del siglo XVIII. Además conserva obras de otros grabadores como Goztier, Glouwet o Bulfwir, maestros grabadores europeos de la época. Los grabados, en sus distintas técnicas, sober madera, sobre metal, con tiradas numeradas y limitadas y de carácter devocional fueron muy usados por la nobleza español, igual ocurrió con los libros.

Entre las pinturas destacan un óleo sobre cobre del siglo XVII, de escuela Flamenca y un retrato de la madre Antigua. La entrada al convento está enmarcada por una portada de azulejería siguiendo dibujos de Pacheco, maestro de Velazquez, donde se ve una Inamculada con el Rio Guadalquivir, la Torre del Oro y el puerto. La actividad económica actual del convento se alimenta en la elaboración de dulces muy apreciados en la localidad y fuera de ella.

La otra gran orden religiosa asentada en Marchena, (1570) construyó su templo de Santo Domingo o San Pedro Mártir rico y próspero, llegó a tener una cátedra de teología. Frailes de este convento fueron a evangelizar America o Filipinas o llegaron a ser catedráticos de la Universidad de Viena. El edificio fue definido por los cronistas contemporáneos como digno de un Rey, no en vano alojó a 200 soldados franceses durante la ocupación.

A los lados y bajo el altar mayor y por mandato del testamento del fundador se construyó el panteón familiar de los Ponce de León en jaspe rojo y negro. Aquí descansan el fundador D. Rodrigo, su hijo D. Luis Cristóbal, D. Pedro, Obispo de Badajoz y fraile dominico y D. Luis entre otros.
Grandioso es también el claustro con 25 metros de lado -hoy reconstruido- con cinco arcadas de medio punto o la escalera monumental, hoy en las dependencias del Casino, con influencia de Juan de Oviedo. Fechado en 1757 el cancel de madera de la entrada es uno de los grandes tesoros de la iglesia. La oración de la gubia sobre la madera deja formas imposibles de repetir a las generaciones futuras. Los escudos y los miembros de la orden llenan todo el templo de ecos de las oraciones. En las pilas descansa el agua que purifica.
El retablo de la Virgen del Rosario, patrona de Marchena es el más monumental (1760) . En el ático presenta una poco habitual talla representando el encuentro entre Santo Domingo y San Francisco. En otro altar es posible admirar una pintura de la Inmaculada del círculo de Francisco Pacheco. El presbiterio tiene una bóveda de crucería con pinturas murales mal conservadas pero de gran belleza. En sus paredes destaca un bello conjunto de azulejería de 1638, entre la que destaca un escudo de los Duques. En el altar mayor, de 1620, santos dominicos, con pinturas y esculturas de estilo renacimiento, presidido hoy por la imagen del Cristo de San Pedro.
Si los dominicios hicieron de este covento su instrumento para la predicación, encontraron en el Cristo de San Pedro, (hermandad fundada en 1556 ) una viva representación de la angustia y el dolor. La leyenda dice que dos jóvenes aparecieron en el convento con un gran cajón, que portaba el Cristo. Los dos jóvenes desaparecieron a pesar de estar las puertas cerradas, dejando intacta la comida y el pienso para los caballos dejando el Cristo en él. La talla del Cristo es del Siglo XVI, conservando aún parte del bello arcaísmo de reminiscencias góticas. La procesión de esta Hermandad en la noche del Viernes Santo es un verdadero museo en la calle, porque conserva valiosos enseres artísticos de los siglo XVII, XVIII y XIX.
Entre los enseres más destacables está la cruz con dosel del Cristo y su cruz de plata, una seña de identidad de esta corporación. Los bordados de los mantos de la Virgen del Rosario y de las Angustias, son dignos exponentes del bordado tradicional del XIX. Las antiguas sayas de la hermandad, al estilo tradicional marchenero, fueron resultado de la norma de procesionar con la efigie cubierta y fue sustituida a principios del siglo XX por su elevado coste. El palio de plata cincelada de la Virgen de las Angustias es otra reminiscencia de las tradiciones del XIX que esta corporación ha sabido conservar.
Liberar cristianos cautivos fue el objetivo de la orden catalana de la Merced que se estableció en la marchenera puerta de Osuna en 1537 con el nombre de San Andrés. En la iglesia destacan dos obras de Luis de Morales, la Piedad y un Nazareno, los frescos del coro, y pequeñas esculturas en marfil, procedente de la India y alabastro, de Sicilia.

Paraísos cercanos
El pantano y sierra de La Puebla es el entorno natural más interesante que actualmente se conserva en nuestro entorno más inmediato y supone una buena opción para aquellas personas que no tienen la oportunidad o carecen de tiempo para realizar un viaje más largo a otros enclaves serranos andaluces.
Siguiendo hacia el sur el curso del Corbones encontramos el pantano de autoregulación de la cuenca, construído en la década de los ochenta, ubicado en plena sierra sur sevillana, aunque apenas a 15 kilómetros de Marchena, por la carretera Marchena-Puebla de Cazalla. Supone el límtie natural entre el enorme llano de Sevilla y las serranías gaditanas y malagueñas.
Ascendiendo desde La Puebla de Cazalla obervaremos cómo el Río Corbones nos acompañará durante todo nuestro viaje, mientras poco a poco, las tierras se van haciendo cada vez más escarpadas y los olivos comienzan a alternarse con encinas, pinos y hierbas aromáticas de toda clase. Pero estas no son encinas cualquiera, estas son las encinas de Lorca. "Bajo tu casta sombra, encina vieja/ quiero sondar la fuente de mi vida/ y sacar de los fangos de mi sombra/ las esmeraldas líricas”.
La carretera deja justo al borde del pantano del Corbones, cuyas aguas inundan muchas hectáreas situadas entre los términos municipales de La Puebla y Osuna. La abundancia de las aguas nutre a muchas especies de animales y plantas. Es un paraje interesante para el turismo natural con varios proyectos de zonas de ocio. El recurso del pantano es aprovechado para los pescadores, que lo visitan con mucha frecuencia para ejercitarse en la práctica de la pesca deportiva. Puede resultar armónica con el medio ambiente siempre que se devuelvan las especies capturadas a las aguas.
Volviendo desde el pantano hacia La Puebla y tomando el primer desvío a la derecha encontramos la carretera hacia la pedanía ursaonense de el Puerto de la Encina. Esta carretera aunque no está en muy buen estado nos permitirá contemplar los más bellos paisajes de toda la serranía, con vistas de todo el pantano, además de municipios cercanos como Villanueva de san Juan, en cuyo término nace el Corbones.
Por esta carretera existen varios miradores naturales donde descubrimos la típica vegetación serrana, y una gran exuberancia de especies, sobre todo encinas, lentisco y pinos, además de una gran variedad de plantas aromáticas como, romero, tomillo y lavanda. Siguiendo hacia El Puerto de la Encina, nos acercamos a los picos de La Gomera y El Gomerón, dentro de término de Osuna.
Contienen en sus faldas bellos ejemplos de bosque mediterráneo. Podemos llegar a este paraje a través de una vereda pública, que nace en las últimas casas de Osuna o a través de la carretera Osuna-El Saucejo.

El enclave de La Gomera, ha sido objeto de una importante labor de deslinde de vías pecuarias que ha sido premiado por la ONU. Si hace pocos años estaba en manos privadas, hoy ya es parte de la red de caminos públicos andaluces. Merecen ser destacadas especies como el romero, la olivilla o el orégano, un tapiz vegetal donde la fauna, compuesta por rapaces como el búho real, el buitre leonado y el águila culebrera, encuentran un lugar ideal para su desarrollo.Además, la empresa privada ha construido un complejo de turismo rural, con alojamientos, restaurantes y zonas de ocio.

Por el camino, el terreno se va elevando y haciendo más escarpado y nos encontramos con arroyos como el del Peinado, con su bosque de galería, y con gran cantidad de hierbas aromáticas y especies naturales. Además, entre los dos picos de la Gomera y el Gomerón, reconocibles desde muchos kilómetros a la redonda, existe un lugar donde es posible observar buitres en estado natural, que vienen aquí a alimentarse desde el peñón de Zaframagón.

La furia del tiempo

La furia del tiempo no ataca a todos los espacios urbanos por igual. Aparece mucho más implacable en los lugares comunes, esos mudos testigos de la evolucion diaria de los que fueron y serán. Y siguen contemplando a los que hasta aquí vienen a intentar escaparse de esa implacable furia: las plazas, abiertas y generosas como una fruta madura; universo común, moderno foro y lugar donde reconocernos.

Si hay plazas que nos hablen de gentes y lugares esas son tres: la Plaza Ducal o de arriba, la Plaza nueva o del Ayuntamiento y la Plaza vieja, de abajo o del Padre Alvarado. Las tres rebosan de vida, a pesar de todo y ojalá así siga siendo por mucho tiempo, pues mientras nuestras plazas estén vivas, vivir en este lugar aún tendrá sentido. Las tres son un balcón o resumen del pasado y una esperanza de futuro.

"Cuatro versos de cal te delimitan/ oro, fragua e historia/ eres gloria de guitarras y bronces que dormitan". Hay que invocar versos de Antonio Salvago para que él nos revele cómo las grandezas y miserias de los marcheneros están escritas a fuego entre las medievales piedras de la nobiliaria, pero a pesar de todo sencilla Plaza Ducal. Durante cinco siglos, estas blanqueadas arcadas, estas columnas tímidas fueron sosteniendo las macetas de gitanillas, junto a la emoción o la tristeza por el desfile de las tropas del Duque, que partían hacia la guerra de Granada, hacia el intento de toma de Gibraltar o a proteger Cádiz de los ataques enemigos. Por eso a veces sus arcos simulan ser como ojos muy abiertos escrutando el tiempo.

Para testimoniar que verdaderamente existe la furia del tiempo que viene seriamente a cuestionar los cimientos del más firme de los sistemas, el edificio que durante muchos años dio sentido a esta plaza no está. El palacio de los duques, que se tardó varios siglos en construir y desde donde se regían los destinos de las vidas y cosas, fue destruído tras la ruína de Mariano, el Duque antinobiliario.

A finales del siglo XIX profética o simbólicamente, por desidia, ruina, falta de funcionalidad o quizá porque se dió cuenta que ya no servía de mucho, el orgulloso edificio se vino abajo en apenas diez años, como un viejo achacoso, dejando el recuerdo de unas ruinas del ducado. Desde el palacio Marchena se derramó irremediablemente colina abajo inundando todo de los sedimentos de su propia civilización, como una lluvia de sí misma. Grandiosas y viejas casonas, rancio abolengo, callejones umbríos, pretéritos imperfectos fueron sustituidos por pequeñas casas en calles anchas y soleadas con historias por inventar.

Sin embargo perdimos una de nuestras joyas arquitectónicas, góticos pasillos, patios platerescos y renacentistas salones llenos de joyas, obras de arte y recuerdos de las grandezas del pasado. La pobreza y la vida, que por entonces eran sinónimos, se adueñaron de tanto esplendor pasado, de tanta vanidad de artista, de tanto hijo bastardo, de tanta intriga palaciega y conjura de nobleza. Desde la antigua facha de palacio, del que ser conservas algunas murallas, ventanas y arcos, parte un pasadizo hacia la zona del parque, antiguo jardín, que conserva restos árabes.

Todo lo importante en el pueblo ocurría en la Plaza Ducal, las fiestas de toros, las representaciones teatrales, las grandes celebraciones, las representaciones de la pasión del Viernes Santo, o mandato. Gracias al mandato de Jesus Nazareno conservamos una de las pocas fotografías de cómo era el palacio. Un gran edificio de cuatro plantas con una portada monumental que, encaramado a la muralla sobresalía de todo el blanco caserío marchenero. Y gracias al mandato hoy podemos reivivir cada año, un trozo del pasado.
Un exvoto devocional de la capilla de la Vera Cruz nos muestra otra imagen de la plaza en el siglo XVIII, con el palacio en un extremo, el antiguo convento de Capuchinos -fundado en 1651-, también desaparecido, en su extremo norte y a los piés el edificio de las antiguas casas consitoriales (1713), que aún se mantiene. Alonso Moreno -quien trabajó en San Agustín- se encargó de construirlo al tiempo que remodelaba y daba unidad a todos los edificios de la plaza.

Tras la ruina del ducado, tanto el barrio antiguo, como la más bella plaza mayor de tierras sevillanas, fue poco a poco relajándose. El Ayuntamiento cambió de ubicación, y poco a poco, el duende de la guitarra y del arte gitano fue haciendo suyo aquel plácido aire de noches veraniegas y amores pagados. Allí nació el gran guitarrista Melchor -"gitano de cobre y sombra"- según Salvago- y durante muchos años ha sido el escenario de uno de los festivales flamencos más prestigosos, la "Fiesta de la guitarra" por donde pasan cada año los grandes genios del flamenco. Por encima del tiempo, la plaza conserva gran parte de su esencia original.

Mucho más transformada, la Plaza Nueva o plaza del Ayuntamiento ya no conserva los lienzos de muralla, ni la torre del reloj que existió hasta principios del siglo XX. La actual torre del Ayuntamiento, y su reloj "donde el tiempo se hace arena, cenizas los pensamientos", han heredado esta tradición de ser la plaza del tiempo.

Levantada sobre las ruinas del convento franciscano, el edificio del nuevo Ayuntamiento, levantado en los años 60 vino a sustituir el símbolo del poder que hasta entonces fuera la Plaza Ducal. Su antigua estampa era para algunos un poco triste y solitaria, sin demasida utilidad mas que para cobijar parejas de enamorados bajo los naranjos. Durante algunos años se celebraba el mercado y en uno de sus costados estuvo el casino liberal, con su teatro y sus compañías de Zarzuela, cuyas primeras actrices auxiliaban a los marcheneros en sus urgencias de amor.

Así que derribaron la muralla y la torre, que estaría sobre las actuales escalinatas. La nueva casa consistorial se ideó simbólicamente para unir a la vieja y la nueva Marchena, mirando hacia el este donde se levantaban los nuevos barrios, eso se dijo. También mirando al antiguo convento de dominicos que tiñe este espacio de luto en la noche del Viernes Santo y mirando la lejana grandeza pétrea de San Agustín.

Si Roma tiene piaza del Popolo, Marchena tiene plaza del Pololo, o plaza vieja, crisol del tiempo, adivinó Antonio Salvago. "Por cuatro arterias te afluyen mansamente sangre y tiempo". Para averiguar el origen del nombre lo mejor es entrar en el bar que allí existe y pedir una cerveza insuperable. El busto del Padre Alvarado -"el hombre sueña su sueño" según Salvago- le presta su auténtico nombre. El polémico filósofo personifica la pasional relación de los españoles con la poítica. Basta decir que los tradicionalistas erigieron este monumento en la plaza de San Juan, que fue arrancado durante la segunda república y restaurado de nuevo en esta ubicación en 1937. Dicen que lo que tiene en la sien es un tiro.

La plaza, que "desde el arenal, manando diligencias y emboscadas" busca el aroma agreste de las posadas, "olor a caballerizas, a cuero antiguo y malva" dentro del primer arrabal histórico fue principal entrada antigua en el municipio en los costados del antiguo camino de Sevilla. Hoy es ideal para tomar un aperitivo al sol, junto a las palmeras- ha heredado una tradición hostelera de siglos. En uno de sus frentes estuvo la casa de baños -hoy hostal- que atraía a muchos visitantes a principios del siglo XX. En la calle Mesones, se alineaban las casas de huéspedes o mesones. Los de los Caballeros y de la Fuente (propiedad del Hospital de la Misericordia), de la Fruta , de la Ventilla y de la Miel, que en 1713 y por el abundante trasiego de tropas con destino a defensa de Cádiz o el ataque de Gibraltar en la guerra de Sucesión, quedaban tan destrozados que el cabildo debía repararlos muy frecuentemente, según nos cuenta Juan Carpio. "Ya nos dejas cantando/ en la plazuela./¡Arroyo claro /fuente serena!”, dijo Lorca.

La fuente de la que tomaba el nombre aquel mesón era la de las cadenas, pero no la que hoy aparece junto a la antigua casa de baños con el nombre de San Antonio y la fecha de su construcción -1864-. Sino una con grandes caños y pilares para abastecer al ganado, y rodeada de grandes cadenas. En las fuentes se reunía la gente a hablar según este relato de Washington Irving. "Continuamente andan por la ciudad hombres vendiendo el agua que llevan en grandes cántaros sobre sus propios hombros o sobre las espaldas de sus borricos, son los que mejor y más pronto tienen conocimiento de cuanto acontece en las ciudades. Como que a la mayoría les gusta charlar, no dejaban de contestar ampliamente a cuantas preguntas se les hacían, acerca de las últimas noticias. Con lo cual ese pozo se había llegado a convertir en lugar de reunión de todos aquellos a los que interesaba más lo que sucedía en casa de sus vecinos que en la suya propia". Quizá la fuente sea el origen de la prensa del corazón y del cotileo.
También tiene esta plaza aire moruno, pues a la imponente presencia del Arco de la Rosa, que custodiaba un cuadro homónimo y que le daba nombre, hay que añadir los alfices y adornos árabes que aún conservan algunas de sus casas. Aún se conservan en torno a reste arco una de esas leyendas de amoríos entre cristianos y moras, que tanto abundan en los pueblos con restos árabes.

Además está la prolongación natural de esta plaza que es la plaza de la Constitución, con su improvisada parada de autobuses bajo los miradores sobre las murallas o con su fuente en el centro. Y más abajo, la avenida, así llamada por los marcheneros, por ser la más antigua, el Arrecife, -con su parque y su antiguo baño de los caballos, salida natural de manantiales. Allí estuvo la feria, pero también los teatros,-teatro Colón o cine Campoamor- y se celebraban los antiguos desfiles de carnaval, ya desaparecido. "Yo recuerdo muy bien el carnaval de Marchena, que era un señor carnaval, muy a lo vivo, con sus bailes de máscaras, y sus bonitos desfiles de carrozas por el "arrecife", carrozas de gatitas, y de ratones enjaulados y de aves del paraiso, y de hadas. Y con su ruletita en el Casino...", recuerda Luis Camacho.

Hay más plazas con solera, como la de San Juan, con ecos de campana antigua -La Calada, única que mereció un apodo y un poema de Salvago "aquí tu bronce o tu carne, no tu voz ya sabida" presidida por la mudéjar fachada de la iglesia, y algunas casas palacio destacables. A su izquierda está la Casa Fábrica, (1771) antiguo almacén eclesiástico y hoy biblioteca, un edificio lleno de barrocas líneas curvas dibujadas por Ambrosio Figueroa. Allí desemboca Doctor Diego Sánchez, la calle muerta que resucitó y mantiene los blasones en sus costados. Esta calle, esta plaza, este barrio es un lamento de piedra que está "naciendo y muriendo eternamente".

O la plaza de la cárcel donde se dan la mano la tradición cervantina y saetera con la casa más antigua, la del Ave María. O la de San Andrés, "nardos en los brocales, lunas en los parterres" antigua puerta de Osuna, presidida por la espadaña del convento y los restos del antiguo colegio de San Jerónimo. O la de San Sebastián, con la antigua ermita del otro arrabal histórico.
Pero más que leer sobre ellas, lo mejor que se puede hacer, es sentarse en ellas y contemplar con parsimonia, como pasa por delante la furia del tiempo, mientras nosotros intentamos retener en nuestra memoria esta sensación de tiempo detenido entre los azahares primaverales.

Estrellas en pleno día
“¡Oh torre vieja! Llora/ tus lágrimas mudéjares/ sobre este grave patio/que no tiene fuente”.(Lorca). Desde la torre lorquiana de Santa María -falsamente moruna y más que otra cosa renacentista y toscana según Ignacio Camacho- recorre las nervaduras y los contrafuertes de todas las iglesias marcheneras una fuerte tradición mudéjar de tradición árabe, que llegó hasta el siglo XVIII, tal y como ha investigado Juan Luis Ravé."¡Oh templo antiguo! Se ha levantado una luz que para ti brilla en mi corazón”.(Ibn Arabí)
Y de esta forma, si en el interior de una iglesia miramos hacia el techo es muy probable que veamos un prodigio de estrellas de caoba o pino, ribeteadas de cal, aunque estemos en pleno día. La armadura del salón principal de la casa fábrica construída hace pocos años, es la llegada a la contemporaneidad, de una costumbre -casi religión- que no ha querido dejarse vencer por los siglos de los siglos, -amén- y cuyo profeta es Diego López de Arenas.
"La mayor parte de la arquitectura realizada y proyectada por maestros locales tiene rasgos mudéjares" explica Ravé. Esta característica común está presente en la mayor parte de las iglesias del municipio, gracias a los gustos imperantes que marca una personalidad propia, entre los municipios vecinos y cuyas características propias son la flexibilidad, la sencillez de los materiales y su durabilidad. Y no solo en las iglesias, también se conserva en numerosas viviendas y almazaras.
Poco después de la conquista, en 1296 se conservaba el barrio musulmán en la marchena cristiana. La importante herencia constructiva islámica de la muralla había creado no solo un precedente sino todo un grupo de obreros especializados en determiandas técnicas de la albañilería. Los alarifes mudéjares continuaron trabajando muchos años al servicio de los Duques, necesitados de su pericia, pues no sólo había que reparar la muralla, de un pueblo en medio de llano, también reformarla para protegerse de los enemigos no solo árabes, también cristianos. Ponces y guzmanes protagonizaron una encarnizada guerra civil.
Y así, podría decirse que un grupo de obreros islámicos conservarían los conocimientos de sus técnicas constructivas y ornamentales hasta 1618, -cuatro siglos después- cuando el visitador del Rey indica que informado que en la villa "andan algunos moras y moros libres, que están rebeldes y pertinaces" señalando que también hay muchos otros esclavos, y pide que si no dan muestras de querer convertirse "sean echados desta villa".
Las puertas mudejáricas de San Juan nos muestran gran versatilidad a partir de un elemento tan sencillo como el ladrillo y en el exterior de toda la iglesia está decorado con almenas mudejáricas, iguales a las existentes en la mezquita cordobesa. Las portadas de San Andrés y San Lorenzo siguen el mismo modelo. San Miguel se construyó también en torno a 1528 tambien en este estilo- tras la gran expansión de este arrabal histórico. Una de sus portadas, hoy en patios interiores, también es mudéjar. San Sebastián también se inició por los mismos motivos y bajo el mismo estilo, aunque luego fue reconstruida tras el terremoto de Lisboa.
La armadura ochavada de la sala de audiencias de los juzgados, nos habla de la grandeza perdida del antiguo convento franciscano, pues a él perteneció. Su decoración deriva de la técnica nazarí y es semejante al usado en algunas techumbres del palacio, hoy en el palacio sevillano de la condesa de Lebrija.
Ravé nos habla del gran artesonado de San Juan, el más importante junto al de Santa María, que no se usa sobre el presbiterio, el lugar más sagrado, por no ser de tradición cristiana. La rica armadura de par y nudillo cubre el templo con una decoración exhuberante. Los motivos centrales son piñas de mocárabes inscrita en un octógono. En conjunto, una de las más originales y ricas de la época. También cabe destacar una amplia variedad de pilares soportes, columnas y semicolumnas, que no pueden verse en otras iglesias.
En Santa María sobresale su armadura ochavada en los dos extremos construida probablemente tras el terremoto de 1356 que afectó a la iglesia, como lo demuestra la inclinación de algunas columnas. Tampoco faltan elementos árabes en la fachada principal, que se compara con los templos góticos más primitivos de Andalucía. Pero el elemento más llamativo son las tribunas situadas a los pies que permitía a los Duques acceder a la iglesia desde su palacio, gracias a unas galerias altas sujetadas por arcadas.
Lopez de Arenas -nacido en el barrio de San Miguel en 1579 de familia relacionada con los alarifes que trabajan para el Duque- recogió en 1633 toda ésta tradición constructiva aprendida en sus años de formación marchenera y la plasmó en el único tratado que existe en España, de similares características. Después de trasladarse a Sevilla y establecerse en el barrio de Omnium Sanctorum fue nombrado en 1622 Alcalde Alarife del Ayuntamiento sevillano, en donde no olvidemos, los duques de Arcos, dejaban sentir sus influencias. Su responsabilidad era controlar y representar al gremio de albañiles.
Su meta, imitando a Juan de Oviedo, era ser maestro mayor de obras de la ciudad. Su obra recoge conocimientos de albañilería, geometría, carpintería y obras públicas. Participó en el grupo de expertos que asesoró a Felipe IV en su estancia en Sevilla. En torno a 1605 participó construyendo un altar para el convento de Portacoeli con los maestros Juan Martínez Montañés y Francisco de Pacheco. La obra de Lopez de Arenas ha sido reeditada en numerosas ocasiones hasta nuestros días y de ella aún encuentran los albañiles interesantes consejos prácticos.

Trío de ases
Desde la Plaza Arriba el viento trae la legendaria sonoridad de una vieja guitarra gitana, jugueteando por los cielos con voces como trinos. La vieja Tía Gilica, una cantaora a la que debemos un estilo por soleá, Juan el Cuacua o el Lico fueron los forjadores del misterio con Pepe el de la Flamenca.
Cuando la verdad se hace cante surge el misterio. Misterio de nuestra santísima trinidad flamenca. La autenticidad es una herencia que recibe el marchenero en la cuna, a través de la leche materna y del alimento primigenio que nace de la tierra, del campo, alfa y omega, principio y fin. Otra cosa es lo que haga luego cada uno con esa herencia.
Verdad son las cosas más sencillas, -una mirada, una calle, una primavera, un amigo leal, un amanecer, una luna de jueves santo, la alegría, la infancia-. Es lo que queda cuando se quitan las circunstancias y las excusas, las necesidades y los anhelos, el tiempo y la espuma.
El flamenco es hoy uno de los pocos territorios de auténtica libertad, porque es el lenguaje del alma que sale a borbotones, sin excusas ni intermediarios, cuando ella quiere. Es uno de los pocos campos donde alguien que nace con arte tiene su sitio aún si haber ido a colegios ni academias, aquí no te piden títulos ni certificados. Es una rama del arte en la que no se necesita nada. Ni métodos, ni estudios, ni técnicas ni filosofías, solo una guitarra, tener voz, tener arte y tener alma, no haberla vendido al diablo por el éxito.
Por ejemplo, para Melchor de Marchena, -gitano de cobre y sombra según Antonio Salvago- apóstol de la guitarra, Melchor Jiménez Torres (1907-1980) la verdad era un potajito con sinojo. De esta forma nos cuenta Luis Camacho, cómo expresaba su sentido de la autenticidad aquel broncíneo flamenco, que desde su señorío antiguo y superviviente aún escruta los límites del universo desde un balcón florido de la Plaza Arriba.
Lo dijo uno de los tres guitarristas de la historia del flamenco, a juicio de los críticos: -"Madrid, la gente, los teatros, los tablaos. Ná. To eso es ná. To eso no vale ná". Sentenció Melchor. "Lo que vale es una tarde en el campo, con dos o tres amigos, a la sombra de un árbol, con una botellita fresca de jerez y la guitarra al lado, y comerse mu despacito un potajito con sinojo".
Ese es el lenguaje de la verdad, que llega al alma, pasando por encima del cuerpo. Le gustaba poco hablar. Su lenguaje era la guitarra, un lenguaje claro, conciso y diáfano, valiente y entero, con adejetivos de siguiriyas, adverbios de bulerías, pronombres de tangos, silencios de soleá, y expresiones de alegrías. Así era Melchor, un guitarrista entre dos tiempos. Entre el tiempo de la guitarra como acompañante y el de la guitarra solista. Preferido por los Manuel Torre, Pastora Pavón o Antonio Mairena, los maestros del pasado de los que aún se podía aprender, los que “cantaban flamenco” en palabras de un maestro reivindicado además por los nuevos creadores.
“Madrid para ganar dinero", como él dijo pero Marchena es el lugar donde "mamó" la verdad. Una verdad de plaza arriba, plaza calé, donde no cesaban de cantar las gitanas antiguas, con susurros que se colaban entre las sábanas de las madrugadas de verano como el olor de una flor de gitanilla, acunándole entre sueños, nutriéndole con la verdad del cante. "A las cuatro de la mañana escuchando cantar, esas grandes mujeres, estas gitanas”...
Las gitanas antiguas "Hablaban a su manera y a mí me quitaba el sentío” decía Melchor. “Comprábamos en aquella época arrobas de vino. Cogía algún guitarrito” y a dejar salir a borbotones la verdad aprehendida a golpes de corazón. Entre la verdad y la humildad siempre hubo buenas relaciones, porque el que es grande no necesita decirlo: se le ve venir en su grandeza. “Todos son mejores que yo, todos son fenómenos. Pero mi arte me lo llevo yo conmigo”.
Hablaba poco, y solo en ocasiones destapaba el viejo tarro egipcio de las esencias. “A mí me duele horror cantando” decía refiriéndose a tal o cual cantaor que le gustaba mucho. Lo dijo de Manolo Caracol, “cuando canta él, saco cosas en la guitarra que no las sé”. Ahí está el duende entrecomillado, eso que han buscado durante siglos y siglos los críticos. La máxima expresión con el mínimo de palabras, la intuición por encima de la razón. Ahí está el “cantar puro y tocar puro” el arte de Melchor. Ahí está la verdad.
Varias décadas después de que Luis Camacho reivindicase que se hiciese un monumento a Melchor en la plaza arriba, con una botella de Jerez y una olla de potaje con sinojo, me sumo a esta petición. Tampoco es ajeno a los duendes su hijo, Enrique de Melchor, (cada siglo da Dios una cosa grande, y este siglo le tocó a él, dijo su padre), o su sobrino, hijo de Chico Melchor. Que son la nueva generación de melchores que aupados sobre hombros de gigante están llevando la tradición flamenca gitana marchenera al siglo XXI. Por cierto Enrique de Melchor - Enrique Jiménez Ramirez, Marchena 1950- el nuevo apostol de la guitarra compuso un tango llamado “plaza arriba”.
Enrique empezó a estudiar guitarra a los doce años, oponiéndose a la opinión de su padre. Estudió el repertorio clásico y aprendió flamenco por si mismo. Pronto tocó con Paco de Lucía, y le acompaña en gira a Japón y por en Europa. Después formó el cuarteto "Torres Bermejas", con el bailarín Manolete, Pansequito y Camarón de la Isla.
Con José Menese (1970) formó un dúo estable y destacado de la historia del flamenco. En su último disco ("Arco de las rosas" 1998), permanece fiel a su estética y parece acercarse, por su espíritu al estilo de supadre, consiguiendo obtener una síntesis entre forma tradicional y el lenguaje armónico y rítmico contemporáne.

Como de algunas calles de Marchena, cabe decir de Pepe Palanca uno de los profetas del fandango, (José Lebrón López 1904-1976) que su arte no está para el primero que pasa. Recorrer una calle, por muy bella que esta sea, con nuestra mirada prendida de cotidianas preocupaciones no ayuda a sentirla. Para llegar a su esencia hay que olvidarnos de nosotros mismos por unos momentos. Sentarse en un sardiné recién regado a tomar el fresco de la tarde de verano o primavera, para poder así sentir el olor de la dama de noche que se derrama inundándolo todo de su misterio. Así es Pepe Palanca, hay que pararse a escucharlo, como si estuviéramos con él sentados en un sardiné del barrio San Sebastián charlando plácidamente.
Como dijo Anselmo Gonzalez Climent, “Palanca, sin ser más jondo que Pastora, Aurelio o Chacón, es tan vertiginoso y sintético, verdad de a puño, que exige estar muy metido dentro del cante para disfrutarlo en toda su magnitud”. Es decir, se trata de un cantaor absorbente, de esos que se beben como una copa de vino, cuando verdaderamente se necesita “de un tirón”. Su popularidad en los años veinte, treinta y cuarenta fue auténticamente grande, siendo su fandango muy imitado por los aficionados en fiestas y reuniones.

Lejos de repetir esquemas de éxito, o de cuadricular el cante, su imprevisibilidad venía a cumplir una de las mayores condiciones del cante grande: el duende. De nuevo ese minúsculo e inexplicable sentido de lo inefable y eterno, donde viven las antiguas musas griegas del arte, aparece relacionado con otro cantaor marchenero “todo él madrugada para un simple quejido, quizá el verdadero”. De cante “áspero, tirado”, más que un estilo un temperamento. Tirado. Un gesto de la mano imperceptible y certero, una pequeña protesta en medio de la tradición como diciendo: "ahí queda eso".

Fandangos en Pakistán

Aziz Balouch era un joven, despistado y curioso estudioso de la música y el folclore pakistaní recién aterrizado en 1933 en España, maravillado por la leyenda de Al-Andalus cuando le llevaron a ver un espectáculo flamenco de Pepe Marchena, máxima figura del momento. Cuando lo escuchó cantar, algo muy profundo se removió en su interior al comprobar que la estructura y la raiz de la música de su tierra y la andaluza eran básicamente la misma. Sin embargo la música del país de Aziz era de uso sagrado, por eso no entendió que su hermano el flamenco estuviese tan degradado por aquellos entonces a capas sociales mal vistas.

Posteriormente, ya ante el maestro de maestros, éste le pidió medio en broma que cantase algo de flamenco. Y ante la sorpresa de éste Aziz comenzó a cantar una milonga con tal facilidad que José Tejada y su guitarrista Ramón Montoya, no lo creyeron posible. De tal forma eran similares ambas tradiciones. A raíz de aquel debut, pasó a ser discípulo de Marchena y conocido popularmente como Marchenita, grabando fandanguillos, malagueñas y colombianas.

Aziz descubrió además la herencia de Ali Ben Nafi Ziryab, músico y estudioso de los instrumentos, enviado por el califa de Bagdag al de Córdoba, que extendió un puente musical entre Al-Andalus y Pakistán, un enriquecimiento mutuo entre los dos extremos del islam que es una de las posibles raíces del flamenco, actualmente aceptada por muchos estudioso.
El pakistaní Aziz invitó a Pepe Marchena a ofrecer una serie de cantos explicativos en Karachi a donde acudió en 1961. Tejada quedaría asociado a la teoría pakistaní del nacimiento del cante flamenco, una de las posibles, entre otras, como la tradición islámica, rica en el uso de melismas. "Esos motivos, esas formas de tocar, los he oído en la música turca toda mi vida” dice el músico turco Omar Faruk, que trabaja actualmente fusionando música árabe de su país y flamenco, con artistas andaluces. Tanto Faruk como Aziz tienen un sentido sagrado de su música y vieron lo mismo en el flamenco.

A partir de 1950, Antonio Mairena y Ricardo Molina imponen su teoría de que los gitanos son los creadores del flamenco “integrando en ellos aquellas diversas tradiciones musicales que encontró todavía vivas en la abundante población morisca”. Según ellos, los gitanos le añadieron su sentido del ritmo y de la danza. Para G. Matos, el cante existía antes de los gitanos y para Blas Infante hubo una comunión entre moricos y gitanos, ambos proscritos y un intercambio de tradiciones musicales. «Ya es bantante significativo que moriscos y gitanos compartan los nuevos apellidos castellanos, como lo es el hecho de que aquellos lugares y enclaves donde hubo una mayor población morisca, sean, precisamente, en los que se asentó el mayor número de gitanos: Albaicín, de Granada, Las Alpujarras, el barrio sevillano de Triana, Lebrija, Marchena, Utrera ... y Jerez de la Frontera.»

Siguiendo el dicato del cante gitano y de un libro publicado por Antonio Mairena y Ricardo Molina, se establecieron dos bandos en el flamenco, los defensores del sentido gitano, que además buscaban exclusivamente la pureza, encabezados por Mairena y los demás que de alguna forma quedaron señalados como heterodoxos, a los que se culpabilizó de todos los males del flamenco. Y el mayor heterodoxo era Pepe Marchena, seguido de El Fillo, Franconetti, Chacón, Caracol, Vallejo y Morente, quienes de alguna forma quedaron apartados, marginados, discriminados.

Antonio Burgos compara a Tejada con Camarón. “Camarón volvió loco a los cantaores, como Paco de Lucía volvió locos a los guitarristas. Todos van por la rodada de su carro. Es exactamente lo que ocurrió con Marchena antes”. Como ha dicho Manuel Barrios, "para unos Pepe Marchena es la primera mentira del cante; para otros, su última verdad". Fue el primer heterodoxo del flamenco y protagonista a su pesar de un debate eterno hasta el punto de ser definido como el cantaor más controvertido de la historia. En los últimos años se impone una unión de ambas corrientes y muchos grandes maestros reivindican la figura de Tejada.

Ahora sabemos que pueden convivir acercamientos distintos al flamenco y distribuirse méritos desde la justa ponderación, sin prejuicios. El 2004 fue el año del centenario de su nacimiento y de su pública restauración. En un acto celebrado en Barcelona, organizado por la sociedad de autores Enrique Morente y Ortiz Nuevo presentaron al maestro como un genio maldito, un Dalí del flamenco "poderoso, tierno, excesivo (…) también algo disparate, surreal, vehemente, sutil, creador…"

Uno de los primeros recuerdos que tengo de mi vida es el entierro de Pepe Marchena, José Tejada Martín. (1903-1976) con el ataud flotando sobre una multitud de cabezas por la calle que hoy lleva su nombre.

Con sus luces y sus sombras, -modernidad y tradición, creación, y adaptación, sobriedad y extravagancia-, atesora todo un universo con la marca indeleble de una fuerte personalidad que durante 50 años hizo suyo el cante. Si Melchor recibe la herencia del cante de la plaza arriba, Tejada supo cual iba a ser su destino mientras guardaba ganado entre los encinares de Montepalacio: el amplio paisaje marchenero le entregó su libertad.

El se sintió libre, para después de ascender una escalera de pequeños concursos en pueblos perdidos, autoerigirse en el primer rey flamenco, maestro de maestros que conquista todo tipo de públicos y toda clase de corazones. En cuanto a su proyección pública, trascendió del ámbito flamenco y se convirtió en estrella cinematográfica, protagonizó tres películas. Se convirtió en empresario de espectáculos flamencos. Se codeó con actores de Hollywood, reyes y reinas.

En muchas obras alternó la actuación teatral con el cante. Fue el primer flamenco en hacer giras por sudamérica, actuando además en el norte de Africa, Pakistán, Israel y varios paises europeos.

Entendió la imagen pública del cantaor como un gesto diferencial, y de reafirmación, tras huir de la miseria. Sacó el cante de su cauce natural, para lograr que otras latitudes y otras gentes se interesaran por él. Tuvo vocación universal y alma de pueblo. De su pueblo. No adoptó maestros ni modelos sino que creó el suyo propio. Inventó un nuevo palo, la colombiana y puso de relieve los cantes de ida y vuelta. Creó una escuela de imitadores que aún continúa, como un Elvis flamenco.

Un Tejada que está en la memoria colectiva de media España. Todo el mundo recuerda las letras de sus cantes, que es lo mínimo que se le pude pedir al máximo exponente de un cante popular como el flamenco. Que sea de la calle. Y Tejada lo era. De la calle Arahal, barrio de San Miguel. Marchena.

Por todo ello, su pueblo le ha dedicado una estatua de bronce, y ha colocado una placa en la casa natal del artista, en la calle Arahal. Tampoco hay que olvidar el club Pepe Marchena, donde estuvo su capilla ardiente y donde se recogen sus fotos. Marchena cuenta con con su tradicional Festival de la Guitarra, que se celebra en la palza arriba cada mes de julio. Destaca el Concurso Nacional de colombianas el Certamen de Saetas, la Asociación Arte y Compás, la Peña Flamenca, o el grupo El Roete, repletas todo el año de actividades y de gente dispuesta a dar una explicación certera de la historia del cante en este pueblo.

Memorias de pasión

Desaparecidos, los duques, las órdenes, los siervos, las disputas entre ordenes religiosas, la grandeza y los palacios, las servidumbres y los vasallos, las circunstancias, las piedras y los siglos. Qué queda de toda aquella grandeza, qué para poder reafirmarnos en nuestra esencia ante la furia del tiempo, qué argamasa une las piedras de nuestras distintas formas de ser. El marchenero de la arena y del viento, el del asfalto y el papel cuadriculado, el que se fue a la orilla de la supuesta modernidad, el de un lado y el de otro. El de hoy, el de ayer, el de siempre. Ante la vida y la muerte. Qué queda hoy de todo lo que fue, que pueda tocarse con las manos: la semana santa.

Si el tiempo personificado, hubiese ordenado a sus herederos en esta tierra, que cuidasen de este hijo suyo que es el rito primaveral, no hubiesen puesto mayor empeño en cuidarla y transmitirla intacta. Conservad sin alterarla, la flor, el secreto de esta tradicion. El tiempo puso sobre los hombros todo esa cultura. Marchena la recogió y la hizo suya, más allá de esquemas, estructuras y condicionantes, de poderes, terrenos o no, y organizó todo a la perfección para custodiar este nuestro ultimo tesoro impoluto. No tocar esta tradición, que es asi. Inmutable. Lo único que no cambia, mientras todo se desvanece.

Reloj, calendario, vara de medir, medida de nuestra actitud frente a la vida. Punto de inflexión y distancia con nuestra propio yo, individual y colectivo. Si hay algo en este reencuentro con la primavera, que no esté en otros días, eso es el tiempo pasado, que a través de los que fueron salen a la calle a buscarnos para llevarnos de su mano como a niños.

Algo misterioso y telúrico llama a las puertas de nuestra infancia, del alma colectiva y nos hace ir cada primavera en pos de la secreta fragancia del azahar, que es como el aroma de la memoria. Algo que tintinea como los caireles del los palios, o algo que truena como temblor irresistible de piel de tambor. Como un aldabonazo en nuestras conciencias que indica que el tiempo ha llegado, la primera luna llena de la primavera ha llegado, y las sombras han llegado sobre la cal recién puesta. Ha llegado el tiempo sin tiempo.

No hay tiempo. Viernes Santo, mediodía, almenas, Cantillos y un ondulante aletear morado de mirada humana sobre nuestras cabezas. No hay tiempo, solo un imperceptible ruido sordo de centro del universo, de giro de pequeño planeta ensimismado en sí mismo.

Rito de la primavera, aprendizaje, despertar a la vida. Se empieza jugando por los pasillos de la niñez con estampas, se continúa en las cruces de las plazuelas de mayo, robando flores a abril para ponerla en una caja de cartón, junto a una tela, cuatro cirios y una postal. Se continúa descubriendo el misterio en lo oscuro de las altas bóvedas y espadañas, limpiando plata, haciendo recados. Se pone uno de largo ante la muchedumbre de vencejos del Arco de la Rosa bajo los pasos de San Juan o triunfo de la Santa Cruz, o en una banda de música. Y se culmina el recorrido ya en la madurez ordenando con cariño y decisión frente a un paso, ciñendo la humilde corona del costal, o bordando con la palabra alamares en la madrugada de lo mudéjar.

Alejada de las grandes corrientes comerciales e intrigias catedralicias, aquí se conservó y se puede aún acariciar la autenticidad de plata en el palio y en la cruz de soles, lunas, anclas y conchas marinas. De cardos y doseles, de moleeras, de viejos dardos que se clavan en la pasión, de mandatos y nardos.

Torres, espadañas, calles, plazuelas. Arquitectura que de pronto se consuela y se sabe protagonista por un día. Plazuela de la amanecida ternura, calle del claustro abandonado, espadaña de la la luna de marzo, torre de las lágrimas, cancel de la angustia, de la muerte y de la vida, arcadas de soledad enclaustrada. Esos son sus verdaderos nombres. Todo encaja, pues para ésto fue hecho, para que este pueblo estrene su pasión nueva cada año.

Ritual de hermandad

Socialmene, la hermandad es algo que une profundamente en torno a la vida y la muerte.
Muchos se inscriben casi al poco tiempo de nacer, suele ocurrir en Domingo de Resurreción. Es entonces cuando Marchena -en una costumbre nada común en otros lugares- abre sus puerta de par en par y una muchedumbre recorre iglesias y capillas, para compartir experiencias vividas la pasada Semana Santa y coger un recuerdo, una flor, una fotografía, tomar una copa o un dulce a cambio de un pequeño óbolo. La hermandad necesita fondos y manos para continuar su labor, que va más allá de una semana al año. Cada una de las siete corporaciones ronda los mil hermanos, existen tres centurias romanas y cuatro bandas.

Los grupos de jóvenes, mujeres, coros, bandas, centurias romanas, costaleros, priostes, floristas, bordadoras se reunen casi todo el año en viernes en la casa de hermandad para preparar cualquiera de los compromisos que tiene la hermandad, desde certamenes de bandas, hasta presentaciones de carteles y revistas, charlas, conferencias, actividades de formación, obras de caridad, academias de saetas, o el simple y cotidiano mantenimiento de enseres, montaje y desmontaje de los pasos, actividad que se acentúa con la cercanía de la cuaresma.

Las reuniones de hermandad vienen de antiguo y son, como dijo Luis Camacho, “el alma toda del pueblo”. Entre cuatro paredes encaladas, sillas de anea, lunas de bizcochos y ajonjolí líquido, se reunían nuestros abuelos para, en torno a las saetas metafísicas hablar de todo lo relacionado con la hermandad.

Pero la reunión principal es la -jandosca- o comida de hermandad costumbre también muy antigua, para la cual existía incluso una vajilla propia con el nombre de la corporación, incluso existía la costumbre de preparar algunos platos que se consideraban en determinadas épocas, propios de estas reuniones, como el arroz con miel.

Una tradición única en Andalucía es la de los enterramientos comunes. Hermanos para siempre, unidos más allá de la vida. Antiguamente cada hermandad tenía su propia capilla en las iglesias, donde cumplía lo establecido en las reglas de dar enterramiento digno a cada hermano. Cuando se prohibieron los enterramientos en las iglesias, en el siglo XIX las hermandades continuaron clandestinamente haciendo uso de esta costumbre, hasta que decidieron construir sus propios panteones en el cementerio. Fue pionera el Dulce Nombre que lo levantó en 1912. Para poder ser enterrado en ellos solo es necesario estar inscrito a una hermandad. Los adornos son austeros e iguales para todos.

La rivalidad entre hermandades ha sido inmemorial, puede incluso ser heredada de la época de su fundación por parte de las órdenes religiosas (siglo XVI). Franciscanos, jesuitas y dominicos, junro al cabildo y la casa ducal hacían cada año una escenificación del poder con ocasión de las procesiones, sin que faltasen discrepancias. Fueron numerosos los pleitos entre hermandades, algunas por constatar su antigüedad, otras por la preferencias de paso, o por el lugar de su capilla. Hasta el punto que la expresión “juntarse el Cristo con la Soledad” -dos hermandades que antes salían el Viernes Santo-, es sinónimo de llevarse mal. En esta rivalidad, cada hermandad intentaba sorprender con un nuevo paso, o un adorno, más señorial y bello.

Otra tradición única es la del mandato de Nuestro Padre Jesús el Viernes Santo. En la antigua plaza ducal, centro de poder, se escenefica cada año, desde hace siglos la pasión de Jesús. Los tres pasos de la hermandad, evolucionan por la plaza ante la narración del párroco de los hechos de la pasión. Participan la verónica o los soldados romanos, que luego se incorporan al desfile procesional.

Aquí los enseres procesionales más antiguos están aún incorporados a los pasos, palios de plata del siglo XIX, cruces de plata con símbolos del sol y la luna, doseles de tela bordada tras los cristos en símbolo de majestad, piñas barrocas del XVIII para elevar las imágenes, junto a toda clase de objetos devocionales se incorporan aún al discurrir de la pasión por las calles. En esta solera antigua rivalizan aun las hermandades de la Soledad, Cristo de San Pedro y Vera Cruz.

Las “moleeras” de la Soledad, el Sábado Santo es el culmen de la tradición única de la saeta antigua de Marchena. Las saetas marcheneras, -de las más antiguas que se conservan hasta el punto de llegar a decirse que en Marchena nació la saeta- con estilos propios y únicos, son tan arcaicas que constantemente se han comparado con cantos sacros de árabes y judíos. La tradición saetera se transmite hoy en la primera escuela de saetas andaluza, que creó 1986 la Hermandad de la Humildad (Miércoles Santo) ante la evidencia de que se estaba rompiendo la forma tradicional de trasmisión oral de padres a hijos.

La Soledad perdió la costumbre de realizar el descendimiento de la cruz, en la Plaza Ducal, en donde una imagen articulada era introducida en un sepulcro, para posteriormente procesionar la imagen del cristo yacente. Era esta probablemente, junto a la de Jesús Nazareno, la más importante de toda la semana mayor, en el XVII. Recorría unas cinco iglesias, en la última se celebraba un figurado entierro de Cristo, que aparece así anotado cada año en los libros parroquiales de San Juan y el domingo de resurrección, volvía al templo de partida, Santa María portando la imagen de un resucitado, nos cuenta Vicente Henares.

En la procesión participaban 370 disciplinantes,(1617) lacerándose hasta hasta verter sangre, -auxiliados por lavadores-, grupos de mujeres, niños vestidos de ángeles portando escenas de pasión, demandantes pidiendo limosna, grupos de música de capilla, junto a los niños de coro de San Juan y música de ministriles. También se perdió la imagen del muñidor, que avisaba por las calles con una campana a los miembros de cada hermandad de alguna muerte, o reunión importante, haciendo sonar un toque característico según la hermandad según Henares.

Todo lo relacionado con la Semana Santa es para el marchenero especialmente querido, sus manifestaciones se recogen en revistas especiales y en medios de comunicación, se organizan todo tipo de actos de exaltación, para estos días las casas se engalanan especialmente, se preparan recetas especiales y se adquieren los mejores trajes. Llegan desde lejos los emigrantes y los comercios de restauración hacen su agosto en abril. Ha sido declarada de interés turístico nacional e incluida en numerosas rutas. Recogiendo la tradición de las milenarios celebraciones del renacimiento primaveral, que subyace de forma subterránea, la Semana Santa es la fiesta más importante para el marchenero.


El abrazo andalusí

Marchena es uno de los pocos municipios sevillanos que aun conserva, su gran abrazo de piedra almohade que marca claramente, el barrio antiguo y resalta además, con otra muralla interior, el lugar más importante, la Alcazaba.

Durante siglos, la muralla árabe -siglo XII, la obra civil más importante de unos dos kilómetros- marcó el trazado de las calles, luego,-tras el terremoto de Lisboa en 1755- sus huecos fueron aprovechados para construir casas, -sobre todo en Rojas Marcos y Las Torres- y finalmente su destrucción parcial, marcó la construcción de plazas. Así, sus 35 cubos y sus cuatro puertas se han ido confundiendo poco a poco con el blanco de las casas, para emerger como una segunda piel en los lugares más vistosos. El tapial, una mezcla de barro, cal y pequeñas piedras prensadas, se ha revelado tan duro como sencillo, siendo la primera clase magistral para los albañiles.

La tan comentada convivencia entre las tres culturas del libro, también se produjo en Marsenah de los olivos, -tal vez así llamada para diferenciarla, de la también árabe Marchena almeriense, ubicada en la comarca de las alpujarras- pues en los primeros tiempos de la llegada de los árabes (siglo VIII) aún era sede de un obispado, que luego, tuvo que huir a Toledo, según nos cuenta Ravé tras el endurecimiento de la política almohade en el siglo XI, -en 1030, Ibn Yassin y algunos bereberes marroquíes llamaron a la guerra santa-.

La mezquita de Marchena -cuyo emplazamiento desconocemos- siempre estuvo rodeada de un halo de santidad por su -madrassa- o escuela, una de las más importantes difusoras del pensamiento sufí. Aquí acudían a aprender desde otras zonas de Al-Andalus. Uno de sus alumnos más notables fue el filósofo Ibn Arabí (Murcia 1.165-Damasco1241) quien estuvo en numerosas ocasiones en Marchena, conoció a muchos maestros u hombres santos sufíes y de ellos aprendió. Posteriormente contó en sus obras numerosas experiencias y encuentros místicos (premoniciones, visiones) que tuvo a lo largo de su vida y que hacen referencia a esta tierra. Es también autor de libros de poesías místicas, y ha sido comparado con San Juan de la Cruz, -que conoció la tradición árabe- por su estilo análogo. Además, ambos sufrieron en vida la persecución de sus semejantes.

Los sufíes eran y son hombres santos que practican el arrepentimiento, la abstinencia y la pobreza, la paciencia y, finalmente, la satisfacción y la contemplación. Era ésta la vía de iniciación para los hombres santos -abdal- que se enseñaba en la madrassa de Marchena, junto a la mezquita. En ella, Abdul Mayid enseñaba el Corán y predicaba en torno a 1190. También era muy célebre una de las mujeres santas, llamada Shams Umm al-Fuqarâ, -Sol, madre de los pobres”- según reconoce el propio filósofo, una de las personas que más le influyó en su penamiento junto a Fátima de Córdoba, según el investigador Claude Addas. “Dicen que los soles habitan la alta esfera, y, ¿dónde está el palacio del sol sino en la esfera? (...)Ella tomó posesión de mí y yo de ella, porque cada uno posee su compañero. Que yo soy suyo es evidente”.

Cuando Ibn Arabí conocía a Shams Umm ya era una venerable anciana con fama de tener un importante desarrollo espiritual, poder para leer la mente de las personas y contactar a través de la telepatía, mucha gente acudía a ella para que las curase. Estas impresiones las dejó escritas en su libro Rûh al-quds.

“Es en Marchena de los Olivos —población situada no lejos de Sevilla -donde conocí a Shams Umm al-Fuqarâ’. “Tenía un corazón fuerte, una noble energía espiritual, una gran discrección. Ocultaba su estado espiritual, pero a veces me revelaba secretamente un aspecto, pues ella tenía para conmigo algunos desvelamientos, que me producían mucha alegría”

No es extraño que Ibn Arabí se relacionase con mujeres santas, pues siempre -al contrario que sus correligionarios- abogó por el igual trato. “Los hombres y las mujeres tienen su parte en todos los grados”, declara y a menudo pedía por ellas en sus oraciones. También fue tolerante en algunos aspectos de sus creencias. En sus escritos alaba a Jesus, que para los musulmanes es otro de sus profetas y lo coloca por encima de Mahoma. “La santidad muhammadí, declara Ibn ‘Arabî, es decir, la que es propia de la Ley revelada a Muhammad, posee un Sello particular cuyo grado es inferior al de Jesús puesto que este último es un Enviado.” Ibn ‘Arabî atribuye a Jesús un papel muy importante en la historia sagrada, por encima de lo común en su época y creencias.

Sin embargo se enfurece cuando no se trata con la debida reverencia a Alah (Dios). “En casa de uno de mis conocidos en Marchena de los Olivos, empecé a hojearlo para saber de qué hablaba y tropecé con el pasaje siguiente: “Quiero estudiar en este capítulo cómo plantear [la existencia] de una divinidad en el mundo.” ¡No decía “Al-lâh”! Me quedé asombrado y arrojé el libro a la cara de su propietario”.
De Abdul-Mâjîd ben Selmah, el abdal predicador de la mezquita de Marchena, que se sabía de memoria el Corán y los Hadices, -segunda fuente de doctrina y del derecho,
todo aquello que consta como dicho o hecho, cuya validez depende de la fiabilidad de las personas a través de las cuales ha llegado- dice Ibn Arabí “hombre de piedad y merito que siempre estaba al servicio de los fuqarâ, (faquir, estudiante) que Al-lâh le sea propicio”. Ibn Arabí nos cuenta el siguiente relato que le reveló el maestro de la mezquita de Marchena.

Dice Ibn Arabí:”Me contó (Abdul-Mâjîd) lo que le ocurrió en una ocasión: " me incliné invocando el Nombre de Al-lâh. Noté de improvisto, que una persona retiraba la tela sobre la que rezaba y la reemplazaba por una gruesa estera. Luego me dijo: ¡Haz tus plegarias sobre esta estera! YTuve entonces una inspiración, y le pregunté:"¡Oh, Sîdî! , ¿Por qué medios llegan los Abdâl a ser Abdâl?", y él me respondio": Por el silencio, la soledad, el hambre y la vigilia.Después de esto este hombre desapareció. La estera estaba debajo de mí".

Un bello relato sobre la Marchena árabe nos llega a través del sufí cordobés Abu Bakr Ibn Bay. Lo cuenta su mujer Yamilah, “Mi madre me contaba que, después de la guerra civil que asoló las tierras de al Ándalus, ella y su familia pasaron muchas calamidades. Mi tío abuelo Yahia se dedicaba a ir a los pueblos de los alrededores de Marchena, que era su pueblo, vendiendo canastos y avíos de mimbre que hacían sus hermanos y sus hijos. Dicen que una noche iba por un camino oscuro y le salió al paso una sombra. Sintió tal terror que huyó.
Pasado un tiempo, Yahia volvió a transitar aquel camino y, de nuevo, surgió ante él la sombra. ‘Estoy aquí para librarte de la pobreza. Ven mañana a este mismo sitio y no tendrás que volver a trabajar nunca más.’ Tras decir esto, la sombra desapareció y el tío Yahia se volvió a su casa. Iba a los otros pueblos a vender y, desde su encuentro con la sombra, siempre se le vio feliz y contento con su suerte.”
“La rosa, no buscaba ni ciencia ni sombra: /Confín de carne y sueño/ buscaba otra cosa”, nos cuenta Lorca en su casida -poema árabe- de la rosa. No hay rosas en el marchenero arco de la rosa, pero sí esta rodeda de leyendas de amores imposibles entre árabes y cristianas, en ella florece toda la belleza de la tradición andalusí. A la salida de Marchena por su puerta principal hacia Sevilla, los marcheneros antes de emprender el camino se encomendaban a una imagen que allí existía de una virgen que portaba en su mano una rosa.
La puerta de Sevilla o Arco de la Rosa uno de los emblemas de nuestra ciudad y de su muralla. Su acceso era antiguamente en rampa para permitir el acceso de las caballerías y se ubicaba en la línea de salida de la Alcazaba hacia el camino de Sevilla, de origen árabe fue posteriormente reconstruida en 1430, diez años después de la reconquista católica. En su interior podemos ver una cámara de elementos góticos con una pequeña puerta o acceso hacia la ronda, por encima de la muralla. Desde su punto más alto se controlan a la perfección, los caminos de acceso al municipio, desde sevilla, cumpliendo de este modo su función de vigilancia.

Dijo Ibn Arabí “Plantaron sus tiendas rojas entre los arroyos / serpentinos y entre ellas se sentaron/ doncellas albas como soles que se alzan/ con grandes ojos, nobles y preciosas y esbeltas”.
La abundancia de manantiales y aguas subterráneas en los puntos estratégicos, sin duda tuvo su importancia para el asentamiento árabe. Cerca de la Puerta de Sevilla florecen dos manantiales conocidos desde época árabe. Además en la zona militar de la alcazaba, asentada en el llamado cerro de la mota (del latin, mattus,a, um: humedo de origen fenicio) era la mas elevada y mejor defendida. Allí hay varios aljibes, uno cerca de la torre, que según la tradición tiene base árabe, otro bajo el ábside y un tercero en la zona conventual.
Era este el centro de la madina, centro politico, militar y religioso. La muralla de la alcazaba era más gruesa que el resto e independiente de la muralla general, y al igual que ésta ámbas evitaban las esquinas, más vulnerables ante los ataques enemigos. El punto en que confluían ambas murallas era la Torre del Oro, la más antigua de todo el recinto, -se han llegado a detectar elementos romanos en ella- que servía de refuerzo. Junto a esta torre residía el alcaide, responsable de la fortaleza, un cargo que se mantuvo luego durante la época ducal según Fernando Alcaide.

No es extraño observar cómo hoy, las alemnas de las murallas son sobrevoladas por
ese revuelo andalusí que son los palomos marcheneros. Ibn arabí también se refirió en sus poemas a esa tradición celeste el vuelo instintivo, que tan bien representan los palomos marcheneros. “¡Palomas que frecuentáis el arak y el han, mostraos piadosas y no aumentéis con vuestros dolores los míos!”.Al palomo marchenero se le ha definido como de angre azul. Los árabes practicaban este deporte al que eran muy aficionados donde se median las dotes de conquista y seducción de sus palomas utilizándolas para la caza o atracción de otras a su palomar, lo que se puede considerar el origen de las palomas ladronas. “Gime una paloma acollarada y el amante entristecido compadece su pena y su gemido”.

“Cuando tú no estás,/ seco el aljibe, y vacía la alberca/ ni un ascua crepita en la hoguera de ausencias/ sólo pervive, abrasando la espera/ el rimmel de Corán”(Abduljaquiq Ben Yerum) . Vacía está la alberca de el Parque, de la antigua “Marchena de los olivos” que fue un jardín bello, rodeado de murallas, que también tenía puertas para los arrabales de los cuales se conserva aún la puerta de la barriada de San Miguel que se llena, como todo el pueblo en primavera del aroma del azahar, nombre nítidamente árabe. Ellos usaban esta flor, entre muchos usos medicinales, para hacer infusiones, virtiendo una
taza de agua a punto ed hervir sobre media docena de flores frescas. El ‘agua de azahar’, se obtiene destilando en corriente de vapor de agua las flores frescas del naranjo amargo y es usaba como condimento en la repostería.

En la puerta de Morón, los posibles invasores tenían primero que superar la primera puerta y llegar al patio interio, hoy sala principal del museo, en donde le esperaban los defensores de la fortaleza que les impedían el paso con toda suerte de obstáculos. Todo el conjunto esta cerrado por un elevado muro desde donde se atacaba a los posibles enemigos. La Puerta de Carmona es una de las más antiguas, defendida directamente por una torre octogonal, la Torre del Oro. La puerta de la Barbacana servía para unir el Alcázar y la zona del Parque a través de un sistema de rampas.

“Deteneos conmigo un momento junto a esas ruinas y lloremos juntos”. El texto de Ibn arabí parece referirse a las partes de la muralla ya desaparecidas o en grave proceso de deterioro. La más monumental de las puertas desaparecidas fuela Puerta de Osuna, ubicada en la Plaza de San Andrés al final de la calle carreras, de la que se conserva un torreón. También existió la Puerta de Ecija, de la que anda queda, junto a la calle Animas o la Puerta de la Carne, que más que una gran portada era un portalón de servicio.

Nada sabemos tampoco del lugar exacto de la mezquita, los baños o el cementerio islámico. “Una descripción santa y elevada enseña que mi verdad tiene un pasado, por ello, aparta tú el pensamiento de lo exterior y busca el interior para aprender”. Ibn Arabí.

Puerta del tiempo

Puerta del tiempo

-Libro de los suspiros.
-Geografía del alma.
-El cerro de los fenicios.
-El sillón de terciopelo.
-La sonrisa de la Diosa.
-Solos ante campos dormidos.
-Piedra para la eternidad.
-La iglesia de los tres enigmas.
-El secreto como arma.
-La primera crónica.
-El ultimo bosque de ribera.
-Joyas entre olivares.
-Tras los simbolos del poder.
-Renacer del agua.
-El alma de las casas.
-Huyendo del mundanal ruido.
-Paraísos cercanos.
-La furia del tiempo.
-Estrellas en pleno día.
-Trío de ases.
-Fandangos en Pakistán.
-Memorias de pasión.
-Ritual de hermandad.

Libro de los suspiros

Cuando se agotan los datos objetivos, comienza la subjetividad literaria. Cuando se acaban las certezas hay que dejar espacio a la poesía de las preguntas. Bien podría ser ésto una especie de libro de los suspiros por el tiempo perdido. Por el tiempo que dejamos huir sin detener el olvido. Por tantas cosas que quedaron esparcidas en el camino. Lamentos por los edificios -de piedra, carne o palabra- que dejamos perder sin pena ni gloria. Por los trozos de nuestra alma que cambiaron para adaptarse a la modernidad, a veces mal entendida. Pero también por el gozo de ir reconstruyendo poco a poco nuestra olvidada casa común de vecinos anónimos o gloriosos, grandes o pequeños, pobres o ricos.

En la batalla contra la furia del tiempo, la prosa de lo que triunfa y flota en la superficie ha ido quitando espacio a la poesía de lo vencido, que subyace en el fondo. Solo hay que removerlo todo para que se funda y se acerque hasta nuestros sentidos cargado de un nuevo, sugerente, fresco, abierto y atractivo sabor dispuesto a ser degustado con un renovado placer.

Esto no es una simple enumeración de datos fríos, una enciclopedia, un listado. Esto es una nueva mirada subjetiva sobre nuestras cosas de siempre. Una perspectiva aérea, ancha, abierta y profunda que resume y evoca. Una autorretrato plural desde lo vivido y lo sentido. Una guía para visitantes y una reconstrucción para residentes. Un antídoto contra el olvido. Un pregón a las cosas de esta tierra que más me llamaron la atención. Un ensayo entre la razón y la emoción. Nuestros poetas e investigadores científicos nos dieron respuesta a las mismas preguntas, cada uno con sus armas, recursos y argumentos. Ambos conincidieron en ocasiones. Ambos son caminos para una misma meta. Hacia lo universal, por lo local.

En los últimos años se han ido disipando dudas de lo que fue, a pasos gigantes. Gracias a las personas que invirtieron mucho tiempo en investigar y a los que no dudaron en ponerles soporte y altavoz. Subido a hombros de gigante, nostros podemos ahora, echar un vistazo completo al paisaje. Solo hay que engarzar pacientemente las cuentas con un poco de amor y curiosidad, para lograr el collar de la belleza.

Solo sé que no se nada, de las cosas que hoy más me gustaría saber de nuestra tierra. Esas son las que yo aquí denomino misterios. No tengo todas las respuestas pero estoy convencido de que juntos, encontraremos el camino de nuevas e interesantes preguntas.

Geografía del alma

El viajero sabrá que ha llegado a Marchena cuando entre los llanos infinitos, o por las tímidas laderas de olivares, vea la daga de sol de la torre de Santa María. No puede separarse el paisaje de murallas, leyendas o riquezas, dudas o certezas, de la tierra, que es el origen de todo. Todo lo que buscaron los hombres antiguos, que cruzaron el océano en busca del destello de la plata, o quienes llegaron del sur huyendo del desierto, o desde el norte en busca de un paraíso, tenía que ver simple y llanamente con un trozo de tierra donde vivir en paz. "Historia, quietud, piedras venerables, tradición y metafísica". Eterna, honda, sabia e intemporal. Tu sed y mi sed. Todo esto han dicho los poetas sobre esta tierra cuyo nombre borraron los siglos. Pasado, presente y futuro.

“En el verde olivar de la colina/ hay una torre mora,/ del color de tu carne campesina/ que sabe a miel y aurora”. Lorca parece decirnos en estos versos que nuestras torres y murallas son más bellas vistas en la lejanía desde caminos y laderas cercanas, cuando toda la magia se concentra y se nos aparece un pueblo salido de una leyenda oriental. "De la ciudad moruna, tras las murallas viejas, yo contemplo la tarde silenciosa, a solas con mi sombra y con mi pena”, a decir de Machado. Y ahora en el comienzo del segundo milenio, vuelve el hombre de nuevo su mirada a la tierra, que siempre ha estado ahí, mientras todo cambiaba. Algunos creen que es éste un paisaje monótono, y que no puede competir con las espectaculares sierras. Pero mientras en la montaña nos subyuga la presencia casi sagrada de los picos, el llano nos evoca la libertad, quizá por eso son pacíficos sus habitantes.

No se puede decir que estos caminos de Marchena no se han de andar, pues como dijo Machado, el poeta del paisaje "¿Para que llamar caminos a los surcos del azar?”. Es necesario descubrir estos caminos y paisajes, -a pie, en caballo, en bicicleta, o vehículo de motor- , no sólo para hallar sus secretos milenarios, sino para que este nuevo horizonte, tras la oportuna meditación, nos haga descubrir el paisaje de nuestra alma.

Muchos puntos verdes rompen la parda monotonía a lo largo de todo un paisaje salpicado con más de 200 antiguos asentamientos humanos, abundantes cursos de agua, restos de antiguos bosques habitados por una completa fauna, nobiliarias cortijadas y modernos centros de recreo. Lugares de un innegable interés paisajístico, natural y de ocio. Todo aderezado por la sorpresa de la liebre o el mochuelo, el pato o la perdiz.
Y sobre todo, el paisaje, como escenario de la vida cotidiana que nos dejó viejas costumbres aún vivas, una gastronomía rica en sabores e influencias, fiestas y celebraciones inalterables y sobre todo un sentido de la vida que se basa en dejar vivir al vecino y disfrutar con placidez de lo que la naturaleza nos ofrece. Una tradición que atrae no solo a vecinos de Marchena sino a personas de paises lejanos que ya se están instalando en estas tierras.
Cada vez es mayor la tentación del que vive aquí de claudicar y marcharse subido al tren de la prisa, que no de la modernidad. Pero no conviene confundir el estrés con la vida. "Oir el piar de los gorriones en los aleros- casi a la mano- de los tejados de oro, será una fabulosa riqueza de paz humana e ilimitada. (...) Pasear todas las tardes, por la ancha calle solitaria, siempre será un triunfo", profetizó Luis Camacho. "Vosotros tenéis la prisa".(...)"Nosotros tenemos la libertad maravillosa de nuestro íntimo ser, nuestro dambular parsimonioso, por dentro y por fuera, porque sabemos que en la vida verdadera, que es la de la naturaleza, la de los campos, la de los cielos, la de las inapetencias resignadas y sabias, no existe el tiempo, ni la prisa, ni la angustia dolorosa del pequeño fracaso cotidiano".
Muchas de las descripciones del alma del hombre nacido al calor de esta tierra, son universales y se resumen en los siguientes versos de Machado: "gentes que danzan o juegan / cuando pueden, y laboran / sus cuatro palmos de tierra./ Nunca, si llegan a un sitio, / preguntan a dónde llegan. / Cuando caminan, cabalgan a lomos de mula vieja, / y no conocen la prisa / ni aun en los días de fiesta./ Donde hay vino, beben vino; donde no hay vino, agua fresca. Son buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan, y en un día como tantos, descansan bajo la tierra”.Según Antonio Salvago “hombres inmutables, sin gritar a la historia”.

El cerro de los fenicios

"Llegan los fenicios y descargan su mercancía: la extienden sobre la arena, encienden fuego y regresan a sus navíos. Cuando los nativos ven el humo acuden a la orilla del mar tomando lo que quieren, y dejando oro a cambio.(...). Si los fenicios están de acuerdo recogen y se van.(...) Todo hecho con la mayor honradez". Cuenta Herodoto. No es dificil imaginar esta escena en las riberas del lago Ligustino, cuando la costa estaba muy cerca del fértil cerro de Montemolín, parte de una Tartesos rica en oro y plata.

Desde este cerro, se observan inmensas extensiones de girasol, olivo y trigo, regada por la serpeante culebra del Corbones y coronadas por un cielo de plata. Montemolín es una metáfora de Marchena. Aparentemente se trata de una pequeña elevación en medio de un llano sin principio ni fin, como cualquiera otra, sin más ni menos. Vico y Montemolín, son apenas dos leves senos de la madre tierra fecunda, acariciados por el río Corbones, y origen de todo cuanto surgió en estas latitudes, diosa madre, trasunto de todas las divinidades femeninas.

Sin embargo, y como ocurre muy frecuentemente con las cosas de esta tierra, cuando se acerca uno al origen de la cuestión, acaba descubriendo una riqueza de matices y de verdades ocultas que acaban transformando la visión que se tenía previamente. De esta forma, nuestra vieja tierra siempre acaba por espolearnos la curiosidad por saber.

Con un golpe de azadón se produjo el reencuentro entre el hombre moderno y los dioses antiguos. Aquel anónimo cerro de trigo, pasó a ser el cerro de los fenicios y cartagineses. Uno de los 209 enclaves arqueológicos del municipio, que siguen siendo destruidos lenta pero inexorablemente.

Montemolín y Vico son cualquier cosa menos pequeñas elevaciones insignificantes,
Son dos lugares clave para la historia y el mito, con hallazgos novedosos que confirmaron las influencias culturales entre fenicios y tartesios. Todo ello a pesar de las trabas encontradas por el equipo científico de la Universidad de Sevilla, que continúa publicando y difundiendo los resultados en congresos y revistas especializadas. Este desconocido yacimiento contiene un complejo militar y funerario fenicio-cartaginés, estructuras hidráulicas, y urbanas, una zona sagrada, joyas de oro y plata, aras y sobre todo centenares de monedas. Además, amuletos, anillos, broches de cinturón, arracadas o grandes pendientes femeninos.

Los restos hallados -"una mínima parte de lo que hay" según María Luisa de la Bandera coordinadora del grupo científico- nos hablan de un gran complejo sacrificial y de abastecimiento de carne (se han encontrado 60 kilos de huesos) . Los animales eran criados en libertad y cada invierno, toros, cerdos, cabras y ovejas se sometían a la matanza ritual en uno de los edificios encontrados, con zonas delimitadas para preparar las ofrendas, altar -piedra sagrada o betilo- para sacrificar las víctimas y lugares para preparar la carne.

La carne sacrificada era guardada en salazón -también era muy importante la industria de la sal, aun hoy se hayan areas de agua muy salada en la zona- en recipientes cerámicos, algunos, como los "pithoi", usados en las grandes ceremonias de sacrificio, decorados con esfinges, grifos, toros y leones. Su decoración sigue tendencias de talleres de Chipre, que transmitieron el repertorio decorativo cerámico cananeo y fenicio a los centros coloniales de Occidente a partir del siglo VIII a.c.

"Mlk" era el término fenicio y hebro para el sacrificio, pero también para designar a la persona que los llevaba a cabo, un personaje poderoso, una autoridad civil con poderes sacerdotales. Los animales sacrificados, vinieron a sustituir los sacrificos humanos. Los expertos dicen que los hubo, aunque no fueran muy habituales. Las estelas púnicas con palmeras y caballos aquí hallados- aluden al Tofet, lugar sagrado para el sacrificio humano.

No ha sido hallada aquí ninguna necrópolis ni resto de enterramiento, aunque sí en otros lugares del municipio, como la tumba-hipogeo con pozo y posterior túnel, hallada por Coullaut Valera. Para hallarla habría que continuar excavando. Los "refaim" o difuntos púnicos eran llamados a su última morada por Mot, señor de las sombras. Sus ojos y uñas, cubiretos con finas hojas de oro o plata, y a veces, su rostro era pintado de rojo. Se le rodeaba de sus amuletos y objetos cotidianos, además de huevos de avestruz finamente decorados, como simbolo de resurrección. Tras el banquete funerario se rompían los platos sobre la tumba y finalmente se cerraba la losa o piedra del hipogeo. Así han sido hallados en la mayor necrópolis fenicia hallada, Puig des Molins, (Ibiza), donde arraigó especialmente el culto a la diosa Tanit.

A Montemolín, llegarían los hijos de Tanit, gracias a su proteción, en torno al siglo VII a.c., prodecentes de Siria, Chipre o Fenicia, pues el origen era muy variado. A los fenicios nos debemos el torno alferero, el asno, el podenco, el alfabeto, y por supuesto, sus dioses.

Tanit-Astarté, diosa madre de la fertilidad. “producto de una comunidad sedentaria y matrilineal” (1).Tnt, en los alfabetos semíticios, avocales. “Tnt p,n B,l” “Tanit pene baal”, o “la que llora en el rostro de Baal”. Su signo protector, hayado en piedras talladas de distintos enclaves es un triángulo como base, en medio una barra horizontal cuyas extremidades se elevan perpendicularmente, rematado con un circulo, un esquema primitivo de dama oferente, que básicamente se corresponde con todas las representaciones de diosas actuales y antiguas. “María, Reina de los Mártires, se convirtió en la única heredera de todos los nombres y formas” de las antiguas diosas.(2).

“Los fenicios gustaban de consagrar islas y promontorios a sus divinidades”.(3). Rios, arroyos y manantiales estuvieron siempre asociados a sus santuarios. Tanit era diosa del rocío, la lluvia y el agua. Sus templos se espacieron por toda la ruta comercial fenicia desde Tiro a Gadir en cabos, penínsulas, islas o lagos, para que la señora de las aguas protegiese a sus navíos.

En el siglo VI se despuebla el cerro de Montemolín, donde queda la acrópolis o zona simbólica, como vestigio de origen y pasado, mientras surge una nueva ciudad cartaginesa a sus pies, en el cerro de Vico, un punto y seguido en la historia púnica.

El momento crucial en la historia de Vico-Montemolín habría de llegar en el siglo III a.c. Convirtiéndose en escenario de la segunda guerra púnica, cuando se erigió un campamento cartaginés, como en otros enclaves estratégicos. Los cartagineses pronto se hicieron con el control de las antiguas minas y posteriormente fundaron Cartago-Nova, poniendo en marcha la maquinaria económico-bélica. Reclutaron hombres y comenzaron a emitir moneda para preprar su guerra contra Roma.

Montemolín es uno de los puntos más antiguos en emitir moneda. “Este yacimiento es quiza el que concentra mayor número de piezas circulantes durante la estancia de los Barca en Iberia”, opina la investigadora María Luisa de la Bandera, (4) que considera “muy probable” que el yacimiento tuviese su propia ceca. Grandes cantidades de shekels prodecentes de Cartago, Cádiz, Roma o Ibiza han sido halladas en el yacimiento marchenero, lo que explica el papel decisivo que tuvo en el desarrollo de la guerra. “Incluso se ha llegado a proponer Montemolín como el centro de operaciones de las tropas cartaginesas más importante de andalucía occidental”, dice De la Bandera. Shekels con representaciones de Melkart y Tanit, elefantes, caballos y palmeras inundan hoy museos y colecciones privadas de toda Europa, procedentes de Montemolín.

Sin duda alguna, desde el cerro de Montemolín, se puede uno asomar a nuestros mitos, dioses y costumbres más antiguos, pues allí están hundidas las raíces de este valle.

1.-Marija Gimbutas: “Diosas y dioses de la vieja Europa”.2.- Joseph Campbell. 3.-Tucídides.4.-"Montemolín: Una página de la historia de Marchena".




El sillón de terciopelo


En las naves el ala superior del templo de Santa Isabel aún puede verse un mullido y antiguo sillón que es todo un símbolo. Vamos a averiguar porqué.

El día de la Encarnación de 1763 el Duque de Arcos llegó a la iglesia de Santa Isabel -o de la Compañía de Jesús- en carroza de caballos vestido de gala y acompañado de sus dos criados mayores. El rector de los jesuitas le espera en la puerta de la calle Compañía, le recibe con grandes reverencias y le lleva hasta la capilla mayor donde se ha dispuesto silla de terciopelo, alfombra y almohada. Una vez termianda la función, el rector le ofrece al Duque que vaya a refrescarse al patio y allí permanecen disertando "en conversación tan familiar con todos los padres que parecía que se había criado con todos". En el transcurso de esa conversación, D. Francisco anuncia que el Rey lo reclamaba en Madrid. Esa sería la última vez que pisaba Marchena.

Con esta escena terminaron varios siglos de intensa relación entre Marchena y su Duque, cuando el pueblo se convirtió en una pequeña corte de una destacada casa nobiliaria. Para los Jesuitas, fue un auténtico cataclismo, pues desde siempre habían sido los más favorecidos.

San Ignacio de Loyola, pedía a sus seguidores “que se esuche a los menos importantes, pero que les hablen poco y los despidan pronto, mientras que a los grandes se les investigue su carácter para aparecer ante ellos simulando ser afines a su forma de ser”. En Marchena los jesuitas regentan más importante centro de educación del Estado de Arcos, que comprendía varias provincias andaluzas. El Duque no daba un paso sin la opinión de los miembros de la Compañía.
La amistad de conveniencia entre éstos frailes y los poderosos fue muy sonada. En 1610 con motivo de la beatificación del fundador jesuita San Ignacio de Loyola destacó el impresionante despliegue de arquitectura efímera. Sobre la fachada de la iglesia se sobrepone una portada falsa con columnas, pirámides, esferas. El interior se cuelga enteramente de tercielos, brocados, sedas. La imagen de San Ignacio es cubierta de joyas.

Pero esto no es nada comparado con el gran despligue de 1622 cuando se Canoniza a San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola. En esa ocasión el Palacio ducal entero es cubierto de arquitecturas fingidas con estatuas, arcos, columnas, fuentes y todo tipo de adornos con motivos de los nuevos santos. Igual pasa con la iglesia que por dentro es cubierta entera de pinturas y telas y fuegos artificiales sobre la iglesia de Santa Isabel. Por las calles, desfiles y mascaradas, representando al Quijote y todos sus personajes. Fueron las mayores fiestas que Marchena recuerda.

Con la marcha de los duques, llegó la época de las sombras para la otrora poderosa Compañía. El Ayuntamiento se enfrenta con los frailes, sus pleitos y conflictos son solucionados siempre a favor de los frailes por orden directa del Duque. Los jesuitas entienden que deberán mejorar sus relaciones con los notables del Ayuntamiento. Sin embargo tendría que ocurrir un hecho muy grave para que todos vieran ésta necesidad.

Los Jesuitas ejrecían la función de asitencia a los presos y en algunos casos, la liberación de los mismos, que con la nueva situación, en ausencia de los Duques, se disputaban todas las órdenes religiosas.

Las órdenes instrumentalizaron a las hermandades de penitencia. La Vera Cruz fue creada por los franciscanos y el Cristo de San Pedro por los dominicos. El Dulce Nombre llevaba el escudo jesuita y en 1721 sacaron a su imagen en rogativas por sequía.

La tensión se palpaba entre unas órdenes y otras. En esta situación surgieron los disturbios del Jueves Santo de 1756, cuando pasaba por delante de la cárcel la hermandad del Dulce Nombre. El Asistente del Ayuntamiento dió orden a los soldados de la cárcel de que disparasen si algún penitente del Dulce Nombre, en su regreso de la estación de penitencia a San Juan y al pasar por la puerta de la cárcel intentaba liberar algún preso.

Los soldados, de quienes los jesuitas dicen que estaban bebidos dispararon contra la multitud, despejan la calle a cuchilladas y hubo muchos muertos y heridos. La estatuta del “Niño Jesús” dice el relato, que va en la procesión recibió varios balazos y al final rodó por los suelos. Hubo toque de alarma y los soldados se encerraron en la fortaleza del castillo de la Mota. Los miembros del Ayuntamiento se refugiaron en iglesias y conventos temiendo la ira popular. El Colegio Jesuíta cerró sus puertas y solo dejó entrar
a uno de los alcaldes, que aconsejado por el rector, solucionó todo de forma que a la caída de la noche se había hecho la paz.

Se abrió un juicio en que el Rey, mal informado, acusa al pueblo de los sucesos. Los Jesuitas, exculpan al pueblo y a las autoridades municipales e inculpan a las tropas del Duque, hasta hace muy poco, su adorado patrón y benefactor. Los jesuitas apoyaron al Ayuntamiento para ganarse su amistad. Los jesuitas fueron expulsados de Marchena el 19 de abril de 1767 para nunca volver.

Estos hechos seaparecieron relatados en un pergamino pegado en el interior de una imagen dentro de la iglesia de Santa Isabel y analizados por el historiador Julián Jose Lozano. En la tribuna, justo frente al altar lateral aún permanece el mullido sillón encarnado donde se sentaba el duque, como mudo testigo de los pasados tiempos de esplendor.

La sonrisa de la Diosa

De toda quella grandeza pasada de Santa Isabel, aun quedan cosas. Queda el patio y la iglesia. Soleado patio lleno de macetas, como un recipiente de la luz solar. Romano y árabe como el azahar, alegre y lleno de jolgorio y ruido, como el sol de un domingo a mediodía.
Un patio que abre los impulsos del corazón. Agora, foro íntimo. Ecos de lejanas conversaciones bajo las estrellas del verano. La luz besa los intercolumnios y dibuja con timidez los gastados ladrillos. Ordenado, pero estallando en oleadas de aroma y color.
Por entre las ramas de los naranjos se deslizan las telas de araña materialización de la detención del tiempo. Cuando entramos, tenemos la certeza de que no hay tiempo en aquel patio. No pasa. Los relojes, se paran. Los movimientos se ralentizan, los ruidos de la calle llegan como un lejano susurro. El reloj de sol se muestra inabarcable y certero en su medida del giro terráqueo.

Inalterable, el patio te habla en su propio lenguaje, si se está dispuesto a escuchar. A escuchar, la verdad. Pero el hombre siempre siente miedo al silencio, por si un día descubre que su cuerpo no emite ningún ruido, ni sus huesos crujen. Es por eso que el hombre no se suele parar en patios como éste a oir el paso del tiempo por entre las macetas. Si el hombre escuchar se daría cuenta que el patio ha metido dentro de tí, que ya tu también eres tiempo que no pasa, y sol que acaricia con labios de amante adolescente las piedras y agua que murmura historias del pasado. Porque ya todo eso está ahí, dentro de ti. Para siempre.

El peso de la historia descansa sobre los arcos pétreos de la iglesia, concluída en 1588 ideada por Martín de Gianza, maestro mayor de obras de la Catedral de Sevilla. La Inmaculada del altar mayor, que fue traída en procesión desde el Palacio, donada por la Duquesas Maria de Toledo, parece que nos sonríe enigmática quizá ocultando algún secreto del tiempo. Como por ejemplo su relación con el signo de Tanit, la diosa del cerro de los fenicios.
El altar mayor es pura armonía entre pintura y talla, entre tiempo y espacio, entre pasado y futuro. Relacionado con el de la catedral cordobesa- y diseñado por el jesuita Alonso Matías, es un prodigio de equilibrio que muestra los símbolos de la orden (IHS) en el lienzo central, de Roelas, que con la expulsión fueron borrados y tras ser restaurados vuelven a lucir. En el cuerpo inferior aparecen cuadros de Alonso Vazquez. Bajo el altar está enterrada la fundadora Doña María de Toledo, Duquesa de Feria. Sorprende la serenidad de la pintura del Ecce Homo de Juan de Juanes (1550) o la maravilla de la Inmaculada de Alonso Cano (1660).

Solos ante campos dormidos

La vida del municipio se vió sorprendida por la visita del rey Felipe V en 1730 que vino a cazar a la dehesa de Montepalacio. Seguía una tradición mantenida durante siglos por los Duques, que tenían a este palacete en medio de bosques de pinos y encinas como su pabellón de caza. Se trata de la finca y dehesa de Montepalacio y su vecina Montechacón, vestigio de los antiguos bosques. Está junto a Las Arenas, donde muchos se refugiaron en las épocas de carestía, como la posguerra, gracias a su fertilidad, mientras en el pueblo pasaban hambre. "Ese milagro de arena que brota en frutos y flores" según Antonio Salvago.
De no ser por los conservacionistas del Taller Verde, no tendría la “Cañada Real de Morón” árboles que nos dieran sombra. Caminos y cañadas son vías pecuarias, antiguos caminos ganaderos en desuso hoy ocupados en parte por la agricultura. Hoy su conexión con riberas, arroyos y otros elementos naturales son muy útiles para el refugio y alimento de especies importantes. Deslindar es recuperar y hacer valer su dominio público a través de planos antiguos, fotografías aéreas y técnicas GPS.
"El pino es el mar y el cielo y la montaña: el planeta”, machadiano saludo a los restos de antiguos bosques de pinares que se ven en la zona con la sierra de Grazalema al fondo. Más cerca, a la izquierda se observa el cerro del orégano, con su reconocible torre de telecomunicaciones, junto a la cual se ubica la zona del antiguo eremitorio de Santolalla y abundan pequeños bosques.
Desafiando al tiempo, el cortijo de Vistalegre, -que parece hecho para el turismo rural- trae su viejo rumor de molienda y voz de aceite solo interrumpida por los bandoleros. "Pernales" (Francisco Ríos, Estepa 1880-1907) dejó su marca de leyenda bandolera en forma de disparo en la anitgua veleta del cortijo. Los bandoleros estepeños encontraron facilidad en actuar entre estos llanos.
No es difícil desde aquí observar, si es la fecha apropiada, el vuelo del cernícalo, pequeño halcón asociado desde el tiempo de los árabes con la cetrería. También puede verse la abubilla, con su llamativa cresta rosada, que se levanta o baja cuando está alerta. Tampoco pasa desapercibido el brillante colorido del abejaruco, el más llamativo de todos, de pico largo y delgado, y alas parecidas a las de las golondrinas.
Giramos a la derecha y a 300 metros nos encontramos el descansadero de Los Pozuelos, una antigua zona de parada del ganado transhumante que conserva mucha vegetación gracias a las replantaciones. Pequeño bosque de olmos, y álamos blancos cuyas hojas tiemblan por el viento. "Entre los álamos de oro/ lejos, la sombra del amor te aguarda”.
Retomamos la Cañada Real de Morón entre chumberas. Terminadas estas, debemos tomar a la derecha, abandonando el camino principal, para seguir paralelo al vallado de la finca Montechacón. Poco después, la senda alcanza una de las zonas más bellas formando una galería boscosa: el "Pasillo Verde", formado por vegetación autóctona de bosque mediterráneo: alcornoques, encinas, lentiscos, mirtos, coscojas. El Mirto o Arrayán nos regala su aceite aceite aromático, mientras que el espino majuelo, tiene propiedades relajantes. El lentisco es una especie protegida.
De repente, una gran franja gris cruza las campiñas arenosas verdes y rubias. La A-92 divide en dos la antigua dehesa. La cruzaremos por un túnel y ya entramos de lleno en el bosque, territorio sagrado según antiguas creencias que adoraban a la naturaleza. La dehesa, reino de la encina . "Siempre firme, siempre igual / impasible, casta y buena, ¡oh tú, robusta y serena / eterna encina rural”. (...) “El campo mismo se hizo/ árbol en ti, parda encina./ Ya bajo el sol que calcina,/ ya contra el hielo invernizo”.
Campos como éste cubrían no hace mucho grandes extensiones, cuando la agricultura no era aún opuesta a la tierra. Este equilibrio intenta de nuevo ser recuperado por la agricultura ecológica, intentando ser menos agresiva con la tierra y con el hombre. En Montepalacio tenemos ante nosotros el pulmón verde del llano cerealista.
Hay que rodear el alcornocal de Montechacón, que se sitúa siempre a la derecha de nuestra marcha, hasta llegar a la carretera Marchena-Morón, cruzarla de frente para entrar en la finca La Mocheta, por un camino público. En adelante se extienden casi tres kilómetros de uno de los últimos bosques naturales existente en la campiña andaluza. Estamos ya en el corazón de Montepalacio. En el corazón del bosque, donde según las antiguas creencias habitaban los dioses de la tierra y los animales abundan, alegres y tranquilos. Entre la fronda de la vegetación asoma la torre del antiguo palacete de Montemolín.
El astuto y rápido zorro pasa como una sombra en busca de ratones, topillos y conejos. Bajo las encinas, los tejones con su pelaje de rallas negras y blancas, excavan sus galerías nocturnas buscando el calor de la tierra. La belleza felina parda y moteada de la gineta se deja ver bajo la luz de la luna, tras sus presas.
Es un camino duro, por la arena. Buen momento para ir a pie y atisbar el cielo en búsqueda del ratonero o pajarillos como el papamoscas, el carbonero o la curruca, entre otros. Tras un kilómetro iniciamos un descenso para cruzar el arroyo del Gavilán, casi siempre sin agua y ascendemos para nuevamente penetrar en el bosque de alcornoques: Liebres, perdices y conejos huyen a nuestro paso.
Salimos de la dehesa y cruzamos de nuevo la autovía por otro túnel, iniciando el camino de vuelta, tomando el camino de servicio hacia la derecha y buscando el camino de Carpia. Al principio atravesamos pequeñas alamedas de olmos y, tras dejar los últimos olivares entramos en un terreno muy abierto: es la vega de Carpía. Marchena se va divisando en el horizonte.
El atardecer tiñe de rojo las tierras. Y frente a la maldición de la machadiana tierra de alvargonzález, en donde “La codicia de los campos ve tras la muerte la herencia”, se antepone aquí la placidez del cantautor Manolo García: “El olvido sesteando a la brisa de un pino. Suave, suave desciende la colina. Solos, ante campos dormidos. Suavemente la tarde se adormece”. La sencilla belleza de los campos se hace eterna junto a las murallas.

La primera crónica

Las crónicas de la antigua prensa, no se olvidaron de relatar los pormenores de la vida cotidiana en Marchena. Nunca faltaron personas que sintiesen la pasión de ser testigos privilegiados de su tiempo, ni gentes dispuestas a entorpecer este trabajo, que va camino
de cumplir 140 años en el municipio (La Aurora de Marchena 1867, primera publicación).

Las primeras crónicas nos hablaban de los soldados que volvían de la guerra de Cuba en 1898, pero también de nuestra feria, (fundada en 1800). Cronistas que contaban el traqueteo del tren bajo el asfixiante calor septembrino. No pasaron por alto la animación de la feriascon 4500 cabezas de ganado que se vendían en el "cerro parrita", -o del berral- aprovechando el agua del "baño de los caballos" por donde brotaban las aguas subterráneas. Muchos tratantes de ganado eran gitanos y las ventas se sellaban con un apretón de manos y un chato de aguardiente.

Junto al taller de carros y por toda la ladera que bajaba de las murallas se vendía ganado. Podía comprarse una vaca ppor 1200 y los cerdos a 66 reales la arroba. Coches de caballos y mujeres luciendo mantillas de madroños, casinos, cafés y teatros también llenos. En los barracones y tenderetes se vendían juguetes, dulces y figuras de cera. Los casinos liberal y conservador servían bebidas y comida.

Frente a la fonda del Nene, donde se hospedan los toreros, hay gente que los espera para verlos salir. Nada menos que una corrida de Miura para los matadores Bombita y Parrado. Los toros, salieron bravos como se esperaban y mataron a cinco caballos, en la antigua plaza de la explanada de Santa María.

Pero la prensa no sólo daba noticias festivas, sino que también de hizo eco de novedades mucho más inquietantes, -que las hubo-. En la madrugada del 10 de agosto de 1933, los pocos automóviles que había se reúnen presurosamente en los llanos el Galapagar, junto a la estación de Renfe. Todo forman dos líneas paralelas, dejando en el centro un espacio bastante amplio, iluminado por los faros. Allí aterrizó un aeroplano del que descendió el diputado marchenero Mariano Moreno Mateo, para analizar la delicada situación social en el municipio tras el golpe de estado del general Sanjurjo contra la república, que tuvo su nucleo más activo en la ciudad de Sevilla.

En medio del silencio de la noche sonaron las campanas de San Juan que advertían de un conato de fuego en las puertas del templo que afortunadamente pudo ser extinguido a tiempo. No tuvo la misma suerte la capilla de los Desamparados que ardió en 1932, mientras centenares de personas intentaba sofocar el fuego con subos de agua.

Los ánimos estaban soliviantos. Estaban cortadas las comunicaciones telefónicas y ferroviarias y los bares y lugares de reunión habían sido cerrados. Al día siguiente hubo manifestaciones antigolpistas por las calles, una de ellas entró cantando la internacional e interrumpiendo una misa en San Sebastián. Pocos días después, una vez fracasado el golpe se detuvo a la cúpula de un partido acusado de simpatizar con la intentona gopista.

Eran los años del surrealista impuesto que se estableció por hacer sonar las campanas porque los repiques "interrumpen y dificultan los trabajos de inteligencia en oficinas y escuelas, perjudicando a los enfermos" decía la autoridad. Un vecino opinaba en la prensa local que era cruel que deba estar recordándose a los humanos constantemente su hora final. "A fé mía que cuando doblan sentimos a nuestro alrededor el frío de la huesa y eso no está bien".

Opiniones para todos los gustos había en los periódicos locales. "Con oficios de varón como trajinar en elecciones se endurece mucho el perfil moral de la mujer" opinaba otro ciuadadano que apostillaba en 1933 "acaso no haya nada mas femenino que el feminismo" o "la función primordial de la mujer no está en la calle, es opinión antiquísima".

No solo bromas y buenas intenciones escondían las palabras. Un escalofrío nos recorre el cuerpo cuando leemos que el reportero se dirigía a un concejal determinado diciendo simbólicamente, "lo ha matado su propia minoría", o "están fracasados, son política y administrativamente cadáveres". La muerte del citado concejal, tres años después no tenía nada de simbólica.

Mucho mas reveladores y mágicos son los pequeños hechos cotidianos que nos dejó la prensa antigua. Por ejemplo, la sorpresa mayúscula de los familiares y amigos de un difunto que al llegar al cementerio vieron cómo los sepultureros estaban borrachos, viéndose obligados a dar ellos mismos sepultura a su familiar. O el espectáculo de ver a "dos guardias municipales completamente embriagados acompañados de chicas de vida alegre en auto de alquiler".

¿Tendrían estas escenas algo que ver con el carnaval?. Antonio Rueda recuerda con alegría aquel Carnaval de hace un siglo, en el que la murga de las "viejas ricas" dieron que hablar. "Componen el repertorio, de estos coros populares, sucesos hechos cantares, bien tristes o irrisorios. Todo lo que fue notorio, en sus canciones critican, así por ello se explica, sea un freno en el vivir, pues nadie quiere salir, en coplas de viejas ricas". "Hemos presenciado por las calles con hondo dolor a innumerables mamarrachos que lucían con asquerosa ostentación, la borrachera, excusa para proferir aullidos opuestos a la educación y buenas costumbres". No es de extrañar que desde que el editor de El Eco publicase ésto, el carnaval en nuestro pueblo no levantase cabeza.

Teatros y cines siempre hubo, llamándose Campoamor, a principios de siglo o Planelles hasta hace muy poco. En ellos ya se hablaba de la posible llegada de turistas. "Mi visita a Marchena es para ver cuadros de surbarán, murallas romanas y comer tortas de manteca" decía en 1956 -dos años después de la última nevada- el protagonista de "Un americano en Marchena", obra de teatro de Andrés Rueda.

Tampoco faltaban las coplas dedicadas a los bares. "El mostrador de Cañete a cualquiera compromete. Señor buen vaso de vino tomé, en casas de Cañete. Ahora que si no me enpino, creo que no le doy el sorvete. Yo creo que el armazón, obra ha sido de Narbona, el cual tenía loa gran mona, el día que lo acabó".

No menos interesante parece el relato de la llegada a un bar del primer gramófono. La novedad iba de boca en boca por el pueblo. "Más de cien personas escuchaban en apretado círculo". Cuenta el reportero que un vecino conocido por su afición al vino y en estado de embriaguez dijo a un amigo: "Ten cuidado, no hables que este bicho te coje la voz y sirves tú de guaseo por todas partes". Otro que presumía de cantaor flamenco, y después de oir varias malagueñas en el aparato, lo examinó, dió dos o tres vueltas alrededor, comprobó que no tenía contacto con nadie y requerido a que diese su opinión dijo: "Propuesto por el hombre, pero mágico". Poco después llegaría la radio a sustituir a los que por la calle lo pregonaban todo.
-¡¡¡Cal de Morón!!!.Por la cual celebra este pueblo cada primavera su "fiesta de la cal santificadora y exculpante", según Luis Camacho.
-¡¡¡Jardre!!!. Hojaldre de Marchena, tesoro mantecoso y laminado.
-¡¡¡Molletéeee!!!. Otras de las grandes aportaciones marcheneras a la gastronomía universal.
-Jigooooooooooo. Dos jigos, una gorda doooooo. Deliciosos higos chumbos.
El de los quesos, el latero, el botijero, el paraguero, el trapero, el de la miel, el heladero, el sillero, el afilador, el de las piñas. Todo se pregonaba, incluída la programación de ese día en el cine, a golpe de trompetilla. Incluso había quien pregonaba su poesía, vendiendo jazmines.

El último bosque de ribera
El río es una corriente de tolerancia y belleza, un misterio, una metáfora, un organismo vivo que se perfecciona con el tiempo, crea paisajes como obras de arte. Alimento y espiritual, vamos al rio para aprender sobre nosotros mismos. El río lleva vida a todas las cosas vivas. Y nosotros... ¿qué hacemos con él?. Tirar basura.
“El río va corriendo/ entre sombrías huertas/ y grises olivares”. El Corbones es nuestro mayor monumento natural, corredor para la fauna, colchón que amortigua procesos erosivos y contaminantes. Es posible conocer su historia e importancia ecológica visitando la Casa del Río, en la calle Carreras.
El río fue motor económico, movía siete molinos harineros; y su industria relacionada: la del transporte y la del cambio como el llamado “Mesón del peso de la harina”, situado en la actual calle Harinas. La pesca del río posibilitó la apertura de al menos trece pescaderías, en las que se vendía pescado de río, cuando era mucho más rentable que traerlo de la costa.
Nuestro río, como la mayoría de los ríos de nuestro entorno sufren contaminación. Sin embargo aún estan desempeñando un importante papel. No se puede decir lo mismo de las lagunas. Las campiñas sevillanas hasta hgace unas décadas fueron una de las mayores concentraciones de lagunas españolas que fueron desecadas para uso agrícola. En nuestro suelo, una de las mayores era la laguna de Sevilla. Formaban conjuntamente con el río, un conjunto de humedales, muy propicio para la vida de las aves.

Ahora un proyecto financiado por la Union Europea pretende evitar el deterioro del último bosque de galería. Contempla algunas medidas como la reforestación y creación de zonas de ocio en la intersección de las carreteras Marchena-Lantejuela y Marchena-Fuentes. La zona de La Zarzuela es una de las mejor conservadas en suelo marchenero y en La Puebla de Cazalla, es la "junta de los ríos". Allí ha sorprendido a los científicos la presencia de restos de la nutria, un animal muy sensible a la contaminación, auténtico indicador biológico sobre el estado de consrevación de la naturaleza. Junto a la nutria también se estudia con interés el pez calandino, una especie propia de nuestros ríos, que está muy amenazada. En el rancho Metro, se conserva un antiguo molino del río, un puente romano y un antiguo deósito de agua, también romano.

El bosques de ribera cumple su función biológica al eliminar los nitratos disueltos en las escorrentías subterráneas. Además posibilita el movimiento de las especies y la conexión entre diferentes hábitats. En la cadena trófica de un río tiene especial importancia la materia vegetal sintetizada en las riberas y llanuras de inundación.

Dentro del agua, existe vegetación sumergida, cerca de la orilla pero con parte de su estructura aérea fuera del agua: son los helofitos: carrizo, espadañas, cañas, etc. A consecuencia de la salinidad de las aguas, aparecen los tarajes, que toleran periodos de sequía o falta de humedad. También aparecen bosques de sauces por la flexibilidad de sus tallos para resistir el empuje de la corriente. Ya en tierra firme se desarrollan bosques de olmos y fresnos.

El rosal silvestre, o escaramujo es una de las plantas más bellas de la ribera del Corbones, son arbustos trepadores que pueden alcanzar hasta cuatro metros. La flor tiene pétalos blancos o rosados, y su fruto es rojo y carnoso. Florece de mayo a julio y los frutos maduran al final del verano o a principio de otoño. El principal aprovechamiento es el fruto, especialmente por su riqueza en vitaminas: caroteno, y sobre todo C.
El taraje es un arbusto de entre dos y diez metros, de parda corteza agrieteada, cuya madera es apreciada para leña. Pueden fijar dunas o sujetar márgenes de ríos, o aterrazamientos de torrentes. Resiste bien la sal, por lo que es especialmente indicado para marismas y saladares.
Del álamo blanco decía Machado "los chopos son la ribera, liras de la primavera, cerca del agua que fluye, pasa y huye, viva o lenta”. llega a tener hasta 30 metros de alto, copa gris blanca y hojas con el envés blanco puro que luego se tornan verde por el haz. Resiste bien la sequía siempre que el subsuelo esté húmedo., es decir que necesiten tener agua cerca. Agua como un espejo. "¡Chopo viejo!. Has caído en el espejo del remanso dormido”. Oración de Lorca y agua.
La hiedra forma grandes alfombras sobre el suelo y trepa sobre otro árboles, con ojas perennes. Florece entre septiembre y noviembre, con pequeñas flores verdes, busca la humedad y tener cerca árboles o rocas para trepar. Tiene hojas y frutos irritantes. La zarzaparrilla, tambien trepadora e irritante.

También está presente el perioflio, con sus grandes hojas verdes en forma cónica y sus rojas semillas mortales para el ser humano. O la vinca, una planta trepadora, que se enreda en los troncos de los tarajes. También pueden verse setas y champiñones que crecen junto a troncos de árboles en descomposición o en zonas muy húmedas.

La flora y la fauna asociada al río, continúa hoy por hoy, sin estar exenta de los peligros de la contaminación y la falta de conciención. Lejos de estar garantizada la estabilidad de su ecosistema, diarimente se dirime en sus riberas la dura pugna sobre el futuro. El eterno antagonismo entre los partidarios de la conservación de nuestros recursos, y quienes, desconociendo las graves consecuencias de sus acciones para las generaciones venideras, o conociéndolas provocan daños a nuestro patrimonio común.




Piedra para la eternidad

Si hay un edificio que llame poderosamente la atención llegando a Marchena es San Agustín. Todo en este edificio hace que nos preguntemos, qué hace ahí, quién lo levantó. Después de cuatro siglos sigue cumpliendo su función. Piedra al servicio del poder y la gloria eterna, con vocación de pirámide egipcia. Eso es San Agustín. Incluso en nuestro siglo, los poderes dominantes lo usaron para colocar en su cima, nuevos elementos simbólicos del poder. “Cristal, horizonte, Dios, entre tus torres gemelas”, anunció Salvago.

Su interior sorprende casi tanto como su tamaño. Cuando los ojos se acaban de acostumbrar a las sombras descubrimos el monumento funerario de Manuel Ponce de Leon, que responde a todas nuestras incógnitas.

Don Manuel era apenas un niño cuando la ciudad de Nápoles se levantó contra su padre Don Rodrigo (Virrey desde 1646 a 1648). Don Juan José de Austria, hijo de Felipe IV. destituyó al Duque de arcos y nombró nuevo virrey al conde de Oñate. Así acabó la aventura europea de los Ponce de León.

De vuelta a su tierra natal le esperaba una formación austera como canónigo de la catedral de Sevilla. Sin embargo su destino fue finalmente heredar el Ducado, tras la muerte del hermano mayor. No estaba preparado para ello, pero ya habían planeado para él una boda de altura. Se casó en 1666 con la portuguesa Guadalupe de Láncaster Duquesa lusa de Aveiro (Azeitao, 1630 + 1715), escritora, pintora, mecenas de artistas y cientificos.

Pero Manuel había sido educado para ser un clérigo y el matrimonio fracasó. Aun así tuvieron un hijo, que no logró detener el enfrentamiento de sus padres. Manuel se reafirmó levantando una iglesia que resumiese la grandeza de su familia y linaje. Destinó fondos de otras importantes empresas al nuevo templo que tardó tres siglos en construirse.

Primero se erigió el claustro, uno de los más hermosos de la campiña, siendo esta zona la más antigua. Aunque si hablamos de antiguedad hay que citar la bella escultura de Virgen con Niño de Roque Balduque, la talla más antigua.

Se contrató a los más destacados artistas castellanos, tendiendo en mente un proyecto similar al de El Escorial. El cantero Bartolomé Zúmbigo maestro mayor de obras de la Catedral de Toledo, - también trabajó en El Escorial visitó las obras en 1680 y dibujó las trazas de la iglesia. Decidió combinar materiales como el ladrillo, típico de la tradición local, con la cantería de las sierras de Estepa y Morón en los motivos ornamentales. Toda la fachada está impregnada de un elegante barroco austero y de exquisito gusto.

Su alumno Alonso Moreno (Parroquia del Sagrario de Sevilla, fachada del Palacio Arzobispal) se encargó del proyecto a partir de 1682. Cuatro años después la fachada se había levantado en gran parte.

En 1692 llegó de Madrid plomo y una serie de complementos metálicos, 740 arrobas de peso. Los fundieron maestros de Marchena, Sevilla y Triana y se destinó a las techumbres, que seguirían el estilo de la corte madrileña cubiertas con pizarra y plomo, planes que finalmente fueron cambiados.

Ese mismo año pide al arquitecto que tome medidas del hueco del altar mayor para encargar al napolitano Luca Giordano un lienzo de gran tamaño para el altar.

Sin embargo, Don Manuel no viviría para ver concluída su obra, pues murió al año siguiente a falta de rematar el cuerpo de campanas, esculturas en las hornacinas de la fachada y los remates de las torres y gran parte del interior. Su viuda, Guadalupe desvió los fondos para la construcción de San Agustín a otros proyectos, incumpliendo el testamento de su marido. Encargó al arquitecto Alonso Moreno que trabajo en la reforma de las casas consistoriales y la Plaza Arriba.

La iglesia sería finalmente bendecida a mediados del siglo XVIII. Guadalupe, sin también había previsto su lugar de enterramiento y eligió un lugar muy destacado de su familia, el monasterio extremeño de Guadalupe. Pero entre tanta obra de arte llama podersomante la atención un gran lienzo de Luca Giordano. Detrás del ábside del convento de Guadalupe está la capilla llamada de los Siete Altares, frente a su entrada se encuentra el sarcófago de doña María Guadalupe Lancaster.

Los tres enigmas

El enigma de Ribera

En la zona del coro de San Agustín se conservan cuadros donados por los duques. Llama la atención poderosamente un cuadro que representa a San Agustín que hasta ahora había venido clasificándose como una buena copia de Ribera, pero que podría tratarse de mucho más que eso. Una limpieza en profundidad de la tela y una investigación sobre la misma podría revelarnos más datos sobre el mismo, aunque Juan Luis Ravé ya trabaja con la hipótesis de que se trate de un auténtico Ribera.

Los paralelismos con Osuna son numerosos. El pintor gozó de la protección de los virreyes, que le fueron adoptando como pintor de cámara. En 1616 Ribera se traslada a Nápoles entrando en el taller del caravaggista Gian Bernardo Azzolino, con cuya hija se casó poco después y creó su propio taller. Ese mismo año Pedro Girón es nombrado Virrey de Nápoles hasta 1620. Le hace su primer encargo importante, El Calvario de la Colegiata de Osuna. El éxito es tal que la nogbleza española le hace numerosos encargos. Tras la muerte del Duque de Osuna, el de Alcalá le sustituye como virrey y nombra a Ribera Pintor de Corte y luego el Duque de Arcos. Su taller se ha convertido en el más prestigioso de los napolitanos y en él trabajarán un buen número de ayudantes, entre ellos Luca Giordano autor de unos 5.000 cuadros era el pintor de moda en la corte, y autor de varias obras en El Escorial.

El Duque de arcos estuvo dos años en la ciudad, en los cuales entraría en contacto con la corte ducal, de la que Ribera era su pintor “oficial”. La biografía del pintor indica la relación pictórica con todos los virreyes, pero nada dice respecto al Duque de Arcos. El cuadro de San Agustín, una vez restaurado y convenientemente estudiado, podría ser la respesta a dicho enigma.


El enigma del estilo indígena

Mucho se ha hablado sobre las yeserías, y hay quien ha creído ver una influencia indígena americana en su decoración. Fueron concluidas en 1649 bajo un estilo muy distinto al previsto, bajo el encargo de Guadalupe de Láncaster, quien mantuvo una fuerte amistad y correpondencia con el explorador de la peninsula de California y cosmógrafo jesuíta Francisco Kino. Kino logró interesar a doña Guadalupe Láncaster, en la empresa de las misiones de California, de tal manera que ella aportó considerables fondos económicos para ese fin según Herbert Eugene Bolton. Kino entró en contacto con ella durante su estancia en España en 1680.

Lo cierto es que las yeserías no se ajustan al estilo del resto del edificio. Ravé opina que
probablemente no sea más que una interpertación popular de los alarifes locales sin ninguna influencia iberoamericana. Las guiás turísticas oficiales, comprobaremos que hablan de flores del trópico, pumas, serpientes, monos y elementos mágicos. Los tópicos se imponen a la realidad.

El enigma de los luteranos

No hace muchos años, en la preparación de una exposición artística se encontró con gran sorpresa un libro de himnos luterano hecho en 1872, decorado a mano, con el escudo de la primera República Española. El libro entró por derecho propio en el selecto club de las rarezas y su precio, en caso de venta, podría haber sido bastante elevado.

Ravé destacó el interés de este libro -único en España, por su rareza y valor sentimental para la comunidad de la iglesia evangélica española. Leer, escribir o tener este libro, podría acarrear graves consecuencias.

Sin embargo, el libro estaba, como uno más en las estanterías del convento. Las librerías de los conventos marcheneros serían “fastuosas” opina Ravé, por las numerosas donaciones de los Duques de Arcos, aunque la mayoría de estas publicaciones han desaparecido, otras se conservan aún ignoradas por todo el mundo en las estanterías de algún convento. Y de vez en cuando nos dan sorpresas como ésta.

El secreto como arma

La palabra más prohibida de España, fue masón. Prohibida, perseguida y demonizada. Aún hoy muchos, al oir este vocablo, acudan a su mente las leyendas más oscuras. Tal es el peso de la propaganda.

La idea de un grupo secreto dedicado a la filantropía resulta fascinante. Sin embargo, ¿como llegó algo tan simple como una hermandad de constructores a ser tan perseguido?. Los ideales masónicos de tolerancia religiosa y la igualdad, no siempre han sido ni compartidos ni respetados. Libertad, Igualdad, Fraternidad. Y hoy en día no tienen nada de secretos, pues se organizan charlas, conferencias y reuniones.

El ferrocarril, instrumento de progreso y avance, trajo hasta los municipios de la conservadora campiña sevillana en torno a 1880, los primeros masones. No deja de ser simbólico que con aquella fuente de progreso, y precisamente desde la vecina Francia, llegase Louis Alfred Coullaut Boudeville, ingeniero de ferrocarriles, padre del escultor Lorenzo Coullaut Valera. Fue el quien impulsaría las primeras logias masónicas de Marchena. Además, gran parte del gremio de trabajadores del ferrocarril de Marchena participó también de estas sociedades secretas. Louis Alfred Coullaut sería uno de sus más importantes miembros, bajo el nombre de Thiers, alcanzando el graod noveno de los más de treinta de la organización.

La primera logia “Hijos de la caridad” fue fundada en Marchena en 1885 según los datos del archivo de Salamanca, estudiados por Leandro Alvarez Rey, que fue impulsada por el jefe de estación de ferrocarrilo marchenero, y que no llegó a congregar a más de 15 personas, la mayoría del gremio de ferrocarriles. Unos años más tarde se funda la “Martia” que llegó a congregar a más de cien personas durante más de diez años, siendo una de las más importantes de la provincia y creando otras sociedades similares en pueblos limítrofes. Finalmente se cerró, o abatió las columnas en 1896 tras la marcha de Coullaut.

Su actividad estuvo dirigida a la “activación política y cultural del municipio” pues en su opinión el marchenreo era “ignorante de que tuviese deberes que cumplir y derechos que pedir”. Editaron un semanario para combatir los abusos de los caciques, que naturalmente no duró mucho tiempo, pues la redacción fue asaltada por un grupo de matones, y sus miembros juzgados por delitos de injurias aunque finalmente absuletos. Sin embargo elloss e mostraron felices por “desenmascarar a algunos personajillos que vivían de la estafa administrativa”. También denunciaron juegos ilegales sin ningún resultado, pero también decidieron al socorro de necesitados y abieron una “sociedad de amigos del estudio” germen de la futura escuela laica que se abrió en 1891 con una modesta biblioteca y una escuela de primera y segunda enseñanza, con clases para artesanos. Entre sus miembros había periodistas, militares, sastres, jueces, industriales o politicos, sobre todo republicanos.

Joyas entre olivares
“En él no son precisos/ ni rosas ni claveles / sólo estar, siglo a siglo/ serenamente en pie”. Como dice Gala, los olivos del cerro de la Atalaya parece que lleven toda la eternidad oteando en las llanuras del suroeste, las ducales riberas del Corbones. En esta zona, por diversos factores se implantó masivamente por vez primera el cultivo de olivar en el siglo XIX.

Ni Montemolín ni Vico han dado aún su fruto de ruinas milenarias, ni el tiempo ha podido acabar con las pequeñas perlas verdes de Jarda, conservadas gracias a su dedicación ganadera, ni la sombra del olivo ha dejado de recorrer las campiñas desde que los fenicios lo trajeron quizá de Creta o de Grecia. “Sobre el olivar, se vio la lechuza
volar y volar”.
“¡Árboles! ¿Habéis sido flechas caídas del azul? ¿Qué terribles guerreros os lanzaron?”. Si Lorca habló así a los árboles, Tolkien los hizo hablar, les dotó de voz propia, naturalmente para intervenir en la desigual batalla entre la tierra y el hombre. Los ents, amables y sabios eran pastores del resto de los árboles. Más allá llegan las tribus baká de Africa, pues para ellos los árboles son Eyengui, el mismo Dios.
Por su tamaño, los árboles más grandes del eucaliptar de la Zarzuela, a cinco kilómetros hacia el sur de Marchena, parecen ents. Rodeado de llanuras de trigos y olivos, allí han ido siempre los marcheneros a pasar un día de campo. Desde aquí, la silueta de los monumentos marcheneros, cobra más misterio. Los campos parecen dispuestos "a verdear el aire" según Blas de Otero y el bosque de ribera, rompe la monotonía de tierras pardas.
Ojuelos, Vico, Platosa, Vadoviejo, La Coronela, La Cobatilla, Gamarra, Media Legua, Beteta, el Parque o Armijo... y una lista interminable. Millones y millones de metros cuadrados de esta zona pasaron de las manos ducales a las de burgueses, en justo día de 1882 en que el féretro de un arruinado duque calavera y derrochador dió con sus huesos en la estación de tren de Osuna. Aquí comenzó además la idea de que en Marchena las tierras están más repartidas que en otras zonas.

Entonces llegó a los campos la economía de mercado y además vino la desamortización a dinamizar el mercado agrícola. “Olivar, por cien caminos, tus olivitas irán caminando a cien molinos”. Y entonces llegó el ferrocarril y con él la expansión del cultivo del olivar que era antes, minoritario. Comienzan a construirse las grandes haciendas del olivar que salpican de blanco, las colinas de olivares en esta zona. “¡Olivares y olivares de loma en loma prendidos cual bordados alamares!”.

Las haciendas tradicionales del olivar están formadas por edificios de labor y viviendas que giran en torno a varios patios. Los patios dedicados al trabajo o el de los señores es el escenario en donde se desarrolla la vida. La portada principal se suele abrir hacia los dos patios. La finca suele tener también espacios dedicados al ganado como caballerizas o cuadras y zonas de almacenamiento de los productos agrícolas, como pajares, graneros, secaderos y lugares para guardar las herramientas de trabajo (maquineros, talleres, guadarnés).

La estancia más típica de estas haciendas es la almazara -palabra árabe que significa espacio para exprimir la aceituna-, en donde se disponen los trojes o depósitos de aceitunas, el alfarge con sus rulos para molerlas y la caldera de agua, además de la prensa con una enorme viga contrapesada por una torre maciza y la bomba o pozo donde se separa el aceite del alpechín. Finalmente, las tinajas donde se deposita el aceite. En 1861 había en Marchena 35 molinos aceiteros uno de los mayores en San Agustín que aun conserva su torre.

Todo esta herencia puede verse además de en las propias haciendas olivareras diseminadas por estos campos, en uno de los pocos molinos que se conserva intacto, dentro del pueblo, en la calle Niño Marchena. De entre las antiguas haciendas destaca la de Montemolín, que además de ser herencia de esta época conserva una importantísima y destacable colección arqueológica y artística privada. También son muy antiguas las de Sanabria o La Cobatilla.

Tras cruzar el río Corbones por el paso de la Zarzuela, hacia el sur, encontramos el cerro del Capitán, desde donde se observa una amplia panorámica sobre el curso del Corbones. Más adelante se encuentra el arroyo del Salado, uno de sus afluentes.
En esta antigua dehesa comienza a aparecer la vegetación autóctona, como el lentisco -especie protegida- y el acebuche a unos ocho kilometros de la localidad. El lentisco es usado con fines ornamentales aunque también tiene un uso medicinal y el acebuche tiene gran interés biológico al ser ejemplos olivar silvestre muy antiguo. Liebres y perdices tienen bajo el acebuche su refugio, de donde salen a alimentarse por la mañana y a última hora de la tarde.
“Yo voy soñando/ caminos de la tarde/. ¡Las colinas doradas, /los verdes pinos, /las polvorientas encinas!...” Ya nos encontramos en Jarda, una zona de gran vegetación autóctona, enriquecida en los últimos años por las reforestaciones de los ecologistas del taller verde. Sobresale el majestuoso chaparro o encina con sutronco recubierto de corcho, y su hermano menor el coscojo. Muy cerca de aquí existío hasta los años 70 el último bosque de encinas de nuestra zona, para uso ganadero.
Los jazmines silvestres presentan unas pequeñas flores amarillas. También hay palmitos, romero y otras hierbas aromáticas, como lavanda, espliego, jara y tomillo plantados además de pequeños lirios silvestres.
La lavanda tiene pequeñas flores de color entre lila y púrpura que producen la esencia de lavanda, utilizada en la elaboración de perfumes, agua de colonia y vinagre. Tiene propiedades medicinales, actúa como calmante y tónico nervioso. Con las flores secas se confeccionan bolsas para perfumar la ropa.
El tomillo es usado en la cocina como condimento, y en medicina como antiséptico, tónico, diurético, cicatrizante y vermífugo. El romero es muy cultivada por sus hojas aromáticas, utilizadas como condimento y como fuente de un aceite volátil. El aceite de romero se utiliza en medicina como estimulante, también se usa en perfumería.
Toda esta zona es usada también como lugar de recreo y esparcimiento, y lugar elegido por muchos vecinos de la zona para celebrar fiestas o comidas campestres, lo cual no es incompatible con la protección de la naturaleza siempre que no olvidemos dejar todo en el mismo estado en el que nos lo encontramos, recogiendo todo lo sobrante antes de marcharnos.
Un poco más allá, cruzando la carretera de Lantejuela encontramos la imponente presencia del toro bravo que pasta en las llanuras de Los Ojuelos, estos animales son actualmente lidiados en importantes plazas de toros de nuestro país. Se trata de la ganadereía Pallarés, fundada en 1939.
Mitra -culto indoario- se medía con el toro, sometiendolo al cogerlo por los cuernos y hundiéndole una espada o un cuchillo en el costado. Del cuerpo del toro surgieron el trigo y la vid. De su simiente, todas las especies de animales útiles.

El mito primitivo tiene su eco en el cercano cerro de Montemolín. La imponente figura del toro negro, que aún se pasea entre las encinas cercanas. En Creta florecía la cultura minoica, con su carga de mitos eternos, como el del palacio de Cnosos. Para entonces, ya todo el mundo conocido había oído hablar de los toros de Tartessos. "¡Toros de Atlante fatuos y cerriles!", que menciona el poeta Fernando Villalón, enlazando, con otro de los mitos, el de Atlantis, al que el profesor Schulten dedicó cincuenta años de su vida.

Volveremos hacia Marchena buscando el camino de San Ginés, -que llevaba a Osuna- pasando cerca de los cortijos de Vico y Montemolín, dos importantes enclaves arqueológicos. El cortijo La Atalaya, a 141 metros, nos avisa que estamas acercándonos a San Ginés con su antigua fuente y ermita.

Tras los símbolos del poder

El arte, es el lenguaje del alma. El alma es lo que nos hace humanos. La violencia, la sinrazón es el fracaso del hombre. Así muchas veces el objeto arístico es como una especie de espejo. Saca lo mejor y lo peor del ser humano.

Cuando el arte se asocia al poder, parece que se impregnara de su esencia, obteniendo esa misteriosa atracción. Muchos hombres poderosos se han pasado la vida persiguiendo los símbolos antiguos del poder, como la puerta de entrada al antiguo palacio Ducal de Marchena.

El arte fue el mejor reflejo de la atormentada personalida de uno de los mayores magnates norteamericanos. La megalomanía de William Randolp Hearst, su desmedida afición al coleccionismo, le arrastraron a una febril ambición de adquirir y acumular objetos artísticos de toda índole, más como signo de distinción social que por auténtico disfrute personal de las piezas adquiridas.

"San Simeon era el lugar que Dios hubiera construido si tuviera el dinero", escribió Bernard Shaw. Pero el dinero -motor y unico sentido de su vida- no era lo único que separaba a Hearst de la bondad divina. El escándalo, al amarillismo, la jugada sucia, la lucha sin cuartel y la ausencia de reglas contra sus enemigos, eran las armas de su cadena de prensa y publicidad, consumida ávidamente por millones de lectores norteamericanos.

Titulares falsos como “Españoles violan a mujeres norteamericanas en Cuba” repetidos en sus mas de 25 diarios, prepararon a la oponión pública para que EEUU declarase la guerra a España 1898. Una vez descubierto su poder, intentó sin éxito la carrera política. Goebbels autor de la frase “una mentira que se repite un millón de veces acaba convirtiéndose en una verdad" se entrevistó con Hearst en Berlín. A cambio de dinero comenzó difundir en sus periódicos artículos de Goering. El descrédito y las presiones populares le obligaron rápidamente a suspender su difusión.

Hearst tenía 52 años, estaba casado y su esposa esperaba un hijo cuando conocío a Marion Davies, de 18 años. Para ella movilizó el aparato publicitario, logró hacerla debutar en Hollywood y empezó a construir el palacio de San Simeon.

Hearst, con su típico sentido del humor, lhizo una simple petición, "Señorita Morgan, estamos cansados de acampar al aire libre en el rancho de San Simeon y nos gustaría edificar algo pequeño..." Una finca de 97.000 hectáreas en la costa de California y varios edificios con centenares de habitaciones donde colocar parte de su colección de arte.

Un viejo imperio agonizaba mientras otro nacía. Una España en crisis, se despedía de su viejo sueño sudamericano. Poco después, Hearst rebuscaba las ruinas de los antiguos símbolos del poder del país que consideró su enemigo. Sus agentes comenzaron a buscar antiguedades en España.

Abandonados claustros románicos en lugares perdidos fueron demonstados. Piedra a piedra, las piezas eran numeradas, embaladas y transportadas por carretera o tren con dirección a los puertos donde embarcarían hacia EE.UU en cargueros alemanes. El país estaba más ocupado en la llegada de la República que en el robo de piedras, por venerables que éstas fueran.

El historiador José Miguel Merino que aún trabaja siguiendo la pista del expolio afirma que: “Sólo en Nueva York se contaron 12.000 objetos, entre los que cabe destacar el monasterio de Sacramentia, tres claustros medievales franceses, dos italianos, más de cincuenta artesonados españoles, innumerables portadas, ventanas, rejas, mobiliario. Todo ello fue malvendido y se desperdigó por territorio norteamericano”. Muchas quedaron olvidadas en almacenes.

Uno de los pocos restos que escapó al delirio de Hearst fue la monumental puerta tardogótica del palacio ducal de Marchena, levantada en 1492 como arco del triunfo por Don Rodrigo Ponce de León, considerado por los Reyes Católicos un brillante militar y estratega. Tras participar activamente en la toma de Granada con decisivas victorias, y ser mano derecha de los monarcas, extendió sus dominios poniendo las bases del Estado de Arcos, siendo Marchena su pequeña corte. Además impulsó la construcción de
la iglesia de San Juan.

El lenguaje artístico de la portada contiene elementos simbólicos de grandeza. Labrada posiblemente por el artista toledano Juan Guas, a quien el duque encargó su monumento funerario,está lllena de figuras de poder como el león o el águila.

Según las crónicas oficiales de los duques, un día estando en oración en la iglesia del palacio marchenero se le apareció la virgen y le dijo “habemos rescebido tu oración y por ser fecha tan continua y con tan limpio deseo de corazon te otorgamos que en todas cuantas batallas de moros te fallares, serás vencedor”. Así, no era raro ver las tropas de los marcheneros volviendo victoriosos de las batallas. “E así entró el marqués en la villa de Marchena con mucha honra y ricamente acompañado con muchas trompetas, e atabales, su estandarte tendido delante, e la bandera del rey moro detras de la suya”. Sus tropas tomaron Alhama y Málaga, así como la sierra de Grazalema, que fue repoblada en parte con marcheneros en 1501. Es el origen de la existencia de muchos puntos que en el suroeste español llevan el nombre de Marchena.

En la sierra gaditana, los duques hicieron construir una casa palacio, alrededor de la cual se fueron edificando las viviendas de los criados de la casa ducal. Este pequeño poblado fue denominado Marchenilla, (hoy, El Bosque) en alusión a la ciudad de Marchena. También se relaciona Santa Cruz de Marchena (en la alpujarra de Almería) con las conquistas de D. Rodrigo. Fue un antiguo castillo de la época de los moros, con el nombre de Marshana, y luego propiedad de los Duques. En la Sierra de Segura (Jaen) hay dos pedanías que se llaman Marchena, y también, un arroyo y una loma o montaña que se llama Marchenica. También existe una antigua aldea, hoy convertida en barrio en Dúrcal (Granada), y una pedanía con el mismo nombre en Lorca (Murcia). Los tres primeros casos guardan relación directa con D. Rodrigo. El hecho de que una isla del pacífico se llame Marchena, es algo anecdótico.

Arte al servicio de la eternidad, el poder y la gloria. Quizá fue esa lejana gloria del simbólico año 1492 la que vió en ella Hearst o alguno de sus agentes. Tal vez como símbolo de la victoria de su país contra España, decidió comprar ésta portada y colocarla como entrada principal de San Simeón.

Las ruinas del palacio eran el objetivo perfecto para los agentes de Herast. Sumidas en la ruina y el abandono, antigua propiedad de un duque arruinado por valor de 43 millones, tras la mayor operación bancaria de la historia, y con los periódicos hablando del tema, los agentes del magnate americano Arthur Byrne y Fernando Beloso, no tardaron en fijarse en Marchena. Además la portada monumental de Marchena, entraba dentro de las características de lo que Hearst estaba buscando.

Hearst no pudo culminar sus planes con respecto a la portada del palacio marchenero. Según nos cuenta Juan Luis Ravé, el marqués de la Vega Inclán, -conservador de los Reales Alcázares de Sevilla y responsable de la reforma del barrio de Santa Cruz-, ejerció el derecho de retracto y compró la portada, para simbólicamente entregarla al Rey de España, Alfonso XIII.

El coste del montaje y desmontaje que se hizo en las tres ultimas semanas de julio de 1913 fue de 8.850 pesetas, las piedras fueron trasladadas en tren -en ocho vagones y con un peso de 80.000 kilos- hasta el Alcázar de Sevilla, en cuyos jardines fue instalada en 1914, donde aún hoy puede verse. Posteriormente el Ayuntamiento de Marchena pidió en dos ocasiones la devolución de la puerta, en 1970 y 1999, sin resultado positivo.

Era tanto el interés que Hearst parecía tener por ésta portada, que no quiso variar sus planes iniciales de colocarla en la fachada principal de San Simeón, y finalmente encargó a Julia Morgan una copia exacta, que se colocó definitivamente en la entrada del palacio hoy propiedad del estado de California y que recibe mas un millón de visitas cada año.

Cary Grant comentó que san Simeón era un lugar excelente para pasar la gran depresión económica de 1929. Mientras los americanos hacian cola para recibir pan gratis, Mary Pickford jugaba al tenis con Charles Chaplin y Gary Cooper nadaba en la piscina de mosaicos de oro, en las laderas del Hearst Castle.

Quienes han dado un paseo por el castillo afirman que lo han sido contagiados por una desmedida ansia de poseer y que parece la escenografía de un filme y que parecía contar la vida de un hombre cuyo nombre seguramente iba a ser olvidado pues nada importante aportó a la humanidad. Paradójicamente, la película que intentó destruir mantiene su nombre vivo. Hearst fue Kane. Siempre lo será. " Uno puede aplastar a un hombre con el periodismo, pero no con las películas" comentó en alguna ocasión Hearst.

Lejos estaba de la verdad, tal como lo experimentaría él mismo en mayo de 1941, cuando Orson Welles estrenaba, contra todo pronóstico, Ciudadano Kane. A los 76 años, el intocable Hearst, se enfrentaba por primera vez a alguien digno de su enorme poder. Ninguno de los dos estaba dispuesto a capitular. Cuentan que Hearst ofreció más de un millón de dólares a la RKO por la película para destruirla, sin conseguirlo.


Un periodista busca las claves de esa vida, tratando de desentrañar el significado de Rosebud, la última palabra que Kane pronunció antes de morir, y lo que encuentra es a un hombre duro en apariencia pero de fondo frágil que acumuló en su vida todo lo que quiso, y anheló siempre la inocencia perdida desde la infancia.

Renacer del agua

El ser humano contiene más de un 80% de agua. Somos de agua. Debe ser por eso que la necesitamos. Quién no se ha sentido alguna vez como si renaciera, tras bucear entre transparentes aguas marinas rodeado de pequeños peces y de algas, o después de tomar un relajante baño. Después de esas experiencias uno camina como si no rozásemos apenas el suelo con nuestros pies quizá llevado por algún espíritu misterioso. El contacto con el agua se transforma así en algo metafísico.

Las religiones conservan sus antiguos ritos iniciáticos de purificación con agua. Las abluciones de hindúes y musulmanes, el mikveh judío o el bautismo católico. Aguas sagradas del Jordán, Ganges o Nilo.

Víctima de la prisa, el hombre contemporáneo acude ahora a los viejos remedios del agua caliente o fría, a presión o por inmersión que nos relaja o estimula, alivia el dolor, induce el sueño, acelera el pulso. Baños terapéuticos y rehabilitadores, propiedades curativas y beneficios estéticos.

Kantas Niskas, rogamus et deprecamus vos... (sagradas ninfas, os rogamos y suplicamos...) Así invocaban los antiguos griegos, y aún hoy en algunas regiones a las ninfas de fuentes y manantiales. Los sacerdotes griegos las invocaban precisamente junto a las fuentes, ofreciéndoles sacrificios y plegarias, solicitándoles que hicieran caer la lluvia.

Magia, belleza y refinamiento entre arcos y celosías, adornan el escenario donde el juego de agua y luces en la penumbra, envuelve el misterio del "hammam". Los baños árabes recuperaron la herencia de Grecia y Roma y nos dejaron una de las más apreciadas herencias de Al-Andalus. Sheherazade, la princesa de las Mil y una Noches dijo que una ciudad no estaba completa si no tenía su "hammam". Eran el centro de la vida de las ciudades andalusíes, lugar indicado para relajarse y charlar. Para el mundo islámico el agua es un don divino, pero también significa la sabiduría profunda y la pureza, la bebida por excelencia que apaga la sed del alma.

“La higiene es una manifestación de la fe” escribió Mahoma. Adosados a la mezquita, los baños responden al imperativo de acudir a la misma impolutos y limpios. En su origen revistieron un carácter público y social, abierto. Los hammam incluyeron servicios de gimnasia, masaje, té música e incluso bibliotecas. Cuando el norte cristiano no conocía el concepto de higiene, la Córdoba musulmana contaba con mas de seiscientos baños públicos. Según I.Zamrak, los baños proliferaron en todo el territorio de Al-Andalus, no sólo en los núcleos urbanos, sino también en los rurales -grandes o pequeños-.

El historiador Fernando Alcaide opina que el hammam de marshen'ah o Marchena de los olivos estaría bajo el solar del antiguo convento de Capuchinos, junto a la Plaza Ducal aunque su verdadera ubicación solo se sabría gacias a una excavación arqueológica. Es el mismo caso que la mezquita, o la necrópolis islámica. La certeza del agua árabe la
tenemos en arcados aljibes bajo la iglesia de Santa María o San Juan. También hubo aljibes en la zona del ábside, y del convento de Santa María o en el parque. Así, se relacionaría el agua con la construcción de templos y eficios, como en el mundo antiguo.

Hasta hace un siglo funcionó en Marchena una casa de baños medicinales, ubicada en la plaza de abajo o Plaza de Alvarado, una de las más antiguas e importantes de la provincia sevillana.

En el Diario de Sevilla de 1829 aparece la noticia de la rehabilitación de la antigua casa de baños, -que según esta crónica era conocida desde tiempo de los árabes- coindidiendo con el resurgir del incipiente turismo termal y de balnearios. En la reforma de aquel año se dotó al establecimiento de modernas instalaciones. Incluía, además de la sala para baños, una para hombres y otra para mujeres, una sala de espera. Los baños propiamente dichos consistían en estanques de siete piés de largo por cuatro de ancho y tres de profundidad. Las conducciones de agua corrían a lo largo de la muralla.

Ese año, una comisión médica compuesta por dos químicos y dos farmacéuticos dictaminan que las aguas de los baños de Marchena poseían algunas propiedades especiales que lo hacían único. Por ejemplo aseguraban que las aguas eran buenas para las corrupciones cutáneas provocados por determinados hongos del cereal (el cornezuelo que provocaba un picor llamado fuego de San Agustín). También eran buenas las aguas para afecciones provenientes de debilidad nerviosa, irritabilidad, histerismos, manías, etc.

Los estidos hidrogeológicos nos revelan que Marchena siempre fue abundante en agua
y que ésta podía ser hallada a escasa profundidad, como así lo atestiguaban los numerosos pozos que antaño abastecían a cada casa del pueblo. Según el geógrafo Manuel Ramón Ternero, los sustratos arenosos del sur del término municipal permiten la penetración del agua que queda embalsada en los más profundos sustratos rocosos, formando un venero. Dichos manantiales afloraban en las laderas del cerro más antiguo del municipio y sobre el que se construyó el barrio de San Juan.

La panorámica más bella del barrio antiguo es la que se logra desde la colina sobra la que se asienta el barrio de San Miguel justo enfrente, y desde allí llaman la atención las torres de las iglesias, pero sobre todo, por contraste cromático destaca un punto en donde abunda la vegetación, sobre todo antiguas y altas palmeras, evocando un vergel árabe, junto a otra clase de plantas, signo inequívoco de la abundancia de agua en su subsuelo. Decía Machado “La palmera es el desierto, el sol y la lejanía: la sed; una fuente fría soñada en el campo yerto”.

En ese punto, -donde hoy se levanta un edificio dedicado a la restauración, que ha recogido la tradición de ser parada y fonda del visitante forastero quizá dede los tiempos en que funcionaban los baños- confuyen dos manantiales hoy olvidados, el manantial norte, que viene de la zona de la calle San Francisco y el manantial sur, de la zona de Antonia Díaz y llegan al edificio de los antiguos baños, después de unirse a través de “un extenso acueducto de obra antigua” según el relato del Diario de Sevilla de 1829.

Según la comisión médica, el manantial norte es rico en sales neutras, magnesio y calcio, alúmina, selenita, sílice u óxido de sílice, mientras que el agua del manatial sur contiene ácido carbónico, sulfato de hierro, nitrato de calcio, sílice y sobre todo gran cantidad de sales, disueltas y a baja temperatura. La comisión médica destaba las propiedades de las sales, como secante o antiséptico muy eficaz para las enfermedades cutáneas.
Hoy en día, los manantiales continúan bajo tierra, pero están cegados por falta de uso.

Todas estas características confieren a dicho lugar un interés especial. Tiene baraka, una expresión arabe que significa suerte, bendición. La presencia de la cultura árabe en dicho lugar justo en el centro del municipio, queda atestiguada a través de la muralla almohade. Justo sobre la muralla, las palmeras y un antigo jardín nos indican que el agua nunca dejó de fluir en aquel paraje que tiene un especial regusto andalusí, unido a un torreón y al Arco de la rosa, la principal puerta de la muralla, por un estrecho paso de guardia. Sin embargo no puede ser visitado, pues es privado y las visitas oficiales no lo incluyen en las guías. Tampoco pueden ser disfrutadas sus aguas con poderes curativos, porque los actuales propietarios no disponen de medios para hacer la reforma necesaria.


El alma de las casas

El abuelo llegó un día al campo, desbrozó el terreno y clavó en el suelo una fila de estacas. Luego, fue a cortar más palos para el esqueleto y los puso armando el tejado, apoyándose en la viga maestra o cumbre. Para el cuerpo amarró cañas que sujetarían las varetas y añadió pasto seco cosido a modo de cobertura. Lo embadurnó todo de barro y le puso una camisa de cal. Luego cavó con sus propias manos el pozo, morada del agua, y de allí brotó con generosidad el líquido elemento. El fuego tuvo también su hogar cuando construyó el horno de pan. La cocina se erigió unas decena de metros mas allá, para evitar incendios.

Era la choza de los tiempos antiguos. En el comedor-cocina, todos los miembros de la familia que solian ser muchos se reunian en torno a dos grandes fuentes dispuestas en la mesa. De ellas comían con cucharas de palo. En verano gazpacho y en invierno cocido o sopa de tomate eran los alimentos más consumidos. Los días de fiesta se festejaban con arroz con miel. Sobre una loma, rodeada de pinos, almendros y olivos vivieron felices muchos años.

Esas casas eran el centro de la vida a mediados del siglo XX, donde, como en una metáfora de Marchena reinaban las mayetitas, mujeres rurales, pequeñas propietarias. Quintaesencia de la tierra, Marchena era una mayetita, de mejillas sonrosadas. "Mariposa morena dulce y definitiva, como el trigal y el sol, la amapola y el agua” dicen los versos de Neruda a otras mujeres, tan lejanas, tan cercanas. Según Luis Camacho "Reina destronada de tu palacio construido con salones de mieses, mármoles de crepúsculos y lámparas de lunas" y que, como mi propia madre me contaba se sentía en el pueblo "con la mirada vaga y rara".

Aquel mundo rural estaba cuajado de ritos y ritmos antiguos, sobre un campo abierto e infinito. De bailes populares, como la jeringoza, -o jerigonza- con su vocabulario lleno e dobles sentidos. Bajo una apriencia inocente, este baile era una forma de "cogerle la mano" a la moza que gustaba en una rueda que se hacía al son de ritmos bailables, y aun se conserva en las sierras de provincias limítrofes. “Que busque compaña, que sola parece una caña”. Una de las grandes citas del envierno, musical y gastronómica eran las grandes matanza del cerdo, de donde se sacaba alimento para todo el año y se reunían familia y amigos.

Dos hombres solían atar al cerdo en algun tronco o árbol, para darles un certero tajo en la femoral, mientras las mujeres colocaban grandes lebrillos en el suelo para recoger la sangre y luego la remueven con las manos para que no se cuaje. Luego colocaban los restos del animal sobre meses de madera para destazarlo, y hacer chorizos, o morcillas aderezadas con comino, clavo, canela, pimienta y piñones.

“La mancera de mi arao/ tiene un peazo comío/ de recibí lagrimones/ to el tiempo que te he querio”. Cantes de gañanía o de trilla, formas de dejar en el viento, las penas más profundas, cuando nadie las oía, acompañados solo por el tintineo de las campanillas de las mulas el de los cencerros de los bueyes. También las mujeres cantaban, -con voces de dagas de esmeralda-, mientras trabajaban en las huertas regadas por las risueñas acequias del mediodía.

Las chozas rurales fueron el más primario y antiguo modelo de vivienda que existió en Marchena, y viene a decirnos que hace apenas 50 años aun había viviendas que básicamente seguían los mismos patrones que en el mundo antiguo, el de hace miles de años. Nuevamente una falsa concepción del olvido o del progreso, ha condenado a la desaparición este tipo de viviendas que hoy por hoy ya no existen en Marchena. Para muchos, como Luis Camacho, de alguna forma, Marchena se ha traicionado a sí misma al perder su esencia y su símbolo. "Sus decires cortos, sus silencios largos". Pero para otros aquella fue una época para olvidar porque estuvo marcada por el drama del hambre y la posguerra.
Sin embargo la casa rural es solo uno de los tipos de casas tradicionales. "Y en lo hondo, mi mundo, mi templo diminuto". El poeta Antonio Salvago nos dice así que para conocer el alma de un pueblo es necesario haber visto, primero, el alma de sus casas, ricas y pobres, grandes y pequeñas. La casa como una prolongación de la propia personalidad. Mi casa, "paisaje de cosas animadas, mi paisaje de otoño desolado" según Benedetti. Según este poeta, las viejas casonas están llenas de "pájaros, lluvia, alguna muerte, hojas secas, bocinas y nombres desolados. Por eso es cruel dejarla recién atardecida con tantos balcones como nidos a solas y tantos pasos como nunca esperados".

Si los pueblos tuviesen alma ese sería sin duda el patio. Es núcleo central de herencia arabe y romana. Patios que esconden negros gatos de bellea huraña, esperando las sobras, acechando en las sombras, mientras transmiten la secreta sabiduría de cómo mantener la elegancia aún en las peores circunstancias.
Arcos de patio distribuyendo el espacio y ascendiendo como el aroma hacia las plantas altas. Viejas casonas: "caricia de fondo de arcón adamascado de un verde de terciopelo de siglos", dijo Luis Camacho. En las antiguas casas nobiliarias marcheneras el espacio predominante es la sala del estrado que suele estar decorada con artesonados de tradición mudéjar y dar al balcón de la fachada principal con artísticas rejas. Algunas de estas casas tienen en su interior capillas.
Entre la nobleza de las casas sobresale la del Ave María, que tiene unos 500 años, situada frente a la antigua carcel en la plaza homónima. Albergó el convento de la Concepción, antes que este pasase a su sitio actual. Tiene una leyenda en la puerta “sin pecado concebida”, de su época conventual. En el interior un bello patio con arcos de ladrillo y referencias a muchos nombres ilustres del pasado, como toda casa antigua que se precie.

Al exterior, la plaza de la Cárcel con sus ecos de moleeras, sus historias de Cervantes y sus poemas de Salvago."Blasones de orgullo y nada sobre los hombros de nadie". El príncipe de las letras castellanas escribió "sea tenido por falso desde Sevilla a Marchena...", y esto, señores son palabras mayores en do menor. Es la melodía de Miguel de Cervantes -nombre oficial de la plaza de la Cárcel- mencionando a Marchena en su inmortal Quijote. La comparación entre Sevilla y Marchena es para el investigador Rogelio Reyes una broma o una canción popular recogida por el escritor, que deja en todo momento, palpable su conocimiento de estas campiñas.

Los investigadores se afanan en encontrar documentos sobre el genio y Marchena, sin hallarlos. El cronista oficial José Calderón afirmó que el escritor estuvio en la villa en años posteriores a 1580 para comprar aceite destinado al abastecimiento de la flota de la armada invencible.

La Calle Carreras, -confortable y señorial, tanto que tiene su propio poeta- lugar preeminente por ser salida del Palacio conserva casas de mucho sabor. La casa del escudo y aledaña, que ha sabido conservar todo el sabor popular. Las dos casas conservan patios con arcos y jardines con flores, así como azulejería y solería originales. La "casa del escudo" está muy cerca de la esquina de la calle Animas, la calle que se fue al alba con "una paz de olivares y un remanso de silencios" en cuya esquina los relojes marcan las doce en punto de algún siglo, mientras que andalusíes parras corretean por grandes paredes encaladas, en busca de los campos.

Casas populares y nobiliarias. Curiosamente ambas tienen su origen en el siglo XVIII cuando ocurrió un hecho de los que imprimen carácter. La burguesía vino a ocupar el espacio de los duques cuando éstos marcharon a Madrid. Calles enteras como Santa Clara, San Francisco o San Pedro se van a ver pobladas en esta época, cuando tambien surge el gran cortijo que tiene su precedente más inmediato en las villas romanas.
Hay fachadas nobles de piedra o ladrillo muy hermosas, ambos casos muy usados. De las grandes fachadas de mármol destaca una en calle San Pedro, otra frente a San Juan y otra en calle Mesones, esta última de doble columnata.

La de calle San Pedro tiene dintel con columnas de mármol y adornos geométricos, rejas torneadas con escudos, cornisa en forma de volutas, gárgolas de piedra y enormes ventanales. Muy similar a esta fachada es la situada frente a San Juan, levantada por un presbitero de la parroquia matriz. Aprovecha los espacios de la muralla para ubicar grandes jardines. Los torreones árabes en esta zona, son usados como miradores. La muralla condiciona su trazado y salva el desnivel. En la casa de calle Mesones, con doble columnata en la fachada, destaca el gran patio sustentado en cuatro gruesas columnas y arcos rebajados.

Otra casa en calle San Pedro tiene fachada en ladrillo visto, con balcón presidencial, rematado con el unico ejemplo de mirador y el unico balcón corrido con cierro haciendo esquina de la comarca. En su interior, la única escalera imperial, con dos arranques y gran cúpula.

También destacan fachadas de ladrillo visto en calle Santa Clara, con decoración de soles y lunas en la fachada, conchas en los huecos de las puertas y ventanas y patios con un enorme sabor.

Pero las viviendas antiguas mejor conservadas como conjunto, unidad y autenticidad, es la plaza ducal entera -"gloria de guitarras y bronces que dormitan" dijo Antonio Salvago, reformada por Alonso Moreno en 1713. Con sus balcones corridos y barandas de hierro, arcos de medio punto o rebajados que originalmente pertenecieron a cortesanos de los Duques. Preside el conjunto las casas consistoriales del propio Moreno, quien también trabajó en San Agustín.

Además existe un tipo de casa popular urbana desconocido en otros lugares.
Se trata de las casas de jornaleros y mayetes y se levantan sobre todo en los barrios de San Sebastián y San Miguel. Tiene una o dos plantas y soberao, puertas y accesos adintelados, ventanas escasas y pequeñas, patio, callejuela y corral. -Corral: Trasfondo. "Ese sobrante inútil y precioso", así lo define el diccionario castellano-marchenero escrito por Luis Camacho. Poesía, humildad, humanidad. "El alma pura, limpia y eterna".

Estas viviendas, construidas por sus propietarios usban materiales sencillos, el barro para azulejos y solería , madera y los chinos de río también en el suelo. El zaguán suele tener una linea central de chinos para el paso de las bestias y un caño o desague. Los animales disponían de su sitio en los corrales y debian atravesar toda la casa que estaba preparada para esto. La cal, los patios y las pequeñas ventanas ayudan a preservar el fresco. En las azoteas se secan las blancas sábanas, y en los soberaos se guardan las oscuras cosas inservibles. Un conjunto sencillo, pero sublime, igual que el tomate con sal bajo las misteriosas estrellas del verano.

Hasta hace muy poco tiempo no se ha dado cuenta el marchenero, el verdadero lujo que es vivir en una de estas casas tradicionales, cuando ya casi son especies amenazadas, ante el avance de los bloques de pisos. Un piso son "solo unos cuantos metros donde pisar, lo que necesitamos son unos cuantos kilómetros redondos para flotar, para volar y diluirse". Muchos ven las actuales casas como escaparates, espacios vacíos de utilidad práctica, sin sitio siquiera para que los niños sean niños. Espacios para aparentar, antes que ser, pensados para que las vea el vecino don fulanito. "Una sociedad que vive en escaparates relucientes no puede ir a ninguna parte. Dura y crueal, sin amor, sencillez y sin hondura". Amén, con toda mi alma, Luis Camacho. Los pisos son tan perversos que no tienen lunas de verano, ni meses de abriles, ni albahaca, ni canela en rama, ni patios ni aceitunas prietas, ni gonzalos, ni veletas. Solo tienen tantos por ciento.

-"¿Porque no se compra usted un piso?.
-Y usted, ¿porqué no se compra una nostalgia?".

Templo de agua y fuego

Ningún nombre del santoral cristiano evoca con tanta fuerza nuestra conexión con las antiguas culturas, de ritos milenarios como Juan el Bautisa, quien vino a ocupar, nada más y nada menos que el lugar del sol, el más importante de los cultos precristianos.
Es el príncipe del santoral cristiano: es el único santo del que se celebra el nacimiento y no la muerte, cada 24 de junio Mientras Jesús ocupa el solsticio de invierno, san Juan toma posesión del solsticio de verano porque fue imposible erradicar las ancestrales celebraciones solares.

Así, Juan-Jordán, Juan-río, el sobrino de María y precursor de Cristo (Jo-hanan, "Dios está a mi favor"), perdió la cabeza por culpa de Salomé y a través de un guiño de la historia se convirtió en el dios-sol.

Qué mirás, Copérnico? le preguntó un sacerdote al astrólogo en su celda. Miro el orden, le reponde. Para los antiguos, los fenómenos astronómicos eran la voluntad de los dioses. En el solsticio de verano, -el día más largo, la noche más corta- figurativamente, detiene el astro solar su carrera ascendente. A partir de este momento, dará comienzo un proceso inverso. En esta fecha el eje de la tierra está inclinado 23,5 grados hacia el sol.

Para los griegos los solsticios eran simbólicas "puertas", la "puerta de los hombres", solsticio de verano o fiestas de Apolo (del 21 al 22 de junio) y "la puerta de los dioses" del solsticio de invierno (del 21 al 22 de diciembre).

Los fenomenos del Universo proceden siguiendo leyes inmutables, ritmos constantes que se repiten desde la eternidad. Es el momento justo para pedir por la fecundidad de la tierra y de los mismos hombres; además se debe comenzar a almacenar alimentos para pasar el otoño y el invierno. Para visualizar esos días se construyeron obras o señales, a veces monumentales.

Para los griegos ésta fecha estaba destinada al culto del dios Apolo al que tributaban con procesiones de antorchas pidiéndole que no dejase en tinieblas a su pueblo, creían que la magia del solsticio abría las puertas de lo incognoscible y por un breve lapsus el hombre podría gozar de los privilegios de los dioses. Por todo el mundo, las culturas antgiuas tenían ritos similares. El año 680 el concilio de Constantinopla para intentar erradicar ésta práctica pagana, sin conseguirlo.

San Juan también tiene su propia hierba entre ellas la artemisa (felicidad en griego). La tradición vincula esta fecha con las hierbas con determinadas propiedades. La artemisa es estimulante y se usa en medicina como vermífuga, los romanos la usaban contra el dolor y cansancio. De una variante de esta, el ajenjo o hierba incienso, se elabora la absenta. Las hojas, tomadas en infusión, activan la digestión y regulan la menstruación.

Fogatas y ritos de fuego de toda clase celebran el solsticio aun hoy día en todo el mundo. Se baila y salta alrededor del fuego para purificarse y protegerse de malas influencias, peo también en torno a las fuentes y las aguas, que están esa noche benditas por el bautista. Toda clase de sortilegios se realizan en torno al fuego y al agua. Julio Caro Baroja indica en sus obras que el culto a las aguas tiene en Sant Juan una de sus manifestaciones más brillantes.

San Juan de Baños (Palencia) fue construida por Recesvinto sobre un manantial despues de curarse gracias a una fuente con propiedades benéficas para la salud. En época romana existían en esta localidad unas fuentes o baños consagrados a las ninfas con un altar dedicado a ellas. En ella se celebra un peculiar misa el día de San Juan bajo el rito hispano visigodo-mozárabe.

Pocos municipios tienen su templo mayor dedicado a San Juan, la mayoría de los de nuestro entorno son consagrados a Santa María, pero además muy escasos son los dedicados explícitamente a “la degollación de San Juan Buatista”, como es el caso de Marchena. Santa María de La Mota fue el primer templo del municipio, integrado dentro del complejo palatino.

El conjunto es un recorrido por lo mejor de la tradición artística andaluza. La zonas mas antigua del templo es la de la capilla bautismal, ubicada bajo la torre, de finales del siglo XIII, según Ravé, -con bellos y arcaicos capiteles de decoración vegetal y puntas de diamante- relacionada con la presencia de la orden de los cruzados de San Juan en el municipio a quien el rey entregó la villa para repoblarla. La presencia de alguna fuente o manantial, -igual que en Santa María donde aún se conserva- junto a la tradición familiar de dicho nombre (Juan III Señor de Marchena, ajusticiado igual que el bautista en 1367, por Pedro I El Cruel tras la batalla de Nájera por su apoyo a los Trastámara, Juan II 1448-1471, padre de Don Rodrigo), podrían darnos más pistas sobre el origen de la dedicación del templo.

La impresión general del templo -declarado monumento nacional en los años 60 y que por sí mismo justifica una visita al municipio- es de una majestuosa sencillez mudéjar. Durante el siglo XV se amplió el edificio con las donaciones económicas de Don Rodrigo -destacado militar en la conquista granadina- y se ejecutó el majestuoso altar mayor con grupos escultoricos de Jorge Fernandez Alemán y pinturas de Alejo Fernández, creador de la escuela renacentista sevillana, este último intervino en el altar mayor de la catedral metropolitana. Su interés inicial por crear amplios escenarios pasó a un segundo término para centrarse en la figura humana y en la historia que narraba.

Aunque transformada con habilidad, se advierte cómo Alejo Fernández ha tenido a la vista la conocida estampa de Schongauer, el grabador alemán que tantos admiradores tuvo en la península. De ella procede la distribución general de los personajes, las actitudes de casi todos, la presencia de los montes en segundo plano. Además de su fama como pintor, recibió encargos de retablos tras su éxito en la catedral hispalense que se hizo pocos años antes del altar marchenero encargado en 1521 y culminado en 1533. Veremos que en muchas obras de arte las referencias a la catedral sevilana son constantes, pues los Ponce de León tenían un palacio en la ciudad y no solo estaban al corriente de las ultimas novedades artisticas de la ciudad y eran participes de ella. Por San Juan pasaron los mejores artistas de cada época y de cada disciplina.

Destacan las pinturas alusivas al dios-sol, siempre vinculado al agua, el bautismo -"Yo a la verdad os bautizo con agua para moveros a la penitencia”- o la degollación. Llama la atención una pintura del demonio, representado como una figura masculina y barbada, con el tradicional color rojo del pecado y patas de ave. Otra curiosidad, el altar tiene tallado en la base de sus pilares, la heráldica de los patrones y el libro de los siete sellos. Si hay un número mágico por excelencia ése es el siete. El libro de los siete sellos alude a la apocalíptica visión de San Juan en que vió los hechos del futuro. De nuevo, el secreto como arma. Los siete ojos representan la omnisapiencia. Los siete cuernos el poder que todo lo conquista. El conjunto con las siete iglesias y las siete trompetas, forman el andamiaje principal del la revelación.

Obra maestra resulta la cabeza de San Juan en alabastro, de escuela lombarda del siglo XVI, que estuvo colocada originalmente en la galería principal del palacio ducal entre las mejores obras de arte. En dicha colección había varias esculturas del norte de Italia, según Ravé. Las bolsa con monedas de Judas están en el primer plano del relieve de la santa cena de otro maestro sevillano Roque Balduque del retablo del Sagrario, a la izquierda y muy similar al altar mayor.

El conjunto del edifico se volvió a ampliar en torno a 1550, cronología confirmada por las cerámicas utilizadas para el relleno de las bóvedas de arista. La construcción de las naves laterales unió el espacio de las antiguas capillas funerarias, con arcos apuntados y originales pilares ochavados. La rica armadura de par y nudillo, con decoración de influecia árabe, mocárabes y almizates de elementos blancos y gran cantidad de formas geométricas, que cubre todo el templo, excepto el lugar más sagrado, el presbiterio, sigue la tradición mudéjar, muy tradicional de las iglesias marcheneras.

La torre viene a desmotrarnos como el edificio se fue haciendo poco a poco, aprovechando elementos anteriores. A Hernán Ruiz se atribuye la simplicidad geométrica de su diseño y la combinación de cerámica y labrillo, con elementos muy originales como la cubrición del chapitel con cerámica en forma de escamas o la veleta con el cordero apocalíptico. En la base de la torre se conservan aun vanos tapiados que nos indican cómo debió ser su aspecto primitivo. Las puertas mudejáricas -puerta Norte y puerta del Perdón- nos hablan de la pervivencia de costumbres y artesanos árabes con ladrillo rojo y amarillo.

La actual pila bautismal es del XVI y está justo enfrente de la primitiva capilla, a los pies del templo. Un espacio presidido por un hermoso lienzo procedente del palacio ducal y obra del pintor portugués Vasco Pereira, contemporáneo de Velázquez, por eso sus lienzos estuvieron expuestos junto a los del maestro sevillano en la exposicion conmemorativa del 400 aniversario junto a la cabeza del bautista.

Los trabajos escultóricos para la iglesia muestran el lujo y la importancia del templo a lo largo de la historia con destacables muestras de las escuelas más representativas.
La iglesia conserva una pequeña inmaculada de Alonso Cano, que seria el gran maestro e indiscutible primera personalidad de la escuela granadina del XVII, del que Pedro de Mena seria discipulo y ayudante.
Mena se inspiró para algunas de sus esculturas en tipos creados por Alonso Cano, aunque dandoles unas caracteristicas personales, ropajes con trazados rectos, mientras que Alonso Cano los preferia curvos y matizados: rostros ovalados de ojos rasgados y boca pequeña; machones de cabello lacio, nunca negro, pino castaño o rubio.... A menudo recurrio a procedimientos tecnicos efectivos (lagrimas y ojos de cristal, etc....) para acentuar la expresividad. En otro altar del templo se conserva un busto de Virgen de escuela granadina, que llama la atención por su peculiar llanto de sangre. Esta iglesia conserva la obra póstuma de Mena, una Inmaculada de gran tamaño también procedente del Palacio Ducal. Toda el peso fisico de la escultura se mantiene sobre la simólica luna, simbolo mariano, sobre el que gira a través de un mecanismo. También destaca una gran escultura de San José y el Niño del taller de Roldán, de 1700. También destaca el Cristo de los Peligros, del coautor del altar mayor Jorge Fernandez
El tesoro pictórico que forman los nueve lienzos encargados a Zurbarán en 1635, ha vuelto recientemene a su ubicación original, la sacristía. Destacan las telas de la Virgen y el Cristo aunque por motivos muy diferentes. Los tonos grises y la escasa iluminación del crucificado, del que destacada el leve toque de color de la sangre roja y el blanco del paño de pureza, contrasta con la dorada, serena y alegre luz de la Inmaculada, que parece sonrerir levemente en su belleza serena y enigmática. Santiago muestra la influencia de Rubens, tras la visita del maestro a la corte de Madrid, mientras que San Pedro se relaciona con el homónimo del mismo autor hecho para Lisboa.
El trabajo de Francisco Alfaro en la custodia de 1581 que preside las salas del tesoro, se considera uno de los primeros ejemplos del lenguaje clásico pleno del renacimiento andaluz. Maestro del oro y la plata, pero también del dibujo, el artífice de esta obra maestra cobró 1.793.000 maravedíes por este trabajo. En la custodia late Vasari, Juan de Herrera o Miguel Angel, y es mucho más avanzado que el de Arfe. Esta obra fue la primera de un modelo que luego repitió en Carmona y Ecija. Tiene tres cuerpos donde está reflejado todo el antiguo testamento, y la pasión de Cristo, mientras que en el espacio central se representa la degollación de San Juan.
El resto del tesoro se compone de 87 piezas de oro y plata de los siglos XVI al XIX, muchas donaciones de los duques o pertenecientes al palacio o la la vecina Santa María de donde destaca la cruz de Alfaro (1596, costó medio milón de maravedíes). Las piezas fueron hechos por maestros de Sevilla, Granada, Cordoba o Madrid. Se salvaron de la invasión francesa tras ser escondidas. También hay que destacar el trabajo en bordado.
El esplendor de la corte de los Ponce en el palacio tuvo su reflejo también en San Juan que se hizo notar en todo los campos, pero sobre todo en el musical, como muestra el que dos maestros como Cristóbal de Morales o el marchenero Juan Navarro fuesen maestros de la capilla musical del palacio y la iglesia. También destaca una importante colección de libros de coro, desde el la etapa mudéjar hasta la barroca, de gran tamaño e ilustraciones hechas a mano sobre pergamino por varios maestros entre ellos Francisco Sánchez.

Navarro fue maestro de capilla en Avila, y en Salamanca. Merece ser citado por sus 53 obras conservadas, tales como salmos, himnos, magnificat, antífonas marianas y como maestro de Tomás Luis de Victoria. No compuso misas ni lamentaciones por lo que no se le suele incluir en el grupo de los grandes, pero es un correctísimo polifonista alcanzando un altísimo vuelo expresivo en sus antífonas marianas, Alma Redemptoris y Regina coeli.

"De Morales, Guerrero y de Victoria que parece en su vuelo que aprendieron música en el Cielo", nos decía Bartolomé de Figueroa. Morales (considerado como el mejor polifonista de la escuela andaluza de la primera mitad del siglo XVI), vivió época de grandes innovaciones técnicas en el campo musical. Ingresó en la Capilla Papal de Roma (1535). Compuso una cantata con ocasión del tratado de paz entre Carlos V y Francisco I de Francia. Disfrutó de una gran fama no sólo en vida, sino que después fue parodiado por polifonistas españoles. En 2000 se celebró el quinto centenario de su nacimiento.
La materialización del gran legado musical de San Juan está en sus dos órganos históricos, únicos en su estilo y que junto a otros instrumentos de otras iglesias y parroquias de la comarca son el principal atractico de la academia de órgano que abre sus puertas cada septiembre. Gerhard Grenzing, uno de los mejores organeros del mundo calificó el instrumento construído por 1802 por Francisco Rodriguez para San Juan como “único en el mundo” por que conserva registros, metodos constructivos y materiales que en otros, debido a modas y reformas se han perdido. Además lo citó como referencia para una posible reconstrucción del gran órgano desaparecido de la catedral hispalense. El conjunto, "único dentro del panorama europeo" según Turismo de la Provincia de Sevilla, se completa con el otro instrumento construido por Juan de Echevarría en 1765. Los mejores instrumentistas de organo europeo han pasado por San Juan.
El legado musical se completa con la sillería del coro (1717), -la mayor obra artística del XVIII local- obra de Juan de Valencia y Jerónimo de Balbás célebre por su trabajo en la catedral de ciudad de Méjico, destacando el sillón presidencial policromado y dedicado a la Virgen, el resto de los sitiales está dedicado a un santo al igual que el facistol para sostener grandes libros corales, que está rematado por la figura de San Juan. El coro se cierra con una artística reja de los maestros marcheneros Juan y Cristobal de los Ríos. Las yeserías del trascoro es obra de Alonso Moreno, entre otros maestros, que trabajó en la fachada de San Agustín.

Huyendo del mundanal ruido
“La sombra se ha dormido en la pradera. Los manantiales cantan”. El lorquiano paraje de las tierras situadas alrededor del cerro del orégano es uno de los más bellos de la zona, tanto que parece creado para aquellos primeros frailes eremitas, que se reitraban al campo a meditar, huyendo del mundanal ruído. "Vuestras músicas vienen del alma de los pájaros, de los ojos de Dios”, decía el de Fuentevaqueros a los árboles.
Sobre la ladera del cerro de nombre dedicado a tan agradable hierba aromática, se observan lejanas llanuras, un mar de tierra y olivos, ante el que se imponen antiguas cortijadas del aceite y gran cantidad de pinos, encinas y cipreses, a lo lejos la torre de Santa María se asoma entre los árboles. Los cipreses siempre evocan un sentimiento antiguo y telúrico. Peinando el viento forman una hilera verde lúgubre que a veces grita
cuando el viento los convierte en sobrehumana arpa.

Aristocráticos y estirados elegantes y alineados parecen rendir culto al orden y antiguas creencias, seres del antiguo régimen. Uno se inclina levemente sobre el otro, murmurando algo sobre el canto celeste de los pinos, o sobre la humanidad de los pequeños olivos.Comparados con los sencillos olivos, los cipreses ,encopetados individuos resultan ser decorativos caprichos de la naturaleza, que solo tienen como fin, creer en Dios.

Una línea de tarajes muestra la presencia de un arroyo, los toros de carne pastan por las dehesas, que han permitido la conservación de la vegetación primitiva, mientras que las aves acuden a beber a una fuente. En primavera, la explosión de color hace que se pueda palpar tanta belleza entre las ramas de los floridos almendros, o en las flores que abundan por todos lados, y se note la espiritualidad a través de la naturaleza. "Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra, la cual nos sustenta y gobierna, y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba", dijo San Francisco dando inicio al ecologismo.
“El hombre de estos campos que incendia los pinares, y su despojo aguarda como botín de guerra, antaño hubo raído los negros encinares, talado los robustos robledos de la sierra. Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares; la tempestad llevarse los limos de la tierra”. Parecía responderle Machado.
"Ruinas de Santa Olalla, alzada oración de olvido", dijo Antonio Salvago. Tampoco resulta extraño que un poco más allá se levanten aún las románticas ruinas de una antigua ermita, Santolalla (Santa Eulalia de Mérida virgen y mártir hispanorromana), dejando ver restos de muros y arcos y rodedadas de una curiosa planta de flores moradas. Los monjes franciscanos eligieron en torno a 1400 este lugar para construir el primer convento que se estableció en el municipio. Los frailes buscaron la belleza y fecundidad de dicho paraje, primero alojándose en unas pequeñas celdas y luego construyéndose la iglesia. "Todo camino es costumbre, camino de Santa Olalla, monacal y grave. Tallada a golpes de mansedumbre".
El patrón de los ecologistas tras una etapa de enfermedad, reflexiona y siendo rico, se despoja de lo material, se va al campo a meditar, se dedica a reconstruir iglesias y predica una vuelta al origen. Se enamoró de la naturaleza y que habló con embeleso de la hermana agua, del hermano sol, del hermano lobo, ("Ven aquí, hermano lobo!. Yo te mando, que no hagas daño ni a mí ni a nadie. El terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente), de la hermana alondra y predicó a los pájaros. Fue el antecesor del equilibrio entre el hombre y la naturaleza.
"Él cuida solícito de vuestro sustento, sin que vosotros tengáis que sembrar ni cosechar, y apaga vuestra sed con las límpidas aguas de los arroyuelos del bosque, y puso en vuestras gargantas argentinas voces con que llenáis los aires de dulcísimas armonías".
El convento, se levantaba sobre una suave loma, entorno bucólico y frondoso. Rodeado de pinos, almendros y olivos que cuando llegaba el buen tiempo daban a aquel enclave el aspecto de ser el mismísimo paraíso terrenal. Había cerca también un arroyuelo del que manaba agua fresca para saciar la sed de los quince frailes que cultivaban sus propias tierras sembrando y recogiendo el fruto de los huertos cercanos. Fernando Alcaide nos cuenta que primitivamente, el convento solo disponía del pequeño templo y una torre fortificada con las celdas de los frailes en su interior. Se conserva una ojival puerta de entrada similar a las de la iglesia de San Juan aunque de menor tamaño.

Se sabe que llegó a tener una de las bibliotecas más antiguas e importances de todos los conventos marchen eros, que Ravé describe como "fastuosas" gracias a la donación de 4000 libros por parte de los duques. Fue tan importante que la encuadernación y sus libros llamaron mucho la atención cuando finalmente fueron trasladados al covento dominico.

Los vestigios de Santolalla están repartidos por otros templos del municipio. El camino entre la ermita y el pueblo está rodeado de huertas y campos de labor. Por aquellos caminos sacarían en rogativas al Cristo del Pan, hoy en la capilla de la Vera-Cruz cuando había sequía. En la ante hornacina de Jesus Nazareno se conserva una cruz de madera con esmaltes con la inscripcion Sta. Olalla, aludiendo quizá al origen de la cruz. También la talla del nazareno procede de este convento, según la tradición.

Con este nucleo primitivo de la religión en Marchena se relacionan destacados nombres de hombres de religión como el teólogo cordobés fray Juan de Santa María, que lo fundó y fue primer vicario al que siguió el portugués fray Juan de Tavira, o el padre Santorcaz, uno de los primeros misioneros de Canarias que se alojó durante un tiempo allí. La tradición también relaciona al Fray Antonio de Marchena de la gesta colombina -buen astrólogo y entendido en navegación- con este eremitorio, sin pruebas escritas. Sin embargo sí se sabe que en este convento se formó fray Luis de Bolaños, -sombra y salmo, su mirada- que viajó a América en 1572 para hacerse misionero en Paraguay y primer traductor del catecismo al Guaraní, fundando la ciudad de Caazapá en 1607.

Con el tiempo, los franciscanos fueron adquiriendo prestigio social y pronto se convirtió paradójicamente en una orden nobiliaria -al menos en tierras andaluzas, por la extracción de la mayoría de sus miembros que incluyó también la creación de la tercera orden o franciscanos terciarios, compuesto por laicos que no se sometía al juramento del celibato.

La llegada de los franciscanos al municipio se produjo en 1498 con la fundación de Santa Clara, -entonces a 200 metros de la población- que se circunscribía al recinto amurallado, cuyo refectorio, celdas y claustro primitivo fue destruido en 1975 para levantar casas. La entrada al cenobio de clarisas se hacía a través de una pequeña portada con la inscripción "ego vos semper custodiam", -yo siempre os custodiaré". Se conserva la iglesia con una fachada del maestro alarife Nicolás Carretero (1773) y un magnifico altar del que destaca Santa Clara y San Antonio y las imágenes de la hermandad de la Humildad y la Virgen de los Dolores, (sale el Miércoles Santo) fundada en el convento de la calle San Francisco.

En 1530 se fundó el convento masculino franciscano dentro del municipio en la calle homónima, a iniciativa de los terciarios Diego Nuñez de Prado y su esposa Juana Blazquez, enterrados en la nave de la epístola. Los franciscanos fomentaron en su convento marchenenero la creación de numerosas cofradías penitenciales, entre ellas, la de Animas, Vera-Cruz (1533), la venerable Orden Tercera de Servitas o de la Virgen de los Dolores (1819), además de la del Señor de la Humildad (1820), vinculándose la tradición de la Semana Santa andaluza con ésta orden.

El convento sufrió tantos daños en la ocupación francesa, -fue usado como fábrica de salitre para hacer pólvora- que se desplomó en 1846 y sólo se conserva la capilla de la Vera Cruz con cuadros de Juan Bautista de Amiens y la anexa sala de audiencias de los juzgados con su armadura mudéjar.

El altar mayor de la Vera-Cruz (1729) es uno de los más barrocos de la localidad y alberga al Cristo homónimo, atribuido a Roque Balduque (en torno a 1533), sobre una cruz de plata, con decoración de elementos simbólicos como el sol y la luna. La Virgen de la Esperanza, ha sido la primera canónicamente coronada (2004) bajo su tradicional palio de plata. Los casi 600 años de tradición franciscana, la más antigua de la localidad sale de nuevo a las calles cada año, con la hermandad de la Vera Cruz con sus antiguas insignias y su carcateristica forma de estar.

"¿Adónde te escondiste /Amado, y me dexaste con gemido? /Como el ciervo huyste
aviéndome herido;/ salí tras ti clamando y eras ydo". La conocida riqueza de las bibliotecas de los conventos marcheneros, gracias a los donaciones ducales, vuelve a darnos sorpresas, como el hallazgo en 1993 de un libro manuscrito con versos y comentarios del Cántico Espiritual (1577) de San Juan de la Cruz, en el convento de clarisas de la Concepción creado a instancia de la madre Antigua. Junto al palacio y su capilla palatina de Santa María, se fundó el cuarto convento franciscano, con el nombre de la Concepción (1623) de clarisas franciscanas.

Además de ser el único que mantiene viva la tradición franciscana, es el único convento de clausura de la provincia que tiene una hospedería y el mejor lugar para alojarse en Marchena entre los arcos que soportan la historia, junto a la sencillez y la grandeza del ladrillo y a la sombra de la torre de Santa María, donde la paz se puede tocar.

Los Duques fueron muy aficionados a la obra de San Juan de la Cruz. De hecho en Marchena se han encontrado dos, el de la Concepción y otro en Santa Clara. En 1975 Guillermo García Valdecasas encontró otro códice gemelo tras la clausura de Santa Clara, cuando iba a ser quemado con otros obejetos y libros viejos. Fue rescatado y presentado en 1991 en el conreso internacional de San Juan de la Cruz de Roma.

El códice, realizado en pergamino, de 160x110 milímetros cobra más valor si tenemos en cuenta que el santo solo dicataba sus poemas y en un momento se difundían por copias manuscritas. Posiblemente este libro pertenecería a la Madre Antigua y podría haber estado entre sus enseres personales más queridos.

La relación de ambos manuscritos con Sor María de la Antigua, seguidora del patrón de los poetas españoles, es clara, pues en ellos se inspiraba. Sor Maria de la Antigua pertenece a la gran lista de escritoras religiosas españolas, junto a Santa Teresa de Jesus o Sor María de Agreda según opina José Vilahomat en “Sor María de Jesús Ágreda: La autoridad de la fe”(2004).

El investigador Luis Vazquez cree que hubo relación directa entre el poeta carmelita y la madre Antigua, que ingresó en el convento de Santa Clara y murió en Lora, con fama de santa, de donde fue traída al coro del Convento de la Concepción, donde aún descansa con fama de hacer milagros.

En las paredes de dicho coro y de todo el tomplo descansa el segundo tesoro de este convento, una colección de grabados, muchos italianos, entre los que llama la atención el de Adán y Eva de Durero,(1504) cuya importancia se está investigando actualmente, pero ya se conoce que es uan de las más importantes de Andalucía. Algunos autores consideran que el IV Duque (D. Rodrigo) fundó este convento en acción de gracias por haber escapado con vida de una rebelión popular en Nápoles, donde fue Virrey.

La colección de grabados pertenció a Guadalupe de Láncaster, Duquesa de Aveiro y donada al Convento por su hijo en la primera mitad del siglo XVIII. Además conserva obras de otros grabadores como Goztier, Glouwet o Bulfwir, maestros grabadores europeos de la época. Los grabados, en sus distintas técnicas, sober madera, sobre metal, con tiradas numeradas y limitadas y de carácter devocional fueron muy usados por la nobleza español, igual ocurrió con los libros.

Entre las pinturas destacan un óleo sobre cobre del siglo XVII, de escuela Flamenca y un retrato de la madre Antigua. La entrada al convento está enmarcada por una portada de azulejería siguiendo dibujos de Pacheco, maestro de Velazquez, donde se ve una Inamculada con el Rio Guadalquivir, la Torre del Oro y el puerto. La actividad económica actual del convento se alimenta en la elaboración de dulces muy apreciados en la localidad y fuera de ella.

La otra gran orden religiosa asentada en Marchena, (1570) construyó su templo de Santo Domingo o San Pedro Mártir rico y próspero, llegó a tener una cátedra de teología. Frailes de este convento fueron a evangelizar America o Filipinas o llegaron a ser catedráticos de la Universidad de Viena. El edificio fue definido por los cronistas contemporáneos como digno de un Rey, no en vano alojó a 200 soldados franceses durante la ocupación.

A los lados y bajo el altar mayor y por mandato del testamento del fundador se construyó el panteón familiar de los Ponce de León en jaspe rojo y negro. Aquí descansan el fundador D. Rodrigo, su hijo D. Luis Cristóbal, D. Pedro, Obispo de Badajoz y fraile dominico y D. Luis entre otros.
Grandioso es también el claustro con 25 metros de lado -hoy reconstruido- con cinco arcadas de medio punto o la escalera monumental, hoy en las dependencias del Casino, con influencia de Juan de Oviedo. Fechado en 1757 el cancel de madera de la entrada es uno de los grandes tesoros de la iglesia. La oración de la gubia sobre la madera deja formas imposibles de repetir a las generaciones futuras. Los escudos y los miembros de la orden llenan todo el templo de ecos de las oraciones. En las pilas descansa el agua que purifica.
El retablo de la Virgen del Rosario, patrona de Marchena es el más monumental (1760) . En el ático presenta una poco habitual talla representando el encuentro entre Santo Domingo y San Francisco. En otro altar es posible admirar una pintura de la Inmaculada del círculo de Francisco Pacheco. El presbiterio tiene una bóveda de crucería con pinturas murales mal conservadas pero de gran belleza. En sus paredes destaca un bello conjunto de azulejería de 1638, entre la que destaca un escudo de los Duques. En el altar mayor, de 1620, santos dominicos, con pinturas y esculturas de estilo renacimiento, presidido hoy por la imagen del Cristo de San Pedro.
Si los dominicios hicieron de este covento su instrumento para la predicación, encontraron en el Cristo de San Pedro, (hermandad fundada en 1556 ) una viva representación de la angustia y el dolor. La leyenda dice que dos jóvenes aparecieron en el convento con un gran cajón, que portaba el Cristo. Los dos jóvenes desaparecieron a pesar de estar las puertas cerradas, dejando intacta la comida y el pienso para los caballos dejando el Cristo en él. La talla del Cristo es del Siglo XVI, conservando aún parte del bello arcaísmo de reminiscencias góticas. La procesión de esta Hermandad en la noche del Viernes Santo es un verdadero museo en la calle, porque conserva valiosos enseres artísticos de los siglo XVII, XVIII y XIX.
Entre los enseres más destacables está la cruz con dosel del Cristo y su cruz de plata, una seña de identidad de esta corporación. Los bordados de los mantos de la Virgen del Rosario y de las Angustias, son dignos exponentes del bordado tradicional del XIX. Las antiguas sayas de la hermandad, al estilo tradicional marchenero, fueron resultado de la norma de procesionar con la efigie cubierta y fue sustituida a principios del siglo XX por su elevado coste. El palio de plata cincelada de la Virgen de las Angustias es otra reminiscencia de las tradiciones del XIX que esta corporación ha sabido conservar.
Liberar cristianos cautivos fue el objetivo de la orden catalana de la Merced que se estableció en la marchenera puerta de Osuna en 1537 con el nombre de San Andrés. En la iglesia destacan dos obras de Luis de Morales, la Piedad y un Nazareno, los frescos del coro, y pequeñas esculturas en marfil, procedente de la India y alabastro, de Sicilia.

Paraísos cercanos
El pantano y sierra de La Puebla es el entorno natural más interesante que actualmente se conserva en nuestro entorno más inmediato y supone una buena opción para aquellas personas que no tienen la oportunidad o carecen de tiempo para realizar un viaje más largo a otros enclaves serranos andaluces.
Siguiendo hacia el sur el curso del Corbones encontramos el pantano de autoregulación de la cuenca, construído en la década de los ochenta, ubicado en plena sierra sur sevillana, aunque apenas a 15 kilómetros de Marchena, por la carretera Marchena-Puebla de Cazalla. Supone el límtie natural entre el enorme llano de Sevilla y las serranías gaditanas y malagueñas.
Ascendiendo desde La Puebla de Cazalla obervaremos cómo el Río Corbones nos acompañará durante todo nuestro viaje, mientras poco a poco, las tierras se van haciendo cada vez más escarpadas y los olivos comienzan a alternarse con encinas, pinos y hierbas aromáticas de toda clase. Pero estas no son encinas cualquiera, estas son las encinas de Lorca. "Bajo tu casta sombra, encina vieja/ quiero sondar la fuente de mi vida/ y sacar de los fangos de mi sombra/ las esmeraldas líricas”.
La carretera deja justo al borde del pantano del Corbones, cuyas aguas inundan muchas hectáreas situadas entre los términos municipales de La Puebla y Osuna. La abundancia de las aguas nutre a muchas especies de animales y plantas. Es un paraje interesante para el turismo natural con varios proyectos de zonas de ocio. El recurso del pantano es aprovechado para los pescadores, que lo visitan con mucha frecuencia para ejercitarse en la práctica de la pesca deportiva. Puede resultar armónica con el medio ambiente siempre que se devuelvan las especies capturadas a las aguas.
Volviendo desde el pantano hacia La Puebla y tomando el primer desvío a la derecha encontramos la carretera hacia la pedanía ursaonense de el Puerto de la Encina. Esta carretera aunque no está en muy buen estado nos permitirá contemplar los más bellos paisajes de toda la serranía, con vistas de todo el pantano, además de municipios cercanos como Villanueva de san Juan, en cuyo término nace el Corbones.
Por esta carretera existen varios miradores naturales donde descubrimos la típica vegetación serrana, y una gran exuberancia de especies, sobre todo encinas, lentisco y pinos, además de una gran variedad de plantas aromáticas como, romero, tomillo y lavanda. Siguiendo hacia El Puerto de la Encina, nos acercamos a los picos de La Gomera y El Gomerón, dentro de término de Osuna.
Contienen en sus faldas bellos ejemplos de bosque mediterráneo. Podemos llegar a este paraje a través de una vereda pública, que nace en las últimas casas de Osuna o a través de la carretera Osuna-El Saucejo.

El enclave de La Gomera, ha sido objeto de una importante labor de deslinde de vías pecuarias que ha sido premiado por la ONU. Si hace pocos años estaba en manos privadas, hoy ya es parte de la red de caminos públicos andaluces. Merecen ser destacadas especies como el romero, la olivilla o el orégano, un tapiz vegetal donde la fauna, compuesta por rapaces como el búho real, el buitre leonado y el águila culebrera, encuentran un lugar ideal para su desarrollo.Además, la empresa privada ha construido un complejo de turismo rural, con alojamientos, restaurantes y zonas de ocio.

Por el camino, el terreno se va elevando y haciendo más escarpado y nos encontramos con arroyos como el del Peinado, con su bosque de galería, y con gran cantidad de hierbas aromáticas y especies naturales. Además, entre los dos picos de la Gomera y el Gomerón, reconocibles desde muchos kilómetros a la redonda, existe un lugar donde es posible observar buitres en estado natural, que vienen aquí a alimentarse desde el peñón de Zaframagón.

La furia del tiempo

La furia del tiempo no ataca a todos los espacios urbanos por igual. Aparece mucho más implacable en los lugares comunes, esos mudos testigos de la evolucion diaria de los que fueron y serán. Y siguen contemplando a los que hasta aquí vienen a intentar escaparse de esa implacable furia: las plazas, abiertas y generosas como una fruta madura; universo común, moderno foro y lugar donde reconocernos.

Si hay plazas que nos hablen de gentes y lugares esas son tres: la Plaza Ducal o de arriba, la Plaza nueva o del Ayuntamiento y la Plaza vieja, de abajo o del Padre Alvarado. Las tres rebosan de vida, a pesar de todo y ojalá así siga siendo por mucho tiempo, pues mientras nuestras plazas estén vivas, vivir en este lugar aún tendrá sentido. Las tres son un balcón o resumen del pasado y una esperanza de futuro.

"Cuatro versos de cal te delimitan/ oro, fragua e historia/ eres gloria de guitarras y bronces que dormitan". Hay que invocar versos de Antonio Salvago para que él nos revele cómo las grandezas y miserias de los marcheneros están escritas a fuego entre las medievales piedras de la nobiliaria, pero a pesar de todo sencilla Plaza Ducal. Durante cinco siglos, estas blanqueadas arcadas, estas columnas tímidas fueron sosteniendo las macetas de gitanillas, junto a la emoción o la tristeza por el desfile de las tropas del Duque, que partían hacia la guerra de Granada, hacia el intento de toma de Gibraltar o a proteger Cádiz de los ataques enemigos. Por eso a veces sus arcos simulan ser como ojos muy abiertos escrutando el tiempo.

Para testimoniar que verdaderamente existe la furia del tiempo que viene seriamente a cuestionar los cimientos del más firme de los sistemas, el edificio que durante muchos años dio sentido a esta plaza no está. El palacio de los duques, que se tardó varios siglos en construir y desde donde se regían los destinos de las vidas y cosas, fue destruído tras la ruína de Mariano, el Duque antinobiliario.

A finales del siglo XIX profética o simbólicamente, por desidia, ruina, falta de funcionalidad o quizá porque se dió cuenta que ya no servía de mucho, el orgulloso edificio se vino abajo en apenas diez años, como un viejo achacoso, dejando el recuerdo de unas ruinas del ducado. Desde el palacio Marchena se derramó irremediablemente colina abajo inundando todo de los sedimentos de su propia civilización, como una lluvia de sí misma. Grandiosas y viejas casonas, rancio abolengo, callejones umbríos, pretéritos imperfectos fueron sustituidos por pequeñas casas en calles anchas y soleadas con historias por inventar.

Sin embargo perdimos una de nuestras joyas arquitectónicas, góticos pasillos, patios platerescos y renacentistas salones llenos de joyas, obras de arte y recuerdos de las grandezas del pasado. La pobreza y la vida, que por entonces eran sinónimos, se adueñaron de tanto esplendor pasado, de tanta vanidad de artista, de tanto hijo bastardo, de tanta intriga palaciega y conjura de nobleza. Desde la antigua facha de palacio, del que ser conservas algunas murallas, ventanas y arcos, parte un pasadizo hacia la zona del parque, antiguo jardín, que conserva restos árabes.

Todo lo importante en el pueblo ocurría en la Plaza Ducal, las fiestas de toros, las representaciones teatrales, las grandes celebraciones, las representaciones de la pasión del Viernes Santo, o mandato. Gracias al mandato de Jesus Nazareno conservamos una de las pocas fotografías de cómo era el palacio. Un gran edificio de cuatro plantas con una portada monumental que, encaramado a la muralla sobresalía de todo el blanco caserío marchenero. Y gracias al mandato hoy podemos reivivir cada año, un trozo del pasado.
Un exvoto devocional de la capilla de la Vera Cruz nos muestra otra imagen de la plaza en el siglo XVIII, con el palacio en un extremo, el antiguo convento de Capuchinos -fundado en 1651-, también desaparecido, en su extremo norte y a los piés el edificio de las antiguas casas consitoriales (1713), que aún se mantiene. Alonso Moreno -quien trabajó en San Agustín- se encargó de construirlo al tiempo que remodelaba y daba unidad a todos los edificios de la plaza.

Tras la ruina del ducado, tanto el barrio antiguo, como la más bella plaza mayor de tierras sevillanas, fue poco a poco relajándose. El Ayuntamiento cambió de ubicación, y poco a poco, el duende de la guitarra y del arte gitano fue haciendo suyo aquel plácido aire de noches veraniegas y amores pagados. Allí nació el gran guitarrista Melchor -"gitano de cobre y sombra"- según Salvago- y durante muchos años ha sido el escenario de uno de los festivales flamencos más prestigosos, la "Fiesta de la guitarra" por donde pasan cada año los grandes genios del flamenco. Por encima del tiempo, la plaza conserva gran parte de su esencia original.

Mucho más transformada, la Plaza Nueva o plaza del Ayuntamiento ya no conserva los lienzos de muralla, ni la torre del reloj que existió hasta principios del siglo XX. La actual torre del Ayuntamiento, y su reloj "donde el tiempo se hace arena, cenizas los pensamientos", han heredado esta tradición de ser la plaza del tiempo.

Levantada sobre las ruinas del convento franciscano, el edificio del nuevo Ayuntamiento, levantado en los años 60 vino a sustituir el símbolo del poder que hasta entonces fuera la Plaza Ducal. Su antigua estampa era para algunos un poco triste y solitaria, sin demasida utilidad mas que para cobijar parejas de enamorados bajo los naranjos. Durante algunos años se celebraba el mercado y en uno de sus costados estuvo el casino liberal, con su teatro y sus compañías de Zarzuela, cuyas primeras actrices auxiliaban a los marcheneros en sus urgencias de amor.

Así que derribaron la muralla y la torre, que estaría sobre las actuales escalinatas. La nueva casa consistorial se ideó simbólicamente para unir a la vieja y la nueva Marchena, mirando hacia el este donde se levantaban los nuevos barrios, eso se dijo. También mirando al antiguo convento de dominicos que tiñe este espacio de luto en la noche del Viernes Santo y mirando la lejana grandeza pétrea de San Agustín.

Si Roma tiene piaza del Popolo, Marchena tiene plaza del Pololo, o plaza vieja, crisol del tiempo, adivinó Antonio Salvago. "Por cuatro arterias te afluyen mansamente sangre y tiempo". Para averiguar el origen del nombre lo mejor es entrar en el bar que allí existe y pedir una cerveza insuperable. El busto del Padre Alvarado -"el hombre sueña su sueño" según Salvago- le presta su auténtico nombre. El polémico filósofo personifica la pasional relación de los españoles con la poítica. Basta decir que los tradicionalistas erigieron este monumento en la plaza de San Juan, que fue arrancado durante la segunda república y restaurado de nuevo en esta ubicación en 1937. Dicen que lo que tiene en la sien es un tiro.

La plaza, que "desde el arenal, manando diligencias y emboscadas" busca el aroma agreste de las posadas, "olor a caballerizas, a cuero antiguo y malva" dentro del primer arrabal histórico fue principal entrada antigua en el municipio en los costados del antiguo camino de Sevilla. Hoy es ideal para tomar un aperitivo al sol, junto a las palmeras- ha heredado una tradición hostelera de siglos. En uno de sus frentes estuvo la casa de baños -hoy hostal- que atraía a muchos visitantes a principios del siglo XX. En la calle Mesones, se alineaban las casas de huéspedes o mesones. Los de los Caballeros y de la Fuente (propiedad del Hospital de la Misericordia), de la Fruta , de la Ventilla y de la Miel, que en 1713 y por el abundante trasiego de tropas con destino a defensa de Cádiz o el ataque de Gibraltar en la guerra de Sucesión, quedaban tan destrozados que el cabildo debía repararlos muy frecuentemente, según nos cuenta Juan Carpio. "Ya nos dejas cantando/ en la plazuela./¡Arroyo claro /fuente serena!”, dijo Lorca.

La fuente de la que tomaba el nombre aquel mesón era la de las cadenas, pero no la que hoy aparece junto a la antigua casa de baños con el nombre de San Antonio y la fecha de su construcción -1864-. Sino una con grandes caños y pilares para abastecer al ganado, y rodeada de grandes cadenas. En las fuentes se reunía la gente a hablar según este relato de Washington Irving. "Continuamente andan por la ciudad hombres vendiendo el agua que llevan en grandes cántaros sobre sus propios hombros o sobre las espaldas de sus borricos, son los que mejor y más pronto tienen conocimiento de cuanto acontece en las ciudades. Como que a la mayoría les gusta charlar, no dejaban de contestar ampliamente a cuantas preguntas se les hacían, acerca de las últimas noticias. Con lo cual ese pozo se había llegado a convertir en lugar de reunión de todos aquellos a los que interesaba más lo que sucedía en casa de sus vecinos que en la suya propia". Quizá la fuente sea el origen de la prensa del corazón y del cotileo.
También tiene esta plaza aire moruno, pues a la imponente presencia del Arco de la Rosa, que custodiaba un cuadro homónimo y que le daba nombre, hay que añadir los alfices y adornos árabes que aún conservan algunas de sus casas. Aún se conservan en torno a reste arco una de esas leyendas de amoríos entre cristianos y moras, que tanto abundan en los pueblos con restos árabes.

Además está la prolongación natural de esta plaza que es la plaza de la Constitución, con su improvisada parada de autobuses bajo los miradores sobre las murallas o con su fuente en el centro. Y más abajo, la avenida, así llamada por los marcheneros, por ser la más antigua, el Arrecife, -con su parque y su antiguo baño de los caballos, salida natural de manantiales. Allí estuvo la feria, pero también los teatros,-teatro Colón o cine Campoamor- y se celebraban los antiguos desfiles de carnaval, ya desaparecido. "Yo recuerdo muy bien el carnaval de Marchena, que era un señor carnaval, muy a lo vivo, con sus bailes de máscaras, y sus bonitos desfiles de carrozas por el "arrecife", carrozas de gatitas, y de ratones enjaulados y de aves del paraiso, y de hadas. Y con su ruletita en el Casino...", recuerda Luis Camacho.

Hay más plazas con solera, como la de San Juan, con ecos de campana antigua -La Calada, única que mereció un apodo y un poema de Salvago "aquí tu bronce o tu carne, no tu voz ya sabida" presidida por la mudéjar fachada de la iglesia, y algunas casas palacio destacables. A su izquierda está la Casa Fábrica, (1771) antiguo almacén eclesiástico y hoy biblioteca, un edificio lleno de barrocas líneas curvas dibujadas por Ambrosio Figueroa. Allí desemboca Doctor Diego Sánchez, la calle muerta que resucitó y mantiene los blasones en sus costados. Esta calle, esta plaza, este barrio es un lamento de piedra que está "naciendo y muriendo eternamente".

O la plaza de la cárcel donde se dan la mano la tradición cervantina y saetera con la casa más antigua, la del Ave María. O la de San Andrés, "nardos en los brocales, lunas en los parterres" antigua puerta de Osuna, presidida por la espadaña del convento y los restos del antiguo colegio de San Jerónimo. O la de San Sebastián, con la antigua ermita del otro arrabal histórico.
Pero más que leer sobre ellas, lo mejor que se puede hacer, es sentarse en ellas y contemplar con parsimonia, como pasa por delante la furia del tiempo, mientras nosotros intentamos retener en nuestra memoria esta sensación de tiempo detenido entre los azahares primaverales.

Estrellas en pleno día
“¡Oh torre vieja! Llora/ tus lágrimas mudéjares/ sobre este grave patio/que no tiene fuente”. Desde la torre lorquiana de Santa María -falsamente moruna y más que otra cosa renacentista y toscana según Ignacio Camacho- recorre las nervaduras y los contrafuertes de todas las iglesias marcheneras una fuerte tradición mudéjar de tradición árabe, que llegó hasta el siglo XVIII, tal y como ha investigado Juan Luis Ravé. Y de esta forma, si en el interior de una iglesia miramos hacia el techo es muy probable que veamos un prodigio de estrellas de caoba o pino, ribeteadas de cal, aunque estemos en pleno día. La armadura del salón principal de la casa fábrica construída hace pocos años, es la llegada a la contemporaneidad, de una costumbre -casi religión- que no ha querido dejarse vencer por los siglos de los siglos, -amén- y cuyo profeta es Diego López de Arenas.
"La mayor parte de la arquitectura realizada y proyectada por maestros locales tiene rasgos mudéjares" explica Ravé. Esta característica común está presente en la mayor parte de las iglesias del municipio, gracias a los gustos imperantes que marca una personalidad propia, entre los municipios vecinos y cuyas características propias son la flexibilidad, la sencillez de los materiales y su durabilidad. Y no solo en las iglesias, también se conserva en numerosas viviendas y almazaras.
Poco después de la conquista, en 1296 se conservaba el barrio musulmán en la marchena cristiana. La importante herencia constructiva islámica de la muralla había creado no solo un precedente sino todo un grupo de obreros especializados en determiandas técnicas de la albañilería. Los alarifes mudéjares continuaron trabajando muchos años al servicio de los Duques, necesitados de su pericia, pues no sólo había que reparar la muralla, de un pueblo en medio de llano, también reformarla para protegerse de los enemigos no solo árabes, también cristianos. Ponces y guzmanes protagonizaron una encarnizada guerra civil.
Y así, podría decirse que un grupo de obreros islámicos conservarían los conocimientos de sus técnicas constructivas y ornamentales hasta 1618, -cuatro siglos después- cuando el visitador del Rey indica que informado que en la villa "andan algunos moras y moros libres, que están rebeldes y pertinaces" señalando que también hay muchos otros esclavos, y pide que si no dan muestras de querer convertirse "sean echados desta villa".
Las puertas mudejáricas de San Juan nos muestran gran versatilidad a partir de un elemento tan sencillo como el ladrillo y en el exterior de toda la iglesia está decorado con almenas mudejáricas, iguales a las existentes en la mezquita cordobesa. Las portadas de San Andrés y San Lorenzo siguen el mismo modelo. San Miguel se construyó también en torno a 1528 tambien en este estilo- tras la gran expansión de este arrabal histórico. Una de sus portadas, hoy en patios interiores, también es mudéjar. San Sebastián también se inició por los mismos motivos y bajo el mismo estilo, aunque luego fue reconstruida tras el terremoto de Lisboa.
La armadura ochavada de la sala de audiencias de los juzgados, nos habla de la grandeza perdida del antiguo convento franciscano, pues a él perteneció. Su decoración deriva de la técnica nazarí y es semejante al usado en algunas techumbres del palacio, hoy en el palacio sevillano de la condesa de Lebrija.
Ravé nos habla del gran artesonado de San Juan, el más importante junto al de Santa María, que no se usa sobre el presbiterio, el lugar más sagrado, por no ser de tradición cristiana. La rica armadura de par y nudillo cubre el templo con una decoración exhuberante. Los motivos centrales son piñas de mocárabes inscrita en un octógono. En conjunto, una de las más originales y ricas de la época. También cabe destacar una amplia variedad de pilares soportes, columnas y semicolumnas, que no pueden verse en otras iglesias.
En Santa María sobresale su armadura ochavada en los dos extremos construida probablemente tras el terremoto de 1356 que afectó a la iglesia, como lo demuestra la inclinación de algunas columnas. Tampoco faltan elementos árabes en la fachada principal, que se compara con los templos góticos más primitivos de Andalucía. Pero el elemento más llamativo son las tribunas situadas a los pies que permitía a los Duques acceder a la iglesia desde su palacio, gracias a unas galerias altas sujetadas por arcadas.
Lopez de Arenas -nacido en el barrio de San Miguel en 1579 de familia relacionada con los alarifes que trabajan para el Duque- recogió en 1633 toda ésta tradición constructiva aprendida en sus años de formación marchenera y la plasmó en el único tratado que existe en España, de similares características. Después de trasladarse a Sevilla y establecerse en el barrio de Omnium Sanctorum fue nombrado en 1622 Alcalde Alarife del Ayuntamiento sevillano, en donde no olvidemos, los duques de Arcos, dejaban sentir sus influencias. Su responsabilidad era controlar y representar al gremio de albañiles.
Su meta, imitando a Juan de Oviedo, era ser maestro mayor de obras de la ciudad. Su obra recoge conocimientos de albañilería, geometría, carpintería y obras públicas. Participó en el grupo de expertos que asesoró a Felipe IV en su estancia en Sevilla. En torno a 1605 participó construyendo un altar para el convento de Portacoeli con los maestros Juan Martínez Montañés y Francisco de Pacheco. La obra de Lopez de Arenas ha sido reeditada en numerosas ocasiones hasta nuestros días y de ella aún encuentran los albañiles interesantes consejos prácticos.

Trío de ases
Desde la Plaza Arriba el viento trae la legendaria sonoridad de una vieja guitarra gitana, jugueteando por los cielos con voces como trinos. La vieja Tía Gilica, una cantaora a la que debemos un estilo por soleá, Juan el Cuacua o el Lico fueron los forjadores del misterio con Pepe el de la Flamenca.
Cuando la verdad se hace cante surge el misterio. Misterio de nuestra santísima trinidad flamenca. La autenticidad es una herencia que recibe el marchenero en la cuna, a través de la leche materna y del alimento primigenio que nace de la tierra, del campo, alfa y omega, principio y fin. Otra cosa es lo que haga luego cada uno con esa herencia.
Verdad son las cosas más sencillas, -una mirada, una calle, una primavera, un amigo leal, un amanecer, una luna de jueves santo, la alegría, la infancia-. Es lo que queda cuando se quitan las circunstancias y las excusas, las necesidades y los anhelos, el tiempo y la espuma.
El flamenco es hoy uno de los pocos territorios de auténtica libertad, porque es el lenguaje del alma que sale a borbotones, sin excusas ni intermediarios, cuando ella quiere. Es uno de los pocos campos donde alguien que nace con arte tiene su sitio aún si haber ido a colegios ni academias, aquí no te piden títulos ni certificados. Es una rama del arte en la que no se necesita nada. Ni métodos, ni estudios, ni técnicas ni filosofías, solo una guitarra, tener voz, tener arte y tener alma, no haberla vendido al diablo por el éxito.
Por ejemplo, para Melchor de Marchena, -gitano de cobre y sombra según Antonio Salvago- apóstol de la guitarra, Melchor Jiménez Torres (1907-1980) la verdad era un potajito con sinojo. De esta forma nos cuenta Luis Camacho, cómo expresaba su sentido de la autenticidad aquel broncíneo flamenco, que desde su señorío antiguo y superviviente aún escruta los límites del universo desde un balcón florido de la Plaza Arriba.
Lo dijo uno de los tres guitarristas de la historia del flamenco, a juicio de los críticos: -"Madrid, la gente, los teatros, los tablaos. Ná. To eso es ná. To eso no vale ná". Sentenció Melchor. "Lo que vale es una tarde en el campo, con dos o tres amigos, a la sombra de un árbol, con una botellita fresca de jerez y la guitarra al lado, y comerse mu despacito un potajito con sinojo".
Ese es el lenguaje de la verdad, que llega al alma, pasando por encima del cuerpo. Le gustaba poco hablar. Su lenguaje era la guitarra, un lenguaje claro, conciso y diáfano, valiente y entero, con adejetivos de siguiriyas, adverbios de bulerías, pronombres de tangos, silencios de soleá, y expresiones de alegrías. Así era Melchor, un guitarrista entre dos tiempos. Entre el tiempo de la guitarra como acompañante y el de la guitarra solista. Preferido por los Manuel Torre, Pastora Pavón o Antonio Mairena, los maestros del pasado de los que aún se podía aprender, los que “cantaban flamenco” en palabras de un maestro reivindicado además por los nuevos creadores.
“Madrid para ganar dinero", como él dijo pero Marchena es el lugar donde "mamó" la verdad. Una verdad de plaza arriba, plaza calé, donde no cesaban de cantar las gitanas antiguas, con susurros que se colaban entre las sábanas de las madrugadas de verano como el olor de una flor de gitanilla, acunándole entre sueños, nutriéndole con la verdad del cante. "A las cuatro de la mañana escuchando cantar, esas grandes mujeres, estas gitanas”...
Las gitanas antiguas "Hablaban a su manera y a mí me quitaba el sentío” decía Melchor. “Comprábamos en aquella época arrobas de vino. Cogía algún guitarrito” y a dejar salir a borbotones la verdad aprehendida a golpes de corazón. Entre la verdad y la humildad siempre hubo buenas relaciones, porque el que es grande no necesita decirlo: se le ve venir en su grandeza. “Todos son mejores que yo, todos son fenómenos. Pero mi arte me lo llevo yo conmigo”.
Hablaba poco, y solo en ocasiones destapaba el viejo tarro egipcio de las esencias. “A mí me duele horror cantando” decía refiriéndose a tal o cual cantaor que le gustaba mucho. Lo dijo de Manolo Caracol, “cuando canta él, saco cosas en la guitarra que no las sé”. Ahí está el duende entrecomillado, eso que han buscado durante siglos y siglos los críticos. La máxima expresión con el mínimo de palabras, la intuición por encima de la razón. Ahí está el “cantar puro y tocar puro” el arte de Melchor. Ahí está la verdad.
Varias décadas después de que Luis Camacho reivindicase que se hiciese un monumento a Melchor en la plaza arriba, con una botella de Jerez y una olla de potaje con sinojo, me sumo a esta petición. Tampoco es ajeno a los duendes su hijo, Enrique de Melchor, (cada siglo da Dios una cosa grande, y este siglo le tocó a él, dijo su padre), o su sobrino, hijo de Chico Melchor. Que son la nueva generación de melchores que aupados sobre hombros de gigante están llevando la tradición flamenca gitana marchenera al siglo XXI. Por cierto Enrique de Melchor - Enrique Jiménez Ramirez, Marchena 1950- el nuevo apostol de la guitarra compuso un tango llamado “plaza arriba”.
Enrique empezó a estudiar guitarra a los doce años, oponiéndose a la opinión de su padre. Estudió el repertorio clásico y aprendió flamenco por si mismo. Pronto tocó con Paco de Lucía, y le acompaña en gira a Japón y por en Europa. Después formó el cuarteto "Torres Bermejas", con el bailarín Manolete, Pansequito y Camarón de la Isla.
Con José Menese (1970) formó un dúo estable y destacado de la historia del flamenco. En su último disco ("Arco de las rosas" 1998), permanece fiel a su estética y parece acercarse, por su espíritu al estilo de supadre, consiguiendo obtener una síntesis entre forma tradicional y el lenguaje armónico y rítmico contemporáne.

Como de algunas calles de Marchena, cabe decir de Pepe Palanca uno de los profetas del fandango, (José Lebrón López 1904-1976) que su arte no está para el primero que pasa. Recorrer una calle, por muy bella que esta sea, con nuestra mirada prendida de cotidianas preocupaciones no ayuda a sentirla. Para llegar a su esencia hay que olvidarnos de nosotros mismos por unos momentos. Sentarse en un sardiné recién regado a tomar el fresco de la tarde de verano o primavera, para poder así sentir el olor de la dama de noche que se derrama inundándolo todo de su misterio. Así es Pepe Palanca, hay que pararse a escucharlo, como si estuviéramos con él sentados en un sardiné del barrio San Sebastián charlando plácidamente.
Como dijo Anselmo Gonzalez Climent, “Palanca, sin ser más jondo que Pastora, Aurelio o Chacón, es tan vertiginoso y sintético, verdad de a puño, que exige estar muy metido dentro del cante para disfrutarlo en toda su magnitud”. Es decir, se trata de un cantaor absorbente, de esos que se beben como una copa de vino, cuando verdaderamente se necesita “de un tirón”. Su popularidad en los años veinte, treinta y cuarenta fue auténticamente grande, siendo su fandango muy imitado por los aficionados en fiestas y reuniones.

Lejos de repetir esquemas de éxito, o de cuadricular el cante, su imprevisibilidad venía a cumplir una de las mayores condiciones del cante grande: el duende. De nuevo ese minúsculo e inexplicable sentido de lo inefable y eterno, donde viven las antiguas musas griegas del arte, aparece relacionado con otro cantaor marchenero “todo él madrugada para un simple quejido, quizá el verdadero”. De cante “áspero, tirado”, más que un estilo un temperamento. Tirado. Un gesto de la mano imperceptible y certero, una pequeña protesta en medio de la tradición como diciendo: "ahí queda eso".

Fandangos en Pakistán

Aziz Balouch era un joven, despistado y curioso estudioso de la música y el folclore pakistaní recién aterrizado en 1933 en España, maravillado por la leyenda de Al-Andalus cuando le llevaron a ver un espectáculo flamenco de Pepe Marchena, máxima figura del momento. Cuando lo escuchó cantar, algo muy profundo se removió en su interior al comprobar que la estructura y la raiz de la música de su tierra y la andaluza eran básicamente la misma. Sin embargo la música del país de Aziz era de uso sagrado, por eso no entendió que su hermano el flamenco estuviese tan degradado por aquellos entonces a capas sociales mal vistas.

Posteriormente, ya ante el maestro de maestros, éste le pidió medio en broma que cantase algo de flamenco. Y ante la sorpresa de éste Aziz comenzó a cantar una milonga con tal facilidad que José Tejada y su guitarrista Ramón Montoya, no lo creyeron posible. De tal forma eran similares ambas tradiciones. A raíz de aquel debut, pasó a ser discípulo de Marchena y conocido popularmente como Marchenita, grabando fandanguillos, malagueñas y colombianas.

Aziz descubrió además la herencia de Ali Ben Nafi Ziryab, músico y estudioso de los instrumentos, enviado por el califa de Bagdag al de Córdoba, que extendió un puente musical entre Al-Andalus y Pakistán, un enriquecimiento mutuo entre los dos extremos del islam que es una de las posibles raíces del flamenco, actualmente aceptada por muchos estudioso.
El pakistaní Aziz invitó a Pepe Marchena a ofrecer una serie de cantos explicativos en Karachi a donde acudió en 1961. Tejada quedaría asociado a la teoría pakistaní del nacimiento del cante flamenco, una de las posibles, entre otras, como la tradición islámica, rica en el uso de melismas. "Esos motivos, esas formas de tocar, los he oído en la música turca toda mi vida” dice el músico turco Omar Faruk, que trabaja actualmente fusionando música árabe de su país y flamenco, con artistas andaluces. Tanto Faruk como Aziz tienen un sentido sagrado de su música y vieron lo mismo en el flamenco.

A partir de 1950, Antonio Mairena y Ricardo Molina imponen su teoría de que los gitanos son los creadores del flamenco “integrando en ellos aquellas diversas tradiciones musicales que encontró todavía vivas en la abundante población morisca”. Según ellos, los gitanos le añadieron su sentido del ritmo y de la danza. Para G. Matos, el cante existía antes de los gitanos y para Blas Infante hubo una comunión entre moricos y gitanos, ambos proscritos y un intercambio de tradiciones musicales. «Ya es bantante significativo que moriscos y gitanos compartan los nuevos apellidos castellanos, como lo es el hecho de que aquellos lugares y enclaves donde hubo una mayor población morisca, sean, precisamente, en los que se asentó el mayor número de gitanos: Albaicín, de Granada, Las Alpujarras, el barrio sevillano de Triana, Lebrija, Marchena, Utrera ... y Jerez de la Frontera.»

Siguiendo el dicato del cante gitano y de un libro publicado por Antonio Mairena y Ricardo Molina, se establecieron dos bandos en el flamenco, los defensores del sentido gitano, que además buscaban exclusivamente la pureza, encabezados por Mairena y los demás que de alguna forma quedaron señalados como heterodoxos, a los que se culpabilizó de todos los males del flamenco. Y el mayor heterodoxo era Pepe Marchena, seguido de El Fillo, Franconetti, Chacón, Caracol, Vallejo y Morente, quienes de alguna forma quedaron apartados, marginados, discriminados.

Antonio Burgos compara a Tejada con Camarón. “Camarón volvió loco a los cantaores, como Paco de Lucía volvió locos a los guitarristas. Todos van por la rodada de su carro. Es exactamente lo que ocurrió con Marchena antes”. Como ha dicho Manuel Barrios, "para unos Pepe Marchena es la primera mentira del cante; para otros, su última verdad". Fue el primer heterodoxo del flamenco y protagonista a su pesar de un debate eterno hasta el punto de ser definido como el cantaor más controvertido de la historia. En los últimos años se impone una unión de ambas corrientes y muchos grandes maestros reivindican la figura de Tejada.

Ahora sabemos que pueden convivir acercamientos distintos al flamenco y distribuirse méritos desde la justa ponderación, sin prejuicios. El 2004 fue el año del centenario de su nacimiento y de su pública restauración. En un acto celebrado en Barcelona, organizado por la sociedad de autores Enrique Morente y Ortiz Nuevo presentaron al maestro como un genio maldito, un Dalí del flamenco "poderoso, tierno, excesivo (…) también algo disparate, surreal, vehemente, sutil, creador…"

Uno de los primeros recuerdos que tengo de mi vida es el entierro de Pepe Marchena, José Tejada Martín. (1903-1976) con el ataud flotando sobre una multitud de cabezas por la calle que hoy lleva su nombre.

Con sus luces y sus sombras, -modernidad y tradición, creación, y adaptación, sobriedad y extravagancia-, atesora todo un universo con la marca indeleble de una fuerte personalidad que durante 50 años hizo suyo el cante. Si Melchor recibe la herencia del cante de la plaza arriba, Tejada supo cual iba a ser su destino mientras guardaba ganado entre los encinares de Montepalacio: el amplio paisaje marchenero le entregó su libertad.

El se sintió libre, para después de ascender una escalera de pequeños concursos en pueblos perdidos, autoerigirse en el primer rey flamenco, maestro de maestros que conquista todo tipo de públicos y toda clase de corazones. En cuanto a su proyección pública, trascendió del ámbito flamenco y se convirtió en estrella cinematográfica, protagonizó tres películas. Se convirtió en empresario de espectáculos flamencos. Se codeó con actores de Hollywood, reyes y reinas.

En muchas obras alternó la actuación teatral con el cante. Fue el primer flamenco en hacer giras por sudamérica, actuando además en el norte de Africa, Pakistán, Israel y varios paises europeos.

Entendió la imagen pública del cantaor como un gesto diferencial, y de reafirmación, tras huir de la miseria. Sacó el cante de su cauce natural, para lograr que otras latitudes y otras gentes se interesaran por él. Tuvo vocación universal y alma de pueblo. De su pueblo. No adoptó maestros ni modelos sino que creó el suyo propio. Inventó un nuevo palo, la colombiana y puso de relieve los cantes de ida y vuelta. Creó una escuela de imitadores que aún continúa, como un Elvis flamenco.

Un Tejada que está en la memoria colectiva de media España. Todo el mundo recuerda las letras de sus cantes, que es lo mínimo que se le pude pedir al máximo exponente de un cante popular como el flamenco. Que sea de la calle. Y Tejada lo era. De la calle Arahal, barrio de San Miguel. Marchena.

Por todo ello, su pueblo le ha dedicado una estatua de bronce, y ha colocado una placa en la casa natal del artista, en la calle Arahal. Tampoco hay que olvidar el club Pepe Marchena, donde estuvo su capilla ardiente y donde se recogen sus fotos. Marchena cuenta con con su tradicional Festival de la Guitarra, que se celebra en la palza arriba cada mes de julio. Destaca el Concurso Nacional de colombianas el Certamen de Saetas, la Asociación Arte y Compás, la Peña Flamenca, o el grupo El Roete, repletas todo el año de actividades y de gente dispuesta a dar una explicación certera de la historia del cante en este pueblo.

Memorias de pasión

Desaparecidos, los duques, las órdenes, los siervos, las disputas entre ordenes religiosas, la grandeza y los palacios, las servidumbres y los vasallos, las circunstancias, las piedras y los siglos. Qué queda de toda aquella grandeza, qué para poder reafirmarse en su esencia ante la furia del tiempo, qué argamasa une las piedras de nuestras distintas formas de ser. El marchenero de la arena y del viento, el del asfalto y el papel cuadriculado, el que se fue a la orilla de la supuesta modernidad, el de un lado y el de otro. El de hoy, el de ayer, el de siempre. Ante la vida y la muerte. Qué queda hoy de todo lo que fue, que pueda tocarse con las manos: la semana grande.

Si el tiempo personificado, hubiese ordenado a sus herederos en esta tierra, que cuidasen de este hijo suyo que es el rito primaveral, no hubiesen puesto mayor empeño en cuidarla y transmitirla intacta. Conservad sin alterarla, la flor, el secreto de esta tradicion. El tiempo puso sobre los hombros todo esa cultura. Marchena la recogió y la hizo suya, más allá de esquemas, estructuras y condicionantes, de poderes, terrenos o no, y organizó todo a la perfección para custodiar este nuestro ultimo tesoro impoluto. No tocar esta tradición, que es asi. Inmutable. Lo único que no cambia, mientras todo se desvanece.

Reloj, calendario, vara de medir, medida de nuestra actitud frente a la vida. Punto de inflexión y distancia con nuestra propio yo, individual y colectivo. Si hay algo en este reencuentro con la primavera, que no esté en otros días, eso es el tiempo pasado, que a través de los que fueron salen a la calle a buscarnos para llevarnos de su mano como a niños.

Algo misterioso y telúrico llama a las puertas de nuestra infancia, del alma colectiva y nos hace ir cada primavera en pos de la secreta fragancia del azahar, que es como el aroma de la memoria. Algo que tintinea como los caireles del los palios, o algo que truena como temblor irresistible de piel de tambor. Como un aldabonazo en nuestras conciencias que indica que el tiempo ha llegado, la primera luna llena de la primavera ha llegado, y las sombras han llegado sobre la cal recién puesta. Ha llegado el tiempo sin tiempo.

No hay tiempo. Viernes Santo, mediodía, almenas, Cantillos y un ondulante aletear morado de mirada humana sobre nuestras cabezas. No hay tiempo, solo un imperceptible ruido sordo de centro del universo, de giro de pequeño planeta ensimismado en sí mismo.

Rito de la primavera, aprendizaje, despertar a la vida. Se empieza jugando por los pasillos de la niñez con estampas, se continúa en las cruces de las plazuelas de mayo, robando flores a abril para ponerla en una caja de cartón, junto a una tela, cuatro cirios y una postal. Se continúa descubriendo el misterio en lo oscuro de las altas bóvedas y espadañas, limpiando plata, haciendo recados. Se pone uno de largo ante la muchedumbre de vencejos del Arco de la Rosa bajo los pasos de San Juan o triunfo de la Santa Cruz, o en una banda de música. Y se culmina el recorrido ya en la madurez ordenando con cariño y decisión frente a un paso, ciñendo la humilde corona del costal, o bordando con la palabra alamares en la madrugada de lo mudéjar.

Alejada de las grandes corrientes comerciales e intrigias catedralicias, aquí se conservó y se puede aún acariciar la autenticidad de plata en el palio y en la cruz de soles, lunas, anclas y conchas marinas. De cardos y doseles, de moleeras, de viejos dardos que se clavan en la pasión, de mandatos y nardos.

Torres, espadañas, calles, plazuelas. Arquitectura que de pronto se consuela y se sabe protagonista por un día. Plazuela de la amanecida ternura, calle del claustro abandonado, espadaña de la la luna de marzo, torre de las lágrimas, cancel de la angustia, de la muerte y de la vida, arcadas de soledad enclaustrada. Esos son sus verdaderos nombres. Todo encaja, pues para ésto fue hecho, para que este pueblo estrene su pasión nueva cada año.

Ritual de hermandad

Socialmene, la hermandad es algo que une profundamente en torno a la vida y la muerte.
Muchos se inscriben casi al poco tiempo de nacer, suele ocurrir en Domingo de Resurreción. Es entonces cuando Marchena -en una costumbre nada común en otros lugares- abre sus puerta de par en par y una muchedumbre recorre iglesias y capillas, para compartir experiencias vividas la pasada Semana Santa y coger un recuerdo, una flor, una fotografía, tomar una copa o un dulce a cambio de un pequeño óbolo. La hermandad necesita fondos y manos para continuar su labor, que va más allá de una semana al año. Cada una de las siete corporaciones ronda los mil hermanos, existen tres centurias romanas y cuatro bandas.

Los grupos de jóvenes, mujeres, coros, bandas, centurias romanas, costaleros, priostes, floristas, bordadoras se reunen casi todo el año en viernes en la casa de hermandad para preparar cualquiera de los compromisos que tiene la hermandad, desde certamenes de bandas, hasta presentaciones de carteles y revistas, charlas, conferencias, actividades de formación, obras de caridad, academias de saetas, o el simple y cotidiano mantenimiento de enseres, montaje y desmontaje de los pasos, actividad que se acentúa con la cercanía de la cuaresma.

Las reuniones de hermandad vienen de antiguo y son, como dijo Luis Camacho, “el alma toda del pueblo”. Entre cuatro paredes encaladas, sillas de anea, lunas de bizcochos y ajonjolí líquido, se reunían nuestros abuelos para, en torno a las saetas metafísicas hablar de todo lo relacionado con la hermandad.

Pero la reunión principal es la -jandosca- o comida de hermandad costumbre también muy antigua, para la cual existía incluso una vajilla propia con el nombre de la corporación, incluso existía la costumbre de preparar algunos platos que se consideraban en determinadas épocas, propios de estas reuniones, como el arroz con miel.

Una tradición única en Andalucía es la de los enterramientos comunes. Hermanos para siempre, unidos más allá de la vida. Antiguamente cada hermandad tenía su propia capilla en las iglesias, donde cumplía lo establecido en las reglas de dar enterramiento digno a cada hermano. Cuando se prohibieron los enterramientos en las iglesias, en el siglo XIX las hermandades continuaron clandestinamente haciendo uso de esta costumbre, hasta que decidieron construir sus propios panteones en el cementerio. Fue pionera el Dulce Nombre que lo levantó en 1912. Para poder ser enterrado en ellos solo es necesario estar inscrito a una hermandad. Los adornos son austeros e iguales para todos.

La rivalidad entre hermandades ha sido inmemorial, puede incluso ser heredada de la época de su fundación por parte de las órdenes religiosas (siglo XVI). Franciscanos, jesuitas y dominicos, junro al cabildo y la casa ducal hacían cada año una escenificación del poder con ocasión de las procesiones, sin que faltasen discrepancias. Fueron numerosos los pleitos entre hermandades, algunas por constatar su antigüedad, otras por la preferencias de paso, o por el lugar de su capilla. Hasta el punto que la expresión “juntarse el Cristo con la Soledad” -dos hermandades que antes salían el Viernes Santo-, es sinónimo de llevarse mal. En esta rivalidad, cada hermandad intentaba sorprender con un nuevo paso, o un adorno, más señorial y bello.

Otra tradición única es la del mandato de Nuestro Padre Jesús el Viernes Santo. En la antigua plaza ducal, centro de poder, se escenefica cada año, desde hace siglos la pasión de Jesús. Los tres pasos de la hermandad, evolucionan por la plaza ante la narración del párroco de los hechos de la pasión. Participan la verónica o los soldados romanos, que luego se incorporan al desfile procesional.

Aquí los enseres procesionales más antiguos están aún incorporados a los pasos, palios de plata del siglo XIX, cruces de plata con símbolos del sol y la luna, doseles de tela bordada tras los cristos en símbolo de majestad, piñas barrocas del XVIII para elevar las imágenes, junto a toda clase de objetos devocionales se incorporan aún al discurrir de la pasión por las calles. En esta solera antigua rivalizan aun las hermandades de la Soledad, Cristo de San Pedro y Vera Cruz.

Las “moleeras” de la Soledad, el Sábado Santo es el culmen de la tradición única de la saeta antigua de Marchena. Las saetas marcheneras, -de las más antiguas que se conservan hasta el punto de llegar a decirse que en Marchena nació la saeta- con estilos propios y únicos, son tan arcaicas que constantemente se han comparado con cantos sacros de árabes y judíos. La tradición saetera se transmite hoy en la primera escuela de saetas andaluza, que creó 1986 la Hermandad de la Humildad (Miércoles Santo) ante la evidencia de que se estaba rompiendo la forma tradicional de trasmisión oral de padres a hijos.

La Soledad perdió la costumbre de realizar el descendimiento de la cruz, en la Plaza Ducal, en donde una imagen articulada era introducida en un sepulcro, para posteriormente procesionar la imagen del cristo yacente. Era esta probablemente, junto a la de Jesús Nazareno, la más importante de toda la semana mayor, en el XVII. Recorría unas cinco iglesias, en la última se celebraba un figurado entierro de Cristo, que aparece así anotado cada año en los libros parroquiales de San Juan y el domingo de resurrección, volvía al templo de partida, Santa María portando la imagen de un resucitado, nos cuenta Vicente Henares.

En la procesión participaban 370 disciplinantes,(1617) lacerándose hasta hasta verter sangre, -auxiliados por lavadores-, grupos de mujeres, niños vestidos de ángeles portando escenas de pasión, demandantes pidiendo limosna, grupos de música de capilla, junto a los niños de coro de San Juan y música de ministriles. También se perdió la imagen del muñidor, que avisaba por las calles con una campana a los miembros de cada hermandad de alguna muerte, o reunión importante, haciendo sonar un toque característico según la hermandad según Henares.

Todo lo relacionado con la Semana Santa es para el marchenero especialmente querido, sus manifestaciones se recogen en revistas especiales y en medios de comunicación, se organizan todo tipo de actos de exaltación, para estos días las casas se engalanan especialmente, se preparan recetas especiales y se adquieren los mejores trajes. Llegan desde lejos los emigrantes y los comercios de restauración hacen su agosto en abril. Ha sido declarada de interés turístico nacional e incluida en numerosas rutas. Recogiendo la tradición de las milenarios celebraciones del renacimiento primaveral, que subyace de forma subterránea, la Semana Santa es la fiesta más importante para el marchenero.

La oposición se une para investigar el "enchufismo"

La oposición se une para investigar el "enchufismo"

JAS.- La política laboral del Ayuntamiento ha quedado en entredicho tras la anulación de la contratación de un arquitecto supuestamente irregular, aprobada en pleno por PP, PA e IU. Así opinan los tres mencionados grupos que han solicitado un pleno extraordinario, en el que aprobarán la creación de una comisión de investigación "sobre las contrataciones llevadas a cabo desde noviembre de 2004".

Tras unos dos meses de deliberación, la comisión podría elevar las conclusiones a la fiscalía si hubiese indicios de delito, según la propuesta conjunta de la oposición. IU ha solicitado que en adelante "todos los grupos políticos y representantes de los trabajadores" paraticipen de los procesos de selección, ya que no viene ocurriendo así últimamente según José Manuel Guerra, portavoz de IU quien lamentó que estemos asistiendo al "descrédito de la política", local, que dijo está bajo la sombra de la "corrupción".

Según Juan Aguilera (PA) éste será el primer paso para despejar la "sombra de duda" en torno al "enchufismo" que vive actualmente el consistorio. Jorge Vega (PP) dijo que exigirán responsabilidades políticas, mientras Aguilera las centró en la figura del Alcalde, o del concejal de urbanismo Jose Alcaide.

Por su parte el Alcalde, Luis Jimenez habla en un comunicado de "indefensión" con respecto al proceso laboral referido, "pues estaba en curso". Confirmó que ha anulado y paralizado dicho procedimiento de contratación, y que abrió su propia investigación interna "desde el día siguiente al pleno" en se conocieron los hechos.

El Comité de empresa pide respeto al reglamento

JAS.- Por su parte, los trabajadores laborales del Consistorio han querido dejar claro que "no ha sido informado" que se estaba llevando a cabo la contratación supuestamente irregular en un comunicado firmado por UGT, CCOO y Candidatura Independiente. Ademas afirman que en esta contratación se ha "vulnerado" el reglamento de ingreso de personal laboral.

Destacan que el capitulo II de dicho reglamento recoje que deben participar en la comisión de selección, los representantes de los trabajadores y de la oposición, y no únicamente "miembros del equipo de gobierno y técnicos municipales, como ha sucedido". También consideran "inaceptables" las declaraciones del portavoz socialista Villalobos en que compara la contratación del arquitecto, ya anulada por la oposición, con el resto de contrataciones de laborales en las que ha participado dicho comité de empresa y que están hechas conforme al reglamento, opinan.

Además asegura, que los 80 contratos irregulares según dijo en pleno el Interventor "se ajustan a la legalidad" y que no fueron firmados en enero del 2004 como se dijo, sino en enero de 2005, y pide que se aplique "escrupulosamente" el reglamento de contrataciones para evitar "daño moral" a los trabajadores. Además aludió al "incumplimiento sistemático" del acuerdo de mejora de empleo laboral, suscrito entre sindicatos y administración local.

Una sombra errante, una blanca luz

I.-La sombra errante

La caravana de huida se movía como un animal moribundo o enloquecido mientras se ponía el sol. Ulises ya sabía que tendría que hacerse a sí mismo, ávido de aprender sin nadie que le enseñase, lleno de preguntas sin que nadie le ofreciese respuestas. El odio se masticaba en aquella familia, en aquella casa, en aquel país. No podía soportar aquel aire asfixiante, aquel agua estancada y maloliente.
Delante había toda clase de vehículos casi empotrados unos en otros, formando un tapón que impedía todo avance. Las gentes se lanzaban fuera de los coches y los camiones empujados por el ansia de alcanzar cuanto antes el límite fronterizo. Muchos eran trabajadores del campo y albañiles de sencillas alpargatas, de tez morena y manos cuarteadas por el trabajo. Entre los hombres de la caravana pesaba como una losa, un triste aire de desesperanza, como si ya no hubiese más batallas por luchar. Muchos de aquellos hombres miraban tristemente sus manos.
La confusión invadía las calles, la aviación enemiga sobrevolaba los tejados. Sobre las escaleras de las catedrales, dormían niños y mujeres. Soldados aturdidos buscaban un jefe, mientras la muerte de los poetas pasaba desapercibida. Retumbaba el monte, el mar humeaba, y el lúgubre alarido de la sirena, llenaba de frios metálicos las almas, cuando los aviones plateados surcaban el horizonte. Atrás quedaban los días azules y el sol de la infancia y todo lo invadía el gélido viento de la sombra errante, mientras una anciana preguntaba por los antiguos patios con olor a azahar, mientras los demás lamentaban su demencia.

Cerca de los Pirineos comenzó a nevar sin tregua y muchos caminos y pasos fronterizos quedaron cerrados. Se hizo necesario entonces cruzar a pié con la nieve hasta las rodillas.
Ulises y su hermano se quedaron rezagados por culpa del cansancio, a la cola de la caravana, mientras los caminos ascendían por las pendientes cada ves más escarpadas y llenas de nieve. Ya no nevaba y los hombres más fuertes tenían que relevarse a la cabeza
para quitar la nueve a paladas, que permitiesen que los demás pudiesen seguir avanzando.
Era una tarea titánica. Dedicieron pasar la noche en una cueva natural que encontraron cerca del camino principal, aunque la mayoría no pudo pegar ojo por culpa del frío a pesar de la candela que encendieron. Ulises tuvo que levantarse varias veces a calentarse los pies, pues los sentía tan fríos que temía se les fuese a congelar, hasta que encontró el remedio de coger algunas piedras de dentro de la fogata, para así calentarse y de esta forma pudo dormir un rato, junto a su hermano.
Amanecía cuando Ulises despertó y no quiso perderse el expectáculo así que se asomó a la boca de la cueva para adivinar cómo en medio de la inmensidad blanca de bruma, nieve y niebla, emergían poco a poco los pálidos dedos rosados del alba, o las tímidas arboledas pardas. Finalmente el día se presentó como un regalo que no se podía desaprovechar, pues el viento retiró las nubes y les trajo un día espléndido. Los rayos de sol rebotaban como un espejo contra la nieve.
Ulises, que se sentía optimista, salió a dar un pequeño paseo para contemplar el paisaje. Su hermano desayunaba un poco de leche e intentaba calentarse mientras oyó una vibración, primero imperceptible, y luego en aumento hasta convertirse en un estruendo ensordecedor, casi como un gran terremoto.

-Un alud. ¿Hay alguien fuera?. Grito un hombre joven.
-Sí, el muchacho moreno que viaja con su hermano salió a dar un paseo.
-Mi hermano, gritó Antonio, hay que hacer algo por ayudarle.
Todos salireon afuera para contemplar que el alud había cubierto una gran área cerac de la cueva en donde probablemente se encontrase Ulises. Así que no había tiempo que perder, inmediatamente se organizaron en grupos con palas para buscarlo antes de que se congelase bajo la nieve, intentando encontrar alguna prenda de vestir o algo identificativo.
Fue en medio de la desesperación cuando Antonio encontró como salido de la nada a Joan, el mejor amigo de su padre, que había viajado desde que salieron de Solsona con ellos sin haberse encontrado. Antonio solo supo decirle entre lágrimas:
-Ayúdame por favor, mi hermano.
-¿Ulises está bajo la nieve?.
-Creo que sí, una mujer lo vió salir de la cueva justo antes de la avalancha.
Inmediatamente Joan organizó junto a varios conocidos su propio grupo para buscar a Ulises. Entre ellos había expertos rastreadores conocedores de la montaña, que viajaban con sus perros. Los canes no tardaron en encontrar algunas pisadas humanas, que pronto se perdían bajo la nieve. Al menos ya sabían por qué zona debían buscar. Los dos perros rastrearon cerca de una hectárea en una media hora y de pronto encontraron una mano en medio de la nieve. Siguieron cavando y encontraron a Ulises que estaba semi inconsciente. Pronto lo llevaron al interior de la cueva, lo taparon con mantas y le practicaron la respiración boca a boca. Lograron reanimarlo a los pocos minutos. Cuando Ulises abrió los ojos por fin, vio a su hermano con lágrimas en los ojos, a un grupo de hombres a su alrededor y un perro de lanas empezó a lamerle en la mejilla, como diciéndole bienvenido a la vida.
Antonio se abrazó a su hermano y cuando logró dejar de sollozar le dijo a su hermano.
-Gracias a él, estás con vida. Señalando al perro.
Ulises se abrazó al perro, como si fuese alguien de su familia y desde entonces prometió cuidar a los canes y a los animales en general como si fuera lo mas importante de su vida.
-Bueno también gracias a él. Y antonio le indicó a un hombre cuyo rostro al principio no reconoció, pero finalmente cayó en la cuenta que era Joan, el mejor amigo de su padre.
-Joan, que milagro encontrarte de esta forma. Se abrazó a él y lloró. Es como su fueras un enviado del destino.
-Parece que el destino nos ha unido de nuevo, muchacho. Ahora tienes que reponerte cuanto antes, la caravana debe continuar.
Ulises recibió mantas, pan y café y Joan le ofreció su protección hasta que pisasen lsuelo francés, tras las montañas hurañas y nevadas.
-Contigo se que puedo ir al fin del mundo, Joan, le dijo Ulises.
Ulises siempre sentiría un enorme agracedimiento por aquellas personas que apenas conocía y a los que tanto debía. En adelante se preocupó por ellos como si fuesen sus propios parientes, pues habían hecho algo por él que quizá alguno de sus familiares no habrían hecho. Ulises decía que había nacido de nuevo de entre las nieves, y cambió su carácter haciéndose menos huraño y reservado, mas amigable y ofreciendose a todos los que pudiesen necesitarle. A menudo, y a lo largo del camino de la caravana encontraba algo con que alimentar a muchas presonas, a veces en los bosques y a veces en los huertos, y en alguna que otra ocasión tuvo que huir ante las amenazas y los insultos los propietarios.
Una noche que decidieron parar a descansar en unas chozas abandonadas cerca de Canillo, Ulises recogía leña junto a Joan.
-Joan ¿qué será de mi familia?. Preguntó Ulises.
Joan le miró a los ojos, le quitó las maderas de las manos, le pidió que se sentase en el suelo y se dispuso a hablar, mientras acariciaba el flequillo del chiquillo.
-A veces sólo hay que preocuparse por cómo sobrevivir. Y esta es una de esas veces. Tu padre es fuerte y listo como el hambre. Saldrá adelante. Tu madre y tus hermanos ahora están protegidos por el patrón. Y tu..... tienes que cuidar de tu hermano. Tienes que aprender a no fiarte de nadie, a no depender de nadie. Tú eres listo, debes leer mucho, aunque te parezca que no, algún día te servirá. Huye de la guerra, Ulises, vete a América, busca una nueva oportunidad.
Sacó del hatillo que llevaba a la espalda algunos libros y se los entregó. Le besó en la frente como solía hacer su padre antes de irse a dormir, y luego lo tapó con una manta, mientras Ulises se dormía abrazado a un libro. Esa noche soñó con una casa inundada de luz y un patio con flores y paredes de cal, con columnas, arcos, y varias fuentes enormes con ranas, peces y patos, en donde no existía el tiempo.
-Mientras tengáis vuestras manos y ganas de usarlas en el trabajo, no estaréis perdidos, vuestro padre estaría orgulloso de vosotros.

Esas fueron las palabras de Joan en la despedida en Andorra. Dijeron adiós a Joan con lágrimas en los ojos mientras grupos de franceses iban a la frontera a fotografiar cómo los aviones de Franco bombardeaban a los últimos desvalidos que huían de España.

Por fin pudieron cruzar la frontera y decidieron quedarse a trabajar en alguna granja cercana.
-¿Y qué sabes tú de América?. Preguntó Antonio a su hermano mayor Ulises cuando le anunció su repentina idea viajera.
-Sé que allí no hay guerras, ni padres que abandonan a sus hijos, que hay ciudades y países grandes y ricos, no se persigue a nadie por cómo piensan. También sé que mucha gente que vuelve con mucho dinero.
-Pero el pasaje debe ser muy caro, América esta al otro lado del mundo. Replicó Antonio.
-Trabajaremos. Respondió secamente Ulises y se dispuso a leer uno de los libros que le entregó Joan. Abrió una página al azar y leyó “Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, esfuérzate por ser feliz hoy. Toma un cántaro de vino, siéntate a la luz de la luna y bebe pensando en que mañana quizá la luna te busque inútilmente”.
Una semana después de salir de España, atravesar senderos, desfiladeros, dormir en cuevas naturales, beber agua de riachuelos, casi desfallecían de hambre y cansancio cuando encontraron una pequeña granja familiar de aspecto apacible.
Hacía dos días que no habían comido y bebido nada y notaban cómo las piernas empezaban a flaquearles, y a veces sentían como si una densa nube de polvo les nublara la vista.
Vieron una familia trabajando los campos. Aquella estampa movió algo en el interior de los dos hermanos y se dirigieron a la cabeza de familia, un hombre de mediana edad y aspecto apacible, y sin demasiada esperanza, le pidieron trabajo. A los pocos minutos, su suerte había cambiado. La casa era un “lalot” de una planta, antiguo, sencillo y alegre, con flores en las ventanas, puertas y contrapuertas de madera celeste, que contrastaban con el marrón de la piedra. Los muros, estaban cruzados de grandes vigas de madera en diagonal y el tejado simulaba una gran batea de pizarra. Era acogedora y alegre, pero sabia, antigua y noble, quizá como sus dueños. Un matrimonio joven, con dos hijas de 17 y 18 años, que no parecían tener más interés que sus tierras y su propia familia.
Ulises, no pudo conciliar el sueño en toda la noche, pues frente a sí se abrían tantas interrogantes como estrellas brillaban en el cielo de la noche que ya dejaba paso a un nuevo día, anunciado por los primeros cantos de los gallos.
Gerard, el propietario, -un hombre fuerte y afable de 40 años, cabello rubio, sonrisa fácil y ojos claros-, no se apartaba demasiado de su terruño, excepto los fines de semana, cuando acudía al pueblo a realizar las compras para la semana, iba a misa o a hablar con el sacerdote Sauniéres de la iglesia de la Sainte-Madeleine, sobre quien corrían extrañas habladurías. Marie, su esposa era morena, simpática y siempre atenta a las necesidades que pudiesen tener los dos hermanos catalanes a los que mimaba con un afecto sincero y tranquilo. No se podía pedir más.
Rennes era un pueblo pequeño, ensimismado sobre suaves laderas, en la ribera del río Aude. Además de lo que tienen todos los pueblos, tenía una aldea dedicada a las aguas termales, -Rennes les Bains- con su pequeño hotel decadente lleno de ancianas de Toulouse, ricas y aburridas.

Las dos hermanas Louise y Therese enseñaron a los dos hermanos a hablar francés correctamente y algunas palabras en lengua occitana.

-Paire Nòstre qu'ei ath cèl, qu'eth tièu nòm sia sanctificat; qu'eth tièu règne venga. Qu'era tia volontat sia hèita ara tèrra coma ath cèl. Dòna-nos agüèi eth nòstre pan de cada dia, e perdona-nos es nòstres ofènses coma nosàti perdonam es d'aqueths que nos an ofensats e no nos deishes pas caure en tentación; mai deliura-nos deth malin. Atal sia.

-Se parece un poco al catalán. –Observó Ulises cuando la muchacha hubo terminado de recitar de memoria su oración en la entrada de la casa.
-Todas las lenguas vienen del Latín. Le explicó Therése, la mayor.
-Sabes mucho, para vivir en medio del campo. –Replicó él.
-Mi padre me enseña muchas cosas, a él le gusta mucho leer y a mí escuchar sus historias de cátaros.
-Y eso qué es.
-Yo no le hago mucho caso, él dice que se las enseña el cura. A mí me da igual, me gusta mucho que me cuente historias antes de dormir.
-Y dime. Qué tipo de historias te cuenta.
-La que más me gusta es la de un cura que encuentra un tesoro escondido. Cada día le añade nuevos datos y los personajes parecen cobrar vida.

Therese hablaba de cuentos y leyendas, algo tan irreal y etéreo, como duro y frío era el mundo de Ulises. Todo lo que ella contaba le parecía al muchacho tan mágico como el simple hecho de estar hablando con ella en medio de una campiña tranquila y sin el ruido de las bombas, ni los remordimientos ni las burlas, el frío y el hambre que había pasado. Pasó el viento por entre las copas de los árboles y una sensación de facilidad tan plena como fugaz.

Era en los momentos de las visitas cuando empezaban los problemas para Gerard. Vecinos y familiares, le avisaban insistentemente de que su amistad con aquel extraño cura no podría beneficiarle. Gerard no se sorprendía, le quitaba importancia, y a continuación proponía un brindis por la amistad. Otras veces, disculpaba a su amigo el cura porque disponía de una gran biblioteca y era un gran conversador, culto, instruido y tolerante.

Ulises escuchaba todos estos dimes y diretes, sin demasiado interés hasta que un día oyó a Teresa, -así la llamaba él-, decir que su padre no era católico, algo que provocó su natural sorpresa y no hizo más que aumentar su curiosidad. Cuando Ulises le preguntó que si no era católico porqué mantenía aquella amistad tan criticada con el cura, la muchacha respondió que los dos tenían las mismas inclinaciones.

Ulises quería saber algo más de aquellas inclinaciones comunes, pero no quiso resultar impertinente, así que no hizo más preguntas, puso al tanto a su hermano y ambos comenzaron a indagar. El instinto de autoprotección de Ulises le empujaban a querer saber todo cuanto pudiese, mientras todo en la casa seguía como siempre. Preguntó a los agricultores de las parcelas cercanas, y más tarde, hizo preguntas a viajeros ocasionales que transitaban los caminos sin ningún resultado.
Pronto se vio obligado a olvidar estas circunstancias que finalmente se revelaron poco importantes, ante nuevos hechos que poco a poco ganaron más protagonismo.

Gerard, adquirió un aparato de radio en un comercio de la cercana Carcasonne. Un día la radio anunció la noticia de que los alemanes habían entrado en París. El locutor leía un comunicado severamente, mientras el patrón de la granja escuchaba mirando al suelo, y el resto de los miembros de la familia permanecía en silencio.
“Las tropas de la Wehrmacht ingresan victoriosas en París. En los Champs-Elysées desfilan con paso de ganso exhibiendo sus estandartes y en la Torre Eiffel colocan un cartel con "V" de la victoria y la frase "Deutschland siegt auf allen fronten".Alemania gana sobre todos los frentes. El gobierno francés se repliega a Bordeaux y el mariscal Pétain es nombrado presidente del Consejo e inicia la colaboración con los nazis. Charles de Gaulle, instalado en Londres, hace un llamamiento invitando a continuar la lucha”.
“Petain es peor que los boches”. Decía Gerard, muy afectado por todo aquello. Cuando recuperó el ánimo consoló a su mujer e hijas, que tenían miedo, y les dijo que no se habían de preocupar por nada, pues en el sur estaban a salvo, que todo aquello quedaba lejos. Podría llegar algún soldado pidiendo la documentación, pero nada más. A los dos hermanos catalanes les dijo que lo que oyeran dentro de la casa, no tendría que salir fuera bajo ningún concepto, pues la vida de todos podría depender de ello.
Luego Gerard se llevó a una habitación aparte a Ulises y le habló largo tiempo. En su charla, el adolescente pensó que su patrón había visto algo en él que le preocupaba. Sin embargo pudo más el pensamiento tranquilizador de que hasta el momento solo habían recibido cosas buenas de sus patrones, que siempre se mostraban prudentes y comedidos.
-Dime Ulises, si tu tierra fuera invadida por extranjeros qué harías.
Ulises dudó por un momento la respuesta, pues parecía demasiado evidente y tampoco sabía adónde quería llegar su patrón, que fumaba en pipa pausadamente, y lanzaba al aire bocanadas de humo, mientras, con una mano movía lentamente una copa de coñac caro.
-Defenderla, sin duda. Respondió sinceramente el zagal.
-Bien ¿y..... si defenderla supusiera..... peligros para ti y tu familia, incluso... problemas con los vecinos, .... si ellos tuviesen otra opinión?.
El patrón miraba distraídamente por la ventana de su biblioteca, mientras Ulises se recostaba en un mullido sillón de piel.
-Nadie tendría porqué saber mis opiniones. Pero mi postura sería la misma. Opinó.
Luego, Gerhard inició un monólogo con un largo preámbulo sobre la amistad, la confianza y la importancia de los valores. Le advirtió que en tiempos de guerra suelen ocurrir cosas que normalmente no pasan, y que aunque parezca inexplicable, todo tenía una finalidad.
-Puede que en los próximos días veas cosas que no entiendas. -Le anunció-. Y puede que la curiosidad te lleve a comprometerte con la verdad, pero has de saber que si lo haces será para siempre. Las puertas en estas circunstancias no están entreabiertas. Están abiertas o cerradas. Y si abres una puerta, ésta se cerrará a tus espaldas. Así son las cosas. Claro que también puedes dejarla cerrada, en cuyo caso nada ocurrirá. En cualquier caso quiero que sepas que pase lo que pase tendrás todo mi apoyo y mi cariño. No te mates por saber, si no entiendes, el tiempo te dará una explicación.
Cuando ya parecía que había acabado, se volvió repentinamente.
-Una última cosa. Mis hijas. Supongo que tú y tu hermano sabréis comportaros como auténticos caballeros.
-No te quepa la menor duda. Respondió Ulises.
Ulises no estuvo seguro de haber entendido el verdadero significado de las palabras de su patrón y por más vueltas que le dio no consiguió encontrar una explicación satisfactoria. El buen ambiente de la casa continuó inalterable y los padres siguieron yendo a la iglesia.
La placidez de los días de verano era solo interrumpida por las malas noticias que llegaban de la radio. La colaboración de Petain con los alemanes era cada vez mayor, sin embargo, mantenía la apariencia de normalidad. Empezaban a levantarse voces que apoyaban a De Gaulle. En Couillure había muerto Machado, último símbolo de la esperanza, con los versos “estos días azules y este sol de la infancia” en el bolsillo.
Ulises se hizo amigo de Pierre, un pelirrojo lleno de pecas malhumorado, irónico y gracioso, hijo del panadero del pueblo, que llegó como aire fresco. Era solo unos años mayor que él, pero ya parecía todo un experimentado hombrecito. Fumaba, bebía, y presumía de haber estado con muchas chicas. Conocía muy bien a toda la gente del pueblo.
-Tú y yo, vamos a llevarnos muy bien. Le dijo Ulises cuando se hicieron amigos.
Pierre le invitó un día a beber en una taberna del pueblo. Ulises y Antonio impresionaron al muchacho francés contándole la historia de su huida de Cataluña, de su madre y de Franco. Las jarras de cerveza corrían por encima de la mesa, mientras Pierre, el “experimentado” se convertía poco a poco en Pierre el fanfarrón. Entonces, contó con todo lujo de detalles, la historia del cura del pueblo
Según Pierre, el párroco Saunières decidió hace años restaurar el altar mayor de la iglesia, y halló unos pergaminos dentro. Eran manuscritos de los Evangelios, con rasgos inesperados: dibujos de monogramas, letras añadidas, marcas; indicios de que los documentos estaban en clave. El Obispo de Carcassonne dio a Saunières autorización y éste los entregó al experto abate Bieil. Una vez desvelados los manuscritos, se pudo leer lo siguiente. "Pastora, ninguna tentación. Que Poussin, Teniers. La clave. Paz 681. Por la cruz y este caballo de Dios, completo o destruyó este demonio del guardián al mediodía." El segundo texto, descifrado, explicaba: "A Dagoberto II Rey, y a Sión pertenece este tesoro y Él está allí muerto."
-Tienes buena memoria. Observó Ulises. Y a continuación preguntó: ¿Quién es Dagoberto?.
-Dagoberto II, el merovingio, rey de los cátaros, que contrajo matrimonio en Rennes, en esa misma iglesia.
La vida del párroco cambió, -continuaba Pierre-, iba a Paris con mucha frecuencia, se codeaba con la alta sociedad, se hizo gran amigo de una famosa soprano y su tren de vida comenzó a ser elevado. Encontraron una losa al pie del atar, del siglo V, cuando fue removida el cura ordenó que lo dejaran solo. Continuó Pierre.
El cura contó que los objetos hallados eran dos esqueletos y un cuenco lleno de objetos; y medallones sin valor. De repente empezó a manejar mucho dinero sin que nadie supiera de donde. Decidió restaurar toda la iglesia, con un estilo muy curioso. El mismo pintó la imagen de María Magdalena del altar, escribió sobre la entrada de la iglesia la frase Terribilis est locus iste e hizo con sus manos, la estatua del diablo de la entrada. Compró el terreno colindante a la iglesia, construyó un paseo y la Tour Magdala, una casa de huéspedes y lo pagó todo de su bolsillo.
-Había gastado bastante más de un millón de francos..., y eran francs d'or, que valían 20 veces más que los de ahora, explicaba Pierre con los ojos muy abiertos.
-¿Y bien?, preguntó Ulises cuando concluyó de contar la historia. ¿Adónde nos conduce todo esto?.
-A ningún lado, nadie tiene una explicación. La gente del pueblo no se fía del cura, habla de sociedades secretas, del tesoro de los cátaros, de la tumba de Cristo y de no sé cuantas cosas más.
-En las iglesias hay valiosas obras de arte y a veces se venden. Opinó Ulises. No entiendo dónde está el misterio.
-Et in Arcadia Ego. Dijo Pierre. Esta es la frase que dicen había en una lápida del cementerio de la iglesia, borrada por el propio cura. Saunière trajo de París una reproducción del cuadro «Los pastores de Arcadia» de Nicolás Poussin donde había pintada una tumba con la misma inscripción en latín. La lápida que borró era de Marie de Negri, heredera del primer Gran Maestre templario. Todo el mundo cree que el cura encontró la forma de cobrar esa herencia y que hay alrededor muchos misterios sin desvelar.
-Debe haber una explicación mucho más lógica. Dijo Ulises.
-¿Lógica?. Dime, que pinta un demonio en un pilar de agua bendita y Maria Magdalena en el sepulcro de Jesús. Preguntó Pierre.
-María Magdalena es la excusa perfecta para los curas enamorados de mujeres hermosas. Si Jesús hubiese sido marido de la Magdalena, los curas estarían legitimados para casarse. De todas formas, es evidente que hay algún misterio, pero es mucho más prosaico y quién sabe, si aún puede averiguarse, mientras el cura esté vivo. Explicó Ulises.
-La gente del pueblo teme a este cura.
-Nuestro patrón le aprecia. –Explicó Ulises.
-Todo el mundo cree lo que le produce algún beneficio. Dijo Antonio.
La conversación en la taberna derivó a continuación hacia temas más livianos, por efecto del alcohol. El dueño del bar se vio obligado a llamarles la atención pues alborotaban de lo lindo. Salieron de la taberna y fueron vagando por el pueblo hasta que acabaron en el “chemin d’esperaza” cercano a la carretera, desde donde podía verse todo el valle, con las montañas al fondo, los caseríos de los pueblos lejanos insinuando su blancura en medio de la noche por obra de la luna llena y la misteriosa torre Magdala en un lugar alto, mucho más lejos, hacia el sur los Pirineos.
Pierre cantaba canciones a media voz acompañado de Antonio, mientras Ulises miraba a la torre. Por uno de sus ventanales góticos vio una figura con una luz en la mano, y lo comentó con los demás. Imposible, -explicó Pierre-, ahora mismo la torre y el albergue está vacío, el cura está en París.
Ulises se encaminó hacia un sendero que bajaba al riachuelo. Hacia la base de la torre una pequeña elevación mostraba la roca desnuda y en ellas, la entrada de unas cuevas por las que el joven se adentró en solitario.
Tesoros ocultos de los cátaros, ¡bah!, qué cosas, la tumba de Jesús en un monte en el sur de Francia. Pensaba. No le viene mal a este lugar olvidado del mundo, tanto misterio. Claro que las mentiras de nuestra época tienen que ser más elaboradas que en la Edad Media, cuando los curas atemorizaban a los pobres campesinos.
Ulises caminaba por el interior del túnel embebido en sus pensamientos y de repente se encontró con que la amorfa disposición de la roca en el inicio del túnel se había transformado en un perfecto corredor hecho por la mano del hombre, que le conducía a unas escaleras ascendentes excavada en la roca. Un pasillo le conducía a otro y una puerta a otra.
Una historia propia de una mala novela, pensaba mientras caminaba, habrá que averiguar sobre qué intenta distraernos. Pensaba Ulises andando por aquellos pasillos.
De repente abrió una puerta y vio algo terrible que le causó gran impresión, por un segundo, su corazón comenzó a latir más fuerte, hasta que logró dominarse. Era una gran escultura que sujetaba una pila de agua bendita, representaba a un diablo de madera policromada, de piel roja, ojos saltones y amenazadores. Ulises usó aquella agua para refrescarse la cara, después del susto que no esperaba y le devolvió a la realidad más inmediata. Sobre la pila de agua bendita había cuatro ángeles y en medio una cruz celta, con una rosa tallada en su centro. Sobre el umbral de entrada sobre la que pudo leer la frase Terribilis est locus iste. Estaba nada más y nada menos que en el interior de la famosa iglesia. Era noche cerrada y apenas unos cirios iluminaban escasamente las bóvedas románicas del interior. Entonces se dio cuenta de que estaba mucho más borracho de lo que creía, ya que había caminado a oscuras un buen rato sin reparar en ello siquiera. Ni siquiera sabía muy bien cómo había llegado hasta allí, pero se alegró de estar allí adentro, pues así podría comprobar como todo aquello tan misterioso que se cernía sobre aquella iglesia, en realidad tenía una explicación mucho más lógica y así podría desmontar uno a uno, los elementos de la falsa leyenda.
Cogió un gran cirio y fue a mirar con detenimiento las escayolas del vía crucis, y le pareció que lo que otros veían como señales y elementos de creencias consideradas heréticas, no eran más que el producto de una mala ejecución artística.
En general, los añadidos a la iglesia hechos en los últimos años por Sauniére, le parecieron sencillamente de mal gusto. Sólo así se explica el añadido de un pórtico triangular, para una iglesia románica. Luego fue a ver la Magdalena pintada por el párroco en el altar mayor y confirmó que el autor era un mal aficionado al arte, alguien insolente, que usaba de la provocación para hacerse notar. No había nada más que captara su interés dentro de la iglesia, así que soltó la vela, buscó una puerta para salir y se alegró al ver una que daba a un jardín trasero.
Salió fuera y aspiró con placer el aire de la campiña que refrescaba su rostro perlado de sudor. Desde fuera la iglesia se veía sin gracia alguna, salvo las altivas ventanas del ábside. Mientras miraba hacia el edificio tropezó en el suelo con algo duro, una piedra, pensó.
Y está bien dura. Comentó mientras se frotaba la rodilla, dolorida por el choque de la carne y el hueso contra lo que resultó ser una lápida. -¡Un cementerio!. Claro, al lado de una iglesia, es lógico, se respondió. Llamaba la atención una gran y elegante lápida vertical sin inscripción alguna.
Ulises se agachó para ver si podía distinguir alguna letra con la luz de la luna llena. De repente una mano, sobre su hombro le detuvo.
-¿A donde crees que vas jovencito?. Alguien le colocó una tela sobre la cara y le tiró al suelo. Esta vez Ulises se temió lo peor, y por ningún rincón de su mente hallaba una explicación lógica. Hasta que descubrió dos pares de zapatos que le resultaban familiares, y se quitó la tela para descubrir que se trataba de su hermano y Pierre que le habían gastado una broma.
-Esta me la pagáis mal nacidos, los dos, me habéis dado un susto de muerte.
Los otros dos chavales reían sin parar.
-Esta ladera es como un queso de Gruyere, igual que toda la zona, he jugado muchas veces por aquí. Dijo Pierre.
-¿Y cómo es que no está cerrado el acceso a la iglesia por los túneles?.
-Nadie en el pueblo se atrevería a entrar en la iglesia de noche.
-Pues a mí con tanto susto ya se me ha quitado toda la borrachera, dijo Antonio y todos rieron en voz baja en medio de aquel cementerio. Esta vez, Ulises, se puso el último en el sentido de la marcha para ahorrarse nuevos sustos.
Dejaron la explanada del cementerio por un nuevo túnel similar al anterior, pero en vez de dar a la iglesia, conducía al paseo de la torre Magdala. Había puertas laterales que no se sabía a donde conducían. Ulises iba mecánicamente empujando esas enigmáticas puertas mientras caminaba, encontrándolas todas cerradas. La última puerta cedió lentamente bajo la mano de Ulises, dejando ver un nuevo pasillo iluminado. Ulises pensó qué hacer y fue entonces cuando se encendió una luz en su cerebro que le hizo recordar aquella enigmática conversación que había mantenido días atrás con Gerard, su patrón.
“Puede que en los próximos días veas cosas que no entiendes. Y puede que la curiosidad te lleve a comprometerte con la verdad. Y si abres una puerta, se cierra tras tus espaldas. No hay vueltas atrás. Así son las cosas. Claro que también puedes dejarla cerrada, en cuyo caso nada ocurrirá”.
Ulises empujó la puerta y se adentró por el pasillo, esperando encontrar alguna explicación a todos los misterios con los que había tenido que convivir en los últimos días. Sus pensamientos fueron sólo respondidos con el ruido de la primera puerta que acababa de atravesar, al cerrarse, pensó que por efecto de alguna corriente de aire. Se abrió la puerta ante sí.
Vio una sencilla habitación iluminada por luz artificial, con tres puertas, una gran mesa en el centro, planos de la región, escritos, restos de comida, bebida, tabaco, y muchas sillas desordenadas alrededor. Algunos muebles se apilaban contra las paredes y sobre un viejo armario había un aparato de radio. Se sentó en una de las sillas y trató de relajarse un poco, mientras respiraba hondo. Llegó a su nariz el olor del tabaco, hacía poco que habían apagado algunas colillas en los ceniceros.
Se fijó un poco más en el mapa y vio que tenía algunas marcas, la más importante señalaba a las minas de oro de Salsigne al norte de Carcassone, en la Montaigne Noire. ¿Guardaría alguna relación con Saunieres?. Podría decirse que sí, pero no podía quedarse a averiguarlo, oía pasos y decidió irse por el mismo pasillo por el que había entrado. Salió corriendo por el oscuro pasillo, mientras escuchaba cómo la habitación que abandonaba se llenaba de gente.
Lentamente fue acercándose hasta la puerta de la habitación y oyó voces de hombres y mujeres que hablaban pausadamente. Se diría que era una reunión privada de amigos. Sonaba música en la radio mientras todos charlaban, cuando la emisión musical fue interrumpida por un locutor de la BBC de Londres que anunciaba un mensaje especial para los oyentes franceses, -un poema de Paul Verlaine-, todos contuvieron la respiración, y clavaron los ojos en algún punto de la habitación, como si aquel poema pusiese en juego sus vidas. Oyeron el poema, mientras algunos lo recitaban en voz baja al mismo tiempo que el locutor hablaba. Cuando por fin concluyó, todos mostraron un gran alivio, otros esbozaron un gesto de desagrado.
-Falsa alarma- comentaron aliviados algunos.
-En estas circunstancias, uno no puede evitar volverse impaciente-. Decía otro.
-No podemos dar un solo paso en falso, ya lo sabéis.–Dijo otra voz más autoritaria-.
-Esperar, esperar. ¡Estamos hartos de esperar!. ¿Qué saben en Londres cuál es nuestra situación?. Si estuvieran aquí seguro que ya hubiesen tomado las armas. ¿Qué clase de revolución es ésta?. Dijo alguien con acento español.
-Esto no es ninguna revolución, si fuera eso nos aplastarían como cucarachas. Esto no es tan fácil como parece, ¿me oís?. No se trata solo de tener rabia sino astucia. Golpear donde más les duela en el momento justo sin que sepan de dónde salimos, ni quiénes somos. Sortear a La Milice, al Service de Travail Obligatoire, a los espías infiltrados, a los soldados, a los partidarios de Petain.
Una voz mucho más serena, pausada y al mismo tiempo débil, como gastada por el tiempo vino a dar la razón al anterior comentario.
-Gerard tiene razón. Los que ahora nos miran con miedo, nos apoyarán. Debéis tener fe hijos míos. Yo estoy convencido de que nuestra causa triunfará, si no fuese así no os habría apoyado hasta este extremo.
-Perdonad si me precipito. –Retomó el joven más impulsivo. Pero a veces uno pierde la cabeza. Pienso en mis compatriotas encerrados en campos de trabajo. Deberíamos hacer algo por ellos.
Ulises contenía la respiración detrás de la puerta cerrada, un fuerte golpe en la cabeza que lo dejó sin sentido.
Cuando abrió los ojos se encontró tendido en una cama, abrió lentamente los ojos, y vio a Gerard, su patrón, el dueño de la granja. Se frotó los ojos para ver si estaba soñando, y luego echó un vistazo a la habitación, pero no estaban en la granja, sino en el interior de una cueva excavada en la roca. Le dolía tremendamente la cabeza y no entendía nada.
-Así que empujaste la puerta. La curiosidad pudo mas que tu. Has dado un importante paso en tu vida.
Y así fue como todo ocurrió, tan sencillo como estremecedor. Cuando todo a su alrededor cambiaba, y se aprestaba a vivir una gran confrontación, era difícil, permanecer impasible. Los días siguientes transcurrieron como si hubiese desaparecido un velo que cubriese sus ojos . Ahora conocía la verdad. Comenzó a conocer gente en la organización y supo el destino que habían corrido muchos de sus compatriotas, confinados y obligados a alistarse a la legión, bajo la amenaza de ser deportados a España. En las minas de oro de la montaña negra trabajaban muchos de sus compatriotas y muchos querían que su primera acción tuviese lugar allí. Otros eran partidarios de esperar Ulises decidió ayudar a aquel grupo.
-Podría decirte muchas cosas, pero sólo te diré una: solo te tienes a ti mismo. Así que por mí y por ti, no lo hagas.
Su hermano no acogió bien la noticia. Quizá se había acostumbrado demasiado a la buena vida del paraíso provisional en la pequeña granja. Esto es mucho para alguien que no ha podido saborear nunca algo parecido a la sensación de tener una familia solía decir Antonio. Mientras, Ulises aparecía entusiasmado y feliz de la decisión que acababa de tomar. Así los dos hermanos no se reprocharon nada, pero supieron que quizá pronto sus pasos les llevarían por caminos distintos.
La primera expedición fue inmediata. Reconocer el terreno, fue el primer objetivo
del grupo de cinco hombres, que al ver llegar al muchacho, lo miraron con cara de
pocos amigos. Él es español, dijo Gérard, como justificando la presencia de
Ulises. No sin cierta reticencia los integrantes del grupo le acogieron e hicieron
todo lo posible por ayudarle durante los días que duró la caminata.
El primer acto de resistencia era a menudo la pintada, por ejemplo dando la vuelta a
la declaración alemana de que matarían a 10 franceses por cada alemán asesinado
(" ¡un francés asesinado - diez alemanes muertos! ") o simplemente cambiando o
quitando postes indicadores para confundir al enemigo, distribución de folletos y de
periódicos clandestinos.
En Couiza, Montazels, Alet les Bains y Limoux repartieron pasquines y carteles, que pegaron sobre otros que decían “Ils asassinnet, enveloppés dans les plis de notre drapeau”. Las palabras “Ils assasinnet notre drapeau” aparecían mucho más destacadas, sobre la imagen de un hombre con aspecto siniestro, y un lejano aire castizo español, que aparecía pistola en mano envuelto en una bandera de Francia. Mucho más cómico era el cartel que encontraron en la plaza de la República de Limoux, en que aparecía la pelada cabeza de Petain al que los niños habían dibujado tirabuzones y una esvástica en el centro. Sobre la cabeza del presidente, se leía la leyenda “Travail, famille, patrie” y bajo él aparecían figuras de granjeros y agricultores en su trabajo. Una Francia idílica que no aparecía por ningún sitio. Colocaron varios carteles en la plaza principal, sin encontrarse apenas a nadie y corrieron por los soportales de la plaza hasta el puente, para refugiarse definitivamente entre la vegetación del río.
Hicieron la primera parada para desayunarse con queso, leche y unos huevos recién puestos, que frieron en una pequeña sartén, pues habían madrugado mucho y había que reponer fuerzas. Ulises no pudo probar bocado, pues estaba nervioso ante su primera misión y era la primera vez que veía a alguien desayunar huevos fritos, una costumbre que le provocó un poco de repulsión.
-Así que ahora los asesinos nos llaman asesinos. Dijo Ramón, un albañil moreno joven y fuerte, mientras cortaba un trozo de queso curado y se lo llevaba a la boca y miraba distraídamente a la corriente.
-Me gustaría saber por cuánto dinero se han vendido Petain y la milice, dijo Jean, el panadero de Rennes les Bains.
-Porqué ¿es que piensas cambiarte de bando?. Dijo Eric el maestro haciendo reír a todos.
-El tiempo los pondrá en su lugar. Dijo Gérard, mientras observaba la mirada del joven, que se recreaba en las transparentes aguas del río. -¿Estas bien, Ulises?. Deberías comer algo.
-No suelo desayunar. Además con tanto cambio, no tengo demasiada hambre.
-Ya te acostumbrarás, no te preocupes. A todo se hace uno. Come un poco de queso, así tendrás fuerzas. -Dijo Jean-.
Descendieron siempre cerca del río Aude, acompañados por el rumor acuático, rodeados de álamos blancos y vegetación de ribera, dejando atrás los Pirineos y divisando ya en la lejanía, las colinas de la “montaigne noire”, ultimas estribaciones del macizo central, hasta los alrededores de Cepie, donde hicieron noche en las cercanías de una antigua abadía. Por el camino se acercaron hasta pequeñas poblaciones en donde repartieron pasquines y comunicaron las ultimas novedades a grupos de hombres seguidores de su causa, recibieron comida y bebida y escucharon noticias sobre la llegada de las primeras tropas alemanas a la comarca. Cerca de Limoux vieron por la carretera junto al río a un pequeño grupo de soldados, y se escondieron. Ulises tenía una pregunta en la mente, que le provocaba mucha curiosidad, aunque nunca veía el momento de hacerla en voz alta, pues la mayor parte del tiempo caminaban en silencio para no hacer ningún ruido.
Llegaron a las ruinas de la abadía poco antes de anochecer, con el tiempo justo para buscar un sitio resguardado, colocar las mantas en el suelo, ponerse ropas de abrigo, explorar los alrededores, encender un fuego y cocinar algo. Era una iglesia con su claustro románico, encima de una peña desde donde se dominaba el cercano pueblo, y el río descendiendo hasta la medieval Carcassonne que ya se adivinaba en la lejanía.
Ulises se sentía satisfecho pero muy cansado por la larga caminata y bajó al río a remojar los pies, mientras los otros hombres lo preparaban todo para pasar la noche justo en lo que serían los restos de un claustro, rodeado de arcos románicos y piedras semiderruidas. A su vuelta ya estaba todo preparado, habían colocado las tiendas de campaña, encendido fuego, cazado unos conejos que se doraban sobre la hoguera y canturreaban y charlaban animadamente, mientras planificaban la jornada de mañana. Como aves de mal agüero, aviones de la Luftflotte sobrevolaban la zona de vez en cuando. Mientras comían, Gerard daba instrucciones a los demás.
-Carcassonne está llena de agentes de agentes de la Gestapo y también he oído que hay grupos de la Kripo, Kriminal Polizei. No podemos arriesgar demasiado. Tenemos que recoger material en una granja de las afueras.
Terminada la cena, los hombres se pusieron a cantar alrededor de la candela y Gerard, invitó a Ulises a dar un paseo. Ulises se sentía emocionado y a veces, también un poco confuso.
-Dime, ¿porqué me elegiste?.
Gerard había estado meditando en silencio todo el día las respuestas a preguntas como ésta que sabía que llegarían tarde o temprano y respondió sin dudar.
-Eres inteligente, comedido, tu y los tuyos habéis pasado mucho, eres joven, fuerte y decidido. Tenias todas las papeletas en el sorteo. Bromeó. Su mirada era abierta y franca y no parecía mentir, apreciaba verdaderamente a aquel joven.
-Cuando me recogiste en el camino, ¿ya estabas pensando en esto?.
El patrón sonrió y negó con la cabeza, mientras lanzaba bocanadas del humo que previamente había aspirado lentamente de su pipa.
-No, no te estoy utilizando, si te refieres a eso. Hace tiempo que necesitaríamos manos jóvenes de cabeza despejada y en su sitio y créeme que en estos tiempos, no abundan mucho. Cuando te vi,.... pensé que te irías pronto por tu camino, pero mi casa te gustó y te quedaste. Aun así sé que tarde o temprano seguirás tu camino.
-Como todos, -dijo Ulises-, mientras jugueteaba con una navaja y un trozo de rama, mirando a la luna.
-Como todos. Confirmó Gerard, que sentado a su lado, lo miraba a él.
Algunas rachas de viento le hacían sobrecogerse de vez en cuando. Un silencio cómplice unía a los dos hombres.
-¿Y la iglesia?.
-Eres curioso y sagaz, sabía que tarde o temprano descubrirías nuestro escondite.
-Pero cualquiera del pueblo puede entrar también. Y os descubriría.
-No lo creo, los del pueblo tienen mucho miedo por las habladurías que hemos esparcido a su alrededor con la inestimable ayuda de algunos murmuradores, que hablan y hablan en las tabernas.
-Entonces Pierre....
-Le dije que te llevase aquella noche hasta las cercanías de la iglesia y que te dejara cerca de los túneles. Todos conducen al único pasadizo que ya conoces.
-¿Entonces porque me golpearon?.
-Por error, te vio quien no debía. Ramón tiene orden de actuar así cuando está vigilando. Y ya sabes cómo se las gasta. Además había acumulado mucha tensión, esperábamos un mensaje cifrado de la BBC.
-¿Con el poema de Verlaine?.
-Si, es una clave para el inicio de las hostilidades. Cuando se cambie una cierta palabra del poema será la señal de luz verde.
-¿Y el cura?.
-El cura está con nosotros, fue él quien lo inició todo. Nos reunió, nos habló, nos contó lo que ocurriría y vimos con claridad que tenía razón. Él piensa que si los nazis son derrotados, Petain y los suyos acabarán en la cárcel, por más que ahora muchos parece que la apoyan. Además el cura nos prestó su apoyo material y sus edificios.
-¿Y que hay del misterio?.
-El misterio no es tal, es un cúmulo de casualidades, él recibió una herencia, poco tiempo después de que aparecieran aquellos pergaminos tan curiosos. Lo demás es casualidad, o fruto de los rumores. O simplemente un puzzle del que no tenemos todas sus fichas y nos gusta imaginar qué forma tendrán las fichas que faltan. Cuando la gente no sabe algo, lo inventa. La leyenda negra del cura tiene su motivación, por un lado sirve a nuestros intereses, por otro, está haciendo famoso al pueblo en todos lados y sirve para atraer turistas y dinero. En fin, todo misterio tiene su explicación y sino, su finalidad.
-Ya veo. Pero ¿y tu?. Corres muchos riesgos, tienes familia, dos hijas.
-Precisamente por mi familia, por mis hijas, por mi patria.
Ulises miró al suelo y adoptó una expresión severa, y en el rostro de Gerard se dibujó un signo de interrogación, aunque en vez de preguntar, esperó pacientemente. Cuando Ulises hubo meditado, retomó la conversación.
-¿Recuerdas aquella metáfora que hiciste sobre la puerta?. Dijiste que en estas circunstancias actuales las puertas están abiertas o cerradas. Yo soy aún un adolescente, aunque la vida, como a todos, me ha hecho madurar rápidamente. Esta puerta me gustaría dejarla entreabierta. Soy joven, tengo muchos proyectos.
Ulises y Gerard se abrazaron.
-Te entiendo perfectamente. Nadie puede decirte qué debes hacer con tu vida. Muchos se van a América. Allí no hay tantos problemas, al menos no los mismos. Pero los que nos quedamos en el viejo mundo tenemos que pelear aunque no nos guste. Mi mundo es éste y tengo que hacer algo por él. Tu debes buscar el tuyo.
-Iré a la mina con vosotros, tal y como te prometí y luego partiré hacia la costa y me embarcaré en Marsella.
-Apruebo tu decisión. ¿Y tu hermano?.
-Mi hermano quiere ir a París, buscar a mi padre.
Ulises le tendió la mano, como si aquel apretón sellase un trato que ambos firmaban y Gerard le apretó la mano fuertemente, sellando para siempre una gran amistad.
A la mañana siguiente Ulises descubrió la belleza deslumbrante de Carcassone, -hermosa como ninguna palabra puede definirla-. El rojo de murallas, iglesias fortificadas y torres de defensa, cubiertas por negros conos de pizarra conferían carácter propio a aquella ciudad.
Gerard le encargó que fuese al centro de la ciudad a comprobar su había muchas fuerzas alemanas. Se impresionó con los puentes y las antiguas puertas de entrada, y con el gran número de personas que en las calles iban y venían camino del mercado o las tiendas, en la bastide Saint Louis, el barrio antiguo. En una agencia comercial adquirió un pasaje de barco que partía desde el puerto de Burdeos hasta Buenos Aires. Podía tomar el barco cualquier día, en el plazo de seis meses. Pensó que era una medida previsora. De esta forma sentía que estaba más cerca de su sueño.
Paseó por las calles un buen rato, y se sentó en la plaza Carnot a mirar cómo el agua jugaba en la fuente de Neptuno, y las amas de casa buscaban los precios más baratos en los puestos del mercadillo, pero no encontró ni rastro de alemanes. Solo apetecibles amas de cría de rubios cabellos que paseaban a niños. Luego se paró a observar en la terraza de un café de la calle Clemenceau, preguntó al camarero si había visto a muchos forasteros últimamente y le respondió que había más de lo normal, pero que podían ser turistas, o comerciantes. Cuando le preguntó por su acento, el camarero respondió: españoles, como usted y alemanes. Un hombre moreno con gafas leía la prensa local. Salió por la puerta de Cordeliers y la calle de Armagnac a dar un paseo por la dársena del puerto, pues era un día soleado y con algo de calor. Pequeños barcos de pasajeros y mercancías iban y venían, de Toulouse a Narbona, mientras las rojas murallas se reflejaban en las aguas del canal. Se sentó al borde del agua a refrescarse y cuando fue a mirar las murallas se encontró de nuevo al hombre moreno que leía el periódico en el café. Ulises le sonrió y le saludó con la mano como solía hacer en Solsona. El hombre, sorprendido, le devolvió el saludo. Ulises pensó qué amable, se diría que no es francés, los franceses son mucho más secos.
Fue a mirar la frecuencia y horarios de los barcos con la costa y no dejó de sorprenderle aquel ambiente marinero, en plena llanura francesa. Se dirigió de nuevo hacia las murallas pues pensó que desde los torreones habría una vista espléndida. Y efectivamente tras flanquear una de las antiguas puertas de la muralla subió por una estrecha puerta y ascendió una escalera de caracol hacia lo más alto de las murallas. Allí pudo deleitarse con una maravillosa vista de la iglesia gótica de Saint Nazaire, la fortaleza, el doble perímetro amurallado y se extasió con el recto trazado del canal que se deshacía en la indefinición del horizonte.
El hombre del periódico estaba en la muralla, era evidente que lo había estado siguiendo, y no sólo eso, sino que no estaba solo, le acompañaba otro hombre de aspecto similar y ambos le señalaban con el dedo. Ulises, sin saber muy bien porqué, echó a andar con paso más o menos rápido, y cuando ya no pudo aguantarse, comenzó a correr y los dos hombres lo siguieron. Se vio a sí mismo en un campo de concentración y su billete de barco a América en manos de otro, así que no lo dudó y salió corriendo como alma que lleva el diablo.
Cuando llegó al final del tramo de muralla se topó con una estrecha escalera de caracol, por la que tropezó y bajó mucho más rápidamente que sus perseguidores, rodando, afortunadamente, sin consecuencias graves. Cuando Ulises corría hacia uno de los botes que estaban zarpando, sus perseguidores, mucho más viejos y menos ágiles que él, estaban aún saliendo de la escalera de caracol. A punto estuvo de perder el barco, pero él se coló por la fuerza, y luego pagó el billete ante el enojado empleado que se lo reclamaba. Finalmente, la barcaza zarpó y Ulises pudo ver de cerca la cara de sus perseguidores, que no pudieron dar alcance a la embarcación.
Los miró frente a frente desde la borda y notó el frío en sus miradas, mientras el bateau se alejaba. Sintió un escalofrío por la espalda. El corazón le latía rápidamente, cuando logró calmarse pudo preguntar adónde se dirigía aquel paquebote: A Narbona le respondieron.
Tendría que ganar la orilla a nado, se dijo a sí mismo, mientras se tumbaba al sol sobre la cubierta de madera de la barcaza cuyo motor traqueteaba rítmicamente, mientras dejó que las pulsaciones de su corazón se hiciesen más leves. Le bastó con observar, para dejarse llevar por aquel ambiente de ensueño en las riberas del canal. Unos ancianos dormitaban plácidamente al sol del mediodía, un grupo de niños jugueteaban con sus pelotas de trapo a la sombra de los plátanos. Solo se oía el tac-tac-tac del motor abriéndose paso por entre las amarillentas aguas. Ulises entrecerró los ojos con pereza y se quedó inmóvil saboreando el silencio del canal. Oyó saltar un pez cerca de la orilla, graznar una corneja.
Al poco rato todo le resultó tan armonioso que apetecía charlar con alguien que le revelase más cosas sobre aquel mágico lugar y comenzó a hablar con el capitán y esclusero, hijo de un republicano exiliado, que le descubrió la navegación en peniche, la belleza original y humilde, tan poco espectacular, -sencilla pero bella- de aquel lugar ideado por una mente
visionaria del pasado.
Ulises concluyó que la vida en el Canal del Midi debía tener su emoción, aunque como la velocidad y las distancias, es a la medida humana. Se alquilan bicicletas para corretear por los caminos de sirga o ir al pueblo más cercano y hasta debe tener su aventura –pensó- cenar a la luz de las velas en los ribazos del canal. Se llega al final del viaje, cuando se acaba el tiempo de que se dispone. Y cuando se llega al punto de partida se recupera la velocidad mundana dejando atrás ese mundo que durante ocho días parecía tan lejano como si se hubiera vivido en otro continente. Como América. La imagen que Ulises tenía de América era de un lugar rico y abierto, libre, de mujeres y tierras abiertas y generosas, donde uno podía ser alguien en la vida si era osado y valiente y desde luego sin guerras, ni marcas de nacimiento. La tierra de la libertad con enormes prados en los que corretear desnudo, como su madre lo trajo al mundo. Tuvo un leve recuerdo para su hermano, y su nueva hermanita recién nacida, a la que deseó mucha suerte a pesar de las tristes circunstancias que habían rodeado su concepción, y el resto del tiempo lo dedicó a imaginar conversaciones con su padre y su hermano sobre caza, la forma de cultivar las tierras para sacarle mas rendimiento, o explicándole sus aventuras en tierras francesas que estaba seguro que su padre aprobaría.
Cuando volvió a la granja de las afueras, estaba empapado, tenía un moratón en la cara y estaba asustado. Cuando le contó lo sucedido, Gerard le explicó que sus perseguidores podrían ser espías alemanes y que había hecho bien en escaparse, si no quería acabar en un campo de concentración nazi. Poco después Gerard volvió a la reunión que a juzgar por los rostros de todos, se antojaba de especial relevancia.
Allí estaba nada mas y nada menos que los que luego serían integrantes del G. T. E. 422 de Carcassonne, que era algo así como la cúpula regional de las fuerzas -armadas o no- de la resistencia. Así se enteró de que sus compatriotas copaban la mayor parte de los puestos de cúpula. Unos llegaban de Bergerac (Dordogne) y otros -todos lo que se quedaron en la Alta Saboya-, de Sainte-Livrade. Unos y otros hablaban en voz alta, parecían acalorados, y la reunión subía de tono. Los partidarios de esperar se enfrentaban a quienes pedían una actuación urgente y contundente. Ulises aprovechó para recuperarse del susto, comer algo y cambiarse de ropa. La llegada del célebre Barreau, llegado desde la costa atlántica a la seguridad del apartado Languedoc, pareció animar la reunión.
Barreau anunció que pronto se terminaría la ficción de las dos zonas, lo que hacía pensar a sus partidarios que ya había pasado la hora de la propaganda y de las acciones secundarias; que había llegado el momento de organizar un maquis. Para ello era necesario organizar una escuela de cuadros. Además, Barreau anunció que el alcalde de un pueblecillo había puesto a su disposición un “chateau” en Auriac que ya estaba usando para ofrecer documentos de identidad falsos a judíos y cabecillas del ejército republicano español. También anunció que había recibido de un campesino un caserío en los alrededores de Villefranche de Rouergue, y que estaba entrenando allí a 16 estudiantes. Estas buenas noticias elevaron la moral del grupo y finalmente se decidió que tan pronto como se pudiesen organizar, liberarían los presos de las minas de la montaña negra.
Cuando se trató de bautizar al grupo, alguien propuso y los demás aceptaron entusiasmados, que fuera llamado «Bir-Hakeim», en recuerdo del principal hecho de armas en que habían intervenido los “franceses libres en el desierto de Libia”. Así, Ulises fue testigo del nacimiento del maquis que habría de vivir una vida intensa y errante y supo que el destino le daría la oportunidad de actuar en defensa de sus ideas, antes de embarcarse rumbo a América. Se decidió que el recién nacido grupo se dividiese en dos con destino al castillo de Auriac, -los de más edad que pudiesen aportar algún conocimiento especializado, útil para la cadena de mando- y al caserío de Villefranche, -los más jóvenes a prepararse, tomar municiones y establecer una estrategia-. A partir de ese momento, al grupo solo le faltaba dos cosas para convertirse en unos verdaderos guerrilleros, ser reconocidos por la organización que comenzaba a aglutinar a los partisanos galos, la “Armée Secrete”, recibiendo fondos aliados, y por supuesto enfrentarse a los alemanes. Mientras tanto debían aprovechar los descuidos de los alemanes para acumular municiones con las que hacer frente al enemigo. Enseguida se organizó todo y Ulises decidió salir esa misma noche hacia el campo de entrenamiento.
Antes escribió una carta a su hermano explicándole todo pormenorizadamente. Gerard, -que visitaría de vez en cuando el castillo y el campo de entrenamiento- sería el encargado de llevar en mano el escrito hasta Rennes. Poco tiempo después, Gerard y sus amigos partieron hacia Rennes y Ulises le despidió con un signo de interrogación en la mirada.
-No te preocupes, nos volveremos a ver muy pronto. Le dijo Gerard. Hacía tiempo que no le veía tan feliz. –Estoy orgulloso de ti, Ulises. Dijo antes de alzar la mano despidiéndose.
El joven emigrante catalán se subió a un camión cubierto por lonas azules que había servido para transportar ganado, con un grupo de jóvenes a los que apenas conocía, mientras el sol se ponía tras las murallas de la bella Carcasonne. La incertidumbre y la belleza de aquella puesta de sol, le hicieron sentir un agudo dolor de estómago. Se sintió más vivo que nunca y emocionado de estar allí. Mientras miraba en silencio las blancas marcas del asfalto de la carretera, recordó las palabras que tantas veces había oído pronunciar a su padre. “¿De que sirve vivir si no es defendiendo aquello en lo que crees?”.
-Me recuerdas a alguien, muchacho. Le dijo Barreau a Ulises, mientras conducía la camioneta.
-No lo creo, soy español, catalán de Solsona, y vivo desde hace meses en la granja de Gerard, en Rennes le Chateau. No conozco apenas a nadie en Francia.
-Hay muchos españoles aquí, como ya sabes. Hace meses conocí a un tipo muy simpático, era de Solsona también, me dijo que había dejado a su mujer y sus hijos para alistarse con los milicianos.
-¿Ah sí?. A Ulises le dio un vuelco el corazón. ¿Y cómo se llamaba?.
-No lo sé, no me lo dijo. Solo me dijo que quería pertenecer a las milicias cuando se organizasen, vivía en Carcasonne con una francesa. Y no he sabido más nada de él. Los alemanes han capturado a muchos españoles y los han llevado a los campos de trabajos de las minas.
-Mi padre está también luchando contra los nazis. Pero no sé dónde está ni cómo encontrarle. No tengo ni idea de su paradero. Supongo que estará en París, pero no lo sé con certeza.
-Tarde o temprano lo encontrarás. Ya lo verás. El mundo es un pañuelo y más para un catalán que siempre consigue lo que se propone. Y le guiñó el ojo.
Aquella conversación abrió muchas esperanzas para Ulises, en medio de la oscura carretera hacia un lugar que no conocía. La esperanza de encontrar a su padre. Recordó que tenía una foto de su padre, en el hatillo que trajo consigo de casa de su madre y que había dejado atrás en casa de Gerard. Y entonces resolvió que la pediría y que cuando la tuviese entre sus manos, mostraría a todos aquella foto y preguntaría si le conocían. Imaginó, como sería reencontrarse con su padre y poder abrazarlo, y sentirse otra vez protegido por alguien en este mundo, no como una sombra errante que huye de la furia del tiempo, siempre viajando de ninguna parte hacia la nada. Recordó de nuevo aquellos domingos de campo, o cuando su padre le enseñó a pescar, pero él no pescaba nada, y estuvo así horas, hasta que de repente cogió cinco enormes carpas, que cocinaron para el almuerzo mientras todos en la familia lo felicitaban.
La luna comenzó a salir mientras Barreau conducía por carreteras secundarias paralelas al canal entre Carcasonne y Toulouse, mientras Ulises recordó el incidente con los alemanes junto al puerto, y lo comentó a sus compañeros de viaje, que en adelante le miraron con admiración, pues era el único que los había visto cara a cara.
-No os preocupéis, ya os hartaréis de ver sus uniformes grises y sus andares de oca.
Gritaba desde el volante el bueno de Barreau mientras comenzó a relatar sus andanzas desde Hendaya hasta Coillure, escondiéndose por las montañas, o huyendo en botes por el canal hasta el mediterráneo. Las primeras personas a las que reclutó para los maquis fueron su mujer, sus hermanos, su cuñados y así poco a poco se fue convirtiendo en el más respetado y querido partisano. Durante los dos últimos años se había convertido en uno de los “delincuentes” más buscados por los alemanes y había establecido una tupida red de contactos por toda la región, y era conocido en todos los puertos a ambos lados del canal, algunos, jocosamente lo llamaban pirata de agua dulce.
Antes de llegar al puerto de Castelnaudary, Ulises se había hecho amigo de un muchacho moreno y delgado de Carcasona, le sorprendió su juventud, pues bien podría ser su propio hermano, no pasaba de 16 años, pero tenía una decisión en la mirada que llamaba la atención. Si yo fuese su hermano mayor, no le permitiría que viniese, pensaba Ulises.
-¿No tienes miedo?, le preguntó Ulises en medio de la conversación.
-Sí tengo miedo, pero es más fuerte la rabia.
-¿Mataron a alguien de tu familia?.
-Si. Respondió el muchacho mirando al suelo.
-Lo suponía. No se porqué pero algo me dice que vamos a llevarnos muy bien. Le dijo Ulises.
-Mi nombre es Michel, le dijo el joven ofreciéndole la mano.
-Michelín, así te llamaré. Y ambos sonrieron.
Iban al pueblo a recoger más voluntarios para el campo de entrenamiento. Era una pequeña ciudad coronada por la aguja de la iglesia a orillas de un gran lago artificial, lleno de embarcaciones de recreo. Barreau aparcó en la rue del Aubrevoy, un callejón a las puertas de un bar y al poco tiempo salió con otro hombre corpulento y un grupo de hombres jóvenes que se montaron en el camión con cara de asustados.
-Alegrad esa cara que no vais a un funeral. Vais a pasar la historia. Gritaba Barreau mientras les ayudaba a subir al camión. Iniciaron de nuevo la marcha, próxima parada Toulouse, la ville rose.
-¿Qué vamos a hacer en Toulouse?. Preguntó Ulises.
-Vamos de excursión al museo de historia natural. ¿No lo conocéis?. Pues lo vais a conocer bien, ya lo creo que lo conoceréis. Y luego se echó a reír. Barreau siempre reía.
Todos los ocupantes de la camioneta se miraban con rostro interrogante y alguno se reía pensando que se trataba de una broma, mientras ya se divisaba en la lejanía las primeras luces de la gran ciudad del sur de Francia.
-¿Y tu familia?, pregunto Michel.
-¿Mi familia?. Tengo un hermano en Rennes, madre y hermanos en Cataluña y un padre que no sé dónde ésta. Sólo sé que está vivo, y eso porque lo intuyo. Algo me lo dice.
Era muy entrada la noche y el Boulevard des Recolets ofrecía una atípica imagen desierta, y las aguas ocres del Garonne reflejaban las luces nocturnas de los monumentos de la ciudad mientras cruzaban el pont San Michel.
-El Midi está lleno de catalanes ahora, es probable que lo encuentres. Un día que vengamos a Toulouse con más tiempo, puedes venir a la oficina de la Cruz Roja, si le dejas tu foto, ellos se encargan de distribuirla y os ponen en contacto.
-¡Buena idea Michelin¡.
El jefe de la expedición estaba muy callado, parecía disgustado al tener que cruzar la ciudad más vigilada de Francia con aquel cargamento humano, sin embargo cuando divisaron una gran redonda y la masa boscosa del jardín real supieron que en su interior estarían a salvo. El museo de historia natural tenía una entrada en forma de columnata a la griega, protegida por rejas de hierro. A Barreau le bastó con saludar al vigilante de la entrada para ser reconocido, en adelante condujo con las luces apagadas, por el interior del parque hasta el gran edificio principal. El camión pudo entrar sin problemas hasta el interior de uno de los patios de servicio del palacete decimonónico.
Cuando por fin se detuvo la camioneta, el jefe pidió que se bajasen todos, que no hicieran muchas preguntas y que ayudasen en lo que se les dijera.
-Mientras más rápido se haga todo, más pronto llegaréis a vuestro destino.
Pronto un grupo de personas que iban vestidos como trabajadores de la limpieza condujeron a los jóvenes por largos y oscuros pasillos, en total silencio con el eco de los tacones sobre el suelo de mármol. Ulises estaba por vez primera asustado, pues no sabía adonde le dirigían sus pasos. Pronto estuvieron en una gran sala donde se exhibían los restos más importantes de los esqueletos de enormes animales desaparecidos. Los empleados del museo rodearon un grupo de sarcófagos de piedra y los abrieron. Pronto empezaron a sacar grandes bultos que contenían material muy pesado, envuelto en grandes mantas. Eran armas.
-Rápido, al camión.
Todos ayudaron a vaciar aquellos sarcófagos de su inesperado contenido cuando terminaron de colocar ordenadamente las armas en un doble fondo del suelo de la camioneta, las taparon con mantas y luego lo cerraron con unas maderas. Lentamente, la camioneta salió del museo y luego de la ciudad sin mayores contratiempos. Barreau les recomendó que durmieran, pues el resto del trayecto por Albi, y las sierras de la región de Tarn, no tenía mucho más que ver en medio de la noche. Alrededor de las dos de la madrugada llegaron al caserío de Estibi, a pocos kilómetros de Villefranche, donde se acomodaron en sus camastros para continuar con el merecido descanso.
La mañana siguiente amaneció con un sol radiante, se levantaron tarde, y Ulises se sentía alegre y optimista, comprobando con agrado la hermosura de aquella campiña. La casa era grande y equipada con todo cuanto podían necesitar 50 jóvenes para su formación como futuros guerrilleros. El ambiente no se asemejaba demasiado al de la rutina militar, como temía la noche anterior y eso le gustó aún más. Los encargados se portaban de un modo razonable y los jóvenes que llevaban allí más tiempo les ayudaban en todo lo que podían. Todo el mundo era agradable. Los españoles enseguida sobresalieron y no pudieron dejar de reconocerse y firmar una especie de pacto entre caballeros para ayudarse en los difíciles tiempos que estaban por venir. Además, los cuatro eran catalanes. Pronto les apodaron como los cuatro jinetes, porque iban a todos lados juntos. Sin embargo, la faena de cada día era dura y ahí no había amigos que valiesen. No sólo había que hacer mucho ejercicio físico, correr kilómetros sino que además a veces había que madrugar para hacer las faenas de la casa, las comidas, lavar y planchar, fregar el suelo, las cuadras, recoger los huevos de las gallinas, cuidar la huerta, regar, podar, cavar, dar de comer a los perros y asistir a clases teóricas, y de este modo llegaban a la cama por las noches tan rendidos que solo podían pensar en dormir, y así fueron pasando uno tras otro los días y las semanas. Ulises procuraba mantener correspondencia con su hermano quien le envió la foto de su padre que le sirvió para irla enseñando a sus compañeros sin éxito, también le mandó noticias de que Gerard se incorporaría pronto al caserío de Estibi.
Algunos domingos daban permiso a los muchachos para que hiciesen lo que les diera la gana, excepto ir a los prostíbulos, esa era la orden más severa. Los de Rodez, Cahors y Millau estaban llenos de alemanes según les habían dicho y había alguno en los pequeños pueblos de alrededor, pero no se sabía que clase de gente te podías encontrar con ellos, y acudir a ellos era poner en peligro a los demás. Sin embargo eran jóvenes y guapos así que no debían tener problemas en encandilar a más de una inexperta jovencita en medio de aquellas aisladas montañas.
Los cuatro jinetes y Michel, -al que habían apodado Michelín- pidieron prestado la camioneta a Barreau, que milagrosamente no tenía que salir de viaje, había decidido quedarse a descansar con su familia en el caserío y este les pidió que por el bien de todos no se metieran en follones y si alguien les preguntaba algo, trabajaban en una granja.
Tomaron una carretera secundaria por entre las montañas en dirección al sur, había bruma y eso que no era demasiado temprano, vieron grandes elevaciones cubiertas de bosque, casas rurales hechas de piedra con tejados de madera rodeados de pequeñas huertas y grandes cerrados con ganado. De vez en cuando tuvieron que interrumpir la marcha por manadas de vacas que cruzaban la carretera, poco tiempo después y tras una colina vieron aparecer entre la niebla el castillo de Najac, y el pueblo que parecía guardar equilibrio sobre una quebrada de la montaña, extendiendo su pardo caserío antiguo por donde podía, parecía estar hecho de roca. Una dulce luz dorada lo bañaba todo y se adentraron en el pueblo buscando tiendas. Compraron vino y queso del país, y fueron a bebérselo a un parque, en el extremo opuesto al castillo, que parecía reinar con la robusta redondez de sus torres, sobre las formas rectangulares que dibujaban las calles. Sin embargo los cuatro jinetes estaban más pendientes de las redondeces de los monumentos humanos de dos piernas, que se paseaban por el parque. Allí conocieron a una pandilla de cinco chicas rubias y luego se fueron a comer a los alrededores de Peyrusse, a los pies de una impresionante peña con una caída casi en vertical de mas de doscientos metros. Con mucho esfuerzo pudieron subir al castillo que había en la cúspide, más que nada para impresionar a las chicas y allí encaramados, vieron la puesta de sol.
Después de dos meses, el grupo Bir-Harkeim había adquirido soltura y experiencia, los muchachos estaban muy motivados, eran trabajadores, inteligentes y capaces, había realizado tantas incursiones contra los alemanes, robándoles armas y municiones que Barreau temía que los alemanes descubriesen su escondite y apareciesen de un momento a otro.

El 10 de septiembre, a las seis y media de la mañana, cuando una espesa niebla cubría aún la meseta, se oyeron disparos a corta distancia. Una columna de la Wehrmacht, compuesta de 400 hombres, había cercado el campamento sin que los centinelas se apercibieran de la operación. Barreau dio la alarma y todo el mundo salió de las camas medio desnudo y pegando tiros hacia no se sabía muy bien dónde. Ulises no podía creer que ya empezaba la acción, nunca pensó que fuesen a atacarles en su propia casa. Pasados los eternos minutos iniciales de caos, el jefe lo organizó todo de modo que se establecieron varias líneas de ataque con barricadas hechas de alpacas de paja, maderas, troncos y otros parapetos. Pasada una hora vieron que el número de los atacantes era muy superior a los defensores y Barreau decidió prepararlo todo para huir. Inmediatamente, los muchachos de Barreau toman posición y obligan al enemigo a detenerse y, luego, a retroceder. Los asaltantes disparaban con sus armas automáticas, morteros y cañones ligeros. Estaban rabiosos, pues en el primer asalto habían perdido a varios soldados y un capitán. Cuando pensaba en algún método se dio cuenta que de uno de los flancos no llegaban disparos. Luego supieron que ese grupo se había perdido en la niebla y llegó con varias horas de retraso.
Cuando el grueso del ejército alemán ocupó la meseta ya no había nadie. No pudieron imaginar que su estreno luchando contra las tropas nazis fuese tan poco épica. Ulises y los muchachos 100 muchachos de Barreau se vieron obligados a descender una colina en calzoncillos, cargando las armas y un montón de pertenencias personales hasta llegar a una pequeña aldea medio deshabitada -Saint Pierre le Cat- obligando a sus ancianos habitantes casi por la fuerza a regalarles unas ropas casi del siglo pasado y a cederles la comida. Para conseguir el consentimiento, fue necesario amenazar con quemar las viviendas. Poco después llegaron los dos camiones cargados de munición que tuvieron que cruzar a campo traviesa, o por pequeños caminos de cabras varios kilómetros jugándose la vida. Nadie resultó herido. Huyeron a refugiarse en Auriac, 80 kilómetros hacia el sur, donde todo el grupo se reunió por primera vez.
Para la mayoría de los aprendices de partisanos, el ataque sorpresa de los alemanes fue un duro aprendizaje, y para otros un golpe que hizo bajar su moral, pues no funcionaron los sistemas de información para prevenir un previsible ataque. Sin embargo, poco a poco después de pequeños actos puntuales de sabotaje, formar parte de los maquis se fue poniendo “de moda”, empezó a estar bien visto y los jóvenes del Bir Harkeim fueron tratados como héroes. En todos lados eran respetados, y las muchachas caían rendidos a sus pies. Miles de franceses entraron al maquis huyendo del servicio de trabajo obligatorio alemán, y los campesinos apoyaban la causa huyendo de los abusos de los alemanes que confiscaban sus productos. El movimiento de resistencia animaba la no conformidad y proveía refugio, suministros y armas a los evadidos que llevaban las colinas y el campo. Los aldeanos comenzaron a disputarse en quién les alimentaba más y mejor. Los españoles eran considerados los más fieros. Ser español y maquissard en el sur de Francia era como ser Héctor en la antigua Troya. Se decía que la resistencia era el estado natural de los exiliados españoles. Sabían hacer bombas; sabían montar emboscadas; tenían un conocimiento profundo de la técnica de la guerra de guerrillas. Allí donde llegaban españoles, curiosamente se registraban sabotajes de trenes, voladuras de puentes, ataques con grandas en desfiles militares. En las últimas semanas hubo 132 trenes descarrilados y se tardaba tres días en viajar de Paris a Toulouse.
Los alemanes habían llenado la comarca de pasquines con la foto de Barreau, al
que reconocieron en las colinas de Villefranche. Él fue el primero en reconocer que
su presencia en el castillo, ponía en peligro los planes, fue Gerard, quien no tardó
en convencer a Berreau y éste decidió que pocos días después saldría hacia
Clermont para organizar allí un nuevo grupo. Sin él, los defensores del castillo se
sintieron un poco huérfanos, pues había sido el padrino de la mayoría de los que
estaban allí. Fue una despedida triste debajo de la lluvia, sin demasiadas palabras.
Quedó encargado del castillo y de sus moradores Gerard, quien nombró a Ulises
su segundo.

Pocos días después Barreau salía de una reunión en Toulouse con Uziel y Coucy,
cuando fueron detenidos —un delator que les conocía comunicó su presencia al
inspector de policía Puchot , pero Barreau logró escaparse. Coucy fue internado
unos días en la Intendencia de la Policía de Montpellier, y Barreau, al frente de un
grupo de «maquisards» intentó, en vano, liberarle. Más tarde, trasladado a la
prisión central de Eysses fue a parar al campo de exterminio de Dachau, luego a
Mathausen. Barreau se reincorporó al maquis de Clermont.
Mientras tanto, el grupo Bir Harkeim, intentó con éxito el asalto al campo de
trabajos forzados de la Montaña Negra según sus planes iniciales, sin demasiados
problemas, pues el número de presos había descendido en las últimas semanas
hasta apenas dos decenas y la vigilancia era muy pequeña. Una vez liberados, los
presos se sumaron voluntariamente al grupo.
Entretanto Barreau creó otro grupo en Serret, donde almacenaron importantes
reservas en víveres, armamento, municiones, materiales diversos y gasolina. Los
más jóvenes, vieron varios vehículos alemanes y en lugar de esconderse y vigilar
los movimientos de los soldados, abrieron el fuego matando, en el coche que iba a
la cabeza de la expedición, a un comandante y tres oficiales. Al día siguiente, llegó
un contingente de SS de la Novena Panzerdivisionen Hohenstaufen dispuesta a
acabar con aquello.
Cuatrocientos soldados, gendarmes y milicianos franceses con autos, camiones y
cañones ligeros. Los «maquisards», que mantuvieron a raya a los asaltantes, pero
antes de caer en la emboscada decidieron retirarse. Fueron a recoger los envíos de
armas que llegaban por avión en el lugar conocido por el nombre de La Parade, un
prado en las alturas. Allí fueron atacados por sorpresa por los alemanes.
Pasada la primera sorpresa, resistieron heroicamente pero luego se replegaron hasta
una casa, donde se refugiaron los supervivientes de la encerrona. Desde ella,
hicieron muchas bajas entre los asaltantes. Después de varias horas de lucha, los
alemanes dieron el asalto y lograron capturar todo el grupo con Barreau a la cabeza.
Fue trasladado a la prisión central de Eisses, destinada a presos “políticos” de todo
el país, en un viejo y siniestro caserón insalubre situado en el pueblecillo de
Villeneuve sur Lot, en el Departamento de Lot y Garona. En cuanto a las evasiones,
todo el mundo pensaba que en Eysses, resultarían imposibles.
Ulises hacía la guardia en el dominio de Auriac, mientras de vez en cuando
echaba el ojo al camino que unía a la mansión dieciochesca con la cercana
Carcasonne, cuando descubrió que se acercaba un jeep, así que avisó a
Gerard. Dadas las circunstancias, la alerta era máxima y había órdenes de
disparar contra cualquier vehículo que se acercase, si éste no era identificado antes
De llegar a la altura del cercano Aude.
-Noticias urgentes de Barreau. Gritaba el joven moreno que conducía el jeep,
mientras agitaba un sobre blanco con una mano.
Gerard y Ulises se alegraron sinceramente de aquellas novedades e hicieron
pasar inmediatamente al emisario a uno de los palaciegos salones, le ofrecieron un
bueno vino tras entregar la carta y ellos se dispusieron a leerla con mucho interés,
mientras el despistado joven miraba con cara de sorpresa los detalles de la lujosa
decoración interior del gran salón.
Las noticias no podían ser mejores. Barreau no solo estaba bien, sino que además
había podido establecer contacto con muchos españoles en el interior de la prisión,
y con gente de muy diversas nacionalidades habían creado su pequeño grupo de
maquis y se estaban organizando. Habían conseguido que el director de la prisión
les reconociese muchos derechos: circular libremente en los patios, a cualquier hora
del día, derecho a enviar varias cartas por semana y de recibir la correspondencia,
paquetes y periódicos, derecho a la la visita y a oír la radio, gracias a los cuales
los presos estaban al corriente de lo que sucedía en el exterior. De este modo,
y no sin problemas habían creado un gran grupo que ya se había hecho fuerte en la
prisión y estaba preparando varias acciones inmediatas aunque ya planeaba una
gran fuga, pues habían sabido que sus fuerzas hacían falta fuera. Ahora el líder y
creador del grupo Bir Harkeim necesitaba ayuda de su grupo para organizar la
gran evasión.
-Este Barreau es incorregible. Dijo Franciso mientras leía.
-Es uno de los mejores hombres que he conocido. Repuso Gerard.
Todo empezó con un acto de solidaridad en favor de presos administrativos,
metidos en celdas detenidos por «sospechosos», que no habían pasado ante ningún
tribunal, pero que estaban en peligro de ser deportados a Alemania. Un día, fueron
sacados de la prisión por sorpresa, pero sabotearon el tren y los devolvieron a
la cárcel de Eysses.

Los resistentes hicieron una huelga de hambre, cesando en su actitud una vez
obtenida la promesa de anulación de la expedición. Por la noche, los gendarmes
vinieron a buscarles lanzando granadas lacrimógenas en los dormitorios. Más de
mil presos formaron frente a la puerta del Este defendida por los fusiles de los
gendarmes «La Marsellesa» en coro, bajo la luz de los proyectores.
El director de la prisión dudó, no dio orden de disparar y prometió que nadie sería
deportado.  Los «administrativos» fueron destinados al pequeño campo de
internamiento cercano y luego trasladados a la fortaleza de Sisteron, en los Bajos
Alpes, donde se sublevaron, desarmaron a los guardianes y se incorporaron al
«maquis» de la región alpina.
Ulises no daba crédito a todo lo que leía. Cada vez admiraba más a aquel
hombre, desde que aquel primer día hizo renacer de nuevo en su interior la
esperanza de encontrar de nuevo a su padre. Para colmo, al final de la carta añadía
una nota final para Ulises.
-PD: He sabido que tu padre está dentro de la prisión aunque aún no he podido
hablar con él, aunque pronto lo haré. Ulises rompió a llorar como si fuera un
crío. Gerard lo abrazó.
-Enhorabuena, has localizado a tu padre. No tenemos más remedio que organizar
una fuga de la prisión. Inmediatamente, se organizó una asamblea para debatir qué
hacer y todos se pusieron a dar sus ideas y opiniones para organizar una fuga, y
mientras se redactó una carta en donde se detallaba el sistema de contacto, y las
ideas que se estaban barajando. Una vez acabada se entregó al emisario, que por
entonces se había terminado la botella de vino tinto y presentaba un aspecto de lo
más feliz.
Al día siguiente la carta entró en la prisión escondida en una caja de galletas, junto
a metralletas «Stern», algunas granadas; para esconderlas, los empleados en el
taller de carpintería construyeron dobles fondos.
Gerard y los demás concluyeron que lo único que podían hacer era formar un grupo
para proteger la columna de evadidos y recogerlos ya en el exterior.
A los pocos días, un preso de Eyssés se escondió en una camioneta que recogía las
virutas del taller y logró salir a la calle, dirigiéndose al caserío de Auriac, y de esta
forma planeó con Gerard que sería el grupo Bir Harkeim, que había crecido en
veinte miembros tras liberar los campos de trabajo de la montaña negra, además de
otros cien voluntarios de Lyon, Marsella y Toulouse, los que protegerían a los
evadidos. Pocos días después se fugó otro grupo, sobornando a los vigilantes.
Aquella cárcel estaba perdiendo su fama de inexpugnable.
Pocos días después se anunció la visita de un inspector de prisiones, y todos consideraron que era la oportunidad que esperaban. Cuando la comitiva entró en la sala del patio número uno, varios detenidos amordazaron al director, al flamante inspector y a los acompañantes. Los resistentes quitaron sus uniformes a los vigilantes y se los pusieron para sembrar la confusión. Fueron a buscar a los guardias, uno por uno, con el pretexto de que el director les llamaba. De esta forma, los resistentes se hicieron con el control de la prisión.
Un grupo de «comunes» que regresaban de los trabajos en el huerto, al ver a unos guardianes cachear a otros guardias dieron la voz de alarma; y comenzó el tiroteo.
Los combates, que habían empezado a las cinco de la tarde, terminaron a media noche.
Las fuerzas de seguridad estaban recuperando poco a poco la situación. En ese momento en que parecía que todo estaba ya perdido, sin esperanza de verse libres, un cohete verde salió disparado de uno de los miradores. Los españoles se proponían atacar al mirador noroeste.
¿Ninguno pensó que ese ataque era una locura?, pensaron muchos, entonces.
Le respondió otro desde fuera: el grupo Bir Harkeim había llegado y estaba listo para entrar en acción. Eso hizo que la moral de todos se elevase. Todos sabían que de esa forma el éxito estaba de su lado.
Los españoles comenzaron su ataque con bombas de mano lanzadas, algunas, desde las ventanas de la enfermería. Otros, armados de picos y arietes, intentan abrir una brecha en el muro exterior.
Gerard, Ulises y los suyos comenzaron a disparar a los vigilantes de las torres, sin darles tregua, para distraerlos de los que desde el interior intentaban abrir brechas en los muros. El ruido ensordecedor e las ametralladoras D-37 era acompañado por el sonido de los cristales de los ventanales al caer, de los ladridos de los perros, de los gritos de los guardias en alemán y francés y de las órdenes de mando en español. Barreau se muestra sorprendido de los incesantes ataques españoles.
-¡Estos españoles están locos, los van a matar a todos!. Grita a su ayudante. Dales orden e que se replieguen. A replegarse. Ordena de nuevo en voz alta.
-¿Replegarse?. Ni pensarlo. Grita una voz en español.
El grupo español parece no oir la orden. Roselló, que manda la columna española se muestra inflexible hasta que en una nueva carga, resulta herido leve, lo que hace dudar a los demás. No quiere separarse de sus camaradas y cuando logran retirarlo de la primera línea e fuego está muy debilitado por la pérdida de sangre. Barreau consigue a base de imponerse gritando que el resto de los españoles abandonen su loca tentativa desesperada.
-Hemos hecho lo que hemos podido, solo nos hubiera hecho falta un poco más de dinamita. Dijo Roselló.
-Ahora es más inteligente intentar abrir una brecha en los muros, disparad contra los vigilantes. Opinó Barreau.
Gerard y los suyos habían logrado acabar con los vigilantes en varias ocasiones, pero inmediatamente aparecía otro grupo de alemanes para defender cada una de las torres de vigilancia de la prisión. Gerard dio orden de que se comenzase a picar la pared para abrir una brecha desde el exterior, pero cuando vieron que era imposible, por su dureza comenzaron cavar en el suelo, y a la media hora lograron por fin su objetivo abriendo un boquete, mientras que otros protegían disparando a los que cavaban. Poco después lograron salir la mayor parte de presos políticos y algunos comunes, pero entonces se recrudeció el ataque alemán, intentando evitar a ultima hora la fuga que ya era irreversible.
Una salva de disparos de alegría acompañó el reencuentro entre Barreau y Gerard, acompañado de aplausos, abrazos y lágrimas, mientras en una zona apartada se producía el reencuentro entre Ulises y su padre. Ulises se asustó al ver la herida que su padre tenía en el hombro tras haber defendido el grupo español en el interior de la prisión.
Al día siguiente había motivos sobrados de alegría en la pequeña mansión de Auriac, pero sin duda alguna el más contento de todos era Ulises, por su recién recuperado padre, pus era como si de repente hubiese recuperado aunque solo fuera un poco, a su familia desperdigada. Le gustaba reunir a todos así que mandó avisar a su hermano menor, Antonio, que se había quedado en la granja de Gerard en Rennes, quien no tardó en acudir. Ese día corrió el vino y la comida en abundancia y para Ulises fue uno de los más felices de su vida. Los días se sucedieron rápidos y fugaces en medio de excursiones, fiestas en las que se celebraba el éxito del ataque a la prisión y visitas a amigos y conocidos. Ulises demoró todo cuanto pudo su viaje, pero finalmente llegó el día de la partida ante la oposición de su padre y su hermano, que no entendían demasiado su ímpetu viajero ahora que la familia se había reunificado. Sin embargo Ulises les explicó que sabía que tenía que hacer ese viaje, pues tenía la certeza de que su destino le estaba esperando al otro lado del océano. Prometió hacer fortuna pronto y ponerse en contacto con sus familiares tan pronto como le fuese posible. Finalmente su padre entendió que si su hijo había participado valientemente en todas las acciones de la resistencia que había podido, tenía derecho a rehacer su vida lejos de la guerra. Finalmente le dio su bendición y le consiguió un salvoconducto de la Cruz Roja, que le otorgaba la condición de refugiado y la protección oficial de los estados del nuevo mundo. Ulises llegó a Francia siendo un niño y salió del puerto de Marsella en un buque de pasaje italiano convertido en un hombre un lluvioso día de finales de octubre con destino al puerto de Buenos Aires, Argentina para continuar viaje en tren hacia La Paz, Bolivia. Allí tenía amigos catalanes que le habían prometido ayudarle y le auguraban un próspero futuro a todo aquel que llegase al país con ganas de trabajar.
El capitán Roselló y su hijo Antonio continuaron en la resistencia hasta la liberación final de Paris, en cuya batalla participaron, como muchos otros españoles que formaron parte de la columna del capitán Raymond Dronne. Una vez terminada la guerra, volvieron a España.

II-La blanca luz
Ulises había aprendido de Europa que no hay alegría sin lágrimas, ni bienestar sin penalidades y esfuerzo, que todos nosotros estamos solos en este mundo y que lo que no hagamos nosotros, nadie va a venir a hacérnoslo. También aprendió que la unidad de la familia, algo tan aparentemente evidente es algo que cuesta mucho conseguir, y que cada uno debe hacerse respetar y querer por sus hechos. Lo que le iba a enseñar América aún estaba por descubrirse. Después de más de un mes de travesía desde Marsella, en que vio las costas de su amada España, y cruzó la barrera natural de las columnas de Hércules que separan el amistoso mare nostrum del imprevisible océano, sintió que su vida naufragaba a merced de las enormes olas, y no tuvo más remedio que reconocer que no era buena época el invierno para cruzar un océano. Cádiz, Recife, Río, Montevideo, Buenos Aires.
Después de cruzar medio mundo, la llegada de Ulises a La Paz le emocionó profundamente, se sorprendió con aquella luz tan distinta, la enorme ciudad bajo la cumbre nevada del Illimani, las casas pobres casi colgadas de las laderas de los cerros cercanos. Daba la impresión de estar a medio construir, pues las obras se esparcían por todos lados. Era un país más pobre que Francia, desde luego, aunque no más que su España natal, sin embargo la sencillez de la gente y su calidad humana le hizo albergar la esperanza de que allí le esperaban por vivir los mejores años de su vida. Lo primero que hizo fue dirigirse a la casa de unos amigos catalanes, que le habían prometido, trabajo y alojamiento. Los catalanes se organizaron en el país como aquellos comerciantes judíos de hace varios siglos. Allí donde había una comunidad, todo catalán sabía que tenía comida y cama hasta que pudiera valerse por sí mismo. Del mismo modo tenía la obligación de actuar con los que llegaran después. Casi todo el mundo cumplía estas reglas.
Caminando por calles aún sin empedrar contempló cómo un indio que se arrodillaba ante un cholo implorando una moneda en pago por haber llevado en sus espaldas un enorme baúl de madera durante varios kilómetros. El dueño del baúl le pagó arrojándole una moneda que rodó cuesta abajo por entre charcas de agua sucia y basura, mientras el indio corría detrás.
De esta forma pudo hacerse una idea de lo que le esperaba. Entre el mal de altura y las cosas que estaba viendo por las calles, a punto estuvo de darse media vuelta e irse a la estación del tren de no ser porque la familia Bloch le convenció de que se quedara. Poco tiempo después se trasladó con los Bloch a Cochabamba, -una cuidad más pequeña y habitable- donde le trataron como a un hijo. A cambio él ayudaba a la familia transportando materiales de construcción con un camión.
Alfredo Bloch, el hijo mayor del patriarca catalán, le enseñó la ciudad de las torres blancas y los picos nevados, sus rincones más ocultos, los mejores prostíbulos, las mejores mujeres, las mejores casas de comida, le presentó a las personas que le podían sacar de un apuro, y así se forjó la gran amistad que les unió de por vida.
Tuvieron vidas paralelas, trabajaron en las mismas ferreterías, se casaron al mismo tiempo y en la misma iglesia, ambos tuvieron el mismo número de hijos, montaron sendas ferreterías y posteriormente, hoteles con piscina y por último se murieron los dos, con escasa diferencia de tiempo.
Ulises aventajó a Alfredo en casi todo, en los deportes era más rápido, enamoraba a más mujeres y ganaba más dinero, sin embargo Alfredo no se molestó en absoluto, siempre supo estar en un discreto segundo plano. Le complacía de esta forma analizar las mirada de los demás, la forma de vestir, los atildados gestos de los comerciantes tan ridículamente correctos las voces agudas de las damas vestidas como en una postal antigua, y las miradas furtivas de las viejas y de algunos hombres. Así, mientras Mientras Ulises desplegaba su teatro de circunstancias y oportunidades, Alfredo recogía su cosecha de certezas y en más de una ocasión salvó a su impetuoso y charlatán amigo de algún lío.
Gracias al círculo catalán las cosas comenzaron a irle viento en popa al emigrante . Comenzó como empleado en ferreterías de Cochabamba, -que por entonces aun parecía un antiguo decorado de teatro inmutable-, cuando la ciudad se veía crecer por días, derramándose colinas abajo como sedimentos de su propia civilización, con su Sagrado Corazón, como Río. Las casas coloniales parecían dulcemente dormidas hasta que las excavadoras las destruían.
Pronto Ulises se hizo imprescindible en las eternamente veraniegas veladas nocturnas de los palmerales de la Plaza Colón, o entre los plátanos de indias de la avenida Libertadores y se sintió allí tan a gusto como si estuviera en su propia casa o más. La ciudad era tan andaluza que Ulises comenzó a llamarla Cochabamba de la Frontera, y pronto entendió que todo joven que disfruta de la belleza, todo hombre que paladea la vida, lleva algo de andaluz dentro, que es como decir algo romano y árabe. Aquella era una ciudad abarcable donde se podía ser feliz.
Cuando ella apareció una tarde, tras las palmeras de la plaza comiendo un helado, no pudo dejar de admirar su belleza y cuando supo su nombre pensó, eso no es un nombre sino una metáfora. Nunca supo verdaderamente cuán acertado estuvo aquel comentario.
En los cines de Santa Cruz se estrenaba con gran publicidad la película “Madre quinceañera” que mostraba con fines ejemplificadores un parto en toda su crudeza. Ulises entró al cine y descubrió a una belleza morena de larga cabellera. Después de la función fue siguiéndola por toda la ciudad, ella caminaba con una señora mayor, probablemente su madre. Caminaron desde la plaza hasta el otro extremo de la ciudad. Hacía frio, había volcado el sur y queria llover. Ellas entraron a una casa y Ulises dio por finalizada la persecución.
Sin embargo al poco tiempo salieron de nuevo, cargadas de regalos y se pararon a esperar un taxi igual que él. Ulises le preguntó su nombre, Blanca Luz, le dijo. Comenzó a llover, así que Ulises, muy caballeroso les cedió el taxi.

Blanca Luz enamoró desde el primer día a Ulises, como una Lolita a un aprendiz de escritor. Alfredo, pronto se sintió desplazado por la muchacha en el espacio y el tiempo de Ulises, pero una vez más estuvo a la altura de las circunstancias y supo retirarse para pronto vencer su propia batalla conquistadora con otra joven. Pronto se les vio a los cuatro pasear por los escoceses prados del Parque Tunari, la feria de La Cancha, o por plaza de la catedral.
Ulises tenía las ideas muy claras y pronto le explicó a su novia, su intención de formar una familia, de la que siempre había carecido, le explicó mientras Blanca asentía con la cabeza con su infantil mirada estrellada.
Pronto Ulises la llevó a casa de los Bloch, donde se alojaba y escribió a su padre y su hermano contándole las novedades. Si todo iba bien, muy pronto habría boda, anunció.
Sin embargo había un problema que al principio pareció irresoluble. Con los trabajos ocasionales que había tenido hasta el momento, no tenía dinero ni para comprar la mesita de noche. Buscó infructuosamente trabajos mejores, pero con su formación, la única salida que le quedaba era crear su propio negocio, así que se decidió a ello, mientras por las noches estudiaba contabilidad.
También decidió trasladarse a otra de las grandes ciudades de Bolivia, Santa Cruz, de la Sierra. Si Cochabamba era la ciudad granero por obra y gracia de los andaluces, Santa Cruz era la de los negocios por mediación de los emigrantes catalanes. Era una ciudad abierta, próspera, rica, la locomotora de Bolivia. Respondía mejor que Oruro o Potosí a la idea que los europeos se hacían de las ciudades de Sudamérica.
Con escasos ahorros mas la experiencia ganada, y sin más ayuda que la de su amigo, Alfredo Bloch, alquiló una habitación en la calle España, con una mesa y una balanza por mobiliario. Logró progresar comprando barato objetos de segunda mano, y revendiendo mas caro. También le dejaban objetos en depósito, para venderlos o alquilarlos, desde libros hasta zapatos. Compró una máquina de escribir, y con ella hacía documentos escritos a los indígenas y ellos en pago le regalaban mote, -maíz cocido- o pito -trigo molido con azúcar y hortalizas-.
De noche dormía como podía en la trastienda donde había colgado una hamaca en los calvos de la pared, allí se hacía la comida y se lavaba y veía a Blanca los domingos. Era como si toda la semana hubiese una gran oscuridad, que se retiraba cuando veía a su particular rayo de luz.
Eran los años de la reforma agraria decretada por el gobierno, que arrebató por ley, muchas tierras de manos de los españoles y sus descendientes. Estaba en obras la carretera a Cochabamba y el ferrocarril a Brasil. Muchos terratenientes accedieron a entregar las tierras por las buenas, otros prefirieron hacerlo por las malas y corrió la sangre. La prosperidad se notaba en las calles y la mayoría de la gente que tenía vista para los negocios lograba hacer fortuna. Nuevamente, la comunidad catalana en la ciudad le prestó una ayuda impagable. Como en Santa Cruz, el número de emigrantes catalanes era mayor, habían creado un Centre Catalá, en una casona colonial, donde se reunían dos veces en semana a jugar dominó, cartas, las mujeres parchís, se hacía vida en común, y los chicos jugaban en el patio o en la calle, mientras los hombres hacían provechosos contratos para sus negocios.
Como los dos enamorados andaban siempre en volandas de una ciudad a la otra, y su sólido amor se estaba resintiendo por culpa de las malas comunicaciones, las malas comidas y las malas noches, decidieron adelantar la boda. Alquilaron una casa en un patio de vecinos. Llegó un telegrama de España en que su padre le decía que por el momento no podían viajar por falta de dinero.
Una noche que terminó el trabajo más temprano de lo habitual, fue al centro catalán a tomar una copa, cuando al pasar por un callejón de casetas de madera, se abrió una puerta y una mano lo arrastró hacia la oscuridad y lo encerró en una habitación con una cama. Una descomunal negra desnuda, jadeante y sudorosa lo tumbó sobre la cama y lo hizo suyo en medio de la oscuridad sin darle la oportunidad de decir nada que no fuese un jadeo. Aquella negra se movía como una pantera y rugía como una leona en celo. Ella le abrió su cuerpo para él, que se vació en ella, como si fuera una copa. Sin embargo él no estuvo a la altura de su salvaje amante, y eso le comió por dentro durante años, teniendo consecuencias en sus relaciones posteriores. Cuando la tormenta amainó, ella pareció recuperar su dimensión humana y le dijo con una voz avergonzada que aquello no había sucedido en realidad y que era producto de su imaginación.
Salió del camastro un poco confundido y se perdió por un dédalo de calles un poco huérfano, como si por vez primera hubiera sabido lo que es una mujer.
Quizá aquel episodio, junto con su profundo machismo celoso, influyó en sus futuras relaciones, pues siempre eligió a virginales mujeres casi niñas de piel sonrosada, sonrisa tímida y mirada inocente que se dejasen llevar dulcemente hacia un papel secundario, casi auxiliar, en el estudiado organigrama que tenia pensado Ulises. Tan milimétrico que cualquier pequeño imprevisto podría echarlo abajo, por eso, él se obstinaba en sacarlo adelante, para demostrar a todos y a él mismo, que aquel joven huérfano de aspecto desvalido podía hacer lo que se propusiese y que no tenía ninguna duda de que lo conseguiría.
Blanca Luz tenía tan solo diecisiete años y aguardaba al pie de la cama, en la noche de bodas llevando un casto camisón blanco, de gruesa tela, que no dejaba entrever nada. Su piel era blanca como el nácar y su cabello moreno caía en una larga melena sobre su delicada y trémula espalda. Ella siempre pensó que el ajetreo de la boda haría que llegase al tálamo nupcial tan cansada que no tendría ganas ni siquiera de estremecerse de emoción, pero se equivocó profundamente. Durante la fiesta cantó y bailó con todo el mundo, se mostró exultante y feliz, parecía como si siempre hubiese estado casada, Ulises la observaba asombrado como preguntándose de dónde salía tanta energía en un cuerpo tan menudo. No solo ejerció de maestra de ceremonias y atendió uno por uno a los invitados a la ceremonia civil, sino que todos quedaron tan prendados con ella que prometieron irle a visitar a su casa con tanta frecuencia como pudiesen. De no ser porque él sabía que la boda era de la novia, habría podido pensar que le estaba robando protagonismo. Sin embargo él tenía la certeza de que la noche sería suya, por eso se desnudó con tanto mimo como se había vestido con las primeras luces de la mañana, colocando todas las prendas con tal
cariño que parecía que no fuesen suyas y que las tenía que devolver al día siguiente.
Se estremeció con el roce de la seda de la camisa sobre su pecho y cuidadosamente quitó los gemelos de los puños, desprendió la orquídea blanca del ojal y se la entregó a Blanca Luz, que le sonrió con sus leves comisuras. Se sorprendió al notar cómo ella miró su cuerpo desnudo de joven ansioso y viajero sin apasionamiento, como diseccionándolo con la mirada, o inspeccionándolo con pupilas cirujanas. Hasta que ella estalló en una sonrisa nerviosa y dijo:
-Así que esto era todo.
Y él le respondió, no, esto no es todo, ahora empieza lo mejor y se dispuso a interpretar su mejor pieza, su obra maestra sobre las cuerdas recién tensadas, sobre su nueva vida que sonaría como un arpa acariciada por el viento con manos sabias de pajarero y besos de arroyo sobre la piedra. Los susurros comenzaron a arremolinarse sobre las sábanas de organdí, como un triste lamento de flauta, acompañada de frases de algún varonil piano que murmurase pequeñas órdenes, y fuese seguida por un violín que se estremecía bajo la yema de cada dedo. Luengos, certeros zumbidos de contrabajo de la voz de Ulises, comenzaron a marcar el tempo, constante y rítmicamente, logrando que la apocada flauta inicial creciese hasta convertirse en una risueña trompeta, derramándose finalmente hacia tonos de un sensual saxofón, y una vez que Blanca se abandonó se apoderaron por completo de la pequeña habitación de hotel -sin miedo a nada ni a nadie-, y rebosase por la ventana hacia la calle, cuando les sorprendió los primeros rayos de sol. Conforme iba avanzándoles el sol sobre su horizonte, amplios conductos, iban conduciendo los exuberantes sonidos, que se derramaban hacia la más amplia variedad de registros y tonalidades, como agua estancada que largo tiempo ha querido desbordarse y encuentra por fin su cauce primigenio, sin orden ni concierto hasta llegar a hacerse verdaderamente oceánicas. Así ambos se forjaron de nuevo, con la materia primitiva y salvaje de que está hecha la vida. Vivieron en una nube los primeros meses hasta que la monotonía fue instalándose irremediablemente en sus vidas y ella comenzaba a buscar algo más, sin embargo él parecía extrañarse de que aquella mujer no estuviese verdaderamente dichosa de todo cuanto se había volcado en ella, que comenzó pronto a entrar y salir sin pedirle explicaciones a su marido. Él empezó a sentir la zarpa de los celos y ella, el escozor de la desconfianza, ella quería sentirse libre, y él quería ser un feliz esposo entregado a su mujer y encontrarse la comida caliente cuando volviese a ala casa de un duro día de trabajo.
Hacían todo lo posible por no enfrentarse pues ambos sabían que eran dos grandes caracteres así que empezaron a evitar los temas que les incomodaban, pues estaban hartos de discutir por todo, y así lograron darle al asunto apariencia de normalidad, mientras en el fondo corrían oscuras aguas subterráneas.
Lo único que lograba consolar a Ulises fueron los negocios que siempre iban viento en popa. Ulises logró montar su propia ferretería en Santa Cruz, que cómo no, iba a llamarse La Catalana en un edificio alquilado. Era un caserón típico colonial con un patio central y una fuente con peces. De aquella casa alquilada en la calle Cochabamba se mudaron a una más grande, en la calle Velasco, gracias a Don Frank.
El suizo Don Frank fue el primer gran hombre de negocios que conoció Ulises, y desde el primer día ambos sintieron que se iban a llevar bien, pues los dos eran ambiciosos, disciplinados, incansables y con las ideas muy claras, querían ser ricos, aunque fuera trabajando y nada ni nadie les impediría conseguirlo.
Ulises comenzó a idolatrar poco a poco la forma de hacer negocios del suizo, que tenía una de las pocas compañía de materiales de construcción, casi monopolio en aquellos tiempos de expansión desmedida, así que el negocio estaba claro, comprar lo más barato posible, vender lo más caro que pudiese. Ulises vio muy clara la ocasión y comenzó a hacer pequeños negocios con él, y el suizo prefirió a otro europeo para hacer sus negocios, así que le dio al catalán la administración de su empresa. Con lo que ganaba de su negocio particular más la administración de los bienes del suizo, pudo ir pensando un poco más a lo grande, incluso podría tener varios hijos si se le antojase. El tándem, suizo-catalán comenzaba a dar sus frutos.
La nueva casa estaba junto al colegio católico más influyente de la ciudad, -La Salle-
De esta forma, Ulises había ido lentamente preparando el terreno para la venida el mundo de sus hijos.
Blanca Luz aprovechaba cualquier circunstancia para estar el mayor tiempo posible fuera de la casa, -excursiones, grupos, amigas-, comía fuera siempre que podía, al igual que el marido que incluso había montado su propia trastienda en donde a veces se echaba una siestecita o invitaba a sus amigos a comer, cuando no tenía tiempo de volver a casa.
-Lo que tu mujer está necesitando es tener hijos. Le aconsejó Don Frank en una de aquellas comidas. -Así estará en casa ocupada y todo volverá a ser como al principio, todo irá de nuevo sobre ruedas. En el fondo, Ulises hacía tiempo que pensaba lo mismo. Sin embargo sabía que aquella receta no siempre salía bien. También podía ocurrir que las cosas con su esposa no mejorasen, y sus niños nacieran en medio de un ambiente nada apropiado. Sin embargo, algo le decía instintivamente a Ulises que había de tener hijos. A veces se despertaba en medio de la siesta ensopado en sudor, con la flama de la calle entrando en la fresca trastienda y oyendo un llanto de bebé que nunca averiguó de dónde salía. O murmuraba en medio de la noche discursos, consejos y palabras para sus inexistentes hijos.
A veces se planteaba que si Blanca Luz se negaba en redondo, no le importaría en absoluto buscar otra mujer que estuviese dispuesta a ser una buena madre para sus hijos, y en ocasiones se sorprendía a sí mismo hablándole a las putas -con las que se iba, buscando el fantasma de la negra que lo hizo hombre- de los secretos de la maternidad.
Blanca Luz hacía tiempo que también había llegado a la misma conclusión que Don Frank pero no se atrevía a decírselo a su marido, mitad por orgullo, mitad por miedo, así que una noche que ambos llegaron de una cena regada con abundante vino y después de discutir, decidieron traer al mundo a su primer hijo en plena reconciliación.
Pedro, el mayor y más travieso fue pronto objeto de la ira de los frailes del cercano colegio de la Salle, adonde en cuanto pudo su padre decidió llevarlo a pesar de su mal recuerdo del trato que desde niño mantuvo con los curas, primero como aprendiz de monaguillo y luego arando los campos de frailes en su Solsona natal.
Un día, Pedro llegó a casa con un escapulario que le habían vendido los curas.
-Esto sirve para entrar al cielo, Papá. Me lo han dicho los curas. Le explicó Pedro a su papá.
-¿Ah si?. ¿Y cuánto te ha costado?.
-Un boliviano. Respondió el niño.
-¡Miechi¡. ¿Y cuanto vale la entrada al cine?
-Tres bolivianos.
-Parece que el fraile está haciendo un mal negocio, pues entrar al cielo es más barato que entrar al cine. Dijo el padre.
Al niño le faltó tiempo para ir a zampárselo al fraile que le había vendido el escapulario, diciéndole, en medio de una clase de religión, y justo cuando debatían unos de aquellos misterios inexplicables, propios de seres inmaculados y alados, que los frailes eran unos malos negociantes, pues entrar al cielo era lo más barato que había, incluso más barato que la entrada al cine.
Desde el nacimiento de Pedro, Blanca Luz se mostró mucho más razonable, y sobre todo, más dispuesta a agradar a su marido. Sin embargo, Ulises siempre tuvo la sensación de que ella era como una potranca por domesticar, que debía llevarla con sus riendas por el buen camino. Por el momento, ella se dejaba llevar y eso a él le resultaba suficiente así que compró una casa amplia en la calle Buenos Aires, con un gran descampado trasero, en donde construyó una piscina que se llenaba con el agua de lluvia, a través de un sistema de canalizaciones ideado por él mismo.
Ahora era Blanca quien buscaba a Ulises para tener una niña, después de haber saboreado de nuevo la sabia y alegre sencillez que le había dado su primer hijo. Había sido para ella como volver de nuevo a los orígenes del mundo después de haber estado muy perdida en su propio laberinto en busca de un inexistente minotauro.
Cuando Pedro fue siendo mayor y ya no necesitaba a su madre constantemente, contrataron a una ama de crías para la casa, mientras Blanca se dedicaba a crear su propia ferretería, que a instancias de Ulises, y gracias a su aliento y apoyo económico abrió en la otra punta de la ciudad, contribuyendo así a la economía familar. Además, contrataron a una ayudante para la ferretería de Ulises, la Leti que daría mucho que hablar.
A los pocos meses de llegar a la nueva casa, nació Montse, primera hija del matrimonio, y al año siguiente Ulises, contribuyendo aún más a mejorar las relaciones de ambos cónyuges y a lograr que por vez primera Blanca Luz supiese lo que era la dicha.
En aquella casa los niños aprendieron a nadar y el agua de aquella piscina comenzó a diluir en el olvido los tristes días que habían quedado atrás. Se diría que aquella casa era feliz y que irradiaba felicidad a todo el que la habitaba, lo mismo que hay otras casas que son tristes y que invaden de energía negativa a sus moradores. Pedro correteaba todo el día en patines de un lado a otro, jugando al fútbol con los vecinos de la calle, mientras su hermano Ulises lo imitaba y Montse se revelaba una niña mucho más introvertida.
En las noches calurosas noches veraniegas, los vecinos, solían reunirse en el patio en animadas tertulias, donde el tiempo parecía detenerse y fundirse con el aceite de oliva español que transformaba en una obra de arte un simple tomate traído de la huerta sembrada por el patriarca junto a la piscina. Mientras, los niños jugaban a que eran mayores, trasunto siempre de todo juego infantil, sin saber aún que estarían toda su adultez jugando a que eran niños. En navidad venían los amigos del centre Catalá, se comían turrones de Jijona, y llegaba la abuela desde Solsona.
Fue justo entonces cuando Ulises encontró algo que había estado buscando en los últimos años y que no se sabe muy bien porqué se convirtió en una misteriosa obsesión. Un día que iba al banco a ultimar unos trámites administrativos, se cruzó en el mercado de los criollos brasileños con la mujer que le hizo un hombre. Aquella negra vendía especias traídas desde Brasil, algunas veces al mes y el resto del tiempo deambulaba por ciudades de varios países limítrofes, más que nada porque le gustaba aquella vida. Cuando la vio fumaba un gran puro habano, luego supo que era cubana y medio hechicera. Ella le sonrió y le preguntó, con la naturalidad de los viejo amigos:
-¿Cómo te trata la vida?.
Estuvieron toda la tarde conversando, Ulises dejó todo lo que tuviese que hacer para más tarde, que al final fue nunca, la invitó a comer lo que más le gustase en un restaurante a la moda en el centro sin importarle que nadie les viese, -salmón, pidió ella- él le hizo prometer que tras la comida que le contaría toda su vida en los últimos años. Ella no dudó un segundo en hablarle de sus idas y venidas a su Cuba natal, y sus andanzas como traficante de tabaco por las islas del Caribe, por las costas de Colombia, Venezuela y Brasil sus andazas por el amazonas recogiendo especias y plantas que la gente llamaba mágicas en lo más hondo del valle del río.
-He tomado ayahuasca y he visto el espíritu del agua. Le confesó a media voz.
Si alguna vez quieres saber quién o qué eres de verdad, tómala.
A Ulises todas aquellas cosas le parecían casi brujerías mágicas de alguien que venía de otro planeta y que vivía una vida que en el fondo él quizá añoraba aunque no lo supiera aún. Quizá si probaba con la ayahuasca lo viera claro, ironizó.
Ulises la notó mucho más mujer y sobre todo, más experta y apetecible. Ya de noche fueron a tugurios de los barrios pobres de la ciudad a emborracharse y en medio de la camaradería, él le pidió que lo volviese a violar como aquel primer día. Y ella aceptó con mucho gusto.
Blanca Luz no hubiese sospechada nada, de no ser porque el asunto fue bastante comentado y difundido en los círculos bienpensantes de la ciudad, por la fama que arrastraba aquella negra del mercado y alguna que otra comadre habló más de la cuenta encendiendo de nuevo el rescoldo de la sospecha en Blanca Luz. Sin embargo la mayor evidencia que encontró fue el olor de sus ropas, los cabellos rizados y ensortijados que halló en el traje que su marido llevaba aquel día y sobre todo, las tremendas purgaciones que le transmitió a su esposa y de las que tardó un mes en reponerse totalmente.
De nuevo salieron a relucir antiguos rencores del pasado y un día, sin avisar a nadie Blanca Luz, volvió a casa de sus padres. Ulises estuvo semanas vagando por bares de mala muerte, preguntando algo sobre su esposa, emborrachándose, interesándose por la misteriosa negra, sin encontrar nada. Esta vez su mujer había ido demasiado lejos, vamos es que ni siquiera sabía adónde había ido. Y en esas estaba pensando mientras tomaba tequila cuando se acercó una negra que le recordó levemente a la contrabandista cubana y le preguntó porque lo había abandonado su mujer.
-Porque me huelen mucho los pies. Respondió riendo.
Ambos fueron a consolarse mutuamente hasta la salida del sol. Ulises comprendió rápidamente que esta vez no había vuelta atrás, y que probablemente no podría hacer nada por recuperar a su esposa. Y creyó que quizá haría bien en devolver a sus hijos lo que les había quitado, mejor que en intentar conseguir algo que ya sabía de antemano que había perdido para siempre. Sabía cómo era Blanca y creyó que a los errores pasados ella sumaría los nuevos, así que dijese lo que dijese, la había perdido, es más, ni siquiera intentaba convencerse ya. Sólo lo lamentaba por los niños, y ellos quizá por su corta edad llegarían a querer a una mujer que viniese a ocupar su lugar. Ya se había cansado de luchar por ella.
Fue en esa época cuando apareció en su vida la Leti, madre soltera, justo en el momento más oportuno. Ella trabajaba en su ferretería y cuando su mujer decidió irse, se hizo cargo de la cocina y del cuidado de los niños. Llegaba a la casa a la hora de preparar las comidas, primero de forma tímida, intentando que nadie lo notase, y luego ya con una confianza y soltura que parecía la dueña de la casa, es más se diría que siempre lo había sido, hasta que ya nunca se fue. Se hizo amante de su antiguo jefe, y luego ocupó en el lecho conyugal el lugar de su esposa, algo que por aquellos entonces solía ocurrir con demasiada frecuencia, sobre todo cuando los maridos enviudaban. Supieron que la situación no tenía vuelta atrás cuando la Leti se trajo a vivir con ellos al Chicho, su hijo.
Blanca Luz lloraba en el autobús de vuelta a la casa de sus padres, en Vallegrande, un pueblo ganadero de diez mil almas, en medio de las montañas, donde leyes no llegaban. Lloraba por su corazón roto, pero también por sus hijos. Había sido herida profundamente, pero sabía que sus hijos no tenían la culpa de nada. Sabía que estaba en una situación muy delicada, pero algo en lo más profundo le pedía que hiciera por una vez algo que sirviera de escarmiento a su díscolo marido. Mientras tomaba una decisión decidió relajarse y pasarlo lo mejor que pudiera.
Era miércoles de ceniza en Vallegrande y el pueblo se llenó de forasteros en busca de la alegría, abandonando las prisas de las ciudades para entregarse al dulce discurrir de la vida entre los meandros del tiempo en pequeños pueblos en fiesta. Carros alegóricos recorrían las calles en medio del jolgorio de gente vestida con sencillos disfraces hechos a mano y sombreros de paja.
Daban las diez de la noche en el reloj de la torre de la iglesia, cuando Blanca se sentó en un banco de la plaza a ver cómo todos bailaban con jarras de macerado de frutas - duraznos, ciruelos, manzanas, uvas, sawinto, quirusilla y yana yana- en las manos y en la otra a sus parejas, al son de parejas de músicos entonando kaluyos con guitarras, acordeón y mandolinas:
-Las mujeres d'este tiempo, son como el alacrán; cuando lo ven a uno pobre, alzan la cola y se van. Ya viene el agua cayendo, tapando el campo verdoso, Si no quieres que me moje, tápame con tu rebozo.
De repente, Blanca y Borja se cruzaron las miradas y él abandonó inmediatamente el grupo de muchachas con el que se divertía para ir a abrazar a su antigua amiga, mientras
las muchachas del pueblo se quedaron murmurando a sus espaldas.
Los grupos cantaban por la plaza:
-Cuando gritan las gallinas/ Es señal que han puesto huevo. Así son pues las mujeres, cuando buscan amor nuevo. Por qué te pones tan triste, tan sin consuelo; tan lo mismo es en la cama, como en el suelo.
Blanca estaba emocionada y alegre, por primera vez en su vida un hombre la estaba haciendo sentir como una auténtica reina. Las muchachas del pueblo se morían de envidia al ver cómo una recién llegada les quitaba al sobrino del alcalde y descendiente de los andaluces fundadores del pueblo, al rico y único heredero, al más guapo y perseguido.
Ella cogía suavemente a Carlos, por los rubios rizo de su cabello, mientras que el azul de sus ojos le transmitía un enorme paz, no quería pensar en nada más y a veces le parecía estar viviendo en un sueño.
-Nunca te agradeceré lo bastante el sueño que me estás haciendo vivir esta noche, decía ella. No sabes cómo lo necesitaba.
-No tienes nada que agradecer. Hay que vivir lo más intensamente que se pueda, y hacer lo que en verdad nos llena, si no ¿que sentido tiene esta vida?. No te preocupes,
no merece la pena. Piensa en el ahora.
Blanca y Carlos se lo pasaban en grande, bailaban y bebían, llamaban a las puertas de las casas y le ofrecían una bebida hecha con leche, huevos y singani, luego llamaba a otra puerta y recibía queso o choclo, que comía a grandes bocados, como si quisiera apurar rápido aquellos manjares, como si tuviese prisa en vivir.
-Cuando yo me case, mei casar con tres, dos pa' los costaus,
una pa' los pies. Hace ya jartito lo rifé mi cuero, pero pa' las chotas sigo pues soltero.
Entonces, Borja cogió de la mano a su pareja y se fueron caminando bajo los soportales de los edificios coloniales de la calle donde estaba el edificio de la municipalidad, luego se montaron en la moto de y se perdieron en medio del bullicio en dirección a una cercana era donde pudieron hacer el amor a gusto hasta que amaneció.
Fueron a ver amanecer con una comparsa al cercano pico de una montaña. Vestían todos de luto, con jirones de ropa negra por el entierro de la sardina y Blanca sintió un escalofrío premonitorio, pero Carlos, lo achacó al frío del amanecer y se quitó su rebeca para dársela a ella. Luego siguieron la costumbre de ir a las haciendas cercanas a beber sucumbé y allí terminó la fiesta. Carlos la dejó en la puerta de la casa de sus padres y movió el brazo de forma imprecisa, quizá imitando a un signo de interrogación y ella le tiró un beso. Había sido sin duda ninguna, la noche más maravillosa de su vida.
No había pasado ni un mes, cuando Blanca se volvió a deshacer sumergida en la rutina, ayudando a su madre a cuidar a sus seis hermanos menores y a atender las tareas cotidianas de su pequeña finca en el campo, a las afueras del pueblo. En varias ocasiones se sintió indispuesta y le asaltaron terribles sospechas, que le confirmó el médico cuando le anunció que estaba embarazada de tres semanas. Blanca no reaccionó, se puso lívida, el médico le preguntó si se encontraba bien y le ofreció un poco de agua y se lo bebió de un trago mientras se preguntaba que más podía ocurrirle que le acabase de arruinar la vida, mientras resolvió tomar la determinación de no anunciar a nadie de su familia su embarazo, pues estaba segura que su viuda madre no entendería nada y además no recibiría bien la llegada de una nueva boca que alimentar. Su única esperanza era lograr que Borja reconociese a su hijo.
A las dos semanas, las vecinas llegaron a casa con la noticia de que Borja había muerto en accidente de moto. El día del entierro pasaría a la historia del pueblo, no solo por la muerte del heredero de la principal familia, sino porque cuando el alcalde fue invitado a dirigir algunas palabras para cantar las excelencias de su sobrino muerto y de cuerpo presente, a pesar del prolongado mal que sufría su corazón, no pudo evitar que en el preciso instante de hacer la señal de la cruz sobre el cuerpo sin vida del joven y bello cadáver, se le partiera en dos y cayese muerto allí mismo ante los ojos horrorizados de todos los vecinos del pueblo y de los pueblos de varias leguas a la redonda.
Cuando Blanca Luz llegó aquella mañana con su bolsa de pasteles y pan recién hechos por ella misma, su pañuelito en la cabeza, sus penas a cuestas y su mirada de eterna bondad infinita, no pudo evitar que se le partiera su corazón de madre, mujer despechada, hija maltratada, al escuchar por boca de sus propios hijos que preferían quedarse con su padre en la ciudad antes que irse con ella.
Una sonrisa cruzaba el rostro de Ulises, que se agarraba a la cintura de la Leti como si fuese un trofeo. En ese momento Blanca Luz se apagó, sintió como si la tierra se abriese bajo sus pies, y sintió que ya no tenía utilidad para ninguna de las personas a las que quería. Así que se marchó en silencio, vagando por las calles, hasta que se sentó sobre su maleta de madera, a llorar en la plaza del mercado, entre olores rancios.
Fue su agobiada madre quien casi obligó a Blanca Luz a hacer aquel viaje, con tal de verse libres de aquella vergüenza de una hija separada y embarazada. Por Dios Santo y Bendito, que le iba a decir las vecinas. Humillada por su madre, humillada por sus hijos, humillada por su marido. Era la fiesta del arroz, y también el día de las madres. Comenzó a llover y recordó que había comprado un billete de ida y vuelta así que aún podría tomar el autobús de vuelta a Vallegrande. Antes de llegar a la estación pasó por la farmacia para comprar somníferos pues le dolía muchísimo la cabeza, y además llevaba varios días sin dormir.
Varios días después Ulises viajó a Vallegrande y trajo de vuelta a la abuela, ambos vestidos de negro. El padre comenzó a hablarles a los niños, les preguntó si sabían porqué las personas se visten de negro, entonces Quico, el menor dijo que era cuando se había muerto alguien de la familia. La abuela comenzó a llorar y el padre les contó que su madre había muerto en el autobús, sin más explicaciones. Con el tiempo supieron de la existencia de una carta que ella había escrito y entregado a la Policía antes de subirse al autobús. Lo que decía, nunca nadie lo supo con exactitud, pues Ulises se hizo con ella valiéndose de su amistad con la policía, e incumpliendo la última voluntad de la difunta de entregarla a su única hija cuando ésta llegase a cumplir quince años de edad.
En el cementerio hacía un frío intensísimo que calaba hasta los huesos. Los niños se acercaron con miedo, a una cruz de piedra clavada en el suelo, y rodeada de un rectángulo hecho con piedras de río. Cogieron margaritas y amapolas, hicieron un ramo y la llevaron a la tumba de su madre. El padre, reprimió las lágrimas hasta donde pudo, se retrasó adrede, y cuando nadie lo veía lloró amargamente sobre el tronco de un viejo ciprés.
Los remordimientos acompañaron siempre la vida de Ulises, y en el futuro, Blanca Luz se convirtió en una especie de santa laica para las mujeres de la familia, -no solo por las circunstancias de su muerte, sino por las cualidades que la adornaron en vida-. La honraron con numerosos cirios de vida. Durante varias generaciones, la familia se llenó de luces blancas. Blanca Montserrat, Blanca Tamara, Blanca Aurora, Blanca Estela, con estos nombres eran bautizadas todas las niñas que iban naciendo.
Cuando todo aquello pasó, decidieron internar a los niños en un colegio de Santiago de Chiquitos, en el valle de Tucavaca, 400 kilómetros al norte de Santa Cruz, a donde se llegaba por el ferrocarril recién terminado. Era domingo, y el vagón estaba lleno de algunos mendigos que dormían cubiertos con polvorientas chaquetas grises, que contrastaban con el colorido ropaje de algunas indias chimanes que miraban con curiosidad los trajes oscuros de los tratantes, en ruta comercial hacia Brasil.
A Quico, aquellos zapatos nuevos le hacían daño al andar, así que no correteaba mucho por los pasillos del tren según sería su hábito más común, cosa que extrañó a su padre. A Ulises le llamó la atención una bella joven vestida de negro, de rostro cubierto por velos, que se sentaba sola en un rincón del vagón. Mientras los niños dormían Ulises se entretuvo en imaginar la delicadeza de sus facciones, que ya se adivinaban. Por debajo de la falda las delicadas puntillas de las enaguas de luto caían sobre las albas carnes, mientras la mujer cabeceaba entre sueños por el traqueteo del tren, que cruzaba las serranías cerca de Roboré. En un meneo del tren, el velo que cubría la cara de la viuda cayó sobre su hombro y Ulises pudo ver horrorizado cómo se trataba sin ningún género de dudas del rostro de Blanca Luz. Su belleza sincera y transparente absolutamente hiriente para alguien que no amase especialmente la verdad, su nariz respingona y sus sonrosados labios, sus pómulos suaves y su piel de melocotón, la redondez del mentón y el negro desafiante de su pelo.
Fuera de sí, Ulises comenzó a vagar por el tren con una angustia interior que le impulsaba a salir corriendo de aquel vehículo y lanzarse hacia la tranquilidad verde de la selva, quería fundirse con la paz ondulante de las aguas de los riachuelos, deshacerse entre las brisas que acariciaban las quebradas, pero nuevamente sacó fuerzas de flaquezas. Pudo contenerse y finalmente logró hacerse de nuevo con el control y logró convencerse de que aquello no era más que una mala pasada, fruto de la tensión que había vivido todas estas semanas atrás. Se sentó nuevamente frente a la viuda de negro, y pudo comprobar que efectivamente, no se parecía en nada a Blanca Luz. Los niños dormían.
En adelante se impuso muchas más tareas para no tener ni un segundo libre en que pensar más de la cuenta, todos admiraban su tesón y capacidad de trabajo y el negocio iba mucho mejor, si cabe. Aquellas malas pasadas se repitieron, pero fueron disminuyendo en frecuencia e intensidad, por lo que Ulises se sintió muy orgulloso. Estos fueron construyendo su imagen más surrealista. El hecho más famoso tuvo lugar cuando murió su mejor amigo. Se sintió en deuda con él por toda la vida. Fue una misa pagada por él, con ataúd de 2500 dólares, coro, Réquiem de Mozart, responso en la catedral y órgano elevando sus lamentos a lo más profundo de los corazones, alzando sus vibraciones por los blancos pilares del templo. Todo era llanto, todo emoción contenida y luto inconsolable cuando se hizo el silencio en las campanas, en los órganos y en los coros y de repente una inoportuna risa se elevó por las naves del templo, una diabólica risa que parecía mofarse de la más sagrada situación de un hombre, su última hora, su último adiós. Nadie entendía qué estaba pasando hasta que vieron cómo el mejor amigo del difunto, el que lo había cuidado en sus últimos días estaba sufriendo lo que sería un inoportuno ataque de risa.
–Fueron los nervios-, explicó Ulises después, lo cierto es que cada vez que alguien le preguntaba por qué se reía, le volvía a entrar el ataque de risa sin que nadie supiese nunca el verdadero motivo de aquel hecho.
Sin embargo, toda la energía de Ulises quedó en los siguientes años, volcada en lo que finalmente habría de ser su gran proyecto hecho realidad, el hotel Lleida, su particular centro del universo. Era como si levantando aquel proyecto estuviese redimiéndose ante los ojos de los demás por los pecados del pasado y la verdad es que a partir de entonces fue uno de los empresarios más queridos y respetados de la ciudad.
Un terreno de más de cinco hectáreas donde el patriarca pudo levantar el fruto de todo su ingenio y esfuerzo, desde que emigró de su Solsona natal. Allí se elevaron, el hotel balneario, una piscina, un club deportivo y su espacio central con un gran jardín de cinco extensas fuentes, las mayores son la de la Virgen de Montserrat, con forma de media luna, y la fuente del diablo o del maestro Papus, una figurilla cuasi diabólica, que toma su nombre de Gerard Encause que escribió "Tratado Elemental de Magia Práctica".
La fuente del Papus, tenía una cascada de más de dos metros de alto, por donde el agua se dejaba caer hasta el estanque, rodeado de plantas, numerosas flores y estatuas de gansos y cisnes. Dentro del agua se deslizaban peces de distintas especies. Solía tomar un pez al azar de una fuente, lo ponía en otra y al instante muchos peces se peleaban por estar cerca de él, emocionados por su aparición. Luego decía: “¿Ves como es bueno ser extranjero?. Se tiene mucho éxito. En su antigua fuente nadie lo miraba, ahora aquí tiene popularidad.
Justo en el centro presiden el espacio unos asientos hechos de obra, flanqueados por tres mástiles de los que penden tres banderas, la de España, la de Cataluña y la de Bolivia, junto a plantas de mango y chirimoyas.
Por el jardín deambulaban patos, gansos y sapos, con los que el abuelo se entendía muy bien. Allí siempre había visitas y la Leti siempre preparaba grandes banquetes y fiestas. Pero cuando no había nadie Ulises empezaba a hablar sólo y comenzaban a aparecer lentamente los ocho “rococos” unos ancianos sapos verdes, grandes y gordos, como un buda, se acomodaban uno junto al otro y le escuchaban hablar en catalán durante horas y horas. Les hablaba de forma muy amena, como si fueran viejos amigos. De vez en cuando el patriarca caminaba por el jardín, y los cuarenta animales, gansos, patos y sapos le seguían en fila india. Don Pancho hablaba lenta y pausadamente, le gustaba filosofar, y los juegos de palabras. Su madre, tenía fama de bruja. Un día explicó a los niños que el diablo andaba suelto por el barrio, y les mostró un perro enorme de color café, que se paseaba por las calles, y nadie lo conocía. Cuando te miraba fijamente, su mirada, noble y profunda aparecía entregada a vos, pero era imposible imponerte, porque él dominaba siempre las situaciones. O te dejabas llevar o no podías ser su amigo.
En la finca se respiraba un ambiente distinto, más distendido y amable, acogedor y abierto. Era un mundo aparte que había construido para que él y los suyos viviesen alejados de las penalidades del mundo, como un paraíso artificial. Por allí pasaban toda clase de personas que se preciaban de ser amigos de Ulises, entre ellos, un cura con quien se juntaba cada semana a debatir sobre Dios. Ulises leía la Biblia todo el tiempo, para confirmar que Dios no existía.
Corriendo los años, el sencillo Ulises emigrado de Cataluña se convirtió en el próspero Don Ulises que reinaba su pequeño universo familiar desde el jardín del hotel Lleida, cuando miraba a su alrededor, sentado en aquel lugar privilegiado se sentía muy orgulloso de todo cuanto había logrado con su trabajo, y lo único que le inquietaba, como a cualquier padre era el futuro de sus hijos, que ya alcanzaban la edad difícil. Sus hijos se criaron como hijos de millonario, sin dar un palo al agua, o como se solía decir antes, se malcriaron.

Pedro se convirtió en una persona con un don natural para meterse en negocios sucios, pues siempre andaba emplatado y nadie sabía de dónde, hasta que su padre lo mandó con unos amigos a España para quitarlo del peligro. Montserrat, la única hija, resultó ser la más inestable y sensible, siempre acordándose de su madre y siempre melancólica. Después de escaparse en varias ocasiones con unos hipis desconocidos hasta regiones remotas del Brasil, acabó vagabundeando por las calles de Barcelona, a donde también la mandó su padre.
Aun siendo una anciana soñaba con que hablaba por teléfono con su madre muerta, su madre a la que apenas conoció. Soñaba con que descolgaba el teléfono y oía la voz de su madre y le preguntaba dónde estaba, dónde había estado todo este tiempo y se despertaba conmocionada. En otras ocasiones había soñado que la encontraba y la llevaba a una cena familiar, presidida por Ulises y ella le decía a su madre, aquí le tienes, dile todo lo que nunca le dijiste. En otras soñaba que en realidad nunca había muerto sino que le dijeron eso y ella se fue a un país remoto para que la dejasen en paz.
Del más tradicional, Quico, le preocupaba en cambio su falta de carácter que se evidenció enseguida cuando los padres de la muchacha con la que salía lo acosaron insinuando que dejara de tratarla si no iba en serio, quizá pensando en sacarle una buen tajada de dinero o en casar a la hija con un rico heredero, –además estaba tonteando con Reina, una empleada de su padre- y él al verse en aquella situación tan tensa en casa de los padres de su novia, el padre le gritaba, el hermano le gritaba y ella lloraba reaccionó diciendo:
-Yo por mí me caso mañana mismo-. Y los dejó pasmados.
Con ese carácter, su vida sentimental fue un fracaso. Al día siguiente estaba en un registro civil, casándose. Le faltaban tres meses para ser mayor de edad, pero en aquel país, todo se arregla con dinero e influencias. Como a esa hora había otro matrimonio, un fotógrafo tomó imágenes del acto. Luego fue a telefonear a su padre para invitarlos a todos a la boda. Como estaba enfadado con él, esta fue su venganza. Su padre no tardó en mandarle un emisario para hacer las paces, algo que tampoco le costó conseguir. A los pocos meses se instaló a vivir con el patriarca en su pequeño imperio. Pero lo peor no era eso, lo peor fue que no estaba enamorado de su esposa. Estaba enamorado de Reina, la empleada del hotel de su padre. Pero lo mejor estaba aún por venir. Hacía el amor a menudo con las dos, y cuando el médico le recetó un tratamiento para la fertilidad, el resultado pareció obvio, dejó a las dos embarazadas a la vez, a su mujer y a su amante.
De esta forma, nació Davico, un seis de agosto a las seis de la mañana, en un hospital de La Paz, sin su padre, que había ido a solucionar errores del pasado, pues su legitima esposa seguía viviendo en el hotel del patriarca y Tranqui, un seis de septiembre a las seis de la tarde en Santa Cruz. Esta vez tuvo que terciar el abuelo para solucionarle el futuro a sus vástagos, dándoles alojamiento en el hotel familiar. Finalmente, su hijo menor eligió como compañera a Reina, que poco a poco lo fue cargando de hijos hasta llegar a siete.
Además desde que Edith sustituyó a la Leti como pareja del patriarca, las cosas se complicaban aún más para los propios hijos y herederos naturales y en ocasiones, incluso fueron expulsados del complejo hotelero, por malentendidos. Edith le dio otra hija, que hoy estudia en Londres, y fue nombrada heredera principal de todos los bienes.
El tenía una úlcera de estómago, y un domingo le sobrevino una hemorragia no pudo ser atendido en el hotel, según su deseo y fue trasladado al hospital. Le vieron salir de su habitación con su batín, a dar un paseo, recién bañado, rasurado y vestido como para salir.
Lo abrazaron pero fue como si abrazasen a un árbol duro y seco, no fue que él no quisiera sino que no podía. Le vieron empeorar en su salud y salir del hotel en el coche familiar, y decir adiós con una mano muy pálida, casi lívida, como sin sangre. Fue trasladado a un hospital en contra de su voluntad, pues le producían bastante impresión, y a las pocas horas murió de un infarto entre rumores infundados de que había sido envenenado con matarratas por el reparto de la herencia.
Ulises, su hijo, resultó el más perjudicado en el reparto, con el tiempo su mujer, Reina tuvo que emigrar a trabajar a Nueva York, y el mismo se fue a Miami después de que se separasen. Poco a poco, sus hijos fueron regresando a España, punto de partida y lugar donde más tarde o más temprano se reunirá toda la familia. Ahora,en el hotel Lleida, todo parece estar casi en ruinas, los peces murieron casi a la par que Ulises, los sapos se fueron, y los gansos armaban cada despelote que un vecino enloqueció un día y amanecieron todos “fusilados”. En la carretera hay un letrero de mala muerte que dice: se vende. El abuelo se volvería a morir si lo viese.